El viernes 18 de octubre los santiaguinos partieron a su trabajo como todos los días. Se encontraron con que en algunas estaciones del Metro había grupos de estudiantes saltando los torniquetes e invitando al resto a no pagar el boleto. Los más exaltados pateaban lo que hallaban a su paso con esa actitud irracional de “los choros del curso”, pero no más que eso.

La idea de evadir el pago del tiquete se originó al interior del Instituto Nacional, la escuela pública que más presidentes de la república ha formado, y se propagó a través de una cuenta de Instagram (CursedIN), luego de que un panel de expertos decidiera pocos días antes subirle el precio. “Los expertos”, dicho sea de paso, que por décadas han orientado sin contrapeso la política económica chilena, hoy están de capa caída.

Las autoridades no tardaron en llamar “delincuentes” a los estudiantes. “No son inteligentes para abordar estos temas ni para tomar medidas”. aseguraron los adolescentes a cargo del Instagram, y con la lucidez que ha faltado en La Moneda, agregaron: “Cerrar el Metro es lo peor que pudieron haber hecho”.  Ese viernes 18, al final del día, cuando dejó de funcionar el tren subterráneo los capitalinos llenaron las principales avenidas, formando una gran marcha en la que cada cual se dirigía a su propio hogar.

Desde entonces que en Santiago reina un ambiente de fiesta y caos, fuerzas jóvenes e idealistas conviven con otras salvajes y destructoras, explosiones de vida y de muerte se alternan en un mismo escenario.

Ese viernes 18, al caer la noche, cuando ya la mayoría de la población había llegado caminando a sus casas, comenzaron las protestas pacíficas y los incendios. Los vecinos tocaban sus cacerolas mientras grupos de afiebrados quemaban estaciones del Metro y edificios céntricos, saqueaban farmacias, supermercados, multitiendas, cuando no pequeños negocios y hasta puestos de feriantes.

Si bien al interior del gobierno cunde la convicción de que el estallido violento no fue espontáneo sino bien planificado —“estamos muy conscientes de que tienen un grado de organización y logística que es propia de la organización criminal”, dijo el presidente Piñera luego de asegurar que estábamos “en guerra contra un enemigo poderoso”—, no han sido capaces de señalar con claridad a los responsables. En La Moneda sospechan que hay venezolanos inmiscuidos (algo así como una intervención de la órbita bolivariana), pero según otros también pudo ser cualquiera de los grupos anarquistas que en los últimos años han realizado pequeños atentados, los Individualistas Tendientes a lo Salvaje o Los Cómplices Sediciosos, o ex combatientes del Lautaro o del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. La inteligencia policiaca nacional lleva un buen tiempo haciendo el ridículo, sin dar pie en bola. Pocos dudan que los narcos y el lumpen aquí se han dado un festín. Pero la verdad es que no se sabe nada a ciencia cierta. En un audio de WhatsApp filtrado días atrás, la primera dama, Cecilia Morel, asegura que “es como una invasión alienígena”.

Ese país al que apenas una semana antes Piñera había descrito como “un verdadero oasis con una democracia estable… en medio de una América Latina convulsionada”, perdió la calma de golpe y tras 15 días de movilizaciones  y desazón, no hay visos de que esté pronto a recuperarla.

Si durante la primera semana de revueltas el gobierno insistió en que estábamos principalmente ante un problema de orden público que pretendió manejar declarando Estado de Emergencia y sacando a los militares a la calle, el viernes 25 debió reconocer que semejante estrategia había sido una barbaridad. Ese día se llevó a cabo en Santiago la marcha más grande que recuerde la historia de Chile. Los cálculos conservadores hablaron de 1, 200, 000 personas. Los entusiastas, sobre 1, 500, 000.

Familias y grupos de amigos repletaron el parque Balmaceda mientras atardecía, conversando, fumando mariguana o bebiendo cerveza, tendidos en el pasto hasta que la multitud fue tanta que debieron ponerse de pie. No se veían banderas partidarias —casi solo chilenas y mapuches— pero sí infinidad de carteles en los que cada cual se expresaba a su manera: “Chile, no te duermas nunca más”, “¡Me falta pancarta pa toda la rabia que tengo!”, “Mamá, hoy marcho por ti, por esa deuda histórica que nunca te pagaron y que moriste esperando”, “Mamá, sé que tienes miedo por mí, pero hoy salgo a la calle por ti”. Otras miles optaron por el humor: “Estoy a tres marchas de mi peso ideal”, “Los marcianos llegaron ya, y con ganas de marchar”, o simplemente “No se me ocurrió nada, pero aquí estoy”.

Ilustración: Víctor Solís

Era tanta la gente que colapsaron las líneas telefónicas. Reinaba alegría en el ambiente, los que andaban disfrazados (mucho superhéroe Marvel, mucho Guasón) alimentaban el ánimo carnavalesco. La mayoría marchaba golpeando una olla o un sartén, extraviándose en ritmos erráticos, mientras la explosión de las bengalas se mezclaba con la de las bombas lacrimógenas de los bordes lejanos, donde se daban los enfrentamientos. “La marcha más grande de Chile”, como se la conoce desde entonces, fue muy pacífica. Allá uno trepaba en el semáforo, allá una mostraba los pechos y muy allá, lejos de la inmensa mayoría, unos pocos arrancaban de “guanacos” y “zorrillos”, como se conoce a los carros lanza aguas y lanza gases de la policía.

Si en tiempos de Pinochet en las marchas se gritaba “El pueblo, el pueblo donde está? El pueblo está en la calle pidiendo libertad!”, aquí el canto terminaba “pidiendo dignidad!”. No eran ni pobres ni hambrientos los que protestaban, sino los hijos de esa nueva clase media nacida durante los últimos 30 años. En ese tiempo Chile multiplicó por cinco el ingreso per capita (hoy es de 25,000 dólares anuales). Pasamos de ser uno de los países más pobres de América Latina a ser el más rico, y de tener 40% de pobres a 8.6% y, no obstante, una de las frases que más se ha repetido en estos días es que “no es por los $30 que subió el boleto de Metro, sino por los 30 años” que la gente salió a la calle. “Ohhh, Chile despertóoo, despertóoo, despertóoo, Chile despertóoo!” cantan los marchantes con melodía futbolera.

¿Qué es lo que se reclama? ¿De qué sueño Chile despertó? Las causas de lo que estamos viviendo son, sin duda, múltiples y de distintos órdenes. Desde ya, estallidos sociales semejantes, más y menos violentos y respondiendo cada uno a sus propias realidades locales se están produciendo también en Ecuador, Francia, Beirut, Hong Kong y Cataluña. En sus modos de funcionamiento, algo han de tener que ver las redes sociales y las nuevas maneras que la población tiene de comunicarse. “La marcha más grande de Chile” se autoconvocó. No tuvo escenario ni líder, no avanzaba hacia ningún sitio, no respondió a un petitorio concreto. Sus protagonistas son claramente los jóvenes. No sólo los millennials, porque para estas marchas hicieron su aparición en la escena pública los centennials (15-24).

Aquí es indudable que el aumento del precio en el transporte público es sólo el detonante de una molestia mayor y heteróclita, de una ciudadanía que no termina de definir su personalidad: en 2013 votó por Michelle Bachelet para expandir los derechos sociales y en 2017 prefirió a Sebastián Piñera confiando en su promesa de más riqueza individual.

Esa generación que abandonó la pobreza accedió a bienes con los que sus padres ni soñaron y educó a sus hijos en la universidad (buena, regular, mala o pésima) cuando ellos apenas terminaron el liceo, es la que hoy está jubilando en masa con pensiones miserables, la gran mayoría bajo los 300 dólares mensuales y muchos con menos de 200 dólares. Como si fuera poco, pagaron el estudio de sus hijos universitarios con créditos que no han terminado de pagar. Muchísimos hicieron del crédito un modo de vida. Y todo funcionó bien, hasta que la economía perdió el ritmo y esa autosuficiencia que nos llevó a creernos “los jaguares de América Latina” mostró sus fragilidades.

El crecimiento económico permitió a la naciente democracia ignorar la destrucción de las seguridades sociales llevada a cabo por la dictadura. La lógica neoliberal permeó a la mayor parte del mundo político. Prácticamente todas las decisiones del ámbito público pasaron a tomarse con criterios simplemente económicos, muy atentos a la rentabilidad y despreciando la construcción comunitaria. El Estado perdió su prestigio hasta volverse casi una mala palabra.

Es cierto que las protestas son contra Piñera, pero no solamente. El mundo político completo está puesto en cuestión. La desconexión de las elites con el resto del país es enorme. Apenas el 46 % de quienes podían hacerlo votaron en la última elección. El 1 % más rico concentra algo menos del 30 % de la riqueza nacional. Pero el asunto no es solo económico: estudios del PNUD advirtieron hace años que la desigualdad que más molesta a los chilenos está en el trato. Esta sigue siendo una sociedad ridículamente clasista y en el mundo de la derecha actualmente en el poder es demasiado evidente. Salvo contadísimas excepciones, viven todos en los mismos barrios, provienen de los mismos cinco o seis colegios y veranean en los mismos balnearios. Y, como explicaba Toqueville a propósito de la Revolución Francesa, no son los miserables ni los esclavos quienes se revelan con más furia, sino aquellos que al dejar de serlo ya no ven el abuso como una condición inevitable.

Van 19 muertos, cinco de ellos en manos de agentes del estado y el resto producto de los saqueos y los incendio. Hasta el 31 de octubre, según el Instituto de Derechos Humanos, había 4, 271 personas detenidas y 1, 305 heridos, 695 por armas de fuego y 146 con heridas oculares producto de balines o perdigones. Hay 18 querellas por violencia sexual y 54 por otras torturas. Una comisión de derechos humanos de la ONU acaba de llegar a pedido del gobierno para hacer un informe de la situación y también otra de Human Rights Watch. Carabineros, por su parte, dice tener 947 efectivos lesionados, 87 de ellos con heridas graves.

La Cámara de Comercio estima que los locales afectados por incendios, saqueos o destrozos superan los 25, 000 y cifra en 900, 000, 000 dólares los daños en destrozos y en otros 500, 000, 000 dólares las pérdidas por falta de ventas y robos de especies. Son decenas los buses quemados. 79 de las 136 estaciones de metro resultaron con algún tipo de daño y 11 destruidas casi por completo. Las pérdidas de la empresa estatal se acercarían a los 400, 000, 000 dólares.

Ayer, 30 de octubre, el presidente Piñera comunicó que no se llevarían a cabo en Chile ni la APEC ni la COP25, las dos cumbres internacionales programadas para el mes de noviembre. Al suspenderlas, tácitamente reconocía que la situación no estaba cerca de ser controlada.

Cuesta imaginar cuándo y cómo terminará este estallido social. Se habla cada vez más de iniciar un proceso constituyente. La idea de una nueva constitución ya no sólo responde a la necesidad de superar la ilegitimidad de origen que tiene la Constitución de 1980, nacida en dictadura -porque la verdad es que ha sufrido tantas transformaciones que hoy sería más justo llamarla Constitución de la Transición-, sino principalmente porque urge encausar las demandas e inquietudes del Chile actual en un diálogo que integre la multiplicidad de voces que hoy se sienten despreciadas. Además, no es un mal momento para hacerlo si se considera la gran cantidad de disyuntivas nuevas que las tecnologías del presente le están planteando a la política del futuro.

Un ciclo de nuestra historia está concluyendo. Tiene luces y sombras, pero está lejos de constituir una calamidad. Ahora corresponde planear el siguiente. Hasta los neoliberales más ortodoxos parecen convencidos de que el Estado volverá a tener un papel importante que jugar a la hora de dar seguridades y evitar que el hombre se vuelva un lobo para el hombre. Incluso los multimillonarios y los dirigentes de los gremios empresariales han dicho que llegó la hora de ser más generosos. Están oliendo el peligro y parecen saber lo que se arriesga si no se realizan correcciones. Se está hablando mucho de un nuevo pacto social. El problema es que la organización política no parece capaz de darle conducción. Aquí no hay partidos que representen el descontento ni tampoco un diálogo fecundo entre líderes generosos. Entre los políticos cunde la desconfianza, el gobierno se ve extraviado y en la izquierda el afán por empatizar con la rabia prima por sobre el deseo de solucionarla. Algunos aseguran que ante una elite dirigencial tan desprestigiada, ese pacto debiera tener a las organizaciones sociales como protagonistas, pero para eso también se requiere la conducción y el liderazgo que faltan.

Esta película aún está transcurriendo. Las manifestaciones no cesan. Si se enriela sabia y democráticamente tendrá un final feliz. Son muchos los elementos bien dispuestos para eso. Pero si se empantana en el desborde, el riesgo es la tentación autoritaria o los paraísos artificiales. De ambos tenemos ejemplos en América Latina y no parecen admirables.

        
Patricio Fernández.