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El frenesí de Jane Austen por la correspondencia lo han contabilizado biógrafos y estudiosos en al menos tres mil cartas, de las cuales sólo se conservan ciento sesenta (noventa y cuatro dirigidas a su hermana mayor Cassandra). Hay trece que ahora se compilan en el breve y emotivo libro Las cartas de Chawton. Su editora, Kathryn Sutherland, profesora de Bibliografía y Crítica Textual en la Universidad de Oxford, pidió autorización a dos de los distintos depositarios que resguardan documentos de Austen para reproducir estas cartas: la Jane Austen Society y el Jane Austen’s Museum. De la Sociedad sólo le interesó una y del Museo, doce.

La primera carta de este volumen, fechada el 26 de mayo de 1801, pertenece a la Jane Austen Society y fue un obsequio que Charles Beecher les dio en 1974. El resto, escritas entre 1808 y 1817, fueron legadas por T. Edward Carpenter al Jane Austen’s Museum en 1969, luego de adquirirlas en una subasta de Sotheby’s en Londres (1948).

Chawton es la localidad que fue casa familiar de los Austen desde 1809 y ahora es la sede del museo. Ahí se escribió o se recibió casi toda esta correspondencia.

La compilación tiene la gracia de mostrar cómo Jane Austen comunicaba los pequeños detalles (sin ser intrascendentes) de su día a día, cómo se moldeaba su carácter de autora, de qué manera sobrellevaba sus asuntos editoriales y sus preocupaciones familiares. Además, está enriquecida por la intervención de dos corresponsales: James Stainer Clarke, bibliotecario del regente de Londres en funciones a finales de 1815, y su hermana Cassandra.

Se agradece que Sutherland haga una breve descripción de cómo se escribían las cartas a principios del siglo XIX y cuáles eran sus características. “Jane Austen utilizaba un papel de cartas estándar, que se vendía en las papelerías en hojas dobladas o en cuadernillos de cuatro páginas […] El texto principal se escribía de la primera a la tercera página, así como en la parte superior e inferior de la cuarta, ya que el centro de esta última página se reservaba para la dirección del destinatario. En aquellos tiempos no existían los sobres; se doblaban hacia dentro los dos extremos del papel, y luego se plegaba el centro y se sellaba con lacre”. En Londres el envío postal costaba 2 peniques y el cartero podía pasar hasta ocho veces al día. Fuera de la capital, los gastos de envío dependían del peso y la distancia; el destinatario era quien los pagaba.

Jane Austen era una extraordinaria cronista de la vida cotidiana. El 26 de mayo de 1801 le cuenta a Cassandra cómo se estaba adaptando a su nueva vida en Bath, luego de que su familia se mudara de Steventon tras la jubilación de su padre, el reverendo George. Su rutina iba de una caminata a buen paso en la mañana por un camino estrecho y empinado a tomar el té por la tarde. Un paseo en faetón fue una alegría. A principios de febrero de 1813, a la misma destinataria, le da detalles de un catarro: “Va y viene casi desde que te marchaste, pero nunca ha sido tan terrible, lo empeoro saliendo a pasear y lo mejoro quedándome en casa. El sábado fui a Alton y el ventarrón me sentó muy mal, pero no he vuelto a salir desde entones y estoy casi curada”.

Las dos hermanas, Jane y Cassandra, también se ocupan de vestidos y accesorios. Por ahí aparece mencionado un vestido amarillo que podría no ser del gusto de la mayor. La señora Musell recibe elogios de Jane y le recomienda a Cassandra que la contrate para que le haga a ella un vestido en color claro. Y este lamento: “Mi pobre y viejo vestido de Muselina aún no se ha teñido nunca; han prometido hacerlo varias veces. Qué malvados son los Tintoreros. Empiezan por sumergir su propia Alma en un Pecado Escarlata”. También hay oportunidad para hablar de la compra de unos guantes: “Los encontré en la primera tienda —aunque si entré en ella, fue porque estaba cerca, no porque pareciera una tienda de guantes— y sólo me costaron 4 chelines. En cuanto se enteren, todos esperarán y vaticinarán en Chawton que no me servirán para nada, y es cierto que su valor está por demostrar; pero creo que son preciosos”.

Como remitente, para bendición de los lectores ajenos, va revelando los temores y satisfacciones que despierta en ella la publicación de sus novelas, cuya autoría sólo era conocida por algunos de sus familiares. El 28 de enero de 1813 empieza a circular Orgullo y prejucio, en tres volúmenes con un costo de 18 chelines. Jane le escribe a Cassandra: “Quería decirte que mi querido hijo ha llegado de Londres, el miércoles recibí un ejemplar [enviado por Thomas Egerton, su editor en Londres]”. En medio de esta buena noticia, surge el miedo a las críticas en el vecindario. La autora y su madre leyeron un fragmento del libro en voz alta la misma noche en la que llegó y saca conclusiones: “Tengo que confesar que [Elizabeth Bennet] me parece la criatura más encantadora que ha aparecido en una página impresa y no creo que sea capaz de soportar a aquéllos a los que ella no les guste lo más mínimo”.

A finales de diciembre de 1815 Emma salió de la imprenta, la última novela que Jane Austen publicó antes de morir. Para entonces tenía un nuevo editor, John Murray, y trataba de contar con el apoyo publicitario del regente de Londres para un mayor impacto en ventas y crítica. Por este motivo, el bibliotecario del regente, James Stanier Clarke, recibe esta confesión: “Mi mayor inquietud en estos momentos es que esta cuarta obra no desacredite a las demás. Pero en este punto no puedo dejar de declarar que, sean cuales sean mis deseos de éxito, me obsesiona la idea de que los Lectores que sienten predilección por Orgullo y prejuicio la encuentren inferior en Iingenio; y los que la sienten por Mansfield Park, inferior en buen Juicio”.

Las erratas, provocadas por la edición artesanal, no le quitaban el sueño a Jane Austen. Con calma reconoce que hay algunos errores tipográficos en Orgullo y prejuicio: “La peor errata de Imprenta que he encontrado está en la página 220 del tercer volumen, donde dos discursos se convierten en uno”.

Sus tareas como escritora se complementaban con su interés por fomentar la lectura entre amigos y vecinos. En Chawton su acceso más cercano a libros se encontraba a kilómetro y medio, en la Sociedad Literaria de Alton. Ahí le prestaron un ejemplar de Essay on the Military Police and Institutions of the British Empire (“volumen al que puse reparos al principio, pero que ahora me parece maravillosamente escrito y muy ameno”) del capitán Charles Pasley, de quien dice: “Estoy tan enamorada del Autor […] Es el primer soldado por quien he suspirado; pero escribe con una fuerza y un espíritu exraordinarios”.

Jane Austen también fue consuelo y heraldo de buenas noticias para sus hermanos y amistades. Hay dos cartas-poema que lo comprueban. Una de ellas es para su amiga Catherine Bigg, a quien le envía buenos deseos y unos pañuelos de cambray (una tela muy fina) para “que sirvas mucho tiempo en buen estado a mi Amiga/ y no tengas que enjugar sino lágrimas de alegría”. La otra va dirigida a su hermano Frank, quien estaba en China por órdenes de la Armada. En verso le comunicó dos felices nuevas: el nacimiento de su primogénito Francis William el 12 de julio de 1809 (¡Que sea una Bendición cada vez mayor/ y merezca el Amor de su Progenitor!”) y las características de Chaston Cottage (“[…] será la mejor Casa/ jamás construida o arreglada,/ sea su decoración sencilla o recargada”).

El cierre de este volumen es descorazonador: Cassandra Austen le escribe a su sobrina Fanny Knight los detalles del entierro de su hermana Jane, quien murió el 18 de julio de 1817. “El jueves no fue un día tan terrible como supones; había que hacer tantas cosas que no daba tiempo para más aflicción. Todo se llevó a cabo con la mayor serenidad; pero yo estaba decidida a despedirme de mi hermana, y tuve que aguzar el oído para saber cuándo salían de Casa [Sutherland aclara que en esa época las mujeres no podían acompañar los féretros hasta el panteón]. Miré cómo se alejaba el pequeño cortejo fúnebre por la calle hasta que desapareció de mi vista y la perdí para siempre”.

 

Kathya Millares
Editora.

Jane Austen, Las cartas de Chawton, edición, introducción y notas de Kathryn Sutherland; traducción de Marta Salís, Alba Clásica, 2019.