Presentamos una entrevista a Francisco Cantú, autor de La línea se convierte en río (Debate, 2018), las memorias del tiempo que pasó trabajando para la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, así como una reflexión sobre el significado de la frontera con México.


Diego Courchay: ¿Podrías hablarme de tu relación con la frontera que ha ocupado un espacio tan amplio en tu vida?

Francisco Cantú: Lo primero fue crecer cerca del desierto, dado el trabajo de mi madre como Guardia de Parques. La frontera siempre estuvo presente desde mis primeras memorias. Crecí en Arizona, a cuatro horas y media de la frontera, en un pueblo vaquero en el desierto profundo. No es un pueblo fronterizo, pero está lo suficientemente cerca para sentir que no es algo abstracto. Dejé Arizona para ir a la universidad y me percaté que el estudiar las relaciones entre México y los Estados Unidos siempre llevaba de vuelta a la frontera, que estudiaba este lugar al que conocía sin plenamente aprehenderlo. Y eso es parte del trasfondo de la decisión de unirme a la Patrulla Fronteriza. Tenía la idea de que estaba cerca pero demasiado lejos aún. La única manera de entender la frontera era sumergirme en ella.

DC: El día de las elecciones legislativas estadounidenses de 2018, viste llegar el alambre de púas para el muro fronterizo en Nogales, Arizona. Escribiste que “daba la sensación de que estaban viviendo en una ciudad bajo ocupación”, otro síntoma de la militarización de la frontera. ¿Podemos decir que el discurso político en los Estados Unidos está siendo ocupado por el tema de la frontera?

FC: En un sentido creo la frontera misma — me refiero a la línea en sí, al río, al lugar donde hay una valla o un muro, o una verja, un puente o una puerta — desempeña un papel desmedido en el imaginario norteamericano y en nuestra retórica política. Para la mayoría de quienes han pasado tiempo en la frontera es un espacio mucho más amplio: es un paisaje entero, toda una cultura. Al enfocarnos solamente en una estrecha línea lo reducimos a un espacio de debate, combate y violencia. Ese enfoque único nos hace perder de vista esa frontera más amplia donde ambas culturas interactúan de forma hermosa y sana. Pero ha llegado a tal punto la retórica de militarización que ahora define este espacio y comienza a imprimirse en la vida de las personas que viven ahí. Porque la retórica se hace manifiesta, y la frontera se hace manifiesta y también lo hace la violencia.

DC: En tu libro y en otros escritos ahondas en la historia de la frontera y permites ver cómo fue un espacio que se resistió a ser trazado. ¿Por qué importa recordarlo?

FC: Todo se ha resistido a nuestra llegada al punto en el que nos encontramos hoy. Para todos aquellos que nacen ahora resulta inimaginable que este lugar alguna vez fue enteramente otro, que la gente pudiera desplazarse a través de este espacio militarizado en el que no había muro alguno. Al nacer en un paisaje aceptamos lo que ha sido traído ahí previo a nosotros. Pero es interesante lo impuesto que es realmente, el momento cuando empiezas a percibir que todo eso en realidad es una imposición. Ahora ha quedado la impronta de esa violencia en el paisaje. Empecé entendiendo ese espacio como pacífico y luego me fue dicho que no lo era. Luego quise entenderlo como un espacio de intercambio pacífico y fui aprendiendo todas las razones por las cuales no puede serlo, y entendí que hemos creado todas esas razones.

DC: Llamarse Francisco Cantú y tener orígenes mexicanos no habrá desentonado en la Patrulla Fronteriza: está compuesta en más de 50 por ciento por agentes latinos.

FC: Por un lado está a cultura de la agencia, la cual es impresa de forma bastante agresiva en ti, y es una cultura que refleja mucho de lo que entendemos de las agencias policiacas y que confirma los estereotipos de lo que esperamos de la policía y del ejercito. Por otro lado, está la corriente subterránea que es mitad latina. Muchos de estos tipos están hablando español, o spanglish, y provienen de distintas comunidades fronterizas, de historias muy diversas con las que cargan en alguna parte de sí pero que están siendo entrenados para manipular activamente esa historia, para opacarla de ciertas formas, o separarla enteramente del trabajo que están realizando. No se les brindan muchas herramientas para lidiar con eso. La imagen de la Patrulla Fronteriza es en cierta medida la del vaquero blanco, y eso no es casualidad.

DC: ¿En tu trabajo, qué imagen de la migración se fue formando desde las personas que la padecen?

FC: Cuando estudias estos temas en la universidad es desde una vista aérea, desde ese nivel político ves vastas piezas movedizas y sientes que para poder entender de verdad necesitas ver qué sucede ahí abajo en el terreno. Pero cuando estás ahí abajo y estás cara a cara con las personas, cara a cara con el desierto, no eres más que un punto minúsculo. Estás inmerso en ese terreno que ha sido convertido en hostil y te has vuelto un brazo de esa política. Entonces tu visión está tan cerca que es fácil perder ese contexto que poseías a solas y a la distancia. Con una formación académica, estás constantemente absorbiendo esta destilación de hechos, datos y narrativas, desglosando el abanico de motivos estudiados. ¿Dentro de cuál de este listado de narrativas aprendidas en la escuela encaja su historia? Pero estando ahí estás ante personas en uno de los momentos más vulnerables de sus vidas.

DC: Describes la importancia de hablar español en la Patrulla Fronteriza, y de tu esfuerzo por conversar con los migrantes. ¿Cómo ocurrió dentro del contexto de la deshumanización sistémica del migrante sobre la que reflexionas?

FC: Creo que pronto me percaté que si tenía una interacción —como la que tuve con una mujer embarazada y su esposo, que se habían perdido en el desierto y habían tomado refugio en un iglesia— si no lo escribía sucedería alguna locura en el trabajo que los reemplazaría en mi mente. Ocurre porque todo en el sistema dentro del cual te mueves está diseñado para minimizar todo lo que respecta a esas personas, sus historias y sus nombres. Todo está siendo borrado por la naturaleza misma de esa institución. Pero de eso no me daría cuenta hasta más tarde. Aunque de forma inconsciente, saber algo de las personas era una manera de humanizarlas y humanizarme ante ellas. Creo que todo el tiempo que estuve en la Patrulla Fronteriza estuve desesperado por alcanzar fuera de ese uniforme y sentir que no había sido consumido y aplastado por él; sentir que este no consumía y aplastaba a las personas. Pero claro que lo hacía, lo hacía y nunca dejó de hacerlo.

DC: ¿Cómo fue funcionar dentro de esta indoctrinación y cómo retuviste el sentido de lo que fuiste a hacer ahí?

FC: A menudo subestimamos nuestras instituciones y la totalidad de los mecanismos con los que funcionan. Cuando estaba entrando a la Patrulla Fronteriza, sabía que era organización paramilitar y policiaca; sabía que me enfrentaría con todos estos momentos de potencial crueldad, pero crees que puedes funcionar dentro de ese sistema y aún así seguir siendo la persona que eras cuando lo contemplabas todo desde fuera. Imaginas que puedes ver y atestiguar todas estas cosas sin participar en ellas. Nunca suscribí a esa creencia tácita que constantemente se te está presentando: la idea del migrante como criminal, la idea que todos esos encuentros son peligrosos encuentros criminales. Pero aunque nunca creyera eso, sí tenía que creer en la realidad cotidiana de tener que presentarme a tal hora en tal lugar, tener que estar vestido de cierta forma, no hablar fuera de lugar, poner este pie frente al otro, todas estas logísticas con las que intentas no meterte en problemas, intentas no sobresalir, todas estas tareas y deberes que están siendo puestos delante de ti como parte de eso que deshumaniza. El trabajo en sí, las tareas, el ajetreo cotidiano, también eso deshumaniza y minimiza a la gente y las situaciones de las que provienen y el entendimiento de esas complejidades. Y vas viendo que eso va ocurriendo sin que te des cuenta. Nunca se te brinda el tiempo de procesarlo, y el lenguaje para ser vulnerable, o reflexivo, simplemente para articular tus pensamientos y dudas sobre lo que estás haciendo nunca se te brinda ni a nadie a tu alrededor, y las conversaciones que sí estás teniendo sólo alimentan ese silencio. Pienso que muchos que están ahí en sus uniformes no tienen en mente nada más que lo que te enseñan en la academia: todas las obligaciones, las tareas prácticas y logísticas que son puestas delante de ti. Es un entorno total y no entiendes cómo funciona en su totalidad sino hasta haberte sumergido en él y luego haber salido.

DC: ¿Qué deparan los constantes cambios en la Seguridad Nacional en Estados Unidos y cómo afectarán las políticas de migración y su aplicación en la frontera?

FC: Me siento pesimista a corto plazo. No hay ninguna ambigüedad sobre lo que ya ha sido movilizado dentro de mundo de la seguridad fronteriza. Nuestros líderes han articulado una visión que tiene consecuencias drásticas para muchas personas, y no creo que nadie esté comprometido con cambiarlo. Todo lo que está pasando en la frontera está atado a ideas sobre disuasión que anteceden a Trump. Mucho es una continuación de las ideas y políticas bipartidistas que se remontan a Bill Clinton y que continuaron bajo George W. Bush y Barack Obama. Lo que sí creo que es único sobre este momento es el grado al cual todo esto está siendo puesto al descubierto ante nosotros. Trump ha dejado al desnudo lo odioso y divisivo de su retórica. Y porque resulta mucho más obvio que lo que vino antes la gente está poniendo atención y horrorizada por lo que ocurre. Puede extraerse alguna esperanza de la cantidad de miradas dirigidas y enfocadas hacia la frontera. Si esas miradas logran sostenerse una vez que salgamos de este momento histórico rumbo al siguiente, si no nos olvidamos porque hay alguien que reemplaza a Trump que nos haga sentir bien, y hable bonito, esa indignación puesta en la frontera puede llevar a una mejora. Creo que una de las cosas que ha provocado la continuidad de la violencia en la frontera es esa incapacidad de ver lo que está sucediendo, el simple fracaso de no mirarlo de frente. Y eso está atado a esta idea de la frontera como este interregno marginal, que no consideramos realmente parte de nuestro país.

DC: Contrastas la llegada de Trump a la presidencia con el período cuando empezaste a escribir este libro. Es en un sentido la crónica del final de una ilusión: que la frontera podía mejorar, que las narrativas tóxicas podían cambiar. ¿Cómo ha sido para ti ver los cambios ocurridos desde las elecciones de 2016?

FC: Ahora reconozco que suscribía a esta ilusión de que, pese a que las cosas estaban mal, lentamente tendrían que ir mejorando, cumpliendo un arco de justicia y progreso. Imaginaba que este libro sería un documento de tiempos más oscuros. Ahora pienso en todas las cosas que presencié en mi tiempo en la Patrulla y en que hoy en día la gente probablemente se siente más quitada de pena, más audaces en articular su odio y desvelar su racismo. Esas políticas y prácticas que me parecían crueles y que a menudo se escondían bajo el tapete ahora salen a la luz. Leo las noticias y hay veces que sé perfectamente que eso estaba ocurriendo: los videos de agentes destruyendo botellas de agua para migrantes en el desierto. Yo sabía que eso ocurría, vi a personas hacerlo. Nunca lo hice, ¿pero qué bien hace eso? Pero hay veces que veo cosas y me quedo helado, no lo puedo creer, o me engañé pensando que las cosas no podían estar tan mal, que porque nunca vi a nadie actuar así de mal no podía ser algo común. Pero te das cuenta que probablemente sea más común que nunca. Esto se está viendo a lo largo de toda la frontera. No es sólo la Patrulla Fronteriza sino en todo el país: han aumentado los crímenes de odio y eso emana de esta retórica. Como escritor lo creo. Todos estos síntomas provienen de este permiso que ha sido brindado desde lo más alto de ser más obviamente odiosos y de poder articular cosas aborrecibles de forma abierta y sin necesidad de esconderlo. Eso se va filtrando a través de nuestras instituciones y nuestra sociedad cual veneno.

DC: Pese a todo, hay esperanza en tu título mismo, al hablar de esta frontera dispersándose en un río, una misma tierra dividida por una idea que a veces se suspende. ¿Podrías hablarme de los momentos en que la frontera deja de serlo?

FC: El título habla de la esperanza de ver nuestro entendimiento de algo tan rígido volverse más fluido. Entre más observamos nuestras nociones rígidas de un lugar más se desbaratan y se convierte en esta cosa fluida y serpenteante. Fui un agente de la Patrulla Fronteriza en Arizona, donde la línea está agresivamente demarcada en la arena, con una carretera que se extiende junto a vallas, barreras y muros a lo largo de los cuales pasé mucho tiempo yendo y viniendo en una camioneta siguiendo el curso de esa línea militarizada, siendo parte de la fuerza que la militariza. Pero luego recuerdo ir en ese estado al parque nacional de Big Bend —estos lugares donde crecí, donde trabajaba mi madre ganándose la vida viéndolos como espacios de refugio— y estando ahí vi que siguen habiendo lugares donde la frontera es sólo un río serpenteando en medio de una cañón, donde la línea, las barreras y el alambre de púas desaparecen. Quedan lugares en las montañas donde ya no sabes dónde está la línea. Puedes mirar hacia abajo y verla dibujada en la tierra, pero sabes que no está contigo ahí arriba. Y cuando estás en esos lugares hay un sentido que emana de ello. Todo está ahí a la vista delante de ti: se caen a pedazos la impracticabilidad, la imposición, el invento, la presunción retórica y te encuentras parado en un río mirando un solo paisaje sin quebrantar, y es el mismo de ambos lados.

 

Diego Courchay