Abhijit Banerjee y Esther Duflo, ganadores del Premio Nobel Conmemorativo de Economía de 2019 —junto con Michael Kremer— han dedicado sus carreras a estudiar la pobreza en el mundo. En Repensar la pobreza (Taurus, 2020), libro del cual compartimos un adelanto en este espacio, se observan los resultados de tan prolija investigación.


¿Mil millones de personas hambrientas?

Para muchos de nosotros, en Occidente, pobreza es casi sinónimo de hambre. Dejando a un lado catástrofes naturales como el tsunami del 26 de diciembre de 2004 o el terremoto de Haití de 2010, ningún suceso relacionado con los más desfavorecidos ha recibido tanta atención pública ni tanta generosidad colectiva como las que provocó la hambruna de Etiopía a principios de los años ochenta, gracias, en parte, al concierto We Are the World en marzo de 1985. Más recientemente, en junio de 2009, el anuncio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) señalando que más de mil millones de personas padecían hambre alcanzó más titulares de prensa que los que que nunca consiguieron las estimaciones del Banco Mundial sobre el número de personas que viven con menos de un dólar al día.

Esta vinculación entre pobreza y hambre está institucionalizada en el Objetivo de Desarrollo del Milenio (ODM) de la ONU de «reducir la pobreza y el hambre». Es cierto que las líneas de pobreza fueron fijadas inicialmente en muchos países con el objetivo de reflejar la noción de pobreza basada en el hambre —el presupuesto necesario para comprar cierta cantidad de calorías, más alguna otra adquisición indispensable, como la vivienda—. Una persona «pobre» se definía básicamente como alguien que no tiene lo suficiente para comer. Por ello no cabe sorprenderse de que gran parte de los esfuerzos de los gobiernos para ayudar a los pobres se base en la idea de que estos necesitan comida desesperadamente y de que la cantidad es lo que importa. Las subvenciones a los alimentos se han generalizado en Oriente Próximo; durante 2008 y 2009 Egipto gastó 3.800 millones de dólares en subvenciones a alimentos (el 2 por ciento de su PIB). Indonesia tiene el Programa Rakshin, que distribuye arroz subvencionado. Muchos estados de la India tienen un programa similar; por ejemplo, en Orissa, los pobres tienen derecho a 25 kilos de arroz al mes a un precio de 4 rupias por kilo, un 20 por ciento menos del precio de mercado. En la actualidad el Parlamento de la India está debatiendo la Right to Food Act (Ley de Derecho a la Alimentación), que permitiría a la gente demandar al gobierno si padece hambre. Suministrar ayuda alimentaria a gran escala es una pesadilla logística. En la India se estima que más de la mitad del trigo y más de dos tercios del arroz «se pierde» por el camino, incluyendo una buena parte que se comen las ratas. Si los gobiernos insisten en esta política, a pesar de las pérdidas, no es solo porque se supone que el hambre camina de la mano de la pobreza; la incapacidad de los pobres para alimentarse adecuadamente también es una de las causas que se citan con más frecuencia como fuente de una trampa de pobreza. La intuición es potente: los pobres no pueden permitirse comer lo suficiente, por lo que son menos productivos y esto, a su vez, les mantiene en la pobreza.

Pak Solhin, que vive en un pueblo pequeño de la provincia de Bandung, en Indonesia, nos explicó una vez cómo funciona exactamente una trampa de la pobreza de este tipo.

Sus padres habían tenido algunas tierras, pero también tuvieron trece hijos y como tuvieron que construir tantas casas para ellos y sus familias, no quedó tierra disponible para el cultivo. Pak Solhin había trabajado como jornalero, lo que le generaba hasta 10.000 rupias al día (dos dólares PPC) por trabajar en el campo. Sin embargo, una subida reciente de los precios del fertilizante  y del gasóleo obligó a los agricultores a economizar. Según Pak Solhin, los agricultores locales decidieron que no rebajaban los jornales, sino que dejaban de contratar trabajadores. Pak Solhin pasó a estar desempleado la mayor parte del tiempo: cuando le conocimos, llevaba dos meses sin poder trabajar ni un día. Otros hombres más jóvenes en su misma situación habían encontrado empleo en la construcción pero, como él mismo nos explicó, estaba demasiado débil para hacer un trabajo físicamente más exigente, era demasiado inexperto para hacer las tareas más cualificadas y demasiado viejo, a los cuarenta años, para empezar como aprendiz: nadie le contrataría.

Como consecuencia de todo esto, la familia de Pak Solhin —él, su mujer y sus tres hijos— tuvo que tomar algunas medidas drásticas para sobrevivir. Su mujer se marchó a Yakarta, a unos 130 kilómetros de distancia, donde encontró trabajo como empleada doméstica gracias a una amiga. Pero no ganaba lo suficiente como para mantener a los niños. El hijo mayor, buen estudiante, dejó la escuela a los doce años y empezó como aprendiz en una obra. A los dos hijos más pequeños los mandaron a vivir con los abuelos. Pak Solhin sobrevivió con aproximadamente cuatro kilos del arroz subvencionado, que obtenía cada semana del gobierno, y con peces que pescaba desde la orilla de un lago, pues no sabía nadar. De vez en cuando, su hermano le daba de comer. La semana anterior a la última vez que hablamos con él, había comido dos veces al día durante cuatro días, y una sola vez los otros tres días.

A Pak Solhin parecía que se le habían acabado las opciones y él achacaba esa situación a la alimentación —más concretamente, a la falta de ella—. En su opinión, los agricultores con tierras habían decidido echar a sus empleados, en lugar de recortar sus salarios, porque pensaban que el recorte salarial empujaría a los trabajadores al hambre, lo que a su vez les haría inútiles para trabajar en el campo. Así es como había llegado al paro, se decía a sí mismo Pak Solhin. Aunque era evidente que quería trabajar, la falta de comida hacía que estuviera débil y decaído, y la depresión estaba minando su voluntad de hacer algo para resolver su problema.

La trampa de pobreza basada en la nutrición, que Pak Solhin nos explicó, es una idea muy vieja. En economía se expuso formalmente por primera vez en 1958.

La idea es sencilla. El cuerpo humano necesita cierta cantidad de calorías para sobrevivir, de modo que, cuando uno es pobre, toda la comida que puede pagarse apenas le permite movimientos vitales básicos y, quizá, recuperar los escasos ingresos que utilizó inicialmente para conseguir esa comida. Esta es la situación en que se encontraba Pak Solhin cuando le conocimos: la comida que tenía apenas le daba fuerzas para pescar algunos peces desde la orilla. Cuando la gente gana más dinero, puede comprar más comida.

Una vez que las necesidades metabólicas básicas del cuerpo están cubiertas, toda esa comida extra se convierte en fuerza y permite producir mucho más de lo que se necesita comer simplemente para estar vivo.

Este sencillo mecanismo biológico crea una relación en forma de S entre los ingresos actuales y los ingresos futuros, muy parecida a la que recogíamos en la Figura 1 en el capítulo anterior; las personas que son muy pobres ganan menos de lo que necesitan para poder hacer un trabajo significativo, pero quienes tienen suficiente para comer pueden realizar trabajos agrícolas más serios. Esto genera una trampa de pobreza: los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos y comen incluso mejor, haciéndose más fuertes y más ricos todavía, y la desigualdad sigue creciendo.

Aunque la explicación lógica de Pak Solhin sobre cómo uno puede verse atrapado en el hambre resulta impecable, en su relato había algo ligeramente preocupante. No le conocimos en un país en guerra como Sudán, ni en una zona inundada de Bangladesh, sino en un pueblo de la próspera isla de Java donde, incluso tras el incremento del precio de los alimentos en 2007-2008, era obvio que había comida en abundancia y alimentarse una vez al día no costaba mucho. Cuando le conocimos estaba claro que no comía lo suficiente, pero sí lo bastante para sobrevivir. ¿Por qué no le compensaba a nadie ofrecerle la cantidad extra de nutrición que le haría productivo, a cambio del trabajo de una jornada? Expresado en términos más generales: aunque es cierto que una trampa de pobreza constituye una posibilidad lógica, ¿hasta qué punto es relevante en la práctica para la mayor parte de los pobres de hoy?

¿De verdad hay mil millones de pobres?

Un supuesto oculto tras nuestra descripción de la trampa de pobreza es que los pobres comen tanto como pueden comer. Y ciertamente sería la consecuencia obvia de una curva en forma de S basada en un mecanismo psicológico básico; si comiendo un poco más los pobres pudieran empezar a trabajar de forma significativa y salir de la zona de la trampa de pobreza, deberían comer tanto como fuese posible.

Pero eso no es lo que observamos. La mayoría de las personas que viven con menos de 99 centavos al día no parecen comportarse como si tuvieran hambre. Si así fuera, seguramente dedicarían todo el dinero que pudiesen a comprar más calorías. Pero no lo hacen. En nuestra base de datos sobre la vida de los pobres en dieciocho países, la comida supone entre el 36 y el 79 por ciento del gasto en consumo de las personas muy pobres que viven en zonas rurales, y entre el 53 y el 74 por ciento de sus homólogos en las ciudades.

La razón no es que dediquen todo lo demás a otras necesidades. Por ejemplo, en Udaipur vimos que un hogar pobre representativo que suprimiese totalmente el gasto en alcohol, tabaco y fiestas podría aumentar su gasto en comida hasta en un 30 por ciento. Los pobres tienen muchas alternativas y deciden no gastar en comida todo lo que pueden.

Esto se pone de manifiesto al observar en qué gastan las personas pobres cualquier cantidad de dinero extra de la que puedan disponer. Aunque está claro que tienen que ocuparse primero de ciertos gastos inevitables —como ropa o medicinas—, si su vida dependiese de conseguir más calorías sería lógico suponer que, al disponer de algún dinero adicional, lo dedicarían íntegramente a la comida. De ser así, el gasto en alimentación debería crecer más rápido, en términos proporcionales, que el gasto total (dado que ambos crecen en la misma cantidad y que la comida es solo una parte del presupuesto total, el aumento proporcional es mayor). Sin embargo, esto no parece cumplirse. En el estado indio de Maharashtra, en 1983 (mucho antes de los éxitos recientes de la India, cuando la mayoría de los hogares vivía con 99 centavos por persona y día, o con menos), incluso para la gente más pobre, un aumento del 1 por ciento en el gasto global se tradujo en un aumento cercano al 0,67 por ciento en el gasto total en comida. Llama la atención que esta relación no sea muy distinta para los individuos más pobres de la muestra (los que ganaban cerca de 50 céntimos por persona y día) en comparación con los más ricos (quienes ganaban cerca de 3 dólares por persona y día). El caso de Maharashtra es bastante representativo de la relación que existe en todo el mundo entre los ingresos y el gasto en comida; incluso entre las personas muy pobres, el gasto en alimentos no aumenta a la par, ni mucho menos, que el crecimiento del gasto total.

También es llamativo que el dinero que se gasta en alimentos no sea para maximizar la cantidad de calorías o micronutrientes. Cuando las personas muy pobres tienen la posibilidad de gastar algo más de dinero en comida, no lo usan para conseguir más calorías, sino para comprar alimentos más ricos, para obtener calorías más caras. Para el grupo más pobre de Maharashtra en 1983, de cada rupia adicional gastada en comida al incrementarse los ingresos, cerca de la mitad se dedicó a la compra de más calorías, mientras el resto se dedicó a calorías más caras. En términos de calorías por rupia, la mejor compra eran los mijos (jowar y bajra). Pero solamente cerca de dos tercios del gasto total en cereales se dedicó a ellos, mientras que otro 30 por ciento se gastó en arroz y trigo, cuyo coste en promedio de calorías por rupia es cerca del doble. Además, los pobres gastan casi el 5 por ciento de su presupuesto total en azúcar, que es a su vez más caro que el cereal en cuanto a fuente de calorías y carece de otro valor nutritivo. Robert Jensen y Nolan Miller encontraron un ejemplo especialmente llamativo de esta «huida hacia la calidad» en el consumo de alimentos. En dos regiones de China ofrecieron a hogares pobres, elegidos al azar, una subvención importante en el precio de los productos que forman la base de su alimentación: fideos de trigo en una de las regiones y arroz en la otra. Normalmente se espera que cuando desciende el precio de un producto la gente lo compre en mayores cantidades. Pues bien, en este caso ocurrió lo contrario. Los hogares que recibieron las subvenciones al arroz o a los fideos consumieron una menor cantidad de esos dos productos y gastaron más en carne, a pesar de que los alimentos básicos ahora costaban menos. Es sorprendente que la ingesta calórica global de quienes recibieron la subvención no aumentó (y pudo incluso disminuir), a pesar del hecho de que su poder adquisitivo había crecido. El contenido nutricional tampoco mejoró de ninguna otra forma. Probablemente la explicación se encuentra en que, dentro del presupuesto de estos hogares, el alimento básico supone un porcentaje tan grande que las subvenciones recibidas les hicieron más ricos; si el consumo del sustento básico se asocia con ser pobre (por ser barato y no especialmente sabroso), entonces sentirse más rico puede llevar, de hecho, a consumir menos cantidad. Este caso vuelve a insinuar que consumir más calorías no era una prioridad, al menos para estos hogares urbanos muy pobres, mientras que sí lo era el comer alimentos más sabrosos.

Otro rompecabezas es lo que está ocurriendo actualmente con la alimentación en la India. El relato típico que aparece en la prensa describe el rápido aumento de la obesidad y de la diabetes, a medida que las clases medias-altas se van haciendo más ricas. Sin embargo, Angus Deaton y Jean Dreze han demostrado que lo que realmente viene ocurriendo durante los últimos veinticinco años en la India en lo referente a la nutrición no es que la gente esté engordando, sino que, de hecho, están comiendo cada vez menos. A pesar del rápido crecimiento económico, ha habido una caída sostenida del consumo calórico per cápita. Es más, también parece que ha disminuido el consumo de todos los demás nutrientes, excepto la grasa, en todos los grupos de población, incluso entre los más pobres. Actualmente, más de las tres cuartas partes de la población vive en hogares cuyo consumo calórico per cápita es menor de 2.100 calorías en zonas urbanas y de 2.400 en zonas rurales —cifras que se ofrecen a menudo como «requisitos mínimos» para individuos que trabajen en ocupaciones manuales—. Es cierto que los más ricos todavía comen más que la gente más pobre, pero la proporción del gasto dedicado a comida ha disminuido en todos los niveles de ingresos. Es más, ha cambiado la composición de la cesta de la compra alimentaria, de forma que ahora se gasta el mismo dinero en comestibles más caros.

El cambio no está causado por una disminución de los ingresos, dado que todas las fuentes indican un crecimiento de estos en términos reales. Sin embargo, aunque la población de la India sea más rica, en todos los niveles de ingresos se come menos, hasta el punto de que la población come hoy, en promedio, menos que en el pasado. La razón tampoco es que haya subido el precio de la comida, pues desde principios de los años ochenta hasta 2005 los precios de los alimentos bajaron, tanto en las zonas urbanas como en la India rural, en comparación con los precios de otros bienes. Aunque desde 2005 los precios de los alimentos han vuelto a subir, la caída del consumo de calorías tuvo lugar precisamente cuando aquellos disminuían.

Por tanto, no parece que los pobres, incluso aquellos que la FAO clasificaría como población hambrienta en función de lo que comen, quieran comer mucho más incluso cuando pueden hacerlo. En realidad, ahora comen menos. ¿Qué es lo que está pasando? El punto de partida natural para empezar a desvelar este misterio es asumir que los pobres saben lo que hacen. Después de todo, son ellos quienes comen y quienes trabajan. Si, por el hecho de comer más, pudiesen ser de verdad mucho más productivos y ganar más dinero, probablemente lo harían cuando se les ofrece la posibilidad. ¿Es posible, entonces, que comer más en realidad no nos haga más productivos y, por tanto, que la nutrición no cause una trampa de la pobreza?

Cabe detenerse en una posible razón que explicaría que no haya trampa de pobreza: que la mayoría de la gente tenga comida suficiente.

Actualmente vivimos en un mundo que es capaz de alimentar a cada una de las personas que habitan el planeta, al menos en lo que respecta a disponibilidad de comida. Con motivo de la Cumbre Mundial sobre la Alimentación de 1996, la FAO estimó que la producción de alimentos en ese año era suficiente para proporcionar al menos 2.700 calorías por persona y día. Esto es consecuencia de la innovación en la oferta de alimentos a lo largo de varios siglos, lo que se debe sin duda a los grandes avances en las ciencias agrarias, pero también a factores más mundanos, como la incorporación de la patata a la dieta alimenticia, después de que los españoles la descubrieran en Perú en el siglo xvi y la importasen a Europa. Hay un estudio que afirma que la patata es responsable del 12 por ciento del incremento global de la población entre 1700 y 1900. En el mundo actual existe la inanición, pero solamente como resultado de la forma en que se reparte la comida. No hay escasez absoluta. Es cierto que si se come mucho más de lo que se necesita o, lo que es más probable, si se dedica una mayor cantidad del maíz disponible a biocombustible para calentar piscinas, habrá menos para todos los demás. No obstante, a pesar de ello, la mayor parte de la gente —incluso la mayoría de los más pobres— gana el dinero suficiente para permitirse pagar una dieta alimenticia adecuada, ya que las calorías suelen ser bastante baratas, salvo en situaciones extremas. Por ejemplo, hemos utilizado datos de Filipinas para calcular el coste de la dieta más económica que permita proporcionar 2.400 calorías, incluyendo un 10 por ciento de calorías de proteínas y un 15 por ciento de calorías de grasa. El resultado es que costaría solamente 21 centavos en PPC, lo que es muy asequible incluso para quienes viven con 99 centavos al día. La pega es que supondría comer solamente plátanos y huevos… pero si la gente estuviera dispuesta a comer plátanos y huevos cuando lo necesitara, debería haber muy pocas personas atrapadas en la parte izquierda de la curva en forma de S, donde no pueden ganar suficiente como para ser funcionales.

Esto está en consonancia con la evidencia procedente de encuestas hechas en la India, en las que se pregunta a la gente si han comido lo suficiente (es decir, si «todos los del hogar comieron dos veces al día» o si todos comen «alimentos suficientes cada día»). El porcentaje de la población que considera que no tiene suficiente comida ha caído drásticamente con el paso del tiempo, pasando del 17 por ciento en 1983 al 2 por ciento en 2004. Por tanto, quizá la gente come menos porque tiene menos hambre. Y quizá tiene menos hambre a pesar incluso de que ingiere menos calorías. Una explicación podría ser que, gracias a las mejoras experimentadas por los sistemas de agua y de saneamiento, la gente pierde menos calorías por ataques de diarrea y otras enfermedades. O puede que tengan menos hambre por la reducción del trabajo físicamente exigente; al disponer de agua potable en el pueblo, las mujeres no necesitan acarrear grandes pesos a grandes distancias; las mejoras del transporte hacen que sea menos necesario viajar a pie; incluso en el pueblo más pobre, las mujeres ya no necesitan moler a mano la harina, lo hace el molinero local, que utiliza un molino a motor. Deaton y Dreze han utilizado el promedio de calorías necesarias para llevar a cabo actividades pesadas, moderadas y ligeras, elaborado por el Consejo Indio de Investigación Médica, y han señalado que la reducción del consumo de calorías durante los últimos veinticinco años se puede explicar en su totalidad gracias a una moderada reducción del número de personas ocupadas en trabajos físicamente exigentes durante gran parte de la jornada.

Si la mayoría de la población no padece hambre, es posible que las mejoras de productividad derivadas de consumir más calorías sean relativamente pequeñas. Por eso es comprensible que la gente elija invertir su dinero en otras cosas, o dejar a un lado los huevos y los plátanos para tener una alimentación más atractiva. Hace muchos años, John Strauss estaba buscando una demostración del papel que juegan las calorías en la productividad. Se fijó en agricultores autónomos de Sierra Leona porque tenían un trabajo realmente duro y llegó a la conclusión de que, al mejorar la ingesta calórica en un 10 por ciento, la productividad de un trabajador agrícola aumentaba, como mucho, un 4 por ciento. Por consiguiente, incluso si se duplicase el consumo de alimentos, la renta de la gente crecería solamente en un 40 por ciento. Es más, la relación existente entre calorías y productividad no tendría forma de S, sino de L invertida, como en la Figura 2 del capítulo anterior, de modo que las mayores ventajas se obtienen a niveles bajos de consumo de alimentos. El hecho de que no haya un salto brusco de los ingresos una vez que la gente empieza a comer lo suficiente sugiere que las ventajas de adquirir calorías extra son mayores para los muy pobres que para los menos pobres. Precisamente este es el tipo de situación donde no encontramos una trampa de pobreza, de modo que la razón por la que la gente sigue siendo pobre no es porque no coman lo suficiente.

Esto no quiere decir que falle la lógica de la trampa de pobreza basada en el hambre. Seguramente la idea de que una mejor nutrición sitúe a alguien en el camino de la prosperidad fue muy importante en algún momento de la historia, y puede seguir importando hoy en día, en algunas circunstancias. Robert Fogel, historiador económico y premio Nobel de Economía, calculó que la producción de alimentos en la Europa del Renacimiento y de la Edad Media no suministró calorías suficientes como para permitir trabajar a la totalidad de la población. Eso podría explicar por qué había tantos mendigos, puesto que, literalmente, eran incapaces de desarrollar ningún tipo de trabajo. La presión de conseguir el alimento necesario para la supervivencia ha llevado a algunos a tomar decisiones bastante extremas; en Europa hubo una campaña de caza de «brujas» durante la Pequeña Edad del Hielo (desde mediados del siglo XVI hasta 1800), cuando las malas cosechas eran frecuentes y el pescado escaseaba. Lo más habitual era que las brujas fuesen mujeres sin pareja y, sobre todo, viudas. La lógica de la curva en forma de S sugiere que, cuando los recursos escasean, tiene sentido económico sacrificar a algunas personas, de manera que los demás tengan suficiente alimento para poder trabajar y ganar bastante para sobrevivir.

No es difícil encontrar pruebas, incluso en periodos más recientes, que demuestren que las familias pobres pueden verse forzadas a tomar decisiones realmente terribles. Durante las sequías que hubo en la India en los años sesenta, la probabilidad de morir de las niñas pequeñas era mucho mayor que la de los niños, mientras que las tasas de mortalidad de niños y niñas no eran muy diferentes cuando se producían precipitaciones normales. Igual que en la caza de «brujas» de la Pequeña Edad de Hielo, en Tanzania se produce un brote de caza de «brujas» cada vez que hay una situación de sequía —una manera práctica de deshacerse de una boca improductiva a la que alimentar en momentos en los que los recursos son muy escasos—. Parece que las familias descubren de pronto que una mujer mayor que vive con ellos (una abuela, normalmente) es una bruja, lo que conduce a que sea ahuyentada o asesinada por otra gente del pueblo.

Por tanto, no hay que descartar que la falta de comida pueda ser un problema, o que lo sea de vez en cuando, pero el mundo en el que vivimos hoy en día es, en su mayor parte, demasiado rico para que la comida tenga un papel protagonista en la explicación de la persistencia de la pobreza. Obviamente, la cosa cambia cuando se producen desastres naturales o provocados por el hombre, o cuando las hambrunas matan y debilitan a millones de personas. Sin embargo, como ha demostrado Amartya Sen, la mayor parte de las hambrunas recientes no han sido causadas por un problema de disponibilidad de alimentos, sino por fallos institucionales que llevaron a una mala distribución de los alimentos disponibles, o incluso por acaparamiento y almacenamiento como reacción al hambre de otros lugares.

Entonces, ¿deberíamos dejar aquí el debate? ¿Podemos suponer que los pobres, aunque puedan estar comiendo poco, comen tanto como necesitan?

 

Abhijit V. Banerjee y Esther Duflo