El Metro llegó a mi vida cuando entré a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Esto no quiere decir que fuera primeriza en su uso, significa que a partir de ese momento caminé hacia el futuro. Venía del paréntesis llamado Prepa 5, con su alberca al aire libre y con su gimnasio de duela impecable. Traía en la cabeza los días ligeros con un grupo de amigas, que pertenecía ahora a un mundo distinto, el de las leyes y la contabilidad. Estaban en el otro extremo de Ciudad Universitaria; en ese momento no lo adivinábamos pero era distancia suficiente para convertir la cercanía en arena. Aprender a despedirse es tarea de adultos.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Durante cuatro años tuve una rutina casi invariable. Descender de una combi que venía desde Cafetales, subir las escaleras de la estación Universidad —de preferencia las primeras para ahorrar minutos que siempre eran escasos a las 6:45 de la mañana—; atravesar el pasillo aprisa sin ver el mural de Arturo García Bustos y ganar espacio en las siguientes escaleras para llegar antes del tiempo de tolerancia de la primera clase. De esa estación recuerdo el olor rancio a bisquets recién calentados. Me picaba la nariz y se alojaba en mi estómago sin necesidad de un mordisco.

Al salir de las clases de Ciencias de la Comunicación quería certezas y el futuro era la cuerda de un funambulista, tensa y desgastada en los extremos. Hice algunos malabares con pasos torpes y mi red protectora estableció que debía viajar en la Línea 2 del Metro hacia mi primer empleo, en la emblemática calle Bucareli. Desde General Anaya hasta Hidalgo. De General Anaya atesoro el sabor de los higos que vendía a la salida de la estación una señora que diario viajaba desde Milpa Alta. En Hidalgo observé cómo una torta de diez pesos con un pedazo de jamón asomando como una lengua fina, casi transparente, era la gloria alimenticia para muchos (en días recientes descubrí que el local donde las vendían ha desaparecido).

En la línea azul tuve una extensa formación de comportamiento urbano. No compres boletos un lunes por la mañana: las cajeras no se dan abasto; no falta el tramposo que evita la fila y pide al de enfrente que le compre sus boletos; ni siquiera San Judas Tadeo te regalará un milagro cuando más prisa llevas. Aprende a calcular el tiempo aproximado entre una parada y otra. Si alguna vez jalas la palanca de emergencia no te sorprendan las mentadas de madre que recibirás alto y quedito, y tampoco quieras que el conductor adivine a la primera en qué vagón se necesita ayuda. En caso de lluvia mientras viajas, avisa a quien te espera que llegarás tarde; los trenes van lento con las vías mojadas y las inundaciones son comunes. Haz caso de los señalamientos, no te recargues en las puertas, es posible que si el descenso es por la izquierda se abran las de la derecha. Cuando cedas el asiento asegúrate de que si la persona está alejada nadie más se siente antes que ella; siempre hay quien se hace el despistado. Cuando veas que alguien llora, pregúntale si puedes ayudar y entrégale con qué secarse las lágrimas en silencio. Usa el reloj del andén como punto de encuentro. Entre las seis y las ocho de la mañana, cinco minutos de retraso tuyos te harán maldecir hasta a tus antepasados. No te concentres en los sudores ajenos durante la hora pico.

A los vagones de la Línea 2 también les debo su hospitalidad como sala de lectura. De pie o sentada (si nunca usé el piso no fue por ausencia de cansancio, sino por temor a provocar un accidente). Sujetarse del pasamanos y sostener un libro debería contar como rutina para fortalecer los brazos, y más si el tren da reparos como potro salvaje. Una noche, de regreso del trabajo, yo me sentía en paz con el mundo porque traía en mis manos los libros con la trilogía de Nueva York de Paul Auster. El joven que estaba sentado a mi lado me preguntó qué había leído de Auster, respondí que La invención de la soledad. Y él me dijo, con brillo de lector ávido en los ojos, cuál de los que yo llevaba tenía ganas de leer. Lo recuerdo hablando sin parar y decir adiós de una manera precipitada porque estaba a punto de pasarse de estación. Lo alcancé antes de que bajara y le obsequié el libro. No puedo decir cuál título era porque al día siguiente compré el faltante. Una mañana, mientras leía unas páginas de Bukowski, me di cuenta de que un hombre a mi izquierda se estaba masturbando. (La coincidencia suena a recurso literario de baja calidad. Pero no lo es, como se lo aclaré a la primera persona que le conté.) Presioné el libro abierto contra mi pecho y avancé despacio hacia la otra orilla. Fue la primera vez en que me sentí desprotegida en el Metro.

Cuando busqué una ruta alternativa para ir desde Tláhuac hasta la Condesa, la mejor opción era la Línea 8. La Línea 12 apenas era un plan del gobierno. De mis días entre las estaciones Constitución de 1917 y Chabacano puedo decir que en varios me quedé con la boca abierta.

A Consti, como le dicen los usuarios, le tengo un cariño especial. Lo que vi y viví en esa estación es inolvidable. Una mañana a las ocho, como cualquier otra, el andén estaba a reventar. En la sección exclusiva de mujeres y niños una señora como de cincuenta años no esperó a que abrieran las puertas del vagón y trató de meterse por la ventana. Su cuerpo se atoró. Hubo quienes trataron de ayudarla pero ella las pendejeaba porque la estaban lastimando. También era común ver que algunas mujeres aventaran sus bolsos por la ventana para apartar un asiento. No faltó quien un día no aceptó el método, tiró el bolso ajeno y se sentó. Lo que siguió fue una pelea de puños y mechones de cabello en el aire. En estas situaciones los policías optaban por soplar su silbato y permanecer a una distancia prudente.

Las sesiones de cuidado personal y belleza eran de antología. Mujeres con pulso firme para delinear el cat eye. Rizado de pestañas con una cuchara cafetera calentada con un encendedor. Colocación de pestañas postizas aprovechando la inmovilidad del tren. Manejo de distintas brochas para lograr un efecto de porcelana en el maquillaje base. Depilación de cejas, barbilla o bigote. Manicure con corte de uñas incluido.

De la convivencia en los vagones mixtos recuerdo a varios jóvenes que usaban bocinas portátiles o subían el volumen de su celular para escuchar música. No acostumbraban la privacidad de los audífonos. Gracias a ellos y a los vendedores ambulantes actualizaba constantemente mi radar de éxitos musicales. Reguetón, narcocorridos, corridos alterados, grupera, bachata, ranchera. Un disgusto comenzó con una mirada retadora, siguieron cabezazos y acabó con uno de los ofendidos blandiendo un marro.

En el Metro gastaba un promedio de tres horas de mi vida al día, igual que miles de usuarios sin otra opción de transporte. Maldije las inundaciones, los atrasos y las fallas, el picante olor a orines en las escaleras de la estación Patriotismo, la explosión de llantas, el fiasco inicial de la Línea 12, el asaltante que robó el celular de un joven mientras abordaba en Centro Médico, el hombre que hizo gritar a una mujer cuando al bajarse le dio una nalgada, el volumen ensordecedor con el que promocionaban la venta de discos. Agradecí —y agradezco— que sea mi punto de referencia para moverme en la Ciudad de México, las palabras de consuelo que me dirigió una señora al verme descorazonada en la estación Insurgentes, las historias que me han ayudado a comprender las sonrisas y sufrimientos de los usuarios. En el Metro palpita otra ciudad.

 

Kathya Millares
Editora.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.