El hombre de los 1,000 kilómetros, los 22 asesinatos y las dos docenas de heridos ha congelado el tiempo, el de la frontera y los migrantes. Patrick Crusius cortó el nudo gordiano de las ilusiones y las esperanzas. No hay regreso posible, menos aún luego de que se dio a conocer su primera confesión: buscaba mexicanos para matarlos. El crimen de Crusius en El Paso señala un hecho: que un sector de la población blanca (o que se asume blanca) cree que la presencia mexicana en Estados Unidos amenaza algo que no porque no hayan enunciado deja de ser una realidad tangible (para ellos). A lo largo de la escala que va de la resignación malhumorada al crimen artero, hay miles (tal vez más) de hombres y mujeres como Crusius, asustadas y enfurecidas con lo que perciben como “invasión”. Poco importa si en el corto plazo ese discurso y esas acciones han llegado al tope (como yo sospecho), de tal manera que ya no signifiquen unas ganancias políticas netas para Donald Trump. Si bien el cálculo es importante ante la amenaza de la reelección, el punto es que el acto de Crusius se sitúa en un más allá, de orden civilizatorio o, si asusta la palabra, estratégico. Algunas de las lecciones para México podrían ser, siempre a mi juicio, las que siguen.

Ilustración: Carcass

De entrada, la ilusión de que el complejo fenómeno migratorio en la frontera de México y Estados Unidos es una operación ganar-ganar para ambas economías y ambas sociedades ya no tiene sustento emocional. No hay una pastoral a la vista (y los mexicanos migrantes parecen haber entendido el asunto, pues hay una disminución en el flujo), y resulta incluso irresponsable pregonarla: Crusius, insisto, quería matar mexicanos. Como sabemos, una parte sustancial del voto de Trump son estadounidenses apanicados por los costos de la globalización económica, a la que culpan del desempleo (o de la mala calidad del empleo), los impuestos y demás. Los datos de un buen desempeño del empleo en meses recientes se atribuyen al gobierno de Trump, y el razonamiento de que empleo y migración son compatibles a nadie conmueve. De ahí que no se acabe de levantar a los asesinados en El Paso cuando ha tenido lugar una proditoria redada de migrantes en Misisipi. Así funciona la guerra política y la de información desde la Casa Blanca; así alimenta Trump el sentimiento xenófobo de sus votantes blancos.

No sé cómo podríamos imaginar una modificación en los ambientes y las políticas alrededor de la migración desde México, si aceptamos que es un tema de las masas y no solo de las élites dirigentes. Solemos focalizar nuestra atención en los dichos y las políticas del gobierno de Trump. Pero ya no debemos pasar por alto que hay ciudadanos estadunidenses que, sin llegar al paroxismo de Crusius, comparten la idea de la “invasión” y se aferran a su propia pastoral. El comentario político y la academia en México debe empezar por reconocer que aquello es otro país, otras leyes, otros policías, otra política, otra prensa. Estos ámbitos no son inaccesibles ni impermeables (no todos, al menos) pero viven la migración desde México como problema (y no como solución), y a veces como una sombra ominosa que oscurece su debate público. La frontera existe, y el muro, esa obsesión de la cínica glotonería de poder de Trump, es un campo, esto es, un espacio donde lo imaginado es posible. Así, de ese tamaño, es nuestra pena.

El crimen en El Paso, con ser en la frontera y claramente dirigido contra mexicanos, debe estremecernos para hacernos entender. No ha sido así. Es una correlación espuria suponer que de la violencia verbal del presidente Trump, y de sus políticas chantajistas y salvajes (lejos de cualquier consenso internacional sobre el derecho de las personas en cualquier situación) se desprende sin mediación el acto homicida de Crusius. No. Crusius es responsable, enfrentado a su propia Constitución y a sus propias leyes; es responsable porque el fusil de asalto comprado legalmente lo usó contra personas inocentes, sin advertencia previa, a traición. Si el discurso de Trump le habló al oído, o la propia Virgen María, o Alá, es irrelevante. Es tan responsable como Anders Behring Breivik, el noruego que masacró a 77 de sus conciudadanos el 22 de julio de 2011 en Oslo y en la isla de Utøya (y ni modo de decir que el gobierno de Noruega tenía un discurso de odio). Los que por ignorancia o por otra razón pretenden que un ambiente político explica una matanza premeditada de parte de un hombre en su juicio cometen una falta ética superior y un error analítico: dejan de lado que el racismo es un problema de la sociedad y la cultura, y solo secundariamente del gobierno; dejan de lado que en un crimen así hablamos de una responsabilidad personal e intransferible. Pero sobre todo se niegan a aceptar que hay miles de personas, quizá más, que en Estados Unidos no toleran a los mexicanos, y están dispuestos a llegar al crimen para mostrarlo, como en otras latitudes las comunidades locales no toleran a los negros, los güeros, los católicos, los musulmanes, los gays, etcétera. 

El crimen en El Paso nos señala que más allá de la frontera, hay fenómenos globales de una potencia extraordinaria, que probablemente nos señalan una geopolítica de los Estados, una geopolítica que denodadamente trata de imponerse y de reinar sobre los flujos (de personas, capitales y mercancías). En esta lógica, entendemos que el mundo se está cerrando, no abriendo; tal es la lección rompedora desde El Paso. Es ahí donde se define nuestra disociación cognitiva: lo que saben los antropólogos, los demógrafos y los sociólogos que estudian a las migraciones y a los migrantes no acaba de reconfigurar nuestro estudio y nuestra sensibilidad geopolítica (si es que la tenemos en México, que lo dudo). En todo caso, debemos reencontrarnos con la geopolítica. Las viejas herramientas de los Estados están relucientes y a la orden: fronteras, guardias, visas, cuotas, revisiones, condicionamientos, inspecciones, limitaciones. Aun la Europa comunitaria se cierra sobre sí misma, pues sus instrumentos de gobierno no pueden con las disposiciones migratorias de los estados miembros. Es posible que los procesos secesionistas (Cataluña y quizá Escocia) añadan invitados a una fiesta ya de por sí muy concurrida; si el Brexit es traumático, lo es más por el espinoso asunto de la frontera irlandesa. La noción básica de que un Estado es la autoridad que se ejerce sobre un territorio está más vigente que nunca, y es obvio que para honrar ese mandato lo primero que vigila son sus fronteras. Estamos trágicamente lejos de cualquier organismo universal; Kant aguarda aún su hora. Son los Estados nacionales, esos cacharros vetustos, con sus territorios, sus habitantes y sus leyes, sus ejércitos y sus policías, los que imperan en el mundo. El fin de la Guerra Fría y el reordenamiento territorial de Europa central y del este, del Báltico y de Asia central, reafirmó y relanzó con nuevos bríos esa pulsión añeja; en ese sentido, la primera Guerra Mundial no ha terminado; vivimos en sus postrimerías. (Nada de esto significa que la autoridad estatal se ejerza siempre en unas sociedades homogéneas étnica, religiosa o lingüísticamente hablando; esas son patrañas; la autoridad estatal se ejerce…en donde y hasta donde se puede, diría el teórico Perogrullo).

Lo que ha sido nuestra mayor ventaja comparativa en tiempos de la globalización (emparejada con los míseros salarios de los trabajadores), la frontera, debe ser abordada en adelante con una recia y aguda mirada geopolítica. Ya no podemos jugar solo a ser los vecinos escurridizos y traviesos que han sobrellevado por décadas los controles migratorios y aduaneros de Estados Unidos. La realidad no solo política sino cultural de Estados Unidos nos exige un acto de madurez: calcular y recalcular los costos y beneficios de nuestra simbiosis económica para encauzarla y diversificarla  hasta donde nos sea posible; establecer de una vez por todas de que la frontera es también un límite, y no un mundo de infinitas posibilidades, como pretende el pensamiento folklórico de nuestra alicaída tecnocracia neoliberal; entender que solo un poco más allá de los hábitos fronterizos de cruzar por las buenas o por las malas radican peligros para las personas, el territorio y los recursos nacionales; imaginar que allá viven amigos entrañables pero también enemigos desquiciados. Hacer Estado, pues.

 

Ariel Rodríguez Kuri 
Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.

 

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