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El 30 de junio de este año José Emilio Pacheco hubiera cumplido 80 años. Ante la imposibilidad de rendirle homenaje en Bellas Artes, Vicente Quirarte y Juan Villoro coordinaron un encuentro de varias voces en el Colegio Nacional, recinto donde el poeta mexicano dio emotivas cátedras ante sus fieles y ávidos lectores. Álvaro Ruiz Rodilla, estudioso del Inventario, se adentra en el siguiente texto en las artes del homenaje que creó JEP como principio ético para cultivar el arte de la lectura.

 

                                    Sigo pensando
                                    que es otra cosa la poesía:
                                    una forma de amor que sólo existe en silencio,
                                    en un pacto secreto entre dos personas,
                                    de dos desconocidos casi siempre.
                                    —José Emilio Pacheco,
                                       “Carta a George B. Moore en defensa del anonimato”

 

En el año en que se conmemoran los 120 del nacimiento de Borges, el centenario luctuoso de Amado Nervo, los cien años de la publicación de Zozobra de López Velarde y de Poemas sintéticos de Tablada, entre otros, se cumplen 80 del nacimiento de José Emilio Pacheco y también medio siglo de la publicación de No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969), uno de sus libros de madurez y de convicción en su tránsito definitivo hacia la poesía conversacional. Hay por lo tanto un doble motivo de celebración y acercamiento a la obra de Pacheco. Y esto no lo digo por la mera coincidencia de números y fechas, sino porque es una de las lecciones de lectura que él mismo nos dejó.

Más que nadie en su generación, José Emilio fue un artista del homenaje, no en el sentido institucional, solemne y protocolario, sino mediante la escritura. Es significativo que el último artículo que entregó a la prensa, en enero de 2014, haya sido “La travesía de Juan Gelman”, una despedida que acabó por convertirse en despedida de sí mismo. Así aportó el último grano de arena a esa inmensa efeméride que es su columna Inventario (1973-2014), acaso una de las más importantes del periodismo cultural mexicano y de cuya influencia y extensión apenas hemos tomado conciencia en años recientes (gracias a la publicación de Era).

Hay innumerables ejemplos de homenajes en Inventario. Algunos son artículos, otros son fragmentos de biografías, otros más son traducciones o poemas. Como ese soneto que nunca fue recogido en libro1 y que le dedicó a Octavio Paz para sus setenta años en 1984:

De piedra y sol el aire suspendido,
intersticio sin voz y piel del día,
va ciñendo su tacto, espuma fría,
a la presencia de su sol vertido.

Y el poeta levanta del olvido
las palabras de ayer, la lejanía
del paisaje sumiso que varía
para quedar en piedra, comprimido

en ese verso que trazó la alada
mano exacta y segura del poeta,
arquitectura firme, edificada,

perfecto sueño que al silencio reta.
Ni mañana ni ayer, es la completa
poesía en una voz eternizada.

Si la misión del poeta es “levantar del olvido las palabras de ayer”, en Inventario los homenajes y las efemérides son una auténtica ocasión para releer autores, situarlos en un panorama de época, preguntarse qué juicios y prejuicios sufrieron, qué aportaron a la literatura, cómo los leemos y qué pueden enseñarnos hoy. Con sus miles de artículos, Pacheco nos mostró que no hay cosa tal como el oportunismo periodístico si el trabajo y la dedicación toman las riendas del oficio.

Pero los homenajes eran también una ocasión creativa. No para quedar en piedra, ni para hacer de los autores una estatua o un monumento intocable. Releerlos y, por lo tanto, reescribirlos con sus palabras era una forma de actualizarlos, de mostrar que los textos son siempre cambiantes y varían según la época que los observe. Aun si pasaron cinco siglos, se puede homenajear a Jorge Manrique y sus coplas en un Inventario afirmando que es un monumento de la lengua española y, además, escribirle este escolio en tres versos: “La mar no es el morir / sino la eterna / circulación de las transformaciones”.

Ilustración: Pablo García

José Emilio Pacheco asumió radicalmente que todo lo hacemos entre todos, que los libros y los poemas no pertenecen a los autores sino a los lectores y el mayor ideal de la literatura es ser anónima y colectiva. “No leemos a otros: nos leemos en ellos”, le dice a George B. Moore en un poema-carta para negarle una entrevista. Por lo tanto, la literatura no es más que una conversación interminable con los autores en los que uno se ha leído. Inventario, que se publicó tres años sin firma, es el gran registro puntual y enciclopédico de esa conversación, llena de apropiaciones, intercambios, saqueos, citas y homenajes. El escritor ya no es un creador privilegiado ni inspirado, sino un simple lector vocacional que lleva colgada de la memoria, como un escapulario, esa declaración de la maestría de Borges: “que otros se jacten de los libros que han escrito, a mí me enorgullecen los que he leído”. El escritor o el poeta, como lo concibe con total congruencia Pacheco en Inventario, es un trabajador más en la cadena, el que debe abrir todas las puertas, tender todos los puentes posibles entre las tradiciones, los autores, las épocas y las obras, el que debe orientarnos en el laberinto de los libros y en el de la Historia. Cuando se cumplieron 100 años del modernismo, en 1982, Pacheco le dio esta característica a toda la literatura hispanoamericana declarando lo siguiente: “Después de Darío y Martí lo que han hecho los hispanoamericanos es adueñarse de los instrumentos poéticos y literarios que necesitan y transformarlos en algo diferente. Los materiales pueden llegar de fuera; el producto final es nuestro”.

Pero si la literatura es fruto del saqueo y la apropiación, ¿qué hacemos en caso de plagio? ¿Puede existir todavía la figura del plagiario? Sí, y también merece homenaje y gratitud. Veamos. El único caso de plagio in fraganti del que se quejó públicamente Pacheco aparece en esta carta al director de Proceso (dic. 1979):

Señor director:

Por segunda ocasión —la primera fue un artículo sobre la mordida— Samuel Máynez Puente me honra al incorporar frases mías a un texto suyo. Los tres párrafos de “La revolución: ¡qué suave patria! (Proceso 159, pp. 40-41) fueron transcritos casi literalmente de mi artículo “Descripción de La Suave Patria”, publicado en la página editorial de Excélsior el sábado 24 de abril de 1971.

Siempre he creído que la literatura, y por lo tanto el periodismo, deben ser anónimos y colectivos. (Voluntariamente anónimo fue “Inventario”, que a menudo refunde materiales ajenos aunque acreditados a sus autores, en el antiguo Diorama. Luego, en Proceso, usted me pidió que, como un acto político, lo firmara con mis iniciales.) Me alegra, pues, que el Dr. Máynez Puente esté de acuerdo conmigo. Quiero agradecerle en público su generosa expropiación.

Atentamente,
José Emilio Pacheco

Ahora quiero que me disculpen por la obviedad que no podía dejar de decir: el mejor homenaje que podemos rendirle a José Emilio es leerlo o, mejor dicho, leernos en él de la mejor manera que encontremos.

A propósito de la muerte de Gelman, Pacheco se preguntaba: “¿Existirá una palabra para la nostalgia de lo que no fue y estuvo a punto de ser?”. Todavía no hemos encontrado la palabra, pero lo cierto es que podemos sentir cierta nostalgia de que él estuviera aquí hoy. Podríamos pensar, por ejemplo, en qué hubiera escrito a propósito de la cumbre Acción Climática de la ONU que se celebra hoy 23 de septiembre en Nueva York, a la cual una joven de 16 años llamada Greta Thunberg decidió asistir tomando un velero desde Europa para mostrarle coherencia ecológica a los adultos a los que regaña. Su movimiento se ha diseminado por todo el mundo en grupos ecologistas de jóvenes y hasta niños. Tal vez a José Emilio le hubiera sorprendido la precocidad del activismo medioambiental de hoy, que es la muestra más contundente de la urgencia de su reclamo. Tal vez le hubiera preocupado más que en un futuro estos viejos compañeros se reúnan y tengan el descaro de decir: “Ya somos todo aquello / contra lo que luchamos a los 10 y a los 16 años”.

Elena Poniatowska ha recordado en varias ocasiones el catastrofismo de José Emilio, que incluso se volvió tangible en poemas tildados luego por la crítica como apocalípticos o post-apocalípticos. Pero más catastrófico era el panorama, afirma Poniatowska, cuando todos decían: “José Emilio tenía razón”. Pues bien, si él ha tenido una vez más la razón y la destrucción ecológica no es más que la  derrota de nuestra civilización tal y como la conocemos, podemos recordar su poema crónica “Lectura de los ‘cantares mexicanos’” (publicada a propósito del 2 de octubre del 68, en La cultura en México, 26 nov. de 1968) que terminan afirmando: “Es toda nuestra herencia una red de agujeros”.

Pero por hoy, porque el mundo no se acaba aún y los agujeros en la capa de ozono no son nuestra herencia definitiva, podemos seguir leyéndonos en el Inventario y afirmar que la herencia que nos dejó José Emilio con esa obra enciclopédica es una red de homenajes, que nos hace más conscientes de dónde estamos y a los que volveremos siempre, mientras no suban los mares.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de la sección de cultura de nexos en línea.

* Este texto fue leído en el homenaje “Presencia de José Emilio Pacheco” en El Colegio Nacional el 23 de septiembre de 2019 (coordinado por Vicente Quirarte y Juan Villoro).


1 También fue publicado en la revista Estaciones, como reseña-poema de “Piedra de sol”, en 1958.