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Con El capital en el siglo XXI, Thomas Piketty renovó el debate económico al poner el acento en las desigualdades y el patrimonio. Ahora presentamos un fragmento de su nuevo libro Capital e ideología (trad. Daniel Fuentes, Grano de Sal), que se ocupa sobre los regímenes desigualitarios y sus justificaciones.

La Belle Époque (1880-1914): una modernidad propietarista y desigualitaria

Observando el periodo de la Belle Époque (1880-1914) con la perspectiva que da el tiempo, poniéndonos las gafas distorsionantes de principios del siglo XXI, la era de la economía digital, las nuevas empresas y la innovación ilimitada, algunos pueden sentir la tentación de ver en la sociedad hiperdesigualitaria anterior a 1914 el resultado de un mundo antiguo, pasado y estático, un mundo dominado por las propiedades agrícolas y los bienes raíces, un mundo que no tiene nada que ver con el actual, que todos consideramos dinámico y meritocrático. Nada más equivocado. En realidad, la distribución del patrimonio en la Belle Époque no tiene nada que ver con la del Antiguo Régimen, ni siquiera con la de Papá Goriot o la de los banqueros parisinos de los años 1820-1830 descritos por Balzac, quienes, por cierto, no tenían nada de inmovilistas.

En realidad, el capital nunca descansa, ni siquiera en el siglo XVIII, cuando la sociedad experimentaba un fuerte desarrollo demográfico, agrícola y comercial, junto con una renovación significativa de las élites. El mundo de Balzac no era más tranquilo, sino todo lo contrario. El éxito de Goriot en la fabricación de pasta y cereales se debe a su capacidad sin igual para encontrar las mejores harinas, hacer progresar las técnicas de producción y organizar las redes de distribución y los almacenes, de modo que los productos adecuados se entregaran en el lugar adecuado y en el momento justo. En 1821, en su lecho de muerte, todavía imaginaba lucrativas estrategias de inversión en Odessa, a orillas del mar Negro. El capital siempre está en movimiento y, al mismo tiempo, siempre tiende a concentrarse sin límites, ya sea tomando la forma de fábricas y almacenes en 1800 o de grandes industrias y finanzas internacionales en 1900.

César Birotteau, otro emblemático personaje balzaciano de la sociedad propietarista de la época, fue un brillante inventor de perfumes y productos de belleza que, según Balzac, estaban de moda en París en 1818. El novelista no tenía idea de que casi un siglo después, en 1907, también en París, el químico Eugène Schueller desarrollaría tintes para el cabello muy útiles (inicialmente llamados “L’Auréale” por un peinado femenino que estaba de moda en aquella época y que tenía forma de aureola), productos que recuerdan tremendamente a los de Birotteau. Schueller condujo a la creación de la empresa L’Oréal en 1936, que en 2019 sigue siendo líder mundial en cosmética. Birotteau tomó otro camino. Su esposa quería convencerlo de que reinvirtiera los beneficios de la perfumería en tierras agrícolas y en seguras rentas del Estado, como hizo Goriot cuando abandonó sus negocios para casar a sus hijas. Pero no le hizo caso. Birotteau se propuso aumentar su apuesta embarcándose en un audaz proyecto de desarrollo inmobiliario en el barrio parisino de la Madeleine, en pleno auge en 1820. Acabó arruinado, lo que de paso nos recuerda que las inversiones en ladrillo no están especialmente exentas de riesgo. Otros promotores audaces tuvieron más éxito, como Donald Trump, que se mudó a la Casa Blanca en 2016 después de haber puesto su nombre a torres de cristal en Nueva York y Chicago a finales del siglo XX y principios del XXI.

El mundo de los años 1880-1914 es un mundo en continua transformación. En pocas décadas se inventaron el automóvil, la electricidad, el transatlántico, el telégrafo y la radio. Hablamos de innovaciones cuyos efectos económicos y sociales son tan importantes como la invención de Facebook, Amazon o Uber en la actualidad. Este punto es crucial, porque demuestra que la sociedad hiperdesigualitaria anterior a 1914 no puede ser relegada a un mundo antiguo y caduco, ajeno al actual. En realidad, la Belle Époque se parece en muchos aspectos al mundo de principios del siglo XXI, aunque con algunas diferencias esenciales que es necesario aclarar. Es un mundo caracterizado por la “modernidad” de sus infraestructuras financieras y de sus modos de propiedad. Por ejemplo, hasta finales del siglo XX y principios del XXI no se recuperaron los niveles de capitalización bursátil observados en París y Londres en vísperas de 1914 (en relación con la producción o el ingreso nacional). Veremos que la dimensión de las inversiones financieras internacionales que entonces poseían los franceses y británicos más pudientes nunca ha sido igualada (siempre en relación con un año de producción o ingreso nacional, que es la forma menos absurda de realizar este tipo de comparaciones históricas). La Belle Époque, especialmente en París, encarna la modernidad del primer gran periodo de globalización financiera y comercial que vivió el mundo, precursor del que comenzó en las últimas décadas del siglo XX.

Al mismo tiempo, se trata de un mundo violentamente desigualitario, en el que 70 % de la población fallece sin ninguna propiedad y en el que 1 % de los fallecidos posee casi 70 % de todo lo que hay por poseer. La concentración de la propiedad es significativamente mayor en París en 1900-1914 que en la época de Papá Goriot y Birotteau, hacia 1810-1820, e incluso más extrema que en la década de 1780, en vísperas de la revolución. Cabe recordar aquí que es difícil estimar con precisión la distribución de los patrimonios antes de 1789, porque, por una parte, no disponemos de las fuentes estadísticas comparables y porque, por otra, el concepto de propiedad no es el mismo (los privilegios jurisdiccionales han desaparecido y, en general, la distinción entre los derechos de propiedad y los poderes soberanos se ha vuelto más nítida). Sin embargo, utilizando las estimaciones disponibles de las redistribuciones de propiedad realizadas durante la revolución, se puede considerar que el patrimonio en poder del percentil superior de la población en vísperas de la revolución representaba, en relación con el total, una proporción sólo ligeramente superior a la de 1800-1810 y significativamente inferior a la de la Belle Époque. En cualquier caso, dados los niveles extremos de concentración observados en 1900-1914, con más de 90 % de todos los activos en manos del decil superior en París, de los cuales casi 70 % corresponde al percentil superior, de verdad es muy difícil imaginar que la concentración de la riqueza pueda haber sido mayor durante el Antiguo Régimen, independientemente de las limitaciones estadísticas de las fuentes.

Ilustraciones: Izak Peón

El hecho de que la concentración de la propiedad pueda haber alcanzado un nivel tan elevado y haber aumentado tanto entre 1880 y 1914, un siglo después de la abolición de los “privilegios” de 1789, es un resultado que nos interpela. En concreto, plantea interrogantes sobre el futuro y sobre el análisis de los acontecimientos que tienen lugar en la actualidad, a principios del siglo XXI, y desde finales del siglo XX. Se trata de un descubrimiento que me ha marcado como investigador y como ciudadano, y que no esperábamos (al menos no en tales proporciones) cuando nos embarcamos en esta investigación, sobre todo porque así no era como muchos de los contemporáneos describían la sociedad francesa de la Belle Époque. En particular, a las élites políticas y económicas de la Tercera República les gustaba describir Francia como un país de “pequeños propietarios”, un país profundamente igualitario por siempre jamás gracias a la Revolución francesa. De hecho, los privilegios fiscales y jurisdiccionales de la nobleza y el clero fueron abolidos por la revolución y no volvieron a aparecer nunca más (ni siquiera durante la restauración de 1815, que continuó aplicando el sistema tributario heredado por la revolución, con las mismas reglas para todos). Sin embargo, eso no impidió que la concentración de la propiedad y del poder económico y financiero se situara a principios del siglo XX en un nivel todavía más elevado que durante el Antiguo Régimen, algo que no se corresponde con el optimismo que la Ilustración había sembrado en las mentes. Recordemos, por ejemplo, las palabras de Condorcet, cuando declaró en 1794 que “las fortunas tienden naturalmente a la igualdad”, a partir del momento en que “se eliminan los medios artificiales de perpetuarlas” y se establece “la libertad de comercio e industria”. Entre 1880 y 1914, aunque la realidad da múltiples señales que sugieren que esta marcha hacia la igualdad ha dejado de ser una realidad desde hace mucho tiempo, una buena parte de las élites republicanas sigue manteniendo un discurso similar.

Las sociedades propietaristas en la novela clásica

En la literatura de la época queda constancia de la porosidad de las fronteras entre nobles y propietarios, empezando por las novelas de Jane Austen, cuyos personajes ilustran a la perfección la diversidad de la nobleza británica de los años 1790-1810, así como su lógica propietarista. Unos y otros poseen, como está mandado, enormes fincas y bellas mansiones. La acción se desarrolla a menudo entre bailes, con ocasión de las visitas que se hacen entre sí las diferentes familias de propietarios de la comarca. Las fortunas de estas familias incluyen inversiones diversas y activos de distinta naturaleza, empezando por títulos de deuda pública emitidos masivamente por el Estado británico de la época para financiar sus expediciones militares, coloniales y europeas. No faltan tampoco las inversiones directas en ultramar, en particular en explotaciones negreras y azucareras. En Mansfield Park, el tío de Fanny, sir Thomas, tiene que pasar más de un año en las Antillas con su hijo mayor para poner orden en sus negocios y plantaciones. La novelista no detalla las dificultades que los dos propietarios deben afrontar en sus posesiones esclavistas, entonces en apogeo en el Caribe británico y francés. Sin embargo, leyendo entre líneas, se adivina que no era fácil en ese momento administrar inversiones de ese tipo a miles de kilómetros de la metrópoli, lo que no impide a sir Thomas seguir siendo baronet y miembro de la Cámara de los Comunes.

Los personajes de Austen son, aparentemente, más rurales y más comedidos que los de Balzac, que sueñan con fábricas de pasta y de perfumes, o con audaces operaciones financieras e inmobiliarias en el París de los años 1820-1830 (si es que no están pensando en los cómodos ingresos de las explotaciones negreras en el sur de Estados Unidos, como Vautrin en su famoso discurso a Rastignac). Los héroes de Jane Austen dan fe de un mundo en el que han logrado unirse de manera armoniosa las diversas formas de propiedad patrimonial. En la práctica, la cantidad de bienes parece importar mucho más que su composición o que sus orígenes. Los ingresos generados por el capital que posee cada uno de los personajes son lo que determina sus relaciones sociales y la suerte de las alianzas que entreteje. La cuestión central es de cuánto dinero se dispone: ¿de unos ingresos anuales de cien libras esterlinas (algo más de tres veces el ingreso medio en ese momento), o de 1000 libras esterlinas (30 veces el ingreso medio), o quizá hablamos de 4000 libras esterlinas (más de cien veces)? El primer caso corresponde a la situación poco envidiable de las hermanas Elinor, Marianne y Margaret en Sensatez y sentimientos, para las que casarse casi parece ser un imposible. El último caso se parece más al de su hermanastro John Dashwood, quien, desde las primeras páginas de la novela, en un diálogo terrible con su esposa Fanny, sella su destino y su futura existencia negándose a compartir sus bienes. Entre estos dos extremos, existe toda una variedad de estilos de vida y maneras de socializar, de eventuales encuentros y destinos, así como de grupos sociales sutilmente diferentes, cuyas fronteras esculpen y desarrollan de manera magistral tanto Austen como Balzac. Ambos describen sociedades propietaristas caracterizadas por una fortísima jerarquía, donde parece muy difícil vivir con un mínimo de dignidad y decoro si no se tiene al menos el equivalente a 20 o 30 veces el ingreso medio de la época.1

En última instancia, no importa demasiado la naturaleza de las propiedades que generan esos ingresos —agrícolas o financieras, manufactureras o coloniales, inmobiliarias o negreras—, puesto que todos estos grupos sociales y estos tipos de propiedad estaban unidos a través del dinero. También, sobre todo, por el hecho de que los múltiples cambios institucionales, económicos y políticos (empezando por el régimen monetario, legal y fiscal, por las infraestructuras de transporte y, de manera más general, por la unificación del mercado nacional e internacional a través de la construcción del Estado centralizado) en la práctica fomentaban esa unión. La novela clásica europea de principios del siglo XIX todavía constituye uno los testimonios más esclarecedores de la edad de oro de las sociedades propietaristas, especialmente en sus variantes británica y francesa.

No se trata únicamente de que tanto Austen como Balzac tengan un conocimiento íntimo de la jerarquía de las fortunas y de los estilos de vida de la época, ni de que cuenten a la perfección las distintas formas de posesión y las relaciones de poder y dominación que caracterizan a la sociedad de su tiempo. Quizá lo más sorprendente es su capacidad para no convertir a sus personajes en héroes. Ni los condenan ni los exaltan, lo cual les permite restituirles su complejidad y humanidad.

En general, las sociedades propietaristas responden a lógicas menos evidentes y más sutiles que las sociedades trifuncionales, en las que la división de funciones es muy precisa. Las sociedades trifuncionales están basadas en la alianza entre las tres clases (clero, nobleza, pueblo llano), que desempeñan papeles distintos pero complementarios y estructuran la sociedad, permiten su perpetuación y confieren estabilidad en beneficio de toda la comunidad. Las creaciones literarias correspondientes, desde el Cantar de Roldán hasta Robin Hood, rebosan naturalmente de heroísmo: las actitudes nobles, el sacrificio y la caridad cristiana son protagonistas. El esquema trifuncional está construido con base en papeles y funciones tan bien delineados que a menudo es llevado al cine y a la ciencia ficción.2 No hay evidencia de este tipo de heroísmo en las sociedades propietaristas: en las novelas de Austen y Balzac no existe una relación clara entre la importancia de las propiedades y los méritos de cada personaje. Algunos son grandes propietarios, otros tienen ingresos medios y otros forman parte del servicio doméstico. Estos últimos, de hecho, raramente son mencionados, puesto que su existencia se considera aburrida, sin que el novelista sugiera en ningún momento que son merecedores de menos atención o son menos útiles para la sociedad que quienes les dan trabajo. Cada uno desempeña el papel que le asigna su capital, dentro de escalas que parecen inamovibles e intangibles. Todo el mundo tiene un lugar en la sociedad propietarista, que gracias al dinero permite poner en contacto a vastas comunidades con inversiones lejanas y garantiza al mismo tiempo la estabilidad social. Austen y Balzac ni siquiera necesitan explicar a sus lectores que el ingreso anual generado por un determinado capital equivale aproximadamente a 5 % del valor de ese capital, o que el valor de ese capital corresponde a unos 20 años de ingreso anual. Todo el mundo sabe que se necesita un capital del orden de 200 000 libras esterlinas para obtener unos ingresos anuales de 10 000 libras esterlinas, independientemente de la naturaleza de los bienes en cuestión. Tanto para los novelistas del siglo XIX como para sus lectores, la equivalencia entre riqueza e ingresos anuales es evidente; saltan de una a otra como si se tratara de sinónimos perfectos o de dos idiomas conocidos por todos. El capital no responde a una lógica de utilidad funcional, como sí ocurre en las sociedades ternarias, sino exclusivamente a una lógica de contabilización de las diferentes formas de propiedad. Es, también, una unidad de cambio que facilita los intercambios y la acumulación.

En la novela clásica de principios del siglo XIX, la desigualdad propietarista se justifica de forma implícita por su capacidad a la hora de poner en contacto mundos lejanos, o quizá más bien por la necesidad de estabilidad social (el papel del novelista no consiste en imaginar otra organización económica y política, parecen recordarnos tanto Austen como Balzac, sino más bien en mostrar los sentimientos y los espacios de libertad, de desapego y de ironía que se reserva cada personaje ante los determinismos capitalistas y el cinismo del dinero), pero de ninguna manera siguiendo lógicas y discursos meritocráticos (que cobrarán protagonismo en el capitalismo industrial y financiero de la Belle Époque y, de manera especial, en el hipercapitalismo de los años 1980-2020, que usa y abusa de magnificar a los ganadores y denigrar a los perdedores de manera todavía más evidente que en los regímenes anteriores).

En ocasiones, la novela del siglo XIX apunta a otra posible justificación de las desigualdades patrimoniales, en la medida en que permite la existencia de un pequeño grupo social con los medios necesarios para ocuparse de otras cosas que no sean su propia subsistencia. En otras palabras, la desigualdad aparece a veces como una condición civilizatoria en una sociedad pobre. Austen, en particular, describe con gran cuidado cómo funcionaba la vida en esa época, el dinero que era necesario destinar a alimentos, muebles, ropa y transporte. El lector se ve a sí mismo comprobando que, si quiere comprar más libros o instrumentos musicales, lo mejor será tener al menos 20 o 30 veces el ingreso medio de la época, algo que sólo es posible con los ingresos derivados de la acumulación de capital. Como la ironía nunca está lejos, Austen y Balzac aprovechan para burlarse de las pretensiones de sus personajes y de sus supuestas necesidades irrefrenables.

La guía heráldica de Burke, de los baronets a los petromultimillonarios

Mencionemos también otro documento particularmente interesante (aunque mucho menos sutil que las novelas de Austen y Balzac) que ilustra la permeabilidad de la lógica aristocrática y propietarista en el seno de la nobleza británica de la época: la guía heráldica de Burke, cuyo nombre real es Burke’s Peerage, Baronetage and Landed Gentry of the United Kingdom [Guía de Burke de los títulos nobiliarios del Reino Unido].

El genealogista John Burke se hizo famoso a principios del siglo XIX por su anuario de la nobleza británica, hasta tal punto que sus listas de nombres y linajes se convirtieron rápidamente en la fuente de referencia para estudiar la aristocracia de la época en el Reino Unido. A este anuario se le reconocía autoridad, sobre todo porque venía a satisfacer una necesidad, ya que no existía una definición o lista oficial de los miembros de la gentry, el grupo más numeroso de la nobleza. La primera edición de la guía heráldica de Burke, publicada en 1826, tuvo tal éxito que se reeditó y revisó de manera constante a lo largo del siglo. Todos los miembros de la gentry más o menos acreditados querían figurar y se deleitaban con los sesudos análisis de Burke sobre los linajes y las fortunas, los matrimonios y las propiedades, los gloriosos ancestros lejanos o los logros del presente. Algunas ediciones estaban centradas en los pares y en la nobleza con títulos, en especial en aquellos baronets tan ilustres que Burke lamentaba abiertamente que no desempeñaran un papel político oficial al servicio del reino. Otros volúmenes compilados por Burke estaban centrados en los nobles sin título oficial. La edición de 1883 contaba con nada menos que 4 250 familias, tanto de la nobleza con título como de la gentry. Los anuarios de Burke eran respetados por los miembros de la nobleza, al mismo tiempo que eran objeto de burla por parte de todos aquellos a los que chocaba el tono infinitamente reverencial utilizado por el famoso genealogista y por sus sucesores al mencionar a todas aquellas familias de notables que tanto habían hecho por el país.

Encontramos este tipo de guías heráldicas, anuarios y otros listados más corrientes en muchos países, desde el Livro de linhaghens elaborado en Portugal en los siglos XIII y XIV hasta los más recientes anuarios de los siglos XIX y XX. Estas publicaciones permiten a los nobles contarse sus propias historias entre sí, loar sus méritos y dar luz a sus reivindicaciones. En algunos casos, estos anuarios siguieron publicándose mucho después de la desaparición oficial de la nobleza. Por ejemplo, según la 28.ª edición del Annuaire de la noblesse de France, publicado en 1872, no menos de 225 (un tercio de los escaños) de los diputados elegidos en las elecciones legislativas de 1871 eran nobles auténticos. Estas elecciones iban a ser las primeras de la Tercera República, pero se celebraron en un momento en el que todavía no estaba claro si el nuevo régimen, resultante de la derrota militar contra los ejércitos prusianos, iba a inclinarse por una forma republicana o por una nueva restauración monárquica. El Annuaire de la noblesse de France se muestra entusiasmado ante lo que interpreta como “el grito de corazón de la nación, un acto reflejo”: “¿En qué brazos podía echarse con más confianza y empatía que en los de la nobleza, cuyos hijos, dignos herederos de la valentía y de las virtudes de sus antepasados, derramaron tan generosamente su sangre en Reichshoffen y en Sedan? Además, aunque todas las personalidades reunidas en torno al imperio se hubieran retirado de la lucha, nunca, en más de 40 años, la cámara electiva había reunido tan brillante colección de nombres ilustres de la aristocracia”.3

A pesar de ello, la proporción de diputados nobles cayó a menos de 10 % de los escaños en 1914 y a menos de 5 % en el periodo de entreguerras. El Annuaire de la noblesse de France fue publicado por última vez en 1938.

Lo que más llama la atención de la guía heráldica de Burke es que sigue existiendo hoy en día. Tras haber contabilizado a los pares y a los baronets desde principios del siglo XIX, las nuevas versiones del Burke’s Peerage, a lo largo del siglo XX y a principios del XXI, comenzaron a enumerar a “las grandes familias de Europa, América, África y Oriente Próximo”. En las últimas ediciones, aparecen nuevas categorías de multimillonarios, relacionados con el petróleo y el mundo de los negocios, una extraña mezcla de cabezas coronadas, grandes propietarios de recursos naturales y carteras financieras, todos descritos en el mismo tono reverencial y admirativo. El espíritu no está muy lejos de las múltiples clasificaciones de fortunas elaboradas por revistas de todo el mundo desde las décadas de 1980 y 1990, en particular por Forbes desde 1987, o por Challenges, en Francia, desde 1998. A menudo propiedad de ilustres multimillonarios, estas publicaciones suelen llevar el sello de un discurso estereotipado que glorifica la riqueza merecida y la utilidad de la desigualdad.4

La guía heráldica de Burke y sus sucesivas transformaciones ponen en evidencia dos aspectos esenciales: por una parte, que la nobleza británica del siglo XIX era inseparablemente aristocrática y propietarista, y, por otra, que más allá del Reino Unido y de la evolución de los regímenes desigualitarios existe un hilo conductor entre la lógica trifuncional, la propietarista y la neopropietarista en lo tocante a justificar la desigualdad. La cuestión de la desigualdad conlleva de por sí una fuerte dimensión ideológica y conflictiva. Diferentes discursos, más o menos sutiles y contradictorios, chocan entre sí y terminan por materializarse de diferentes formas, desde novelas hasta guías heráldicas, programas políticos y periódicos, folletos y revistas, todos con la finalidad de definir y contabilizar los efectivos de cada grupo social, así como sus respectivos patrimonios y méritos.

 

Thomas Piketty
Economista. Entre sus libros: La economía de las desigualdades y El capital en el siglo XXI.


1 Las indicaciones que se ofrecen sobre el ingreso de los distintos personajes toman como referencia el ingreso nacional medio por adulto de la época. Es interesante señalar que las cantidades mencionadas por Balzac para caracterizar la riqueza son casi idénticas a las que evoca Austen (con mínimas variaciones en el tipo de cambio: recordemos que desde 1800 hasta 1914 la libra esterlina valía alrededor de 25 francos de oro).

2 En la película El planeta de los simios (1968), los gorilas tienen el papel de guerreros, los orangutanes son sacerdotes y los chimpancés conforman el tercer estado (una conocida estructura ternaria que, sin embargo, se complicará con la llegada de los seres humanos, antes esclavistas y ahora esclavos). En las películas de la saga de la Guerra de las Galaxias, los jedis son al mismo tiempo los más sabios y los mejores guerreros; la “fuerza” que los caracteriza encarna la fusión de las dos élites de las sociedades trifuncionales.

3 El Annuaire de la noblesse de France llega incluso a registrar entre los diputados nobles a no menos de nueve príncipes o duques, 31 marqueses, 49 condes, 19 vizcondes, 19 barones y 80 funcionarios electos reconocidos a priori como tales, especificando: “No podemos garantizar al 100 % la exactitud de esta clasificación, aunque se ha basado en la medida de lo posible en documentos auténticos. Algunos diputados descuidan o se niegan a tomar su título, otros toman títulos que ni siquiera son propios de cortesía y a los que no tienen derecho”.

4 Estas clasificaciones también responden, en cierto modo, a una solicitud legítima de información sobre la cima de la jerarquía social, ignorada en gran medida por las estadísticas oficiales.