“¡No me creerían si les dijera lo mala que es esta gente!” exclamaba el presidente Donald Trump en mayo del año pasado, durante una mesa redonda sobre la respuesta de su gobierno frente a la reciente “invasión” de “salvajes” provenientes de México y Centroamérica. “Estos no son seres humanos. ¡Son animales!”.

El lenguaje con el que el Líder del Mundo Libre suele referirse a toda clase de extranjeros de piel oscura se ha vuelto tan cotidiano que ha dejado de sorprendernos. Pero las palabras, en especial las de los poderosos, no sólo representan a la realidad sino que también le dan forma. El mes pasado un grupo de congresistas demócratas visitó uno de los campos de concentración que el gobierno de Trump ha erigido a lo largo de la frontera, donde descubrieron celdas atestadas en las que la única fuente de agua potable es el retrete. Que tales condiciones sean más dignas de animales que de seres humanos no es en modo alguno casual.

Ahora bien, es importante recordar que Trump no fue el primero en usar semejante vocabulario. “Estos invasores”, rezaba un artículo publicado en 2015 en un periódico texano, “llevan cruzando hacia nuestro territorio desde tiempos inmemoriales”. Dos años antes, el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos —USDA por sus siglas en inglés— publicó un estudio de impacto ambiental en el que proponía la erección de casi 150 kilómetros de alambre de púas a lo largo de cuatro condados de la frontera texana. Términos como “invasión”, “contrabando”, “seguridad” y “vigilancia” aparecen a lo largo y ancho del documento, dándole al texto burocrático un tono de urgencia apocalíptica.

A diferencia de Trump, sin embargo, ni el artículo periodístico ni el reporte gubernamental tratan temas migratorios. Los “invasores” de los que hablan son, en efecto, animales, aunque quizás cabría precisar que algunos de los extranjeros a los que se refieren son miembros del reino Protista. Se trata, en todo caso, de un grupo de especies simbióticas entre sí pero parasíticas para con otros: eucariontes del género Babesia y artrópodos del subgénero Boophilus. En texano: los invasores en cuestión son el parásito de la babesiosis, una enfermedad parecida a la malaria que es letal para el ganado vacuno, y su principal vehículo de transmisión: la tristemente célebre garrapata de fiebre.

 

Estos pequeños vampiros han aterrorizado a los becerros de América desde la invasión europea de 1493, pero quedaron erradicados de la mayor parte del territorio norteamericano en la anagrámica fecha de 1943. Cinco décadas de esfuerzos por parte del gobierno de Washington lograron reducir el hábitat estadunidense de las garrapatas Boophilus a una muy tarkovskiana “Zona de Cuarentena Permanente” a lo largo del río Bravo. En años recientes, sin embargo, al parecer los vampiros han vuelto, salvo si hemos de creer al gobierno norteamericano. El documento del USDA señala que entre 2003 y 2004 el número de infestaciones reportadas en áreas de Texas fuera de la zona de cuarentena aumentó casi 500%. El texto atribuye el cambio al creciente número de “animales que entran a los Estados Unidos ilegalmente”.

No hay razones para creer que los burócratas se refirieran a seres humanos, pero el eco lingüístico resulta significativo. “En el guión arquetípico de La Plaga”, Susan Sontag anotaba en El SIDA y sus metáforas, “la enfermedad siempre viene de lejos… los imaginarios de la enfermedad y de lo extranjero son dos caras de la misma moneda”. A diferencia de Stephen Austin o Sam Houston, sin embargo, la babesiosis era texana mucho antes de que Remember the Alamo se volviera un grito de batalla y luego una calcomanía para pegar en la Hummer.

A manera de ilustración, consideremos que en 1893 los reportes del USDA aún se referían a las zonas de México afectadas por la babesiosis como “una prolongación de los distritos de fiebre de Texas”, haciendo de los Estados Unidos el origen simbólico de la enfermedad que hasta la fecha es conocida como “la calentura texana”. Cincuenta años mas tarde, sin embargo, las cosas habían cambiado. Un artículo publicado en la Science News-Letter de 1931, por ejemplo, se titulaba: “Infección Tropical Gana Terreno En USA, Amenazando al Ganado”.

Ilustración: Víctor Solís

En cuestión de décadas un fenómeno biológico cuya historia en el valle del río Bravo es bastante más larga que aquella de los Estados Unidos se convirtió en una enfermedad exótica proveniente del sur. El “guión de La Plaga” de Sontag se aplica a la babesiosis sólo porque la campaña de erradicación del USDA logró arrinconar a los arácnidos contra el río Bravo. Las garrapatas son “invasoras” porque el gobierno norteamericano las expulsó de sus tierras ancestrales.

 

A diferencia de pulgas y mosquitos, las Boophilus son monógamas: se alimentan de la sangre del mismo animal a lo largo de todo su ciclo de vida. Las garrapatas adultas se aparean entre el pelambre de su anfitrión para luego dejarse caer de su lecho de amor al purgatorio del pastizal. Los machos, endebles como sus primos entre los bípedos, mueren de inmediato; las hembras, desposeídas del derecho a desfallecer de melancolía, perecen de estrés tras depositar cientos de huevos. A los pocos días una nueva generación de vampiros emerge de sus ataúdes de gestación. Las flamantes larvas escalan una brizna de pasto y esperan pacientes a que un bovino despistado se acerque, momento en el cual pegan un brinco kierkergaardiano al vacío que, si tienen suerte, las aterriza sobre un jugoso bife USDA Prime. A partir de ese momento la vida de la garrapata se convierte en una comilona sin fin que las deja hinchadas y regordetas como Marquesas del Valle de Oaxaca —hasta que llega el momento de reproducirse.

Por su parte, los protozoarios —Babesia bigemina y Babesia bovina— viven dentro de las garrapatas hasta que logran entrar al torrente sanguíneo del anfitrión. Una vez allí, se reproducen asexualmente y proceden a invadir los glóbulos rojos del animal, cuya orina toma un tono ocre que explica uno de los nombres tradicionales de la enfermedad: redwater, “aguarroja”. En anfitriones carentes de inmunidad la perdida de células sanguíneas provoca fiebre, anemia, temblores, delirios, un andar bamboleante y rechinidos dentales. Por lo general, la muerte ocurre entre ocho y diez días. Si el animal logra recuperarse, su sistema inmunológico aprende a defenderse de la babesiosis, inmunidad que las vacas transmiten a sus becerros. Es por esto que el ganado que habita en regiones infectadas con Boophilus, como el sur de los Estados Unidos en el XIX y la mayor parte del México contemporáneo, puede ser portador de la enfermedad sin mostrar ningún tipo de síntomas. La babesiosis sólo es un problema para poblaciones que han quedado aisladas por barreras geográficas o políticas.

 

Las garrapatas y los protozoarios llegaron a las Américas junto con otro grupo de parásitos: los colonizadores europeos. En su segundo viaje transatlántico Colón trajo consigo un rebaño de vaquillas cornudas a las que dejó en la recién “descubierta” Hispaniola. Gracias a los esfuerzos de rancheros y a la ausencia de depredadores naturales, los animales se extendieron a lo largo y ancho del norte de Nueva España. Para finales del siglo XVI, en palabras del historiador Alfred Crosby, el ganado mexicano se había “naturalizado por completo, volviéndose tan parte de la fauna de la región como los coyotes y ciervos locales, y avanzando cada vez más hacía el norte”.

Estos rebaños —los famosos Texas longhorns— cruzaron el río Bravo a principios del XVII y permanecieron salvajes por dos siglos, hasta que los colonos angloparlantes, esos otros invasores, se adueñaron de la intendencia de Texas y se dispusieron a domesticarlos. Durante un puñado de décadas garrapatas, protozoarios, vacas y humanos coexistieron sin siquiera enterarse de que coexistían. Eventualmente, sin embargo, los rancheros tejanos buscaron expandirse hacia pastizales y mercados más al norte. Fue entonces que empezaron los problemas: los rebaños norteños, ajenos a la babesiosis, morían en masa en cuestión de semanas tras haber entrado en contacto con sus primos fronterizos. Espantados por la mortandad, muchos estados del norte promulgaron leyes que prohibían la entrada a su territorio de todo ganado procedente del sur.

La guerra civil norteamericana interrumpió el flujo comercial entre ambas regiones, pero el fin de las hostilidades trajo consigo un renovado interés en fortalecer y expandir la industria ganadera del país recién reconciliado. Como era de esperarse, los rebaños norteños siguieron muriendo. En 1886 un grupo de vigilantes armados impidió a fuerza de tiros que un rebaño texano cruzara la frontera con Kansas y Missouri, sentando el precedente para las milicias de ultraderecha que hoy en día se dedican a cazar migrantes indocumentados. Ocho años después Illinois e Indiana cerraron sus fronteras. Los ganaderos texanos protestaron: su ganado, insistían, gozaba de excelente salud, o por lo menos no presentaba ninguno de los síntomas de la infame redwater.

Hacia finales del siglo y bajo presión por parte de la Sociedad de Vaqueros del Norte de Texas, el USDA abrió una investigación. En un intento por establecer los límites geográficos del “distrito infectado” —la infame fever line— el departamento envió solicitudes de información a cientos de ganaderos texanos, pidiéndoles que escribieran sobre sus experiencias con el aguarroja. Uno de estos reportes, de la autoría de un Mr. Henry Terrell, oriundo de San Antonio, sugiere que

La causa de todos estos descalabros es, en mi humilde opinión, que el ganado criado en las tierras bajas de la costa suele tener pezuñas muy suaves… al llevarlos al norte por veredas y senderos de grava, los animales texanos se afiebran en las extremidades, dejando tras de sí el veneno de la calentura, y contaminando los pastizales donde se infectan los rebaños del norte.

Las especulaciones de Mr. Terrell no convencieron al USDA. En 1892 Washington declaró que los doce estados del sur constituían un “distrito permanentemente infectado”, dotando a la fever line del tipo de solidez legal que suele faltarle a los símbolos. La nueva reglamentación prohibía transportar ganado sureño hacia el norte. La única excepción eran aquellas reses que irían directamente al matadero.

 

El misterio del aguarroja quedó resuelto el año siguiente, cuando los científicos del USDA establecieron por primera vez que la calentura texana es transmitida por garrapatas. Por lo mismo, anotaban los científicos, la extensión del “distrito de fiebre” variaba año con año en función de la temperatura, pues las heladas son fatales para las Boophilus. “Definir las fronteras de la zona afectada”, reza el reporte de los investigadores, “es en los hechos casi imposible”. Para esas alturas, sin embargo, la fever line había quedado marcada en la tierra.

Armado con estos descubrimientos, el gobierno norteamericano lanzó una campaña de exterminio con la esperanza de limpiar su territorio de garrapatas. Los métodos principales de erradicación eran la “vacuna del pastizal” y el “remojo vacuno”. La primera estrategia consistía en evacuar a todo el ganado de un pastizal por un cierto tiempo, de manera que todas las larvas de la comarca murieran de hambre; la segunda implicaba la construcción de enormes albercas de solución de arsénico, donde todas las vacas del condado debían bañarse dos veces por semana hasta quedar libres de garrapatas. Los esfuerzos comenzaron en el extremo noroeste de la zona de fiebre y avanzaron hacia la frontera con México.

El proceso de erradicación fue accidentado y duró medio siglo. Las regulaciones federales cambiaban con frecuencia y, a ojos de muchos rancheros, de manera arbitraria. A partir de 1914 el gobierno federal comenzó a sancionar a los condados que se negaban a participar en el exterminio, dotando a las comisiones de sanidad estatales con poderes policiales que incluían la prerrogativa de multar, incluso arrestar a ganaderos insumisos y decomisar sus rebaños.

La campaña resultó especialmente ardua para los yeomen farmers: pequeños terratenientes que criaban un puñado de animales para su consumo personal o para venderlos en los mercados locales. “Por favor, haga algo para aliviarnos de esta molesta tontería”, uno de estos granjeros escribió en una carta al gobernador, a quien saludaba con un muy igualitario dear friend. “Le deseo un próspero año nuevo y la mejor de las suertes cuando decida postularse a la presidencia”. El gobierno se mantuvo inflexible, condenando a miles de ganaderos a la bancarrota. Al final, sin embargo, los esfuerzos de erradicación lograron su cometido. En 1943 el USDA se declaró victorioso: las Boophilus habían sido orilladas a una delgada franja de tierra inmediatamente al norte de la frontera con México. La calentura texana se había convertido en la fiebre del wetback.

 

La desnaturalización simbólica de las garrapatas texanas, por otro lado, comenzó mucho antes. Ya en 1894, cuando la frontera de la fiebre coincidía con la línea de Mason-Dixon, la triste división entre el sur esclavista y el norte libre, el USDA asumía que todo el ganado procedente de México portaba la fiebre, pues sus investigadores no habían podido “dictaminar con exactitud cuáles regiones de aquel país han sido infectadas”. Esta decisión, sin embargo, parecía motivada menos por cuestiones epidemiológicas que por nacionalismo económico. “No queda duda de que esta es la única manera de garantizar la seguridad del ganado norteamericano”, rezaba el reporte del USDA, “pues tomando en cuenta los bajos precios del ganado mexicano… sería cuestión de tiempo antes de que todos los pastizales de los estados ganaderos quedaran invadidos por estos animales baratos y por la calentura texana que portan consigo”.

Resulta irónico, entonces, que muchas de las quejas contra esta política proteccionista provinieran de ganaderos estadunidenses. Gracias a la liberalización económica del porfiriato, muchos de estos vaqueros habían comprado extensos terrenos en México. Las leyes de erradicación, sin embargo, dictaban que el ganado que cruzaba de Texas a México no podía cruzar de regreso; esto pese a que la fever line oficial corría varios centenares de millas al norte de la frontera, dejando al sur de Texas en el corazón del distrito infeccioso. Las cosas se complicaron aún más con el estallido de la Revolución mexicana. La veda impedía que los ganaderos norteamericanos sacaran sus rebaños de México, dejándolos a la merced de requisiciones y pillajes.

Es aquí donde el origen garrapatoso del discurso xenófobo de Trump aparece con mayor claridad. A diferencia de los ganaderos estadunidenses, los salteadores mexicanos de la época de la Revolución no tenían el menor reparo en atentar contra las disposiciones de Washington. Muchos de los animales que robaban en México eran vendidos al fin en los mercados de Texas. Alarmado, el secretario de Agricultura, James Tama Jim Wilson, envió una solicitud formal al secretario de Estado, Philander C. Knox, en la que pedía algo que nunca antes se había hecho: la erección de setenta kilómetros de valla fronteriza para entorpecer el paso a los contrabandistas de animales ilegales. Tal fue el origen de la idea de construir un muro fronterizo entre México y Estados Unidos.

 

La propuesta de Tama Jim Wilson estuvo bajo consideración hasta 1922, cuando un inspector federal recorrió la frontera y concluyó que la erección de la barda sería difícil desde el punto de vista logístico y contraproducente desde el agronómico, pues la barrera cortaría el acceso del ganado norteamericano a importantes fuentes de agua. Además, anotaba el inspector, los contrabandistas de licor se encargarían de derribar la muralla antes incluso de que quedara terminada.

Al parecer los reportes recientes del USDA sufren una suerte similar. El repunte en el número de infestaciones de Boophilus registrado en el estudio de impacto ambiental de 2013 —el mismo que buscaba justificar la erección de 150 kilómetros de alambre de púas— es tan dramático que resulta increíble, al menos si se pretende atribuirlo a los movimientos transfronterizos de ganado bovino. Parece que hay una explicación alternativa. En 2004 la Comisión de Salud Animal del estado de Texas cambió sus regulaciones, de manera que hoy en día un predio puede designarse como “infestado” si alguien descubre una garrapata en el pelaje de un ciervo o antílope, aun si no existe evidencia de que el ganado local ha sido afectado. El número de infestaciones de garrapata aumentó en 500% no a causa de una “invasión” de animales provenientes de México, sino porque el gobierno de Estados Unidos decidió que las piezas de caza deberían figurar en el censo norteamericano.

En marzo de 2018, mientras Trump firmaba la ley que habría de destinar 641 millones de dólares a la construcción de vallas fronterizas parciales, el USDA finalizó un acuerdo con varios terratenientes texanos para erigir cinco magros kilómetros de barreras antigarrapata. Como el muro de Trump, al parecer el alambre de púas terminó por convertirse en un gesto simbólico. Pero la historia de las garrapatas nos enseña que las metáforas —casos aislados que se convierten en plagas, fronteras políticas transformadas en hechos geográficos, seres humanos transmutados en animales— guardan una inquietante tendencia a cuajar en realidades. Las palabras, como Sontag nunca se olvida de recordarnos, tienen consecuencias.

 

Caroline Tracey
Es doctorante en el Departamento de Geografía en la Universidad de California, Berkeley, donde se enfoca en el estudio de la frontera entre México y Estados Unidos.