Cada tanto, eventos de autoritarismo y represión en el mundo activan preguntas que sacuden nuestras conciencias ciudadanas. ¿Son justificables las intervenciones humanitarias? ¿Cuándo y cómo? Es una discusión que nos confronta porque reta los límites normativos compartidos entre nosotros, habitantes de democracias liberales. Explicita las contradicciones en valores que tenemos profundamente arraigados: con la misma intensidad con la que deseamos poner un alto, bélico si fuera necesario, a abusos humanitarios como sucedió en Kosovo en 1998, quisiéramos alguna garantía para que estas intervenciones no sirvieran a propósitos de dominio político, como sucedió en Irak en 2003.

Un lado del argumento, concentrado en los valores liberales, se enfoca en defender los derechos fundamentales. Para sus críticos, sin embargo, es rápido en permitir intervenciones violentas en perjuicio del orden legal internacional o la soberanía. Cuando se le atribuyen intereses ulteriores este lado suele ser etiquetado de “imperialista”. La otra visión, preocupada por preceptos democráticos, se enfoca en la soberanía y, según sus detractores, acepta violaciones a derechos humanos; cuando se le atribuyen intereses ulteriores este sector es descrito como “cómplice”.

Ilustración: Víctor Solís

Contrario a lo que se piensa, el no intervencionismo está lejos de ser una singularidad mexicana y no implica necesariamente complicidad con regímenes autoritarios. Tampoco es cierto que la posición liberal estándar sea procurar intervenir cada vez que existen violaciones a derechos humanos. La discusión internacional al respecto ha importado algunos atajos ideológicos que llevan a posturas maniqueas. A la luz de eventos como la crisis en Venezuela, conviene tener presentes las complejidades de todos los argumentos.

Es en este sentido que quisiera anotar algunos elementos recientes del debate filosófico político sobre las intervenciones desde la perspectiva de la izquierda liberal. Para ello recurro a la última publicación de Michael Walzer, A Foreign Policy for the Left, y regreso al clásico planteamiento internacional del filósofo liberal John Rawls.

Lo primero a destacar es que el principio de no intervención es la regla general entre la izquierda liberal. En su libro, Walzer la denomina “la posición default”. Desde la Liga Antiimperialista de John Dewey hasta las dudas de Obama sobre Siria, el leitmotiv de la política exterior de la izquierda es no intervenir. En algunos casos ha sido una política adecuada, como en Vietnam. En otros casos radicalmente equivocada, como en la negativa inicial de la izquierda americana a participar en la Segunda Guerra Mundial.

Richard Rorty es el liberal antiintervencionista más famoso. Su política exterior consiste en exportar el modelo estadounidense al mundo, pero no mediante una estrategia de intromisión sino a través de constituirse como ejemplo para otros países. Como lo escribió en un texto cuyo título es elocuente, Fighting Terrorism with Democracy, la mejor manera de combatir el terrorismo post 2001 es fortaleciendo la democracia interna. El correlato político de esta posición filosófica está condensado en la famosa frase con la que Randolph Bourne se negaba a la participación de EUA a la Primera Guerra Mundial: “Mientras la promesa del sueño americano no se haya alcanzado, no hay nada mejor a lo que podamos dedicarnos que al cultivo de nuestro propio jardín”.1

Rawls establece como principio de justicia internacional que “las gentes deben observar el deber de la no intervención”.2 Este principio es consistente con algunos de los elementos más enraizados del liberalismo clásico, como la autonomía. En su texto Algunas palabras sobre la no intervención, John Stuart Mill considera que la única manera de garantizar que los resultados de una lucha interna sean éticos y sostenibles es que sean el resultado de la responsabilidad autónoma de los actores locales.

El segundo elemento a discutir es de método. La posición que aquí analizamos no es esencialmente pacifista; lo que la distingue es la manera de enfrentar los dilemas mediante la aproximación de un “modo político”.

Walzer identifica un problema en lo que denomina los “atajos ideológicos” –postulados preocupados por la consistencia pero desapegados de valoraciones contextuales– que contrastan con lo que llama la “sensibilidad moral”.3 Según Walzer, cuando identificamos injusticias en el mundo nos enfrentamos a juicios complejos. Ejemplifica: se puede apoyar la independencia de Algeria y al mismo tiempo condenar tajantemente el terrorismo del Frente de Liberación Nacional, o rechazar el embargo de EUA a Cuba sin simpatizar con el autoritarismo del régimen cubano. Rawls hace una distinción similar entre “opiniones propiamente políticas” y las que son “simplemente opiniones”.4 Lo distintivo del enfoque político es que debe incluir no solamente una postura sobre la intervención sino sobre el procesamiento político internacional para definir su pertinencia y modalidad.

Una vez argumentado que la no intervención es la posición liberal estándar y que las valoraciones sobre las excepciones son fundamentalmente políticas, queda hablar del modo de proceder en una intervención. A propósito, Walzer contrasta las motivaciones políticas con las motivaciones “minimalistas”: productos ideológicos que responden a una variable y que desatienden preguntas éticas y políticas sobre el modo. Éstas dejan de lado las reflexiones sobre en qué casos, quiénes y cómo intervenir, así como cuándo detener la intervención.

Una respuesta minimalista a en qué casos intervenir diría que siempre que existan violaciones a derechos humanos. La respuesta de Walzer es tajante: las violaciones a derechos humanos deben tratarse con medidas diplomáticas y acciones internacionales encaminadas a que sean primeramente las partes locales las que lleguen a un proceso legal y democrático de solución. Como dice, “el cambio social es mejor logrado desde adentro”.5 Sólo se debe intervenir militarmente en casos de “genocidio y violaciones masivas de derechos humanos”6 en los que la ayuda indirecta exterior sea insuficiente para terminar con la violencia. La diferencia entre ambos casos no es una cuestión cuantitativa sino cualitativa. El genocidio en Ruanda, por ejemplo, era una situación de emergencia y no cabía esperar ningún tipo de respuesta interna: la élite hutu contaba con los medios como para que no pudiera esperarse una respuesta de la contraparte tutsi. De no darse una intervención, la matanza continuaría, independientemente de cualquier medida diplomática.

Un caso cualitativamente distinto sería el venezolano. En el reciente reporte del ACNUDH se documentan violaciones a derechos humanos tales como las muertes por represión “inusualmente altas” y sin embargo se hace un llamado al gobierno venezolano “para cesar, subsanar y prevenir” estas violaciones.7 La lógica de la ONU consiste en que el gobierno sigue siendo parte de los actores involucrados en la solución, tanto en el cese de las violaciones como en la responsabilidad jurídica de los perpetradores. En este caso una respuesta ideológica, aunque bien intencionada, dejaría fuera las consideraciones de modalidad y bien podría aceptar medidas de intervención unilaterales. La respuesta política, sin embargo, tiene que hacerse cargo de la serie de valoraciones que garanticen resultados estables y tomen en cuenta precedentes normativos internacionales. Anteponer las medidas políticas a las punitivas no implica, desde la perspectiva de izquierda liberal,  simpatía o aceptación de ninguna manera.

La pregunta sobre el quién ha de intervenir en eventos como el venezolano lleva consigo la consideración del imperialismo. Idealmente deberían intervenir países que estén lo más alejados posible de ser potencias internacionales. Lo ideal también es que quienes intervengan sean coaliciones de países agrupados en organismos internacionales o en grupos plurales formados ad hoc. La situación de emergencia justifica, cuando se cumplen las condiciones cualitativas, que una potencia intervenga unilateralmente a condición de que el tratamiento posterior responda a un tratamiento multilateral de escrutinio y colaboración.

Por último estaría la cuestión no menos importante sobre cuándo salir. La respuesta minimalista sería: una vez que las violaciones han cesado. Las más de las veces esta salida es la virtual garantía de que las situaciones indeseables se repetirán. Lo que dice Walzer es que, en el proceso político entre la entrada y la salida, el multilateralismo tiene mucho que aportar para garantizar que se establezca legitimidad local entre el grupo de actores capaces de gobernar con el más amplio apoyo. Por su parte, Rawls distingue entre la “estabilidad simple” y la estabilidad por las “razones adecuadas”:8 la estabilidad simple puede ser el producto de arreglos inestables o no democráticos como el miedo o la coerción, mientras que en la estabilidad alcanzada por las razones adecuadas y democráticas todos los actores están comprometidos con el arreglo porque lo encuentran ventajosos para sus fines. Así, los procesos de diálogo interno y conciliación son indispensables en las consideraciones sobre una intervención.

Los elementos filosóficos de la izquierda liberal aquí retomados permiten argumentar que en la deliberación sobre las intervenciones hay juicios políticos complejos que no pueden responder a posiciones minimalistas, por bien intencionadas que sean. En la ecuación entre proteger los derechos humanos y garantizar que éstos no sean utilizados para crear ventajas geopolíticas, los arreglos que privilegien soluciones no violentas, más responsivas al orden y legalidad internacional, y que fomenten la autonomía y el diálogo entre las partes locales serán siempre las más ventajosas.

 

José Ahumada Castillo
Analista Político.


1 Citado por Michael Walzer, A Foreign Policy for the Left, New Haven, Yale University Press, 2018 p. 72.

2 John Rawls, The Law of Peoples, Cambridge MA, Harvard University Press, 1999, p. 34.

3 Walzer, op. cit., p. 31.

4 Rawls, op. cit., p. 91.

5 Walzer, op. cit., p.54.

6 Ibid, p. 56.

7 ACNUDH, Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre la situación de los derechos humanos en la República Bolivariana de Venezuela, julio 2019.

8 Rawls, op. cit., p.44.

 

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