How far is it?
How far is it now?
The gigantic gorilla interior
Of the wheels move, they appall me —1
—Sylvia Plath

No es difícil dejarse enamorar por descripciones idealizadas del alud sensorial que evoca cualquier viaje en el Metro de la Ciudad de México. Sus olores, sonidos, hasta sabores y tactos, pueden fácilmente enmarcarse en tolvaneras de nostalgias curiosas cuanto intimísimas. Pero ése no es el caso de mi experiencia con los vagones de nuestro subterráneo, que rara vez me toca que huelen a algo más que no sea garnacha, orín o cruda fermentada; que rara vez no me toca sufrir empujones, invasiones de mi espacio personal o planeaciones estratégicas para salir más o menos airoso en la estación de mi parada; que rara vez no me toca que sean palpables en el paladar, quién sabe cómo, sabores que van desde el sudor ya más bien añejo hasta metal que se antoja oxidado.

Ilustración: José María Martínez

El ejemplo es atrabancado, pero ese poema multicitado de Ezra Pound bien resume tanto el horror como la experiencia casi que sublime de andar por estaciones o vagones del metro: “The apparition of these faces in the crowd/; Petals on a wet, black bough”.2

Y, sin embargo, siempre encuentro en mis viajes del Metro algo que intuyo igualmente hipnotizante, que me recuerda, por el contrario, a Sylvia Plath y la imagen de lo inmenso que va debajo y al lado de nosotros en nuestros trayectos: ese interior gigante, casi que de gorila, que de alguna manera mueve cantidades también ciclópeas de personas.

Al igual que a Plath, me pasma.

Desconozco si el horror vendrá por saber que nunca podré comprender a cabalidad cómo es que ese simiote se mueve; peor todavía, que ni siquiera importa. O quizá por todas las posibilidades —buenas, malas, inadjetivables— que el hecho mismo de transportarnos en el Metro conlleva: un posible accidente, llegar a tiempo al trabajo, trasladarse por distancias hace apenas un siglo inimaginables, la inseguridad de las masas, la tranquilidad de las mismas. Etcétera.

Mentiría si supiera cuándo fue que comencé a hacerlo, pero llevo algunos años siguiendo el mismo ritual cada que subo a un tren de nuestro Metro. Busco estar lo más cerca posible de la placa que indica qué compañía fabricó el tren, sin verla en un inicio. Veo la distribución de los asientos; el tipo de remache de las uniones de los sujetamanos; la disposición de resquicios en algunas de sus esquinas. Repaso mi acervo íntimo de datos inútiles. Concluyo. CAF, Bombardier (ya sea como Bombardier o Concarril) o Alstom. Si el cansancio coopera, incluso trato de decidir (y jamás corroborar) quién fabricó el tren, sí, pero también quién dio la asistencia técnica o quién tuvo que intervenir la locomotora para ajustarse mejor al servicio de la línea.

Aprendí a ojo de buen cubero. Fijándome primero en lo obvio (los colores de los asientos o las disposiciones de los mismos) y luego concentrándome en las sutiles diferencias entre remaches. Me dediqué a contrastar lo que identificaba con las placas de las compañías. En algún punto final, ni sabría por qué, me interesé ya en las historias de los trenes y de sus compañías.

The gigantic gorilla interior/ Of the wheels move, they appall me, parece que me dice Plath, pero en esos segundos, en medio de la gente, en medio de mi ritual, logro dar alguna suerte de estabilidad a tan tremenda maquinaria que me avasalla.

Sobre esa gente que nos rodea en el metro, el imagista inglés F. S. Flint lo ha escrito mejor de lo que yo podría intentar:3

You look in vain for a sign,
For a light in their eyes. No!
Stolid they sit, lulled
By the roar of the train in the tube,
Content with the electric light,
Assured, comfortable, warm.
Despair? . . . .
For a moment, yes:
This is the mass, inert,
Unalarmed, undisturbed;
And we, the spirit that moves,
We leaven the mass,
And it changes;
We sweeten the mass,
Or the world
Would stink in the ether.

Y es en medio de esa gente, de esa masa, que he encontrado un pedacito de conocimiento francamente inútil pero salvador para mis trayectos, sino es que para mi vida. No puedo alcanzar a dimensionar el monstruo que me transporta, pero acaso puedo saber que tres remaches diferentes pueden darle personalidad a esos vagones y darle sentido a mi mirada.

Y en ellos, sin saber por qué, me aferro como a un oportuno poema, cada que subo al Metro de la Ciudad de México.

 

Raúl Bravo Aduna
Editor.


1 “¿Cuánto falta?
¿Cuánto falta ahora?
El interior, gigante y de gorila,
De las ruedas se mueve, me pasma—”.
Nota: Las traducciones incluidas en este texto son del autor, a menos que se especifique lo contrario.

2 “La aparición de estos rostros en la multitud;/ Pétalos en una rama oscura y húmeda”. Traducción de Hilario Barrero

3 “Buscas en vano por una señal,/ Una luz en sus ojos. ¡No!/ Imperturbables están sentados, arrullados/ Por el rugido del tren en el túnel,/ Conformes con la luz eléctrica,/ Ciertos, cómodos, calientitos./ ¿Desesperanza?…/ Por un momento, sí:/ Ésta es la masa, inerte,/ Tranquila, inalterada;/ Y nosotros, el espíritu que se mueve,/ Aligeramos la masa,/ Y cambia;/ Endulzamos la masa,/ O el mundo/ Se apestaría en el éter.”

 

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