Esa tarde de sábado 6 de septiembre de 1969, la señora Teresa Servín de Martínez tomó de la mano a sus hijos J.M. de siete años, y Eduardo de cinco, y a todo prisa los llevó a la calle rumbo a la Glorieta de Insurgentes para viajar por un tren subterráneo que cambiaría la vida de millones de capitalinos. Mi padre, escéptico como siempre de todo lo que significara progreso, prefirió quedarse en casa.

Ilustración: Patricio Betteo

Mi hermano y yo íbamos recién bañados con nuestro atuendo para ocasiones especiales: pantalón gris de vestir, zapatos negros y guayaberitas azules que nos hacían ver como enanos de un dueto de trova yucateca. Mi madre se había quitado su eterno delantal y, de prisa como solía caminar, recorrimos las cinco calles que separaban nuestro domicilio en la calle de Marsella 3 en la colonia Juárez, de nuestro primero viaje en metro en la estación Glorieta de Insurgentes. Durante dos años padecimos las obras de construcción iniciadas en la esquina de Bucareli y Avenida Chapultepec. Ruidosa maquinaria pesada perforando el suelo día y noche, calles terregosas, lodo, apagones. A solo dos calles de donde vivíamos se estaba llevando a cabo una obra de ingeniería que le cambió para siempre la identidad a la capital que en aquellos años apenas llegaba a los cinco millones de habitantes. El país daba un salto aparente a la modernidad luego de unas exitosas Olimpiadas que no lograron borrar la imagen represora y brutal del gobierno contra estudiantes universitarios en el mitin del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Por aquellas fechas, ciertos adultos nos infundían miedo gritando a los niños que jugábamos en las calles “¡A sus casas que ai vienen los estudiantes!”. Esa era la imagen que las autoridades de la mano de los sectores más reaccionarios de la sociedad divulgaban prácticamente de cualquier joven, sobre todo si llevaba el pelo largo. Yo acaba de empezar el segundo año de primaria y me deprimía asistir al turno vespertino en la escuela Víctor María Flores, en la calle de Barcelona. No podía salir a jugar a la calle por las tardes y me angustiaba despertar con la obligación de hacer la tarea inmediatamente después de desayunar. Mis hermanos mayores Raúl, de diecinueve años años, Pedro de diecisiete y Raymundo de quince vestidos muy a la moda frecuentaban la Zona Rosa y gracias al dinero de Raúl, ya entonces exitoso joyero que aprendió su oficio de mi padre, los viernes y sábado se sentaban a tomar cerveza en alguno de los bares al aire libre que abundaban en la recién inaugurada glorieta de Insurgentes. El metro le cambió el rostro a la Zona Rosa y comenzó la decadencia de ese barrio snob de cafés “existencialistas”, galerías y centros nocturnos como el famoso “Safari”, escenario de la novela de Gonzalo Martré Safari en la Zona Rosa publicada en 1970. El antro de “maricas” funcionaba sin clausuras ni redadas gracias a que el dueño, Fernando Romero, jefe de la Policía Judicial del D.F., era conocido entre la clientela por sus preferencias sexuales.

A diferencia del día de la inauguración del metro, dos días antes, las filas no estaban atestadas de gente ansiosa por cruzar los torniquetes con acceso gratuito antes de bajar al andén donde cadetes del Colegio Militar custodiaban los vagones y elegantes policías orientaban a los pocos pasajeros sobre como abordar. Nos sentamos en los asientos azules acojinados e iniciamos un plácido viaje que en cada estación nos recibía otra guardia de cadetes y policías. Llegamos al Metro Chapultepec y mi madre nos condujo de regreso subiendo y bajando escaleras a toda prisa para abordar el tren a Zaragoza. Mi madre todo lo hacía de prisa y debido a su necesidad de estar siempre activa, en casa estaban prohibidas las siestas salvo riesgo de recibir un fuerte regaño por baquetón.

Salimos a la superficie en el Metro Cuauhtémoc. El mercado Juárez aún estaba abierto y nos sirvió de atajo para salir a la calle de Turín. En el trayecto mi madre aprovechó para narrar nuestra experiencia con algunos de sus marchantes. En casa mi padre nos esperaba escuchando en la consola a Ray Mantovani.

Lo que hace especial a una ciudad no es su topografía, sus edificios, ni sus grandes obras, sino los recuerdos que vamos reuniendo alrededor de ella, en mi caso, el metro se convirtió en una sala de lectura ambulante que durante mi juventud acompañó mis angustiantes búsquedas de empleo y al día de hoy me pone en alerta de vagones atestados de usuarios a la defensiva.

No sé como es que a nadie se le ha ocurrido nombrar “Amargura” a una línea del metro. Es ese sentimiento y no otro, el usuario más antiguo en el medio de transporte que identifica nuestro pesar colectivo.

 

J.M. Servín
Escritor y periodista. Entre sus libros: Nada que perdonar. Crónicas facinerosas, Del duro oficio de vivir, beber y escribir desde el caos, D.F. Confidencial y Cuartos para gente sola.

 

Un comentario en “Línea Amargura

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