La asimilación o adecuación social a un elemento cotidiano, a pesar de su disfuncionalidad y rechazo intelectual, guarda la posibilidad de convertir en cultural casi cualquier rasgo. Los frecuentes “así funciona en México” o “a la mexicana”, aplicados hacia aspectos cívicos, son manifestaciones del costumbrismo nacional y nuestro eterno debate entre el determinismo y el libre albedrío. En México, hemos hecho culturales los defectos de nuestros sistemas de justicia, de desigualdad y de política. Es precisamente ahí donde se encuentra la posibilidad de cambiar lo asimilado: lo cultural es elástico. Solo que sería de una ingenuidad o ignorancia mayúscula creer que dicha condición es inevitablemente positiva. En la misma flexibilidad de los códigos culturales está su trampa.

Ilustración: David Peón

En una sociedad con una autoestima exacerbada —la mexicana es una de ellas y no es extraña la vanagloria de superioridad en todos los temas; si fuéramos tan buenos como creemos tendríamos resueltos la mitad de nuestros problemas—, es común que los rasgos culturales sean percibidos como un positivo, obviando que hay rasgos culturales negativos. La medición en la balanza se lee a partir del daño que dichas características hacen a las sociedades. Por ejemplo, el racismo inherente a la construcción política y social de Estados Unidos es un rasgo cultural de aquel país que daña, evidentemente, no solo todos los terrenos del derecho, vulnera cada una de las bases de los derechos humanos; imposibilita la vida en conjunto. Ésta, misión primigenia de cualquier proyecto de Estado.

Un breve asomo a la historia de las sociedades obliga a admitir que las metamorfosis políticas, incluso si se acercan a resolver los objetivos iniciales para los que fueron concebidas, pueden desencadenar adecuaciones culturales a nuevos defectos con consecuencias previsibles y evitables.

México, a la par del espíritu de la época, se desenvuelve en la revisión, destrucción y renovación de los esquemas políticos que por menos tiempo del que nos damos cuenta, se establecieron en las consciencias republicanas, democráticas y, en general, de gobierno. Con bemoles y características propias, nos sumamos a las tendencias por las que los países con modelos políticos occidentales se dan tumbos a la hora de querer solucionar los pendientes, deudas y esperanzas añejas o malentendidas en la simplificación de sus sistemas.

Quizá, la disolución en términos prácticos de los proyectos ideológicos haya abonado a esto, aunque no puedo evitar pensar que tal argumento se presta fácilmente al reduccionismo de una disculpa equivocada. El mundo que una vez se decantó por los sistemas políticos que hoy se perciben tradicionales, hizo del sistema una cultura. El amplio abanico de características que lo pueden conformar imposibilita determinar en un marco absoluto qué es sistema y qué no lo es, sin embargo, en nuestra edad de las generalizaciones eso resulta poco relevante. La elasticidad en los códigos culturales desembocó en la construcción del antisistema, como si se tratara de una rama de pensamiento que no solo contiene demasiadas ausencias para ser considerada tal, como tampoco su contraparte lo era por las mismas razones.

Ni el sistema ni el antisistema son planteamientos de desarrollo intelectual. Más bien, se tratan de posturas reactivas y emocionales a los entornos.

Le hemos restado importancia a la construcción de los códigos culturales que definen, a través del tiempo, las características de nuestras sociedades. En México actuamos con cierta displicencia, como si fuéramos inmunes a que los efectos de acciones presentes establecen la relación futura con la realidad.

En medio de lo aparentemente confuso que resulta ubicarse entre posturas contrarias sobre infinidad de temas alrededor de los vaivenes en el entorno nacional, las acciones políticas que permean con brutal aceptación en el discurso público corren el riesgo de generar un cambio cultural por la manera en que se van aceptando las intenciones como si se trataran de certezas. Una falla axiomática por definición.

La regla es simple a pesar de antipática: lo que se quiere, promete o intenta, no define su resultado. Por más que se quiera, prometa o intente. Estos tres elementos están en boga dentro de la avalancha de gobiernos de supuesto rompimiento con estructuras previas. En todos hay un denominador común que se ha encapsulado bajo el espectro del voluntarismo, a manera de ingrediente perenne en cada versión de la acepción más genérica de lo que se entiende como populismo. La del siglo XXI no es tan diferente. Genérica y aunque explicativa en muchísimos casos, de nuevo sobre simplificadora. El problema puede ser más profundo.

La eficacia es la medida para cualquier gobierno. Los parámetros para sus resultados no pueden resumirse a la percepción de la realidad, sino a la realidad y a su construcción. El objetivo de las políticas públicas, sin importar el rubro, es llevar certidumbre a los distintos campos en se desenvuelven las actividades sociales. Certidumbre en la economía para no perjudicar la vida de la gente, certidumbre democrática para cuidar la fragilidad intrínseca en el gobierno del diálogo, certidumbre en los esquemas de salud para limitar muertes y enfermedades, certidumbre académica y cultural para permitir el desarrollo social y libre de las poblaciones, etcétera.

Las decisiones de política pública se deben conducir a partir de sus probabilidades. Es necesario administrar distintas series de eventos para que en un entorno de incertidumbre se aterrice en la certidumbre. Los eventos no solo se administran, también se crean, en función de allanar las perturbaciones que modificarían el resultado que se buscó, prometió, o intentó.

Lo anterior contiene una decepción en sí. En cada acción humana existe una dosis de impredecibilidad. Justo esa es la razón para allanar. Siempre caben las posibilidades negativas. Para minimizarlas, los eventos construidos desde la administración pública deben calcular su margen de error. Las acciones con un riesgo grande tienen que evitarse en medida de los posible. No se trata de adivinar el futuro, sino de entender que la experiencia y el saber tienen más peso que las voluntades. Reconociendo que, incluso con todo el conocimiento, es imposible asegurar una totalidad de desenlaces positivos.

Las respuestas antisistema que mencionaba líneas arriba y son materia de discusión en todo el mundo, a las que hay que sumarle las particularidades de la política mexicana, han sido proclives a afirmar que, ante la falla de mecanismos establecidos en el sistema, es válido considerar el éxito de aquellas prácticas que han sido desechadas anteriormente. El argumento más común es el descarte. Desde políticas de seguridad a la economía, hay una apuesta constante por variables cuya aparente virtud es no ser como otras, en lugar de ser por sí mismas. La evidencia y estudio en lo previo es sustituida por la solicitud de paciencia para probar lo desconocido, entrando así en los terrenos del azar. Por ello no pueden argumentarse en su beneficio.

Me resulta ocioso discutir que las rutas políticas por las que se desenvolverá México en los próximos años han domesticado la conversación pública. El todo se desarrolla bajo la perspectiva de una administración de gobierno que no es antisistema, de hecho, se sitúa en el corazón del sistema mismo, pero actúa con los componentes emocionales de lo antisistema. Replica la culturización de sus modos, desde el lenguaje a la mirada sobre percepciones y realidades. Esto trae un conflicto nuevo no inmediato: la institucionalización de la política del azar.

En México, el desdén al sistema se hizo en cierto rechazo al rigor del cálculo de probabilidades. Nos hemos decantado por negar el entendimiento, sin duda limitado, del margen de error en aquello que insistía en la evidencia de construcción científica. Tendré que reconocer que en buena medida ese rigor no solo no resolvió las precariedades naturales de las sociedades, sino que amplificó el descontento al ser incapaz de entender los elementos intangibles de ellas, pero solo con la aceptación simultanea de que le dimos cualidades absolutas a una herramienta parcial.

Actualmente, la constante es la apuesta a lo que desde el estudio —natural por el tiempo de desarrollo— tiene altas probabilidades de errar y desconocidas de resultar. Hemos roto el equilibrio de la responsabilidad al aceptar que se deposite en las políticas mexicanas más azar de lo admisible en términos de probabilidades.

Sin generar certidumbre es difícil suponer que un Estado pueda hacer frente a las perturbaciones. A lo imponderable e impredecible. Hay gobiernos que en su voluntarismo ignoran a las perturbaciones y creen que pueden actuar fuera de ellas, otros les han restado sensibilidad y no las entienden.

En la historia han existido espacios culturales en los que estas posturas se desenvolvieron a sus anchas. Sociedades listas para creer, decepcionadas y con justificación de sus presentes y futuros. Con deseos de ver virtudes más allá de lo real. Pueblos que no se sintieron escuchados y sobre los que reconfortan las nociones carismáticas de trascendencia y llenado de vacíos. Solo que en ninguno de estos espacios imperó la racionalidad y siempre perdió la política. Se cayó en su nivel más bajo, la fe. Dos vías distintas para medir los riesgos y administrar el futuro de las personas.

 

Maruan Soto Antaki
Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio Oriente, El jardín del honor y Pensar México.