Nací en un hogar católico y fue enviado a escuelas religiosas: el ya desaparecido Instituto Patria dirigido por jesuitas en la Ciudad de México. Cuando éste cerró, continué mis estudios en el Instituto México (marista). Aún siendo niño me quedó claro que la aproximación a la religiosidad católica de los jesuitas era distinta a la del resto. Muy cercanos a las reverberaciones del Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús trataba de impartir un catolicismo más esencial, menos fantasioso. En oposición al culto barroco y mágico, un catolicismo mental y estéticamente minimalista y, por ende, más afín a una sensibilidad moderna, como bien lo comunicaba en ese entonces la iglesia de San Ignacio de Loyola, en Polanco, CdMx, diseñada y proyectada por ese gran arquitecto modernista que sin duda fue Sordo Madaleno. En vez de domos y volutas, la sobriedad de los ángulos rectos y la geometría. A su interior, nada de esas horrendas representaciones figurativas de parque temático religioso ni tampoco la estatuaria sanguinolenta y masoquista de la tradición hispana, tan entregada a la voluptuosidad del martirio.

Ilustración: Oldemar González

Ello al menos fue así hasta que el papado de Juan Pablo II trajo consigo un revival kitsch, esta vez con una apuesta no a lo cruel sino a lo edulcorado arruinando los interiores de iglesias de arquitectura moderna, de la que no quedo exenta San Ignacio. El concepto de ésta última no era el de acercar nubes de algodón de azúcar a los feligreses sino una ética de la abstracción, con menos representaciones tangibles y más signos. Una invitación a la vida interior y al silencio que la propicia: déficit característico del catolicismo novohispano, totalmente volcado hacia el ritual y lo exterior donde quedó atrofiado, pues no conoció —a diferencia del catolicismo francés o belga— la competencia por mentes y corazones ni de la reforma protestante ni de la ilustración.

La culminación de esa estética que a la vez es una ética era su enorme Cristo crucificado detrás del altar (ignoro el autor de esa obra maestra) que plasmaba muchas de las virtudes del modernismo. Nada de representación literal, ni pretensiones esteticistas (esos cristos telenoveleros que son sexys hasta en la cruz) sino toda la fuerza que sólo puede transmitir un símbolo. El de San Ignacio es un Cristo sin rostro, que comunica la derrota y también el misterio del sufrimiento, ello sin recurrir al efectismo dramático de la herida y la sangre. Tenía originalmente la apariencia y textura de una pieza de piedra volcánica entre gris y verdosa: una verdad profunda y áspera surgida de las profundidades de la psique. Era, sobre todo, la antítesis de una divinidad victoriosa hasta que algún imbécil se le ocurrió añadirle una capa dorada y así luce hoy en día, frustrando la intención original del mensaje. Toda una metáfora del destino de una religión organizada.

En casa nuestra madre acostumbraba leernos durante la semana santa “Jesús en su Tiempo” del historiador católico Daniel Rops (1901-1965). Un libro escrito durante la Segunda Guerra Mundial que, como su título indica, procuraba contextualizar los cuatro evangelios en su entorno histórico, cultural y geográfico. Era, con todo y ser un primer ejercicio ortodoxo y piadoso, un intento de ver aquello desde afuera. Un texto datado (antecede al descubrimiento de los rollos del Mar Muerto) y sesgado por definición, pero no exento de momentos de profundidad, aguda intuición y belleza. Sin que nos lo dijeran nuestros padres, sabíamos que la verdadera celebración católico/cristiana era “la semana mayor” más que la navidad. Esta última trata —como todos sabemos— de los bienes terrenales: familia, amistades, reuniones, cenas y regalos por más que se pretenda otra cosa al enmarcársele en las estampas del folklore religioso al que tanto contribuyó el evangelio de San Mateo y, sobre todo, el de San Lucas. Cada vez resulta más obvio para todo el mundo que, el 25 de diciembre, es una celebración pagana que retorna a su punto de partida cada año con menos inhibiciones que el anterior. La crítica al consumismo y al materialismo —no se diga a los abominables villancicos y demás cancioncitas de mierda— están más que justificadas (hay quien dice que la Navidad es la venganza póstuma de los mercaderes del templo), pero tampoco hay que olvidar que lo religioso, en tanto contribuye a la cohesión comunitaria y la impregna de una tonalidad, opera como una técnica psicosocial para la vida, por más que el cristianismo insista en el más allá. Los paganos no tenían problemas con ello antes de que se impusiera la religión de Jesús de Nazaret, sus promesas irresponsables de una vida eterna más valiosa que ésta y las confusiones cristianas que crean oposiciones de significado donde no las había.

Conforme transcurría mi vida me alejaba más y más del catolicismo y del cristianismo a secas. Un Dios que crea para condenar al final de los tiempos a buena parte de la humanidad parece absurdo ¿para qué crea y exige devoción a quienes de antemano sabe que condenará de todos modos? Las cualidades hiperbólicas del Dios judeocristiano tales como la bondad la omnisciencia y la omnipotencia resultan incompatibles. El problema del mal en el mundo (o teodicea como le conocen los teólogos) no refuta la idea de una divinidad en general, pero sí la de esa divinidad. Por lo demás un Dios creador es uno que cae en las leyes del tiempo (Cioran), uno que no puede escapar a un antes y un después: a su vez, si la bondad infinita fuera uno de sus atributos, entonces las nociones del bien y el mal están por encima de su omnipotencia, (Bertrand Russell). Cabe esperar más coherencia y apego a los hechos en una teología de una deidad feroz, amoral o indiferente.

Más allá que la ciencia no para de frustrar lo que la Biblia afirma, me parece que la crítica del cristianismo debe comenzar por su obsesión por una vida eterna y de una salvación una vez que este mundo sea destruido (y luego nos sorprende lo poco que se valora al planeta y a su biodiversidad: la antiphysis cristiana). El cielo es la peor idea del cristianismo. Esa ñoñería tiene tanto de pesadillesco como el infierno mismo (Borges) y además carece de sentido pretender que nuestra individualidad pueda mantenerse en un entorno eterno: todo, absolutamente todo lo que nos define parte de nuestra naturaleza finita y contingente; por eso elegimos, por eso priorizamos, por eso vemos el mundo de cierta manera y no de otra, por eso hay cosas que valoramos y otras que rechazamos; por eso amamos: confesión absoluta de fragilidad ¿qué podría importarnos en nosotros o en los demás si fuéramos eternos? En una existencia sin fin la conciencia de nosotros mismos se desvanecería: zombis sin término. Encuentro en ello la mayor contradicción del cristianismo; la religión que exagera como ninguna la importancia del individuo y su destino, pero su mayor promesa rompe con su contexto y significado.

En un plano menos abstracto no dejan de ser peligrosa la obsesión con el fin de los tiempos, la redención y el mesianismo. No es lo mismo el impacto que tuvo una secta apocalíptica/ milenarista como los Cátaros, que una que llegue a infiltrar a los suyos en la sala de control de lanzamiento de misiles o un laboratorio de armas biológicas. La manipulación política en general del imaginario cristiano es innegable, misma que han capitalizado de distintas formas derechas e izquierdas. Tampoco creo que la ética del predicador de Galilea sea su expresión más alta jamás alcanzada. El personaje condena a quien no le sigue más no a la esclavitud (la da por hecho). Su emocionalismo ético, que aspira a extender lazos filiales como principio rector, está pensado para comunidades pequeñas, de interacción cara a cara; no para un mundo complejo en la que la responsabilidad (Weber) tiene también una dimensión ética que no necesariamente ha de encajar ni con la del imperativo categórico ni con la que tan sólo se fía del corazón. Es una ética que tampoco entiende del conflicto de valores (Isaiah Berlin), por lo que su agenda propende a un absolutismo que tiraniza conciencias individuales y comunidades, a la vez que propicia hipocresías y dobles morales. Se podrá argumentar interminablemente que en el Nuevo Testamento hay un mensaje puro corrompido por los hombres y sus instituciones, pero hay doctrinas que nacen para ello; que piden a gritos ser malinterpretadas dado lo intenso de sus contradicciones y lo absurdo de sus agendas. Las enfermedades no son ajenas a los organismos: algo dicen de su naturaleza.

Desde luego que el impulso religioso siempre estará ahí, no importando objeciones viejas o nuevas. Lo más verdadero en las religiones son las necesidades que expresan. Queremos que nuestra existencia tenga un sentido; no naufragar a la deriva, sentirnos acompañados frente a los grandes reveses. Salvo espíritus heroicos como Camus o estoicos como Joseph Conrad, es prácticamente imposible enfrentar la vida sin un aura de esperanza, no se diga la muerte, el evento más solitario y definitivo. Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, parafraseando a Stig Dagerman. Pero en la medida en que las religiones son expresiones de necesidades de la psique individual y colectiva es inevitable proyectar, en el caso del cristianismo, la versión más a modo de esas necesidades. Se puede tener hoy día un Jesús caucásico, conservador y nacionalista como en el Bible Belt de los Estados Unidos o uno cheguevaresco en Latinoamérica.

Las primeras centurias del cristianismo se multiplicaban las versiones de Jesús de Nazaret respondiendo a ansiedades y expectativas de distintas comunidades, pero también de predicadores que proyectaban su visión imaginativa y personalidad en su versión del personaje. La proliferación de textos y versiones amenazaba con crear una babel cristiana. Imitando el institucionalismo romano, la iglesia católica surge de la necesidad de imponer orden en el caos; establecer cuáles eran los textos canónicos y cuáles no, además de figuras de autoridad para decidir sobre cuestiones doctrinales y establecer una serie de protocolos al respecto. Nace así la ortodoxia, gobernada por una ideocracia. Los partidos comunistas en Europa del Este no dejaron de replicar de algún modo ese modelo en el siglo XX y es sintomático que, los partidos comunistas más poderosos en Europa Occidental enraizaran en naciones católicas (España, Francia e Italia).

Es así que, ocupando el vacío del imperio romano, la iglesia católica se las ingenió para mantener a raya las sectas más delirantes hasta que llegó la reforma protestante en el siglo XVI. Sin minimizar las razones de este último movimiento, lo cierto es que la iglesia católica no se equivocó al vaticinar que la cristiandad en occidente se volvería a multiplicar sin orden ni concierto en innumerables versiones, no pocas de ellas a la medida de predicadores fuera de toda supervisión y control. Uno puede preguntarse cuántas denominaciones cristianas puede haber hoy en día en Texas, incluyendo la versión corporativa del tal Joel Osteen: una especie de CEO bíblico, jet privado incluido. Con todo, la iglesia católica pagó una factura altísima por su apuesta al orden y disciplina: estructurarse alrededor de un ejército clerical, vicario o mediador de los feligreses. Las fisuras son evidentes y los escándalos por todos conocidos. Al fracasar en esa autoimpuesta misión de supervisión y control centralizados —y al igual que los partidos comunistas en su momento— la versión del cristianismo en mayor riesgo de colapso doctrinal e institucional es el catolicismo.

Pero otra consecuencia de la apuesta clerical fue crear probablemente el rebaño más ignorante de sus textos fundacionales y la historicidad de su Fe de entre todas las religiones organizadas. Aún entre católicos educados, muchos ignoran cosas tan básicas como que fueron escritos en griego, no en arameo, y, por ende, casi imposible que provengan del entorno galileo inmediato de Jesús de Nazaret. La mayoría de los católicos cree que los cuatro evangelios canónicos fueron escritos por testigos presenciales de los eventos ahí narrados sin tener noticia alguna del consenso —entre quienes han estudiado esos textos con todo el aparato crítico del análisis histórico y literario— de que el primer evangelio fue el de Marcos, escrito poco tiempo después del trágico final de la guerra judía y la destrucción del templo en el año setenta: es decir, alrededor de 40 años después de la crucifixión. Le siguen los evangelios de Mateo y Lucas escritos 50 años después y, por último, el atribuido a Juan, redactado a finales de la década de los noventa del siglo I. Casi ningún feligrés sabe que los nombres de esos evangelios fueron dados en el siglo II.

En el mundo católico los evangelios como objeto de estudio se le considera “cosa de curas” como si el análisis histórico y lingüístico lo fuera. No es de extrañar que un abordaje serio desde esa perspectiva tuviera lugar en el norte de Europa. El primero en intentarlo fue el alemán David Friederich Strauss (1808-1874). A partir de ahí los alemanes hicieron análisis y deducciones fundamentales: por ejemplo, que debió existir un texto de referencia común en San Mateo y San Lucas, perdido en la noche de los tiempos al que los estudiosos designan como Q, del alemán Quelle (fuente) y al que no tuvieron acceso los otros dos evangelistas. A partir de ahí la producción académica pasó al mundo de habla inglesa, donde no pocas universidades tienen departamentos para analizar la literatura generada en los primeros siglos de la cristiandad, produciendo estudios que podrían llenar bibliotecas enteras. En tanto, el mundo hispánico ha pasado de noche. No sorprende. Su falta de curiosidad es casi idiosincrásica ¿No acaso tuvo que venir el alemán Humboldt a describirle al imperio español cómo eran sus posesiones en las Américas?

Un hecho decisivo del Nuevo Testamento es que los primeros textos que se produjeron no fueron los evangelios, sino las cartas del Apóstol Pablo en un periodo entre finales de los años treinta y principio de los cincuenta del siglo I. Son cartas dirigidas a comunidades cristianas diseminadas por el mediterráneo oriental que apenas y aluden a la vida de Jesús de Nazaret (daba por sentado que la narrativa básica, transmitida de boca en boca, era conocida en esas comunidades). En vez de ello, da inicio a lo que se le denomina una cristología; una interpretación de quien era Jesús de Nazaret. Lo que le importa a Pablo es que se entienda su concepto al respecto, indisociable de la idea obsesiva de una salvación por la Fe. No por nada se considera, desde la perspectiva histórica, que el cristianismo comienza no con Jesús de Nazaret, sino con San Pablo.

Es por lo anterior que, en los cuatro evangelios canónicos, los rastros testimoniales comienzan a ser opacados de manera creciente por la agenda teológica, resultado del impacto e influencia de Pablo. El más simple de los evangelios desde la perspectiva teológica es el de San Marcos, pero tal contenido se torna más y más complejo hasta desembocar en la teología con esteroides del evangelio de Juan, el menos judío de los cuatro y el más impregnado de la mística y metafísica del helenismo tardío. “En el principio fue el Logos” es la frase de arranque más poderosa en la historia de la literatura de occidente. La cronología de los cuatro evangélicos acusa ese proceso de evolución conceptual hacia la divinización del predicador de Galilea, algo que explica brillantemente Paula Frederiksen (From Jesus To Christ, Yale University Press, 1988).

Los cuatro evangelios no se entienden tampoco si no se sitúan en el contexto de lucha ideológica y necesidad de legitimación de la figura de Jesús de Nazaret frente al rechazo y/o escepticismo tanto de comunidades judías ortodoxas, de judíos helenizados, así como de los gentiles (los no judíos). La narrativa de la natividad acusa la tensión de esa necesidad de legitimación ante comunidades que responden a tradiciones distintas y de algún modo es un intento de inscribir al galileo en ellas. Un caso claro es el evangelio de San Mateo, mismo que comienza con el largo linaje judío de Jesús para conectarlo con la descendencia de David y que, por el otro lado, ofrece las escenas de la anunciación (una joven preñada por un Dios) que forma parte de la mítica pagana del mediterráneo oriental. No hay manera de hacer compatible ambos orígenes (se desciende o no del linaje de David). El intento del evangelio de Lucas de situar el nacimiento de Jesús en Belén, supuestamente a consecuencia de la realización de un censo romano en Palestina, obedece asimismo a la necesidad de ubicar a Jesús en el linaje de David (pues Nazaret era un poblado fronterizo insignificante del norte de Galilea) para legitimar sus credenciales mesiánicas ante la comunidad judía. Más allá de que la realización de tal censo no corresponde a la fecha en que Lucas ubica el nacimiento, sobra decir que lo que menos quieren los organizadores de un censo es el desplazamiento de una población de su lugar de residencia, además de lo absurdo que resulta pretender que una población sepa a dónde se remontan sus orígenes nueve generaciones atrás ¿por qué ello habría de importarle un comino a los romanos?

La virginidad de la madre de Jesús en Mateo y Lucas resulta clave para unificar ambos linajes míticos (el pagano y el judío). Hay tradiciones míticas, cuyo origen se remonta a Tracia en el siglo V antes de nuestra era, en torno a un personaje semidivino (“héroes culturales” les llaman los mitólogos contemporáneos) nacido de una virgen que es sacrificado y resucita para reclamar su reino. En paralelo, un error de traducción del hebreo al griego en el Septuaginta (la primera compilación de lo que hoy se conoce como antiguo testamento, traducido en Alejandría en el siglo III antes de nuestra era) pareciera sugerir (Isaías 7:14) que un gran mesías nacería de una virgen judía. Pero el texto en hebreo clásico no dice virgen, sino almah: jovencita.

Lo anterior ha dado lugar a una controversia sobre la historicidad de Jesús de Nazaret. Por un lado, eruditos expertos en literatura mítica encabezados por Roger Carrier (se les conoce como “miticistas”) quienes sostienen que el personaje nunca existió, pues su relato resulta un sincretismo de mitos mediterráneos y persas; por el otro, eruditos como Barth Ehrman quienes no por su hostilidad al cristianismo, dudan por un momento de la existencia de un Jesús de Nazaret que caminó y predicó por la palestina del siglo I.

Careciendo del todo de sus credenciales, yo me inclino por la historicidad de Jesús. Que un origen humilde trate de calzarse, a como dé lugar, en otro pararrelato, habla de la resiliencia de un testimonio original pese a adiciones y tergiversaciones. Acusa las señales de un punto de partida real. Sólo en los relatos enteramente ficticios no ocurren ese tipo de disonancias. La misma torpeza de los evangelistas para subsanarlas, es indicativo de que hay una materia prima que no se puede amoldar enteramente a sus agendas. Y, desde luego, está la narrativa de la pasión en los cuatro evangelios: evento de una fuerza enorme y que era el mayor obstáculo para venderle, tanto a judíos como gentiles, que un obrero galileo era la encarnación del único Dios que cuenta. Una divinidad que pasa por una humillación y un castigo infamante (lo que los teólogos llaman “el escándalo de la cruz”) era lo menos propagandístico que pudiera haber; un cuesta arriba, un remar contra la corriente, lo más difícil para conseguir adeptos. De ahí también el enorme contrapunto de la resurrección: ofrecer la religión que vence a la muerte. Se antojaba una apuesta imposible, el relato menos auspiciante para triunfar, pero lo hizo, pese a que su evento central era profundamente problemático.

…y ahora sí que, el resto, es historia.

 

Rodrigo Negrete
Economista, ensayista.

 

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