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El lamentable suicidio de una alumna del ITAM, que según me cuentan algunos egresados, no es el primero, ha reavivado el debate sobre la importancia de cuidar la salud mental. Mucho del debate se ha concentrado en la llamada pedagogía del terror, o la realización académica del dicho “la letra con sangre entra”. Sin embargo, debemos tener una discusión pública más amplia sobre la salud mental como dimensión del bienestar social, cosa que con frecuencia se soslaya en la sociedad mexicana.

Ilustración: Estelí Meza

Un “error”: tal vez

Al conversar con egresados y egresadas de las instituciones de la élite académica mexicana, como el ITAM, el CIDE, el Colegio de México o el Instituto Mora, por mencionar algunos, no falta quien tenga una historia de terrorismo pedagógico. Los relatos van desde actitudes autoritarias hasta casos de acoso y abuso psicológico directo. A diferencia del acoso o abuso sexual, o de la agresión física, que pueden identificarse como delitos, el abuso emocional con frecuencia pasa desapercibido. Sin embargo, esta forma de violencia puede tener efectos devastadores y de largo plazo.

Como se ha comentado ampliamente en la literatura psicológica, el abuso psicológico por parte de figuras de autoridad –como profesoras y profesores—, así como a manos de la pareja sentimental o de la familia, tiene efectos inmediatos y duraderos en el bienestar emocional de las personas, así se trate de adultos. El estrés inducido por la violencia psicológica por parte de dichas figuras genera, incluso, cambios en la estructura cerebral, como el encogimiento del hipocampo (Bremner, 2008), síntoma que tienen en común las víctimas de abuso emocional en el lugar de trabajo, en la pareja, en la academia, pero, también, quienes han estado en la guerra. Sí, en la guerra.

La tristemente célebre pedagogía del terror pretende cierto sentido pedagógico –por eso no se le llama sólo “terror”—. Una función relevante de las instituciones educativas de élite es reformar a las y los estudiantes para ser competitivos a nivel internacional, una tarea que ejecutan cuesta arriba debido a la mala calidad de la educación en los niveles precedentes, sea pública o privada. Ello genera, por cierto, que aún siendo de régimen público, en estas instituciones por regla general –con notables excepciones— sólo puedan competir estudiantes con ciertas condiciones alimentarias, familiares y genéticas. El papel igualador de la educación debe comenzar al nacer, algo que en México se ha dejado de lado. En fin, eso es otra discusión.

Regresando al quid de la pedagogía del terror, nos encontramos con que es socialmente aceptada como un factor formativo pese a que, de hecho, produce un efecto opuesto al que supuestamente le da su razón de ser. Los cerebros estresados, con hipocampos en proceso de reducción, tienen menores índices de retención. Una de las funciones del hipocampo es administrar la memoria de corto plazo para convertirla en memoria de largo plazo; lógicamente, una alumna o alumno que es sometido al abuso tendrá un desempeño menor incluso a su propio promedio. La relación de la salud del hipocampo con el aprendizaje es tan profunda que los pacientes con daño bilateral en esta sección del cerebro suelen desarrollar amnesia anterógrada, es decir, la total incapacidad para formar nuevos recuerdos (Hurlemann, 2005).

En una nota personal, si me lo permite el lector o la lectora, yo creo que estudiar en una institución pública, especialmente si es de élite, es un deber patriótico. En esa medida, es preciso darlo todo a nombre de quienes pagan esa educación y no pueden acceder a ella. Aún los alumnos del ITAM, una escuela privada, muestran esa misma disposición en función de que uno de sus principales empleadores es el Estado mexicano. Enfrentarse a retos académicos –y morales para las y los iluminados— implica, necesariamente, someterse a niveles altos de estrés y hacer sacrificios. La pedagogía del terror, como dimensión educativa socialmente sancionada, busca generar un mindset militar que, sin duda, es necesario para lograr los resultados esperados. Sin embargo, aún desde el punto de vista latamente militar, esta práctica es obsoleta.

Las prácticas de adiestramiento militar al estilo del filme clásico dirigido por Stanley Kubrick, Full Metal Jacket (“Cara de Guerra” en México), están en desuso por lo menos desde la década de 1990. Las técnicas de formación militar en la marina de Estados Unidos, por ejemplo, desaconsejan humillar o degradar a los marinos en formación y, en cambio, promueven la conformación de “recompensas intrínsecas”, como saber que lo que se hace es significativo, enorgullecerse de las elecciones propias, buscar ser competente y abrazar el progreso (Thomas, 1996). La lección es tan simple como relevante: la disciplina es un dolor necesario, pero sólo si el objetivo es engrandecer al sujeto y dotarlo de propósito, no humillarlo, destruirlo. Dicho lo anterior, es ridículo que ello haya sido entendido por quienes entrenan a seres humanos para matar y morir, y no por quienes entrenan profesionistas o académicos.

Narcisismo: “si yo sufrí, ¿por qué no habrías tú de sufrir?”

La pedagogía del terror y sus consecuencias, hasta este punto de la discusión, podrían tenerse solamente como cosa de un error honesto, como una pedagogía equivocada. Sin embargo, esta práctica no está aislada del complejo sistema de relaciones de la sociedad mexicana que, de una u otra forma, está atravesado por una elevada incidencia de enfermedades mentales y de trastornos de la personalidad.

Las agresiones psicológicas más agudas que muchas y muchos estudiantes refieren en el ambiente académico –de élite y no de élite— exhiben componentes psicológicos similares a los que muestran, por ejemplo, los lords y las ladys de los frecuentes escándalos que se viralizan en redes sociales. Es decir: en muchos casos no se trata de un error pedagógico, sino de actitudes que revelan dolo, mala leche. La humillación es difícilmente defendible como práctica pedagógica –o prosocial en cualquier caso— porque, esencialmente, quien la ejerce busca engrandecerse de forma violenta. Esta tendencia es del todo transparente para las y los especialistas en psicología; revela, como pocas cosas, alguna variante de los trastornos de personalidad del grupo B (American Psychiatric Association, 2014).

En dicho grupo de trastornos de personalidad destaca uno para el caso en discusión: el Trastorno de Personalidad Narcisista (TPN). De acuerdo con la Guía de Consulta de los Criterios Diagnósticos del DSM-V, la forma de identificar a un narcisista es si “tiene sentimientos de grandeza y prepotencia” o si “carece de empatía: no está dispuesto a reconocer o a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás”, entre nueve criterios diagnósticos (American Psychiatric Association, 2014, p. 365,366). Como todos los trastornos de personalidad y enfermedades mentales, el TPN no es algo que el individuo busque desarrollar por sí mismo; sin embargo, hay decenas de figuras de autoridad que manifiestan el problema en sus nichos, lo que, aunado a los problemas que llevan a cuestas los subalternos o alumnos, genera escenarios lamentables –y evitables— de desesperación y pérdida de sentido vital.

Sería por lo menos difícil nombrar toda la red de factores que hacen de México un país ideal para la conformación de esta clase de relaciones sociales tóxicas. A lo largo de la sociedad y las comunidades hay infinidad de factores detonantes de trastornos mentales: paternidad/maternidad ausente o subóptima, déficits alimentarios, un ambiente cultural misógino y racista, etcétera. Pero, en aras de simplificar el argumento, considérese un componente principal –atravesado por todo lo demás—: los pocos espacios de prestigio, poder y satisfacción económica que existen en México en relación con su población, y su correlato dinámico: lo complicado que es llegar a ellos.

La academia, como todos los nichos de la sociedad mexicana, funciona con la lógica de la competencia liberal en un ambiente antiliberal. Desde un punto de vista económico, es demostrable que la competencia beneficia a la sociedad porque ejerce presión sobre el mérito. Sin embargo, dada la escasez relativa de los lugares que ofrecen prestigio e ingreso en esta sociedad, la clase de competencia que se libra por ellos se aleja de la sola concreción del mérito –de la optimización microeconómica—; hay en ello consideraciones de clase, raza, apariencia, parentesco y relaciones sociales que pesan en demasía a modo de capital social –un insumo fijo que funciona a manera de barrera de entrada, si lo consideramos desde el punto de vista económico—. Ello crea en la academia, como en todos los ambientes, dos tendencias psicogenéticas:

1. La necesidad de defender el estatus ante el constante escepticismo sobre las razones de su obtención cuando se cuenta con los factores económicos, raciales, sociales, de clase, biográficos y genéticos de “éxito” –un “sospechosismo” razonable considerando la estructura de nuestra sociedad—, y

2. Cuando, en apariencia o en la práctica, no se cuenta con dichos factores, la necesidad de construir una narrativa de éxito basada en el mérito después de haber internalizado cantidades ingentes de agresión simbólica por no contar con “todo lo demás” aparte del mérito puro.

La energía invertida en la defensa derivada de estas dos tendencias –defensa que se libra inter pares— se manifiesta, en muchos casos, como desprecio hacia el o la de abajo, sea subalterno o alumno. Ello es algo muy propio de los grandes centros urbanos; la “neurosis citadina” que hace de las jerarquías un motivo para sufrir y hacer sufrir. Pero ello, una vez más, es tema de otro texto.

A modo de conclusión, es preciso decir que la pedagogía del terror es, en toda regla, la viva estampa del terror que implica desear el éxito y la realización en un ambiente social en el que hay mucho qué demostrar porque se tiene poco que repartir. En un ambiente social con estas características, la presión que ejercen quienes –incluso en mejores condiciones— lograron cierto estatus, sobre quienes luchan por él, puede y ha sido letal.

Es encomiable el precedente que instituciones como el CIDE y, ahora el ITAM, han sentado al poner sobre la mesa el tema de la salud mental, y más ampliamente, el asunto de la relación entre sus académicos, estudiantes y personal administrativo. Una vez más, a título personal, he atestiguado el esfuerzo que se hace en el CIDE –desde que soy alumno— para construir una moral institucional alta, por hacer de la institución un lugar donde el abuso, en cualquier modalidad, no tenga cabida.

Sin embargo, este esfuerzo no debe quedar en la sola distensión del estrés que vivimos quienes tenemos el privilegio de estudiar. Nuestra sociedad entera, con su meritocracia opaca y su desigualdad sustancial, nos impulsa a todos y a todas al despotismo, a las demostraciones humillantes de poder, al narcisismo. Señalar a las y los responsables de esas demostraciones, y lo que ocasionan, es un primer paso. Lo siguiente es hablar sobre el porqué, y ese porqué, es la forma en que seguimos organizando nuestra sociedad y su relación con sus recursos. Si no discutimos sobre ello, el abuso y el despotismo seguirán unidos a la noción de autoridad, y ello nos seguirá costando valiosas vidas en la academia y en todas partes.

 

Antonio Villalpando Acuña
Sociólogo. Doctorante de la División de Administración Pública del CIDE.

Referencias
American Psychiatric Association (Ed.). (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.
Bremner, J. D. (2008). Stressing the Hippocampus: Why It Matters. Recuperado 17 de diciembre de 2019, de Scientific American Blog Network website.
Hurlemann, R. (2005). Noradrenergic Modulation of Emotion-Induced Forgetting and Remembering. Journal of Neuroscience, 25(27), 6343-6349.
Thomas, K. W. (1996). Intrinsic motivation in the military: Models and strategic importance. Calhoun: Institutional Archive of the Naval Postgraduate School, 35.

 

4 comentarios en “La pedagogía del terror: síntoma de un México tóxico

  1. Me parece perfecto que por fin la élite (académica) mexicana, lTAM, CIDE, el Colegio de México, Instituto Mora etc se empiecen a hacer cargo de su propia país.
    Ya que son las élites que históricamente han usufructuado este territorio y explotado a este pueblo, ya era tiempo de que dejaran atras su estructura mental escolástica y su sistema económico extractivista.
    Pero al parecer le queda grande la silla. Toda una historia de privilegios y comodidades parece no ser compatible con la feroz competencia global ni con el uso intensivo del intelecto y el pensamiento científico.

    • Agradezco la lectura y el comentario, Malena. En efecto, vivimos los estragos de haber permitido que unos cuantos organizaran la estructura de acceso al poder, el dinero y el prestigio a su imagen y complacencia. Sin embargo, creo que hay condiciones para cambiar el sentido de la discusión y empezar a hablar de la forma en que esa organización ha provocado una vorágine de depredación interna, expresada siempre de arriba hacia abajo. Somos un país joven, y creo que incluso quienes vivimos el privilegio sociológico de contar con la mejor clase de educación que existe, ya no estamos conformes con la exclusión, violencia y abuso, algo que por mucho tiempo se justificó como parte de un modelo de organización basado en las virtudes del mercado. No pierda la fe: hoy “lo justo” está en nuestras conversaciones, algo que durante décadas no sucedía. Reciba mis saludos y gracias de nuevo por leer y comentar.

  2. Soy egresado de la licenciatura en Política y Administración Pública de El Colegio de México. A pesar de estar eternamente agradecido con la institución, estudiar ahí fue horrible. El balance entre la vida académica con la personal es terrible y la gran mayoría de los profesores no ayuda. En varias ocasiones fui a pedir ayuda psicológica y los responsables solo me respondían que mi vida tendría momentos más difíciles y que no fuera débil. Además, como la mayoría son egresados de ahí mismo, como dices, su narcisismo era terrible. Querían frustrarte como a ellos los frustaron en su juventud. Gran parte de mis estudios me hicieron sentir un inútil y fue hasta mi primer empleo cuando me di cuenta que no lo era.

    • Hombre, qué sad. Yo estuve en RR.II. y me retiraron porque me enamoré y empecé a ser negligente. Ello fue justo, pero creo que es de las mejores cosas que me han pasado, porque el estado psicológico de quienes se conservaron en licenciatura era muy torvo, muy apocado. Todas y todos eran muy infelices. Te agradezco el comentario. Gracias por leerme.