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En homenaje al recién fallecido promotor cultural Ignacio Toscano Jarquín, reunimos una serie de pensamientos de sus amigos y conocidos.


Conocí a Nacho en 1982 cuando ambos trabajábamos en Bellas Artes y nos hicimos de inmediato amigos.

Era un funcionario excelente e imaginativo, nunca provocaba conflictos. Al contrario, los desanudaba.

Era muy creativo y su labor como promotor de la música clásica en la ciudad de México y en la de Oaxaca fue notable, consistente y eficaz.

Recuerdo también que le gustaba mucho bailar salsa y que bailaba muy bien.

Lo echaré mucho de menos por su amistad desinteresada y cálida, su bonhomía, su generosidad, su trabajo y por esas mañanas maravillosas en las que tomábamos café cuando yo me lo encontraba de casualidad paseando por Oaxaca.

Margo Glantz

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Cuando murió Renato Leduc, mi abuelo, que fue muy cercano a él, lamentó irónico “ahora resulta que todos eran amigos de Renato”.

Esto parece repetirse con hombres y mujeres de la talla de Leduc y del llorado Nacho Toscano.

Me hubiera gustado ser su amigo. Trabajé con él hace veinte años, cuando fue director de Bellas Artes y por conducto de Arturo Casares, compañero de generación de mi hermano en la Ibero, el Chino Kimura y yo cotizamos y ganamos el diseño de la imagen del centenario de Manuel Álvarez Bravo.

Hombre luminoso que proyectaba sencillez y generosidad, era enemigo de formalismos y desde el primer minuto nos animó a llamarle Nacho, pese a ser el director del INBA y tener casi la edad de nuestros padres.

De gran sensibilidad e ímpetu incansable, era un auténtico hombre orquesta. Tan erudito como humano, inyectaba su energía a un equipo joven del que el más entusiasta era él mismo.

Nacho salió del INBA en circunstancias tristes e injustas. Da grima pensar lo que habría alcanzado Bellas Artes de haber acabado Toscano su gestión.

Incombustible, se reinventó y resurgiendo de sus cenizas, creó el Festival Instrumenta Oaxaca, que conjuntó sus dos grandes pasiones, la música y su estado natal.

Los siguientes veinte años me encontré a Nacho en festivales, ferias del libro, conciertos y sobre todo donde hubiera buen baile y mezcal. En un medio tan caníbal como el de la cultura, Toscano gozaba del cariño de todos, siempre con la sonrisa luminosa y su discreta elegancia.

Te vamos a extrañar un montón, Nacho.

Bernardo Fernández BEF

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Estaba por terminar la década de los ochenta cuando Nacho y yo nos encontramos, por primera vez, y de inmediato se sellaron nuestras complicidades. Él nunca necesitó demasiado para seducir: era parte de su epidermis de vida. No exagero si digo que conozco a pocas personas que contaran con su facilidad para hacer sentir a los demás cobijados por su sonrisa y generosidad: era una forma de vida que él había decidido ejercer y lo consiguió; como lo muestran tantos amigos con los que él trabó amistades sólidas, siempre arropadas por el humor, la conversación, la música y el baile.

Si bien, como es para muchos sabido, fue un gran gestor cultural. Aunque, también, creo, que lo que lo empujó a ejercer en tan variadas disciplinas artísticas fue que existía en él una necesidad vital que lo rebasaba. Su pasión por el arte y la cultura fueron ríos que corrieron como sangre libre por sus venas y que, gracias a sus eternas pasiones, nunca dejarán de correr.

Claudia Guillén

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Pocos promotores culturales tan queridos como Ignacio “Nacho” Toscano. Tenía una gran cultura, sobre todo musical, pero también una gran calidad humana. Como funcionario tuvo cargos muy importantes como la subdirección de Ópera y después la dirección general del Instituto Nacional de Bellas Artes; también dirigió el Festival Internacional Cervantino. Emprendió festivales, programas y múltiples proyectos artísticos a lo largo del país, como Instrumenta Oaxaca, y su presencia dejó siempre una huella luminosa a lo largo de 40 años.

Lo traté como reportera cultural, pero lo conocí más a fondo por su entrañable amistad con mi tío Guillermo Arriaga, el coreógrafo y bailarín. Siempre estaba en las fiestas y reuniones del único hermano de mi madre; se quisieron mucho y compartieron una gran pasión por la música y la danza. Lo vi bailar, se le veía feliz cuando lo hacía, también lo escuché cantar. Y cuando el autor de Zapata murió, en enero de 2014, como Nacho no estaba en México para asistir a su velorio, decidió a su regreso “festejarlo como se merece”. Así que organizó un concierto en el Coro de la Catedral Metropolitana el 3 de febrero en honor a su amigo. Y después, con un grupo de familiares y afectos cercanos nos invitó a comer al hotel Majestic que a Guillermo tanto le gustaba. Ahí brindamos por él.

Llevo grabada en la memoria su sonrisa, su dulzura, sus llamadas por teléfono o sus correos (cuando murió mi madre, cuando mis cumpleaños …). Guardé su último WhatsApp, que me envió cuando publiqué mi última entrevista con Miguel León Portilla, apenas el 6 de octubre de 2019. Escribió: “Flor y canto”. Eso era Nacho, flor y canto. Por eso pidió que al morir se celebrara una fiesta. Así será.

Adriana Malvido

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Nacho Toscano, el cómplice de todos sus huérfanos

Definiciones rápidas: en una época donde la improvisación, el diletantismo, la ineptitud, la carencia de compromiso y la arrogancia invaden a la gestión de la cultura y las artes, tanto en instituciones públicas como privadas, figuras como las de Ignacio Toscano Jarquín (1952-2020) cobran, en el momento de su desaparición física, una dimensión instantáneamente legendaria.

Una de las mayores virtudes de Nacho Toscano fue su omnipresencia. Mucho antes de saber quién era, de poder identificarlo por nombre y apellido, lo había visto ya docenas de veces en los más diversos foros y presentaciones. A fines de los años setenta, aparecía en los estrenos de Ballet Teatro del Espacio; del Teatro Universitario en la Sala Juan Ruiz de Alarcón del CCU; en el Foro de Música Nueva —que por entonces aún no se llamaba Manuel Enríquez— en la sala Ponce del Palacio de Bellas Artes o en el MUNAL; en recitales de Da Capo y el Cuarteto Latinoamericano; y sobre todo en los conciertos de la Compañía Musical de Repertorio Nuevo que dirigió durante dos años Julio Estrada.

En una de esas deslumbrantes, sobrecogedoras ocasiones, Julio armó una orquesta de músicos profesionales y aficionados para interpretar por primera vez en México, en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, una de las cumbres del minimalismo musical del siglo XX: En Do, de Terry Riley.

Grande fue mi sorpresa al ver al “omnipresente” aparecer en el escenario con un clarinete entre las manos, que tocó con aplomo y generando un sonido parejo y decoroso. Fue un concierto divertido e hipnótico, como lo reseñó para el periódico Unomásuno Juan Arturo Brennan, quien también participó en el gran ensamble, de unos cuarenta músicos, tocando la celesta. La presencia de Terry Riley en el performance le dio mayor relevancia histórica a esa interpretación. Era un México con una escena cultural muchísimo menos ordinaria que la de ahora.

Nacho Toscano fue uno de los protagonistas fundacionales de esa enorme ola de vitalidad cultural.

Él aportó su energía descomunal, una visión de futuro y su profesionalismo a toda prueba a esa etapa de creación de instituciones y formaciones culturales, altas ambiciones estéticas y hambre de experimentación. Fueron los tiempos en que Nacho pasó a formar parte del consejo editorial de Pauta, la revista musical más importante de nuestro cambio de siglo; los años en que se inauguró la nueva sede de la por entonces Escuela Nacional de Música de la UNAM y uno coincidía en sus salones de clase, en el mismo salón de clases, con Eugenia León y Lourdes Ambriz; con Leonardo Coral y Fernando Nava, quien por entonces no se había mudado de la etnomusicología a la lingüística; con virtuosos como Alfredo Sánchez, eruditos como Guillermo Contreras y creadores multifacéticos como el extrañado Eniac Martínez Ulloa; el periodo glorioso de la Sala Óllin Yolitzli, de su escuela “Vida y Movimiento” y de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México; el ciclo de formación de quienes luego han integrado grupos de cámara históricos, como Tambuco y La Fontegara. Los días en que Julio Estrada descubría la música generada por computadoras personales trabajando de la mano con el físico argenmex Adolfo Dunayevich, de apenas 21 años. La fase de consolidación del Festival Internacional Cervantino, cuando pudimos ver con frecuencia los montajes del Odin Teatret y una multitud de artistas fuera de serie en nuestros escenarios. No vayamos más lejos: esta efervescencia hizo posible que surgiera nexos y, que, en un plazo breve, cobrara una garra editorial y un impacto público perdurables.

Vale decir: ése fue un pasaje incandescente de la historia cultural mexicana, en especial para la música de vanguardia, las artes escénicas y la forma de pensar el vínculo entre historia, política y sociedad, en el que parecía que todas las semanas descubríamos algo nuevo.

Nacho Toscano estuvo en todos los rincones de esa época.  No sólo como el insaciable consumidor cultural que demanda para su formación un gestor de cepa, sino también como quien va desarrollando un sentido, primero de familiaridad, y luego de complicidad con la comunidad artística y cultural.

Acaso su entrañable sentido de identidad compartida con ejecutantes, bailarines, coreógrafos, compositores, poetas, actrices, intérpretes y un sinfín de personajes de las artes, incluyendo, por supuesto, a los empresarios, mecenas, gestores y políticos culturales, fue el que le ganó a Nacho Toscano un consenso alucinante. No he conocido a alguien que me hablara mal de él. En las evocaciones de todas y todos nuestros conocidos comunes, él siempre emergió como un recuerdo cálido y risueño.

Al momento de escribir estas líneas el cuerpo de Nacho ha pasado ya a su cremación directa. No hubo oportunidad de estar junto a él en su último día de este lado del ser y el tiempo. Caigo en la cuenta de que nunca coincidimos en algún proyecto concreto, pero siempre tuvimos una forma de comunicación casi sobrenatural. Telepática. Guardo en la memoria muchas estampas de nuestros encuentros, sobre todo en la glorieta de Citlaltépetl, donde por algunos meses coincidíamos casi cada tercer día, en las mesas del restaurante Bariloche.

Pero si algo nunca olvidaré son dos escenas, relativamente cercanas en el calendario, en los que la fraternidad de sus palabras me mostraron la dimensión justa de su afecto y respeto.

La primera, cuando se me acercó al final del homenaje que le rendimos el 18 de agosto de 2013 a José María Pérez Gay en el Palacio de Bellas Artes, y que tuve la enorme fortuna de moderar. No recuerdo bien lo que dijo, pero la idea es que la forma en que buenamente pude conducir aquella mesa tan cargada de memoria le había parecido muy singular, y me lo agradeció como si yo hubiera hecho un pequeño acto de magia al presentar a los contertulios y pasarles el micrófono: con el brillo en los ojos y la sonrisa del hermano mayor que ve al benjamín portándose bien en la escuela.

Y la segunda, un breve pero muy emocionado mensaje después de haber leído mi despedida a Sergio Pitol, la crónica que Roberto Diego Ortega me pidió para integrar el número del 4 de noviembre de 2017 de El Cultural de La Razón, postrer homenaje a nuestro querido escritor veracruzano poco antes de su muerte. Le entusiasmó mucho, y conectó muy bien, creo, con sus propias experiencias pitolianas.

Nacho Toscano estudió en la misma secundaria que yo, una escuela en la que te enseñan a estar haciendo cosas todo el tiempo y a desarrollar todas las aficiones y habilidades que seas capaz de encontrar en ti mismo, la Anexa a la Normal Superior. Hasta que le alcanzaron las fuerzas, él cumplió con esas elementales exigencias con una inaudita capacidad de trabajo; con humor, bonhomía, creatividad y generosidad implacables. Fue, la suya, una forma de vivir que contagió a todos quienes lo conocimos de una fe irrenunciable en el poder civilizatorio de la cultura.

Me costará mucho trabajo volver a encontrar a un cómplice de la estatura humana de Nacho Toscano. Ruego a los dioses que, quien emprenda el delicado reto de componer su biografía, sea capaz de transmitir la devastadora sensación de orfandad que ha dejado su muerte y el cariño desbordado que le profesará siempre una parte fundamental, muy numerosa, de la familia cultural mexicana.

—Héctor Orestes Aguilar

 

2 comentarios en “Nacho Toscano in memoriam: abanico de testimonios, recuerdos y anécdotas

  1. Solo puedo decir que estoy,estamos completamente conmovidas mi madre y yo. Y así nos sentimos ahora,como huérfanas. Lo vamos a extrañar.

  2. Nacho Toscano no se va a morir, todo eso que dicen es una fantasía, -me dijo mi hija de once hace tres días cuando este fin de año lo íbamos a pasar junto con Nacho en el hotel de mi madre, Christa Cowrie, en la costa sur de Oaxaca. Ella me lo presentaría cuando apenas descargaba de mis hombros la rebelión de la pubertad, nunca la del descubrimiento, en donde fuimos cómplices desde los años noventas.
    Esa palabra coincide en los comentarios de todos aquí: complicidad. Nacho era cómplice de los secretos de uno como si los supiera, los sintiera, los llevara todos adentro cual instrumentos de orquesta tocando empero bajo una batuta precisa, porque él nunca se salía de sus casillas, él era un ejemplo del que observa, escucha y actúa con delicadeza, con respeto, sin escalar peldaños de puestos para desde sus alturas, mandar. Y a partir de lo que escucha, ve, observa y mide como posible, hacer.
    Nacho Toscano era un orquestador de la cultura per se, era un “campesino” que labra la tierra para sembrar con exquisites en ella las semillas que debían ir en ese surco y no en otro; provocaba que el gobierno lloviera aguas de quintos y centavos, de cientos y miles o millones de pesos en ellos para echar a andar los proyectos de las Bellas Artes en un país donde hoy su estructura sufre de inanición, ello en contra de lo esperado y de la fe depositada en AMLO tanto de artistas como no artistas, de ricos como de pobres, de analfabetas como de académicos, para los cuales Toscano fue siempre bondadoso.
    Fuiste un pescador de músicos, de bailarines, de notas y ritmos, de sonrisas y miradas y te has ido dejando en México y en especial en Oaxaca, un inesperado hueco como tan inesperado fue el que deja el Maestro Toledo hace apenas cuatro meses.
    Presente en la despedida sin cuerpo del difunto en el lugar, Nacho Toscano acudió, caminaba detrás de Graciela Iturbide, y cuando nuestras miradas se cruzaron en silencio asintiendo en complicidad la pérdida, recordé inevitablemente la también inusitada muerte de Mercedes Iturbe en la que nos unimos él y ella, Nicolás Echevarría y tantísimos amigos y familiares jóvenes y maduros creadores de las diferentes ramas del arte que hoy, vivos, vemos sin remedio cómo aquella almadía suelta amarras para que las tablas una por una se hundan mientras su alma y su espíritu se eleva en la memoria de los vivos, no para siempre, solo mientras, solo ahora, solo hoy.

    Ayer en su despedida a pasos del IAGO de Toledo, en la iglesia de Carmen el Alto en el corazón de Oaxaca, ésta se convirtió en un templo de música, de ópera, de violines y vientos mientras más tarde, afuera, de chilenas sonideras, de trompetas, acordeones y guitarras eléctricas que encendieron la noche como sus ojos encendían los encuentros, siempre chispeantes pero detrás del velo de la prudencia.
    Sin más me solté a llorar a moco tendido. Unas turistas guapas se habían como tantos otros, sumado y unido a esa fiesta en una para ellos equis plaza de Oaxaca. Les expliqué que la música, la fiesta, la bebida y los bocadillos, se debía a un gran hombre fallecido ayer, sin más por su parte, mi hija buscó Ignacio Toscano en el celular, y su fotografía inundó no solo la pantalla, sino mi corazón entero, estallando sin remedio un llanto que hundí en el pecho de Lalo Lara y Luis Felipe Zigüenza para decirles que por lo que luchó Toscano los últimos años en Oaxaca, el Centro Cultural, debíamos seguir luchando.
    Toledo dejó chimuela a Oaxaca, pero sus semillas están bien plantadas y seguirán creciendo hasta no dejar hueco en el que él dejó; Nacho Toscano dejó chimuela también a Oaxaca, y está en nosotros encontrar la forma de detener a las nubes cargadas de recursos para que lluevan, no quintos y centavos, sino lo propio para crecer en lo sembrado por Toscano, lo que se merece este pueblo dentro de sus futuros posibles.

    Eva Bodenstedt