El 30 de junio de este año José Emilio Pacheco hubiera cumplido 80 años. Ante la imposibilidad de rendirle homenaje en Bellas Artes, Vicente Quirarte y Juan Villoro coordinaron un encuentro de varias voces en el Colegio Nacional, recinto donde el poeta mexicano dio emotivas cátedras ante sus fieles y ávidos lectores. En este ensayo José Ramón Ruisánchez comparte las facetas íntimas de la sabiduría de Pacheco como profesor en Maryland.

1. El seminario en la nieve

Para mí, y para un puñado afortunados ––como la gran poeta Coral Bracho, nuestro editor Marcelo Uribe, el académico Pablo Mora, la traductora Tanya Huntington y el novelista Álvaro Enrigue––, hubo un lugar donde pudimos convivir de manera muy plena con José Emilio Pacheco: College Park, el suburbio de Washington DC donde está la Universidad de Maryland.

José Emilio nos daba clases en Jiménez Hall, el edificio bautizado en honor a Juan Ramón, que había dado clase en sus aulas durante varios años, incluyendo el venturoso e infausto de 1956, cuando le otorgaron el premio Nobel y murió Zenobia Camprubí.

José Emilio venía durante los semestres llamados de primavera, aunque en realidad eran casi todos de invierno. Comenzaba sus cursos con una exposición muy sucinta y elegante, que llevaba escrita en un cuaderno. En las clases, como en su periodismo cultural, era evidente que José Emilio no temía explicar. Para él la actividad intelectual no requería como con los pitagóricos de una espera de siete años escuchando al maestro oculto detrás de una cortina. Como dijo don Juan Manuel en el siglo XIV, su público eran “las gentes que no fuesen muy letrados nin muy sabedores”.

Tras la introducción general, pasábamos a la lectura detenida. José Emilio analizaba detalladamente alguno de los poemas cruciales del modernismo. Sin declamar ni mistificar, iba explicándonos, por ejemplo, el significado de “púberes canéforas”. Me regaló su ejemplar de la poesía completa de Tablada. Está poblado de una minuciosa marginalia, pero no son sus opiniones, está toda dirigida a quienes nos desasnábamos en sus clases.

Cuando había pasado quizás una media hora, el seminario se mudaba a la nieve.

Porque ya en la época en que tomé clases con él, fumar en un salón de clases gringo era equivalente a orinar en público. Pero sobre todo, porque afuera, durante la pausa, José Emilio podía ser absolutamente libre. Y así era un coloso.

Ahí nos platicaba (le gustaba el verbo, y señalaba que en el siglo XIX no era aún un mexicanismo) que pronto, con la primavera engañosa del Mid-Atlantic, aparecerían unas flores azules, silvestres y tímidas, muy hermosas que para él eran ante todo literarias: recordaba haberlas leído en The Education of Henry Adams.

Así veía el mundo, como un diálogo imparable, vivo y emocionante con la literatura.

Ilustración: Izak Peón

Pero además saltaba de la cita directa a esas intuiciones que le gustaba llamar sus “teorías nescafé”. Decía por ejemplo que debido al progresivo cambio climático del antropoceno, la primavera de las flores azules era rigurosamente equivalente a la primavera que canta la poesía clásica griega.

Muchas de estas intuiciones eran regalos generosísimos: tesis de doctorado a la espera de un tesista. José Emilio insistía en que cada generación tenía que volver a traducir a los clásicos. Reinventarlos. Yo ya no voy a hacer esto: háganlo ustedes, decía. La verdad quería decir: Yo ya hice esto, ahora inténtelo ustedes.

En general, pero sobre todo en la nieve, prefería no hablar de sí mismo. Cuando algún desatinado le preguntaba “¿Por qué no usas la rima?”, se defendía con una modestia astuta. Respondía que porque era muy difícil, y aprovechaba ese pie para regresar al salón a estudiarla en la “Marcha triunfal”. El busto de Juan Ramón nos miraba regresar ateridos pero mucho más grandes, llenos de algo que era inteligencia viva y alegre, generosamente compartida.

Después de la clase, nos invitaba a cenar. Ahí se permitía el pequeño placer del chisme. Le encantaba oírnos contar nuestras modestas vidas privadas. Ya en el Seven Seas, se trataba de eso. De lo privado. Por eso, nos tenía rigurosamente prohibido invitar al joven sabio que nos enseñaba Siglos de Oro.

––Va a a querer hablar de la metáfora en Quevedo —decía José Emilio.

Le gustaba recordar que cuando entre las ruinas Macchu Picchu le preguntaron “¿Qué le parece, poeta?”, Neruda contestó que estaba muy bien para hacer un cabrito.

Yo creo que al joven sabio, que a los treinta y cinco años tenía dos doctorados y ninguna novia, también le desagradaba porque invariablemente pedía de cenar ensalada de algas, uno de los pocos platos de la extensísima carta de nocivas delicias asiáticas que a José Emilio no le gustaba.

2. Polvos de aquellos lagos

Pero además de ese paisaje de Maryland que aparece en varios de sus poemas, en el centro más íntimo, en su heart of hearts, José Emilio no dejaba de partir, para comprender el mundo, del puñado íntimo de ardientes certezas que concentra “Alta traición”, siempre estaba en esta “ciudad deshecha / gris, monstuosa”, origen y pasión, edén y tormento.

Su Ciudad de México (que escribía así, y no ciudad de México) se abría siempre a lo que la urbanista María Moreno llama su dimensión de palimpsesto. La manera en que este lugar es la invariable yuxtaposición de varios tiempos:

Del Zócalo no me llama la atención la sede del poder sino el recuerdo de José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827). Lizardi fue otro escribano, otro “evangelista”, que tuvo en el Portal de Mercaderes su “cajoncito” como se llamaban a los puestos que subsistieron hasta 1953. Eligió como epitafio “Aquí yace El Pensador Mexicano, el escritor constante y desgraciado que hizo lo que pudo por su patria”. Fue imposible grabarlo en piedra porque el sitio de su entierro se transformó en zahúrda y los cerdos devoraron sus restos.

Sin embargo, Lizardi sigue aquí. Su polvo flota aún por estas calles que fueron escenario de sus novelas.

Recorrer con él la Colonia Roma, la Ribera de San Cosme o el Centro era un prodigio. Porque José Emilio de verdad podía ver el hotel donde las señoritas bien de México bailaron con los soldados del ejército de ocupación en 1847 o la antigua casa del Mariscal Bazain o la primera sede de la editorial Joaquín Mortiz. Gracias a él estuve en el Tívoli de San Cosme a pesar de que, desde luego, nunca cené en una mesa suntuosamente puesta en la copa de un árbol.

Ilustración: Belén García Monroy

Al mismo tiempo era agudamente consciente del hoy desde el que evocaba esos ayeres. Le dolían el atroz estacionamiento de pisos, los toldos de plástico, acaso más que nada que los ejes viales le imposibilitaran repetir las interminables caminatas: prueba central del atletismo de su amistad con Sergio Pitol y Carlos Monsiváis.

Sigamos un momento más en el discurso de entrada al Colegio Nacional, que leyó pocos meses después del terremoto del 19 de septiembre de 1985:

Nos rodean una ciudad y un país en ruinas. Por dondequiera vemos la devastación y la miseria. Con todo, al centro de una de las imágenes más desoladoras que pueda presentar en 1986 la Ciudad de México, está en pie el sitio donde empezó realmente la literatura mexicana. En medio de un baldío se conserva el lugar en que se fundó la Academia de Letrán en junio de 1836, hace 150 años. Enfrente no queda nada del edificio que fue taller de Ignacio Cumplido, el gran editor mexicano del siglo XIX. Esas dos esquinas de San Juan de Letrán con Venustiano Carranza y [con] Artículo 123 fueron los grandes recintos de nuestra literatura en sus etapas iniciales. Pocos lo saben y a nadie parece importarle; pero en las condiciones actuales la supervivencia de ese vestigio adquiere otra significación y es un ejemplo de la fragilidad que sobrevive cuando lo más firme se ha desplomado.

Por supuesto, Quevedo (y su metáfora) inspira el tono de este pasaje. Lo fugitivo permanece para quien busca a México en México, riman sus tiempos y la fragilidad de una amistad de muchachos vuelve siglo y medio después.

3. El lector omnívoro

Tengo para mí que José Emilio aceptaba dar clases para poderse encerrar con sus trabajos en los departamentos discretos que rentaba, siempre en el suburbio, nunca en la ciudad de Washington. A pesar de la tentación de la Biblioteca del Congreso (donde Vasconcelos iba a leer Plotino por las mañanas y de donde salía por las tardes inspirado para complotar). Prefería ir a las librerías (que aún no desaparecían) y comprar las torres de libros que eran su compañía cinco días a la semana.

Su curiosidad era omnívora. Dice Álvaro Enrigue —e si non e vero e ben trovato— que alguna vez compró un libro sobre reparación de motores, por si acaso un día escribiría sobre un mecánico.

Cuenta la leyenda que le gustaba elegir libros por su aroma, pero jamás pude sorprenderlo haciéndolo. Cada vez que lo acompañé, estuvo listo en diez minutos, mientras yo apenas rondaba las mesas de novedades. Frecuentemente, el grueso de la torre era la obra completa de un autor que había decidido explorar. Pero siempre había un volumen para quien lo había llevado. No era solamente algo que le había gustado él, sino un título cuidadosamente escogido. No me lo comentaba ni me lo dedicaba. Pero su cariño radicaba en lo bien que me sabía. Nunca se equivocó.

Tanya Huntington me ha recordado que José Emilio sentía fascinación por la prensa popular, los tabloides que vendían en las cajas del supermercado donde se hablaba de ovnis y de la resurrección de Elvis, de las cirugías plásticas y las infidelidades de los famosos. Pero en su caso, ni siquiera el placer más gratuito escapaba a su capacidad de pensar. Una de sus reflexiones más profundas y sostenidas es la que relaciona los textos literarios con su época, como condición rigurosa de su posibilidad; el tipo de prensa con los textos que admite: el folletón y las novelas que creó, el poema que luego fue expulsado de los espacios que habitaba en los periódicos.

Ilustración: David Peón

Cito de su libro sobre Borges, recientemente publicado por Era, un ejemplo que relaciona el surgimiento de un género con sus posibilidades de reproducción tecnológica. Dice que la necesidad de hacer del cuento un medio de transmisión de una lección moral “ya no existe en Boccaccio, porque acababa de descubrirse un adelanto tecnológico que volvió posible el comienzo de la ficción escrita. Antes de ese momento para hacer un solo libro en pergamino era preciso matar trescientas reses. Algo tan increíblemente caro debía reservarse para la religión y el latín. Hacia 1200, los árabes lograron reproducir el procedimiento chino y fabricar papel en Játiva, Valencia. Para la época en que escribía […] ya se elaboraba papel en Italia y se vislumbraba, lejana pero cierta, la posibilidad de sustituir el pergamino y abaratar los libros”.1 De un momento posterior, relacionando no una posibilidad tecnológica, sino una manera teológica señala:

Calvino tiene una influencia profunda en la Iglesia anglicana que, lejos de dogmatismo ultraconservador de la Contrarreforma española, permite la fundación de la Royal Society de Londres, auspiciadora de la ciencia, la tecnología, la industrialización y el progreso y, en literatura, del plain style o estilo llano, opuesto por completo al barroco contrarreformista.2

Me permito una última cita, que muestra el polo contrario del proceso. No el principio de una manera, sino su cierre definitivo. Dice su prólogo a la edición de Porrúa de las Vidas imaginarias de Marcel Schwob:

[Después de 1896 la labor de Schwob] No puede continuar: la enfermedad lo convierte en inválido. Además, entre el principio y el fin de las Vidas imaginarias se han iniciado en Francia el proceso conra el capitán Alfred Dreyfuss y en Inglaterra el juicio de Óscal Wilde.3

Y esa capacidad inmensa de explorar lo que Freud llama sobredeterminación: el efecto generado por una miríada de causas eran sus clases. Le encantaba recorrer la improbabilidad de que un niño nacido en un villorrio paupérrimo de Nicaragua, (“donde nos balacearon cuando fuimos de visita”, recordaba) lograra sortear su destino centroamericano, gracias a las bibliotecas ajenas donde se hace del verso español completo antes de los quince años y, poco después pero aún jovencísimo, en el siniestro Palacio de la Moneda en Santiago de Chile, agrega a su acervo la pléyade musical francesa, gracias a la improbable amistad con el hijo del presidente. Darío es imposible sin La Nación en Buenos Aires, y sin el hecho de que José Martí hubiese dejado de mandar sus textos para acercarse a su imbécil muerte patriotica recién desembarcado en Cuba. Buenos Aires, cuya riqueza, a su vez resultaría inconcebible sin la invención de las cámaras de refrigeración definitivamente avanzada en el último cuarto del siglo XIX, lo que le permite a la Argentina exportar ya no sólo granos y cueros, sino bifes…

4. La duda venturosa

José Emilio siempre estaba reescribiendo.

En mi edición de Tarde o temprano corrigió una errata que se había escapado a la correción del FCE y hacía incomprensible un verso. En mi edición de El principio del placer corrigió las notas que yo había hecho en los márgenes del libro.

Esa necesidad de mejorar está trenzada de manera indisoluble a la duda. A José Emilio Pacheco le gustaba la posición del que duda, porque eso le permitía seguir pensando. Dice en un texto del 2001 publicado por El Colegio Nacional:

No tengo el conocimiento, ni la capacidad, ni la arrogancia como para intentar resolver en unos minutos enigmas que han obsesionado a la humanidad desde que inventó el lenguaje. Sólo puedo proponer a ustedes algunas hipótesis de trabajo sobre el sujeto de todos estos dramas: la persona, el ser humano: usted y yo.

Modificar sus certezas era para José Emilio una necesidad. Lo que leía lo obligaba a releer lo que había escrito de otra manera, a modificar, muchas veces de manera radical sus propios textos.

Para mí acaso el ejemplo más poderoso, ciertamente mi favorito personal, es el que crea la diferencia entre sus dos traducciones de los Cuatro cuartetos de T.S. Eliot: cuando arriesga la primera, lo trata como un poema metafísico sobre la índole del tiempo. Cuando escribe la segunda, ya ha leído las tormentosas biografías de Eliot y sabe que los cuatro lugares que le dan título a las cuatro partes eran los que visitó con Emily Hale, la mujer que amaba pero con la que no podía casarse porque Vivianne Haigh-Wood, su esposa, aunque internada en un manicomio, seguía viva. Se trata entonces, de un poema de amor imposible.

Alguna vez me llamó por teléfono. “Ven de inmediato, toma un taxi y yo te lo pago. Pero ven.” Creía haber perdido la traducción. Mi heroísmo se limitó a buscar en todas sus carpetas y sacar a Eliot de la carpeta donde estaba, esperando su propia reescritura, Morirás lejos. Insisitió en darme un cheque por el importe del taxi. Yo lo quería enmarcar. Él me dijo que si no lo cobraba al día siguiente me iba a dejar de hablar.

Porque tenía naturalmente sus manías respecto a la amistad. A diferencia de David Graeber, que afirma que los amigos siempre se deben, José Emilio insistía que había que pagar las deudas. Decía que en nuestra época, el límite de la amistad se muestra cuando la otra persona te deja de convenir. Así que había que estar preparado y no deber ni un gallo. Acaso por eso, cuando estaba pesimista se despedía diciendo que muy posiblemente no nos íbamos a volver a ver. Cuando estaba de buenas prefería la frase, muy suya: Hasta muy pronto. Desgraciadamente, cuando lo vi en la Heladería Colón del Paseo Montejo de Mérida, atinó a su predicción. Aunque había estado muy contento comiéndose los dulces que Cristina quería quitarle de enfrente, me dijo que seguramente no nos íbamos a volver a ver.

Ahora, a sus ochenta años, ya no puedo frecuentarlo. Pero puedo invocarlo. Lo leo y lo vuelvo a sentir, libre y contento, entre la nieve. Donde, otra de las cosas que nos enseñó fue que era posible transladar unas palabras de una situación a otra. José Emilio Pacheco rescata unas líneas que Borges escribió sobre Pedro Henríquez Ureña y que yo ahora me apropio para rememorarlo:

Maestro es quien enseña con el ejemplo una manera de tratar con las cosas, un estilo genérico de enfrentarse con el incesante y vario universo […] Su imagen […] incomunicable, perdura en mí y seguirá mejorándome y ayudándome.4

 

José Ramón Ruisánchez
Profesor asociado de Literatura y Escritura Creativa en la Universidad de Houston.

* Este texto fue leído en el homenaje “Presencia de José Emilio Pacheco” en El Colegio Nacional el 23 de septiembre de 2019 (coordinado por Vicente Quirarte y Juan Villoro).


1 José Emilio Pacheco, Jorge Luis Borges, México, ediciones Era, 2019, p. 29.

2 Ibid., p. 37.

3 Marcel Schwob, Vidas imaginarias, prólogo de José Emilio Pacheco, México, editorial Porrúa, 4ª ed., 2009, p. IX.

4 José Emilio Pacheco, op. cit., p. 68.

 

2 comentarios en “El maestro José Emilio

  1. José Emilio Pacheco es el maestro de varias generaciones, además de la suya. Son realmente pocas las personas que se dedican a la literatura y no tienen una deuda con el. Muy por encima de su legado al periodismo cultural, esta su narrativa y por encima de esta, su poesía. Traductor, conferencista y gran conversador, evitaba hablar de su persona y menos cuando sentía que le coquetea Ban con el halago. Quienes nos dedicamos a enseñar y a escribir, sentimos que nunca se irá del todo.