Presentamos un adelanto de Cambiemos el mundo de Greta Thunberg (Lumen, 2019). Este libro recoge los discursos de la joven sueca que ha revolucionado el activismo en contra del cambio climático, y que hoy es candidata al Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos para luchar contra el mayor peligro que enfrenta la humanidad.


La primera vez que oí hablar de algo llamado “cambio climático” o “calentamiento global” tendría unos ocho años. Era algo que, por lo visto, habíamos provocado los seres humanos con nuestro estilo de vida. Me dijeron que apagara las luces para ahorrar energía y que reciclara el papel para ahorrar recursos.

Recuerdo que pensé que era muy extraño que los seres humanos, siendo solo una especie animal más, fuésemos capaces de cambiar el clima de la Tierra. Porque si fuera así y realmente estuviera sucediendo eso, no se hablaría de otra cosa. Al encender el televisor todo giraría en torno a ello: titulares, emisoras de radio, periódicos. No leeríamos ni oiríamos hablar de otro tema. Como si hubiera una guerra mundial.

Pero nunca se hablaba de esto.

Si quemar combustibles fósiles era tan malo que amenazaba nuestra misma existencia, ¿por qué seguíamos como antes?

¿Por qué no había restricciones? ¿Por qué no los prohibían?

Para mí no tenía sentido. Era demasiado increíble.1

 

Y entonces, a los once años, enfermé. Caí en una depresión. Dejé de hablar. También dejé de comer. En dos meses perdí unos diez kilos.

Al poco tiempo me diagnosticaron síndrome de Asperger, Trastorno Obsesivo Compulsivo y mutismo selectivo. Esto último significa, básicamente, que solo hablo cuando lo creo necesario. Este es uno de esos momentos.

Para los que estamos en ese espectro, casi todo es blanco o negro. No se nos da muy bien mentir y no solemos sentir mucho interés por participar en el juego social que tanto parece agradar a todos los demás.

Creo que, en muchos sentidos, los autistas somos los normales y el resto de la gente es bastante extraña.

Particularmente con respecto a la crisis de sostenibilidad, en la que todos dicen y repiten que el cambio climático es una amenaza existencial y el problema más grave al que nos enfrentamos, y, sin embargo, siguen haciéndolo todo como antes.

No lo entiendo. Porque si las emisiones tienen que parar, entonces debemos pararlas. Esto es blanco o negro. No hay grises cuando se trata de sobrevivir. O continuamos existiendo como civilización o no. Tenemos que cambiar.

Es necesario que países como Suecia empiecen a reducir sus emisiones un 15 por ciento como mínimo cada año. Esto nos permitiría mantener el aumento de la temperatura por debajo de los 2 ºC. Sin embargo, como ha demostrado no hace mucho el Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático (IPCC), aspirar no a esos 2 ºC sino a 1,5 ºC reduciría considerablemente el impacto climático; pero es fácil imaginar lo que implica semejante reducción de las emisiones. Sería lógico esperar que todos nuestros dirigentes y los medios de comunicación no hablaran de otra cosa, pero ni siquiera lo mencionan. Tampoco se mencionan los gases de efecto invernadero que ya están atrapados en la atmósfera ni que la contaminación del aire está ocultando el calentamiento, así que cuando dejemos de quemar combustibles fósiles, el calentamiento ya habrá aumentado aún más, quizá incluso entre 0,5 y 1,1 ºC.

Tampoco se habla apenas de que estamos inmersos en la sexta extinción masiva y que hasta doscientas especies se extinguen a diario. Ni de que a día de hoy el índice de extinción natural es entre mil y diez mil veces más alto de lo que se considera normal.

Por otra parte, nunca se habla del principio de equidad o justicia climática, claramente expuesto en el Acuerdo de París, algo absolutamente necesario para que este funcione a escala mundial. Eso significa que los países ricos tienen que reducir las emisiones a cero en un plazo de seis a doce años a la velocidad actual de las emisiones, y eso para que las personas que viven en los países más pobres puedan mejorar su nivel de vida construyendo algunas de las infraestructuras de las que nosotros ya disponemos, como carreteras, hospitales, instalaciones eléctricas, escuelas y agua potable. Porque ¿cómo podemos esperar que países como la India o Nigeria se preocupen por la crisis climática si nosotros, que lo tenemos todo, no nos preocupamos ni un segundo por ella ni por nuestros compromisos con el Acuerdo de París?

Entonces, ¿por qué no estamos reduciendo las emisiones? ¿Por qué siguen, de hecho, aumentando? ¿Estamos provocando deliberadamente una extinción masiva?

¿Somos malvados?

No, por supuesto que no. La gente sigue haciendo lo mismo porque la inmensa mayoría no tiene ni idea de las implicaciones de nuestra vida diaria. Y no son conscientes de que urge un cambio.

Todos creemos saberlo y todos creemos que todo el mundo lo sabe. Pero no es así. Porque ¿cómo vamos a saberlo?

Si en verdad hubiera una crisis y si esa crisis estuviera provocada por nuestras emisiones, ¿veríamos al menos alguna señal? No solo ciudades inundadas, decenas de miles de muertos y países enteros arrasados, reducidos a escombros: veríamos alguna restricción.

Pero no. Y casi nadie habla de ello. No hay titulares, ni reuniones urgentes, ni noticias de última hora. Nadie actúa como si estuviéramos en una crisis. La mayoría de los climatólogos y de los representantes de los partidos ecologistas continúan viajando por el mundo en avión y consumiendo carne y lácteos.

Si vivo hasta los cien años, en 2103 aún estaré viva. Cuando ustedes piensan en «el futuro», no piensan más allá del año 2050. Para entonces, en el mejor de los casos, no habré vivido ni la mitad de mi vida. ¿Qué ocurrirá después?

En el año 2078 cumpliré setenta y cinco años. Si tengo hijos, quizá pasen ese día conmigo.

Tal vez me pregunten por ustedes. La gente que en 2018 estaba aquí.

Tal vez me pregunten por qué no hicieron nada cuando todavía había tiempo para actuar.

Lo que hagamos o dejemos de hacer ahora afectará a toda mi vida y a la de mis hijos y nietos.

Y lo que hagamos o dejemos de hacer ahora ni mi generación ni yo misma podremos deshacerlo en el futuro.

Así que cuando empezaron las clases en agosto de este año, decidí que hasta aquí habíamos llegado. Me senté delante del Parlamento sueco. Me declaré en huelga estudiantil por el clima.

Algunas personas dicen que debería estar en el colegio. Otras que debería estudiar para ser climatóloga y así poder «resolver la crisis climática». Pero esta crisis ya está resuelta. Ya tenemos los datos y las soluciones. Lo único que hay que hacer es despetar y cambiar.

¿Y por qué debería estar estudiando por un futuro que pronto podría dejar de existir cuando nadie está haciendo absolutamente nada por salvarlo? Además, ¿qué sentido tiene aprender datos dentro del sistema educativo cuando es evidente que los datos más importantes que nos proporciona la ciencia más erudita dentro de ese mismo sistema educativo no significan nada para nuestros políticos y para nuestra sociedad?

Mucha gente dice que Suecia es un país pequeño y que no importa lo que hagamos. Y si unos pocos niños y niñas podemos acaparar los titulares de todo el mundo solo por faltar al colegio unas pocas semanas, imagínense lo que podríamos conseguir si decidiéramos actuar todos juntos.

Y aquí es donde la gente suele ponerse a hablar de esperanza. Placas solares, energía eólica, economía circular y demás.

Pero yo no voy a hacerlo. Hemos estado soltando discursos motivacionales y vendiendo ideas positivas durante treinta años. Y lo siento, pero no funciona. Porque si hubiera funcionado, a estas alturas las emisiones habrían disminuido. Y no han disminuido.

Y sí, necesitamos esperanza, claro que sí. Pero más que esperanza, lo que necesitamos es acción. Cuando empezamos a actuar, la esperanza está por todas partes. De modo que, en lugar de buscar esperanza, busquemos acción. Entonces, solo entonces, llegará la esperanza.

Actualmente utilizamos cien millones de barriles de petróleo al día. No hay políticas para cambiar eso. No hay leyes para que ese petróleo se quede bajo tierra.

De modo que no podemos salvar el mundo acatando las reglas. Porque las reglas tienen que cambiar.

Todo tiene que cambiar.

Y tiene que empezar a cambiar hoy.2

 

Greta Thunberg


1 Del discurso en Parliament Square, Londres, para la Declaración de Rebelión XR, el 31 de octubre de 2018.

2 Conferencia TedX, noviembre de 2018.

 

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