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Hacia una bibliografía sentimental

Hace algún tiempo se me invitó a participar en un homenaje que rendía la Universidad Veracruzana a José Emilio Pacheco. Ante la tentación de encontrarme en la ciudad húmeda y tibia, de inusitado (ya en esta época) y gratísimo ambiente decimonónico y atmósferas que huelen a flores y café recién hecho, con antiguos amigos como Sergio Pitol, Miguel Caspitrán, Manuel Sol y el propio José Emilio, no pude negarme. Algo me condujo en esa ocasión —quizás un gusto incontrolable por la búsqueda bibliográfica, quizás una nostalgia de tiempos en que los jóvenes escribíamos, y publicábamos, en cuanta hoja de papel en blanco se ofrecía— a hojear ejemplares que conservo en mi biblioteca, de revistas que apoyaban la literatura joven allá por los años 60 y 70. Verdaderas reliquias de las que no me atrevo a deshacerme y que, en circunstancias semejantes, me eximen de recurrir a la obra reciente del autor y repetir, más o menos, lo que la crítica contemporánea predica. Así, refugiándome en la exhumación del dato que parece erudito por lo lejano, del descubrimiento de un texto poco conocido y por ello, valioso, di con rastros de primicias literarias de José Emilio en revistas ahora prácticamente inconseguibles: Estaciones, la del doctor y gran poeta Elías Nandino; El rehilete —sucedánea de aquella Rueca fundada con anterioridad por nuestra entonces maestra, María del Carmen Millán— y que animaba con singular coraje un grupo de mujeres escritoras en ciernes: Beatriz Espejo, Carmen Rosenzweig, Thelma Nava, Elsa de Llarena, entre las que tuve la fortuna de contarme; y la Revista de Bellas Artes, obra del gran artífice de revistas y suplementos culturales que es Huberto Batis, entre cuya obra de divulgación se cuentan además Cuadernos del viento y los veinte o más años del suplemento Sábado del periódico Unomásuno, que fuera también mi cueva de armar historias durante número idéntico de años. Bueno, pues con el homenaje a Sergio Fernández me ha sucedido lo mismo: he ido reuniendo eslabones, juntando datos para integrar una pequeña muestra que, si en el caso de José Emilio se tituló “Primicias de José Emilio Pacheco”, en el de mi maestro Sergio Fernández me atrevo a llamar “Perlas de Sergio”. Las fuentes han sido casi las mismas: Revista de Bellas artes, El Rehilete, Unomásuno. Suma de páginas de las que sacudo, con amor, el polvo; que hojeo con curiosidad y me trasladan a otras épocas en un inimaginable “pasón” de nostalgia, y de las que finalmente, extraigo la colaboración perdida de Sergio Fernández: un ensayo sobre Calderón de la Barca; una reseña a un libro de George Steiner; la síntesis de un trabajo de Sergio sobre Ruiz de Alarcón incluido en El amor condenado y otros ensayos. O bien, algo que alguien escribió, a su vez a cuento de un libro de Sergio: un apuntamiento crítico sobre Los desfiguros de mi corazón.

Primera perla: glosando a Sergio Fernández

Vayamos, siguiendo un orden cronológico, a una perla mayor, una perla barroca, diríamos: el ensayo titulado “El mal amor. Un intento de aproximación a la tragedia calderoniana”, que apareciera en la revista El Rehilete.1 Cala en el asunto del amor (uno de los tópicos preferidos de Sergio) y en los clásicos del Siglo de Oro español, que por entonces rondaban a nuestro autor, antes de que los mexicanos Sor Juana Inés de la Cruz y los poetas del grupo de Los Contemporáneos y tantos escritores más compartieran su atención. Partiendo del tópico del sueño (“todos los que viven sueñan”), que pareciera dominar gran parte del teatro calderoniano, Sergio Fernández da en el clavo al tipificar ese teatro como un teatro de “lo maravilloso”. “Lo maravilloso —dice— asalta al individuo y es portador lo mismo de bienes y de males.” Repara en esta característica que hace de ese teatro un sucesor de los autos primitivos recogidos en el Códice recopilado por Léo Rouanet; de farsas medievales representadas en el sur de Francia (como bien ha señalado Othón Arróniz, experto en escenarios españoles del Renacimiento) en las que la tramoya deviene protagonista de la obra. Esta llegará al clímax en la producción calderoniana, en comedias de santos como El purgatorio de San Patricio; zarzuelas como El jardín de Falerina, o autos sacramentales tal Los encantos de la culpa, para el cual se construyó una nave de tamaño casi natural —emblema plástico-visual de la Iglesia— que se botó en el estanque del Parque del Retiro y se cuenta que ¡naufragó durante el estreno de la obra!

Pero volvamos a Sergio Fernández. Para él, lo maravilloso calderoniano va de la palabra al acto, de la expresión verbal a la acción del personaje mismo. De cuestiones menudas, locuciones tales como “raro espectáculo”, “examinar el prodigio/ que entre estos peñascos nace”, montes “preñados de asombros”, sombras “frías”, “imágenes pálidas”, “humos fingidos”, “es todo el mundo un prodigio”, “todo es prodigio el día” hasta el asunto mayor de un Segismundo inmerso en situaciones anómalas, y “miles de Segismundos inmersos en cada uno de los personajes de Calderón”. Estos, de acuerdo con Sergio, suelen exclamar: “En tantas confusiones, ¿duermo o velo?”, o bien “¿Qué enigmas, cielos, son estos?”. Para Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española, del siglo XVII, “prodigio” se relaciona con predicción, puesto que deriva de “praedicere: decir antes”, o predecir. Así el “asombro” calderoniano no sería sino el pasmo ante la predicción, ante lo inesperado-inusitado. Ante lo maravilloso, en una palabra, que confunde y paraliza a Segismundo, Baltasar, Herodes; a los miles de Segismundos inmersos en cada uno de los personajes de Calderón, como vemos que dice Sergio Fernández.

Muchas son las virtudes de este trabajo: rescatar la presencia de recursos como la hipérbole calderoniana, otorgándole el lugar de gran elemento del teatro del dramaturgo; apuntar la “hybris” en personajes que se superan a sí mismos para autodevorarse; apuntar exactas comparaciones entre literatura y pintura –uno de los leit-motifs de la obra entera de Sergio y de su vida (lo conocemos como amante y coleccionista de obra plástica); deslizar sugerencias que dan pie a paralelismos reveladores: por ejemplo, la comparación que se me ocurre entre los acontecimientos en torno al Conde de Villamediana, factor del rey y hombre de conducta más que dudosa, asesinado el 21 de agosto de 1622 por un anónimo transeúnte en las calles de Madrid, en un hecho de nota roja, con lo que sucede a los personajes de Calderón, a quienes según los apuntamientos de Sergio Fernández, “la razón no les sirve de punto de equilibrio, antes bien, sólo […] es observadora paralítica que indica pero que no impide llevar a efecto, el curso de las más terribles pasiones”.2 Lo anterior le va como anillo al dedo a Villamediana, a quien el discreto Ruiz de Alarcón —que no se metía con nadie— le endilga unas nada piadosas décimas satíricas, luego de su muerte; algún agravio habrá recibido del temible don Juan de Vera Tassis.

Las observaciones de Sergio Fernández sobre el “mal amor”, nos llevan inevitablemente a pensar en Lope de Vega, “sus amores y sus odios” (como dijera Francisco A. de Icaza), y en los del propio Felipe IV, de quien se conoce de sobra, a pesar de su aparente parsimonia, el gusto por mujeres de diversa laya (cómicas, damas de la corte, etcétera) que dieran no pocos dolores de cabeza a las sufridas reinas Isabel y Mariana de Neuburg. De él se cuenta que engendró más de treinta hijos naturales (Pérez Reverte dixit). Pero en fin, que Sergio Fernández, precursor de una crítica sobre la literatura áurea que en México se volvería paradigmática, hace hermeneútica y taxonomía en este ensayo de 1961.

De la expresión literaria de los celos; de éstos y de aquellos que los padecen y que pareciera que también los gozan, y por ellos matan y mueren. Destaca paradojas como cuando señala que “la lección moral y religiosa contenida en su teatro [de Calderón de la Barca] realza notablemente el caos en el que viven los hombres”;3 recoge tópicos calderonianos (el de la sirena y el cocodrilo como figuras emblemáticas barrocas del doblez y la hipocresía en El mayor monstruo del mundo, que también, añadiríamos, asoman la cabeza en La cena del Rey Baltasar, auto paradigmático del género) para resumir sus planteamientos críticos en un párrafo concluyente: “la escena calderoniana —como hoguera en que arde toda conciencia alejada de Dios— se convierte en el mejor baluarte de la vida española del siglo XVII: intolerancia y brusca imposición de una verdad envuelta en el manto “prodigioso”, maravillado, de un arte puesto a su servicio”.4 Se refiere, claro, al arte teatral.

Literatura y vida: la prodigiosa década de los sesenta

Iniciemos aquí el viaje sentimental con Sergio. Sergio Fernández dictaba cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras desde antes de 1960, pero lo conocí yo cuando huí de la Facultad de Derecho para refugiarme en la de Filosofía y Letras, y encontrarme aquí, en estas aulas, con mis compañeros, prófugos como yo misma de los olores y la parafernalia abominable de la Facultad vecina: José Emilio Pacheco, Jaime Labastida, Heraclio Zepeda, Juan Ibáñez. A ninguno de nosotros se nos dio ser letrados y dramaturgos, novelistas o poetas, conjugar el binomio que tan bien fusionara Ruiz de Alarcón en el siglo XVII.

Margarita Peña y Sergio Fernández en la casa de este último en Valle de Bravo, navidad de 1991. Cortesía de: Federico Campbell Peña

Era, por entonces, la Facultad de María del Carmen Millán, Amancio Bolaño Isla, Rosario Castellanos, Sergio Fernández. Recuerdo los enormes salones de la planta baja atestados de estudiantes, en las clases de María del Carmen y de Sergio. Me veo a mí misma embobada escuchando a Sergio inventar a las grandes figuras del barroco, descubriendo a través de él a los soldados rojos de Loyola; enterándome, por él, de que existió una alcahueta de gran fama llamada Celestina y de que en la tragicomedia de Fernando de Rojas las piedras le gritaban “¡puta vieja…!”. Me veo, posteriormente, a mí misma en la casa de Álvaro Obregón, de Sergio, comentando con él, sentados ambos en un sillón de terciopelo no sé si color verde olivo o marrón, o vino, bajo la escaleras, mi tema de tesis; yéndome en línea recta, condicionada por Sergio, obviamente (y también por una educación protestante que me hacía amar la Biblia y los temas bíblicos), presa de incontenible fascinación, hasta los autos sacramentales: La vida es sueño, El divino Jasón, El pleito matrimonial del Cuerpo y del Alma, La cena del rey Baltasar y sus personajes alegóricos. Me veo, por esos años, formando parte del famoso Seminario de Tesis al que Pache Ontañón se refirió, junto con Miguel Capistrán, Carmen y Malena Galindo, Yamilé Paz Paredes, nuestro llorado José Luis González, a quien su esposa checa le hacía terribles escenas de celos por las compañeras —nosotras— con quienes, según ella, se iba a bailar.

Me veo —los veo a todos en el Cabaret Bombay— bailando, en efecto, un danzón “dedicado al Maestro Sergio Fernández y sus alumnos”, para entonces ya se habían sumado otros, nuestros galanes, Eduardo, Jaime del Palacio, etcétera. Carmen Farías, la Paco, y yo íbamos hasta “el tocador” cuidándonos una a otra, pues no dejábamos de ser requeridas, en el trayecto, por algunos de la concurrencia, que nos solicitaban: “¿bailamos, madre?” ¿Cómo olvidar la fiesta por la publicación de Los peces en el departamento de Polanco de Pepita Ramos, amiga de Sergio de toda la vida, ocasión en que salimos retratados en el periódico: Griselda Álvarez llevaba un abrigo de mink que le llegaba a los pies, el que David Ramón se probaba con todo desparpajo; y don Joaquín, el padre de Pepita, acabó corriéndolos a todos —yo, afortunadamente, ya me había ido— porque parece que se topó con no sé qué escenas inconvenientes en su propia recámara?

¡Qué época, vamos! “Those were the days, my friends.” Época que desapareció, se desvaneció, se murió pues, luego del feroz hachazo del 68, todos como que nos congelamos y decidimos que era hora de sentar cabeza, casarse, tener hijos y cosas por el estilo (aburrirnos, entre otras). Sergio seguía siendo, eso sí, gurú, padre intelectual y maestro. Seguiría escribiendo, incansable: Segundo sueño, Los desfiguros de mi corazón, El estiércol de Melibea, La copa derramada y tantos libros más. Seguía, seguiría explicándonos la vida, imprimiendo en nosotros un sello, una manera de ver las cosas, no sólo de leer o hacer una tesis porque, en gran medida, Sergio nos enseñaba cómo se vive y se goza o se sufre, se muere de “mal amor”, como en Calderón, de mal de amores. Porque Sergio era también confidente dotado de palabras ya lenitivas, ya admonitorias, tajantes, según lo requiriera el caso o la circunstancia.

Segundo hallazgo, que se intitula “Corazón transfigurado”

Me voy de golpe hasta los años ochenta, al periódico Unomásuno. Me asomo, con mirada crítica, al libro entonces reciente de Sergio Fernández, en una reseña que escribí, para ser precisa, en el año 83 con el título de “Corazón transfigurado”. Me permito repasarla aquí, de nuevo. Dice así:

“Se creyó, cuando Sergio Fernández anunció que escribiría un anecdotario: Los desfiguros de mi corazón, que los amigos desfilarían en términos inapelables por el escaparate de la anécdota. Y he aquí que la obra se configura más bien como la autobiografía sentimental del autor apuntalada en los seres (amigos, conocidos, meras presencias imaginadas), que han ido haciendo, poblando, momentos casi todos trascendentes en algún sentido, de la existencia real del escritor. Como un mazo de cartas, los trece textos (o catorce, si se toma en cuenta la sápida aclaración inicial) podrían intercambiarse otorgándoles una ordenación cronológica, con lo cual se obtendría una secuencia impresionista de la vida de Sergio Fernández, que iría, en el tiempo, desde “Cristina” —tramado sutil de sensaciones y emociones que giran sobre el pibote de la dicotomía ternura-crueldad, sobre la infancia—, hasta “Tridens Paracelsi”, texto en el que reconocemos hechos sucedidos casi en el momento actual —es decir, las inmediateces—, los años ochenta. Este segundo caso sería el de “Todo el monte es orégano”, espléndido relato de la búsqueda angustiada de los propios orígenes y de la inalcanzable imagen paterna; de la persecución terca de la felicidad a través de la magia y de los símbolos.

Repasando el anecdotario damos con “Magdalena”, crónica de días y noches que se agotan en la rebusca del ideal clásico del andrógino, encarnado en un ángel —Elohim— o en un travesti brasileño. Crónica que se define en la relación de múltiples instantes en los que el autor–personaje, se ve atrapado, encerrado, aprisionado por la lente de Magdalena, la fotógrafa–endriago de manos blanquiazules que habita en el piso número 40 de una torre de Sao Paulo, morada que ella (él) alterna con los antros de la gran ciudad en los que deambula una humanidad variopinta, travestis incluidos. Viaje vertiginoso del cielo al suelo, que culmina en un infierno singular. Viaje, también, de la imaginación especulativa a través del vértigo de la palabra, que trasluce conjuntamente la curiosidad y compasión del narrador–espectador ante la anomalía fisiológica del travestista. Sentimientos que desembocan en cuestionamientos existenciales.

Los contrarios se tocan, la conciliación de los opuestos se da como un signo formal del sentir y de la expresión abarrocados de Sergio Fernández. El ser masculino versus el ser femenino; gozo y padecimiento que se suceden; evidencia inevitable derivada del juego intensamente deseado. De la locura aparentemente circunstancial e irrelevante que desemboca en aceptación, a un tiempo desgarrada y triunfante de la identidad sexual en “Oye Salomé”, una de las anécdotas más cargadas de violencia y desolación dentro del conjunto. La fórmula final resume la cuestión esencial: ¿cuántos sexos posee cada uno de nosotros? La respuesta es definitiva: “el del alma y los muchos del cuerpo”. Y a lo largo de la narración, desde los entrañables rincones de la infancia, de la adolescencia, Buster Keaton, cómplice y quizás “alter ego” de Sergio Fernández, guiña el ojo al narrador y al que lee. El carácter efímero del hecho que da pie a la anécdota (lo que sucede para, en el mismo instante dejar de ser, aunque después lo recupere la memoria) se ve trascendido dentro del conjunto de crónicas, o cronorrelatos. Las correspondencias con lo plástico, con lo literario, en cuanto antecedente, están a la mano. Los relatos titulados “Cristina”, “La Narcisa” vendrían a ser estampas en términos de una estética negra a lo Goya, a lo Quevedo. “Oye Salomé” correspondería a la pintura fauvista, y en lo literario, a una especie de naturalismo estridente.

Los desfiguros de mi corazón ratifica lo ya apuntado —en artículos anteriores respecto a Los peces y Segundo sueño. Se trata de una narrativa cuyo primer tema, o pretexto, es el autor mismo. Y en Los desfiguros…, más que en aquéllos, nos encontramos ante una literatura confesional cuyo vórtice está dado por la confluencia del yo y del mundo, a la vez interiorista y exógena por lo que tiene de diversa, sea que se vuelque en la anécdota circunstancial, subjetiva, o que tome los caminos de la crónica perdurable o del relato testimonial. En resumen nos encontramos ante un anecdotario —Los desfiguros de mi corazón– que es la radiografía de un corazón transfigurado en términos de madurez estilística y gran nivel estético”.

Los desfiguros de mi corazón, México, ed. Nueva Imagen, 1983.

Los benditos desfiguros de la amistad

Y vamos de nuevo, ¿por qué no? a la anécdota, prosigamos el viaje sentimental. ¿Cómo olvidar que un día Sergio decidió construir una casa, su casa? Allá por las colinas del Olivar de los Padres, tan lejos del epicentro de los temblores que en su compañía nos convulsionaban, en la entrañable Colonia Roma, en donde por entonces todavía circulaba el tranvía y una tarde de domingo, Sergio y yo hicimos el trayecto San Ángel-Insurgentes, Colonia Roma, avenida Álvaro Obregón en unos de esos vetustos e irreemplazables armatostes.

Por los linderos de la amistad andaban entonces también Carmen Alardín, Arturo Cantú, Florencio Sánchez Cámara, Malke Geller, Alberto Dallal, el I Ching, y los de siempre, o de a veces: Luis Prieto, Héctor Valdés, Selma Beraud, Cayetano Cantú. Se bebían cubas o vino, se degustaban los guisos deliciosos de doña Lupita (su pipián, su adobo, su almendrado, sus chiles rellenos), terminábamos devorando pasteles vieneses adquiridos en pastelerías mexicanas.

Un 3 de mayo Sergio decidió celebrar la fiesta de la Santa Cruz en la casa aun en obra negra. Pero vaya, que me voy de nuevo a los sesenta. No importa, qué se le ha a hacer, son los recovecos de la memoria. Una foto memorable nos muestra brindando con los “maistros” albañiles, cerveza en ristre, riéndonos, medio haciendo desfiguros, como en una pintura de Posada o en una placa de las de entonces, de Héctor García —que ha retratado a todo México y con su lente y ha capturado a todos los ingenios mexicanos. Para la ocasión cada quien llevó un bote de pintura blanca y quien sabe cuántas viandas regias y bebidas espirituosas. Y la casa, “Los empeños”, se convirtió poco a poco, en baluarte, fortaleza casi inexpugnable debido a los cien escalones que hay que subir para llegar a la cúspide; lugar de reunión y regocijo: en “la casa de Sergio”. Y muchas veces emprendimos el ascenso: en el cumpleaños —el pisciano 26 de febrero—; el Día del Maestro, en Navidad…

Por esa época —o un poco después— fuimos Sergio, Luis Francisco Villaseñor y yo a Zacatecas, un 15 de septiembre, que dizque a dar el Grito. El hotel en que nos alojamos se ubicaba en el mero zócalo, frente al Palacio Municipal; me dieron una habitación en la que el ruido de la bomba me impediría dormir, desde el primer momento me di cuenta. Sergio, solícito, hizo las gestiones pertinentes para que su latosa amiga estuviera cómoda, así que me cambiaron a una gran habitación con balcón a la plaza, desde donde presenciamos los tres la ceremonia del Grito famoso. Eso sí, la gran habitación, con cortinajes rojos y casi con dosel sobre el lecho, era como de cortesana de pueblo (por llamarle de algún modo). Recuerdo que en el oscuro y mal ventilado closet alguien había apilado un montón de periódicos locales, como en colección, con la historia por capítulos de las famosas Poquianchis y sus tropelías cometidas allí, más o menos cerca, en San Francisco del Rincón. Tuve material de mórbida lectura para varias noches. Se me ponía la carne de gallina, se me paraban los pelos de punta, pero seguía leyendo, así como a escondidas, a hurtadillas. Por supuesto, que nunca le platiqué a Sergio de esa lectura vergonzante, de ese tesorito periodístico descubierto en el clóset semidesvencijado del cuarto del hotel zacatecano. El mismo que ahora, restaurado y elegante, se llama Hotel Emporio y es, creo, el más caro de la minera ciudad de Zacatecas.

Tercera perla: una reseña bibliográfica

Continuemos saboreando los hallazgos literarios. Y, antes que nada, adelanto que la perla a que me refiero, como en los casos anteriores, es el artículo de Sergio, no mi modesta reseña. En Juan Ruiz de Alarcón ante el espejo de la crítica. Una bibliografía alarconiana, publicada por el Gobierno del Estado de Guerrero en 1992, pude hacer un apuntamiento crítico del ensayo de Sergio Fernández, “El amor enredado”, aparecido originalmente en la revista Et Caetera, de Guadalajara, e incluido en El amor condenado y otros ensayos.5 El trabajo de Sergio Fernández había sido citado asimismo por Walter Poesse en su Ensayo de una bibliografía de Juan Ruiz de Alarcón y Mendoza, del año 1964, cosa que hice constar. Estamos ante un caso de multicrítica. En la bibliografía alarconiana, la reseña, con la entrada número 583, reza como sigue:

El autor [Sergio Fernández] estudia los personajes alarconianos y el modo en que se va construyendo el enredo, determinando el sentido de éste como fin en la obra del dramaturgo. SF distingue tres tipos de enredo: 1) el que se hace por voluntad ajena; se cae en las redes que otro tiende; 2) el enredo elaborado por uno mismo; 3) aquél en que existe un acuerdo tácito entre el enredado y el enredador. Este último es, sin duda, el que plantea Alarcón. En términos de SF la existencia de los personajes alarconianos no tiene sentido en la libertad, que implica el verse fuera de cualquier problema. “[Su] condición los obliga a deformar la realidad, como si en ello, en su quehacer cotidiano, encontraran la transparente ilusión que persiguen” (p.171). [Para Sergio Fernández] el enredo está basado fundamentalmente en la mentira del amor. El engaño condiciona la base del enredo, el cual es soporte de otros engaños más. Por lo general, hay confusión de identidades, un apropiarse por malas vías de la identidad del otro, destruyéndola. Ejemplifica el esquema del enredo en los modelos de La cueva de Salamanca y Todo es ventura y afirma que se repite en casi toda la obra de Alarcón. Tal esquema se basa en equívocas ideas con las cuales escenografía y palabras establecen una compleja intimidad, correspondiente a la de los espíritus españoles del siglo XVII. Señala la mudanza como una característica de los personajes de Alarcón, la cual tiene como origen profundo el deseo de apropiarse de un estado del que se carece. De acuerdo con SF, los personajes del teatro alarconiano transitan por el mundo esgrimiendo armas absolutamente inmorales: el chisme, el equívoco conciente, la mentira, el cohecho. La visión de Sergio Fernández del teatro de Alarcón es una perspectiva lúcida, aguda, y poco optimista. En resumen, un ensayo de gran originalidad dentro del contexto de la crítica mexicana sobre Alarcón en el siglo XX.

Hasta aquí la perla. Habría que añadir que la intuición de Sergio Fernández, sorprendentemente sagaz, da en el clavo al establecer como coordenadas del teatro alarconiano la mentira, el equívoco conciente, y más bajos todavía en la escala moral, el chisme y el cohecho. Un examen profundo, una lectura entrelíneas de las comedias alarconianas a luz de la biografía de Ruiz de Alarcón permite descubrir, no la tan traída y llevada virtud alarconiana; su proclamada —por una crítica tradicional— denuncia de la mentira y exaltación de la verdad, en comedias como La verdad sospechosa o Las paredes oyen , sino más bien una proclividad a la ambigüedad, la simulación y la mentira misma —en mucho producto de posibles traumas infantiles del dramaturgo— que se proyectan en los motivos de los personajes y se confirman en documentos oficiales de archivo referentes a la vida de Alarcón. Es por eso que esta percepción crítica de Sergio, en los años sesenta, resulta de gran valor en la actualidad, cuando se intenta reconstruir al “personaje” Alarcón en una dimensión veraz y humana. Así cuando Sergio Fernández afirma: “el engaño condiciona la base del enredo, el cual es soporte de otros engaños más”. O bien, cuando repara en “la mudanza como una característica de los personajes de Alarcón, la cual tiene como origen profundo el deseo de apropiarse de un estado del que se carece”, no podemos más que decir, Lola Josa —la deslumbrante crítica de Barcelona, autora del recientísimo El arte dramático de Alarcón— y quien esto escribe: “Ya, antes que nosotras, lo dijo Sergio”. Es preciso, igualmente, señalar que junto con los ensayos alarconianos de Rodolfo Usigli y Rosario Castellanos, el ensayo de Sergio Fernández, “El amor enredado” es piedra de toque en la bibliografía alarconiana en México, entre la primera y la segunda mitad del siglo XX.

Sergio Fernández y las figuraciones de la amistad

Las casas de Sergio han sido siempre hospitalarias. Algunos, creo, estuvimos en la de Valle de Bravo, en Navidades acogedoras junto a la chimenea, escuchando “Amapola” en arreglo de Morricone, o a la divina Marlene, cerca de las gerberas primorosamente dispuestas en arriates o en floreros al uso, y de las ubérrimas cazuelas de romeritos. Repito, para terminar, algo que suena a verdad de Perogrullo: la amistad es el pibote de la vida de Sergio, así como el amor —enredado o no, mal o buen amor—, el tópico clave de su literatura. A lo largo de estas páginas he citado algunos nombres de amigos y amigas de Sergio. No sería posible mencionar a todos los que me llegan a la memoria, aunque viniera al caso. Son muchos. Tan sólo, entre los artistas plásticos, recuerdo a tres: Rodolfo Hurtado; Lauro (que le pintó bellos retratos, entre ellos el de Paulita, la criatura del tez almendrada y ojos como bolitas de azabache, la niña que todos hemos querido), Antonio Peláez, y no sé si también Gunter Gerzso y Matías Goeritz. La pintura que creo, gusta a Sergio, además de la velazqueña, la de Valdés Leal y el Greco, es la intimista, de bodegones y naturalezas muertas, con sabor a ambientes mestizos de un México elegante y recatado. Pero también el arte abstracto, la pintura contemporánea. Como un patriarca del antiguo testamento, y a lo largo de encuentros y desencuentros —inevitables estos en cualquier relación humana— que luego dan lugar a revaloraciones recíprocas, la amistad y sus figuraciones hacen de nuestro maestro una suerte de Noé de abundante simiente; padre de semitas, camitas y jafetitas, porque en su entorno amistoso hay de todo y mucho, sin discriminación, aunque él sea selectivo por naturaleza.

Lo que a nosotros, lectores, alumnos y amigos nos ha dado Sergio Fernández es invaluable: un legado literario variado en géneros, abundante en número y de incuestionables valores estéticos que requiere ya de una ordenación bibliográfica. Asimismo, las claves para el análisis literario, el riquísimo espectro de una crítica practicada por escrito, en el ensayo y, con generosidad, en el salón de clase. Un oído amigo, atento, puntos de vista y consejos que podemos seguir o no (allá cada quien con sus entretelas); pautas para la vida, porque es un “maestro de vida” y no sólo de letras. Una manera, en fin, de ver el mundo; un estilo o modo de estar en el mundo. Momentos de gozo compartido que no borra la ausencia. Por todo esto y más, gracias, Sergio.

 

Margarita Peña
(1937-2018) Escritora e investigadora. Profesora emérita de la UNAM, con una amplísima obra sobre literatura mexicana de los siglos XVI a XVIII.


1 El Rehilete, núm. 3, noviembre de 1961, pp. 5-16.

2 Idem, p. 8.

3 Idem, p. 16.

4 Idem.

5 México, UNAM, col. Proyecciones, pp. 189-192,1981.