Acompañé a mi madre a realizar sus compras en Aurrerá, después de que ella pasara a recogerme a la escuela primaria, a una cuadra de Calzada de Tlalpan. Aquel día serían cerca de la una de la tarde y caminábamos rumbo a un paso a desnivel para cruzar al otro lado de la calzada cuando lo vi y quedé estupefacto: ¡un tren poderoso y veloz! ¡Un convoy! ¡Un acorazado sobre rieles! Vaya impresión, vaya jodida y bendita imagen. El tren no llevaba pasajeros a bordo, pues apenas se estaban realizando pruebas y primeros recorridos. Corría el año de 1970 y yo no tenía noticias de que ya una primera ruta se había inaugurado el año anterior de Chapultepec a Zaragoza. La verdad es que no abandonábamos mucho los contornos de nuestro barrio, la colonia Portales. Presenciar un tren en marcha y sin viajeros a bordo es un privilegio, una loa a la virginidad, sobre todo cuando pienso en las aglomeraciones humanas que habrían de llegar después.

El Metro venía a sustituir a los viejos tranvías pintados de un amarillo pálido mortuorio que cruzaban Calzada de Tlalpan provenientes del Zócalo y con destino a Xochimilco y a Tlalpan. A estos modestos armatostes se accedía por los pasos a desnivel o subterráneos, los cuales, una vez despojados de su función original, se convirtieron en bocas de lobo, trampas que nadie deseaba surcar en la soledad de la noche (uno de esos tranvías lo conducía mi padre, antes de tomar el volante de un trolebús). De modo que la ciudad progresaba y el Metro se presentaba a tiempo para hacer más sencillo mi transporte desde la estación Nativitas hacia el barrio dónde se encontraba mi escuela secundaria, muy cerca de la estación Tacubaya. El cruce de ambas líneas en la estación Pino Suárez nos dotaba de un área cosmopolita, ya que allí se reunían, para transbordar en otra dirección, personas de toda clase social (excepto los ricachos) venidos de los cuatro puntos cardinales de la ciudad. En las excavaciones previas a la inauguración del Metro había emergido del submundo la pirámide dedicada al dios del viento Ehécatl, quizás la pirámide más vista en la historia del mundo.

Ilustración: Oldemar González

Uno de los puestos comerciales más famosos y concurridos dentro de la estación Pino Suárez, se dedicaba a vender jugo de caña y anunciaba que el consumo de este líquido nos haría más sanos, fuertes y activos. La poción mágica para el fortalecimiento del nuevo azteca y su descendencia. No me apena confesar que yo no transbordaba de trenes en Pino Suárez sin antes tomarme tres cucuruchos rebosantes de jugo de caña. Y creo que a ello se debe que hoy pueda mantenerme en pie después de beber jugos menos sanos o perniciosos. El metro nació saturado de carne humana y desde los primeros días la policía ayudaba en Pino Suárez a los usuarios a entrar en los vagones empujándolos hacia el interior. La estación cosmopolita también resultaba ser un martirio humano en los horarios cúspide.

En 1975, el 20 de octubre, salía de mi escuela en Tacubaya, para hacer el recorrido habitual en metro hacia Taxqueña y luego tomar un Delfín o autobús hacia Villa Coapa. Me encontré con la noticia de que antes de mediodía había ocurrido un accidente y de que el servicio se había suspendido en la línea dos. No me importó y eché a andar desde San Antonio Abad hasta el lugar del accidente. Un tren en marcha hacia el sur se había impactado contra otro tren detenido en la estación Viaducto causando 31 muertos y más de setenta heridos. Como pude burlé las cercas impuestas por la policía y me encontré con una de las imágenes más siniestras de las que tengo recuerdo, metal y sangre, cuerpos cercenados, socorristas al lado de herreros liberando cuerpos de aquel dédalo de fierro y extremidades humanas, y la visión de dos gusanos naranjas desbordados hacia los costados de los carriles poniente de Calzada de Tlalpan. Pude colarme pese a la sólida restricción de paso, quizás a causa de mi malicia y porque vestía yo el uniforme de mi escuela militarizada. No debería recordar un suceso como éste, pero los traumas de la memoria persisten y se instalan allí como simios en la guarida de su árbol favorito.

Pasé más de la mitad de mi vida viajando en metro hasta el grado de que mi columna vertebral puede ser considerada una línea más de este transporte colectivo. Después he viajado en cerca de veinte o treinta metros distintos en otras ciudades y pese a que de cada uno de ellos guardo una distinta impresión (la sensación de relajamiento en Berlín, de bochorno efímero en Roma, la miríada de olores en el metro parisino, la sensación adusta de viajar dentro de un tren con acabados de madera, en Buenos Aires, etc…), el metro mexicano, sucedáneo tecnológico del metro en Montreal (inaugurado en 1966) y del viejo metro francés, se impone en todos mis recuerdos. He tenido más experiencias aquí que en todos los hoteles que he visitado en mi vida. Hoy lo detesto, ni siquiera me acerco a las estaciones, prefiero caminar, no quiero ser parte de esta metástasis de sufrimiento, calor, y olor a cadáver. Lo que sucede es que ya no soy joven y he perdido el sentido de la aventura.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: FandelliMis mujeres muertasMariana Constrictor y Hotel DF.

 

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