Es probable que no exista en toda la literatura dramática una obra teatral cuyas situaciones incongruentes aceptemos hoy de mejor gana que las del Don Giovanni de Mozart. Por ejemplo, la aparente unidad de tiempo que hace que siempre sea de noche. En su transcurso se mata al Comendador, se le sepulta y se le vuelve a poner en pie en forma de monumento, la “gentilísima estatua”. Durante la misma noche llega Doña Elvira; en la primera esquina difunde sus penas a los cuatro vientos, luego se cambia de ropa y se alberga en una casa. Y la única aventura galante que aún le ocurre al héroe tiene lugar, por así decirlo, entre bastidores, y se le cuenta al criado, de cuya amiguita se trata, durante un recitativo. Nos preguntamos cuánto ha podido ocurrir en tan breve lapso.

Claro que intérpretes y directores han intentado ordenar en un sistema lógico este decurso temporal, pero en vano: es un misterio de esta ópera que, si se intenta darle un orden dramatúrgico, se vuelve improbable. Sobre lo que la música sugiere se descomponen los acontecimientos concretos, y con ellos nuestro sentido del tiempo y de la historia: nos confiamos a la incongruencia temporal, y con eso olvidamos que que en esta apremiante sucesión de acontecimientos, reforzada por los continuos cambios de escena, se impone con coherecia un único elemento, es decir, el azar. No nos planteamos el problema de la verosimilitud, o sólo nos lo planteamos después: durante nuestra experiencia receptiva, todo es convincente.

El manuscrito de Don Giovanni presenta tachaduras y correcciones, pero nunca delata la prisa: sólo revela la mano veloz de aquel a quien las notas le cruzan la mente mucho más rápido de lo que le pasan bajo la pluma. El acto de escribir, siempre y desde siempre un mal necesario, un deber fastidioso, se volvía automática una vez que Mozart se resignaba a cumplirlo. Entonces su memoria funcionaba de manera fotográfica; durante la redacción conversaba o hacía que le contaran algo. Él mismo confirmó varias veces este extraordinario talento. “…ya está todo compuesto, escrito todavía no…” escribió a su padre el 30 de diciembre de 1780 a propósito de Idomeneo; no se trata de coquetería sino de información concreta, lanzada “de prisa” como de costumbre, porque le esperaba precisamente la obligación de la escritura.

Por eso podemos dar fe tranquilamente a lo que se nos ha comunicado: a saber, que Mozart habría compuesto la obertura de Don Giovanni poco antes de la representación, temprano de mañana, en dos o tres horas. Escribió este trozo, podemos decir, bajo dictado de la memoria, porque “compuesto” ya estaba todo. El manuscrito empieza con una mancha de tinta en la zona de los cornos y de los fagots, presenta los borrones habituales —para él la tinta se secaba con demasiada lentitud— y en total una corrección de tres compases en la parte de los clarinetes, cuyos enérgicos plumazos hacen pensar en coléricas sacudidas de cabeza. Si no fuera porque el papel trae los rastros del tiempo transcurrido, lo que en él se lee parecería recién escrito, aún con la tinta fresca, recién trazado por la mano de Mozart. El manuscrito es bien legible en todas partes; es seguro que no fue una tarea muy difícil para los copistas que debieron retirarlo, por así decirlo, todavía húmedo. De todos modos, ya no había tiempo para un ensayo de la obertura. Hoy habríamos considerado imperfectas todas las representaciones operísticas; nos habría parecido una improvisación, una lectura a primera vista confiada al azar, aunque una compañía de canto estuviera entonces mucho más armonizada que ahora. La puesta en escena no era nada rigurosa; los intérpretes podían confiarse en sus gestos al impulso del momento, divertirse en hacer bromas. La vez en que durante una ejecución de La flauta mágica Mozart tuvo ganas de tocar él mismo el Glockenspiel, y lo tocó durante algunos compases más de lo necesario (el libretista y actor) Emanuel Schikaneder, disfrazado de Papageno, le gritó: “¡Cierra el pico!”. Y nadie se molestó si la orquesta, por culpa del destiempo en los compases, tuvo que interrumpirse y recomenzar. Además, según parece, tampoco a Mozart le importaba mucho que la continuidad estuviera garantizada.

 

Fuente: Wolfgang Hildesheimer, Mozart (traducción de Ariel Bignami), Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1982.