La frontera sur de México es una línea atravesada por vasos comunicantes de familias, vecinos, comerciantes, organizaciones criminales, trabajadores agrícolas y migrantes en tránsito. Hay ocho cruces fronterizos formales con Guatemala siete en Chiapas y uno en Tabasco—, pero por rápidos y económicos, las personas prefieren pasar ríos o cerros que han perdido los mojones.

El presidente Andrés Manuel López Obrador calculó, el 14 de junio pasado, que hay “68 puestos fronterizos sin vigilancia” y entre seis y siete mil puntos por donde se desplazan mercancías y personas en esta frontera abierta, porosa e ignorada durante muchos años por las autoridades mexicanas.

Cruzar la frontera, desde Guatemala, no presenta mayores complicaciones para los migrantes sin documentación. Se puede hacer a pie o a bordo de mototaxis, taxis, camionetas, lanchas o balsas improvisadas que ofrecen este servicio para atravesar el Suchiate o el Usumacinta. Tampoco desplazarse a Ciudad Cuauhtémoc, La Trinitaria, Ciudad Hidalgo o a Tapachula.

Las dificultades inician después de los primeros cien kilómetros, de los cuatro mil que deberá recorrer el migrante en tránsito para llegar a la frontera norte. Ese trayecto se convierte en una cadena de vejaciones y asaltos, que culminan para el 80 por ciento en cárceles migratorias que anteceden a la deportación.

Migrar en caravana, una idea novedosa y osada, fue la respuesta de organizaciones centroamericanas para franquear el territorio mexicano, sin sufrir el acoso de carteles criminales ni de las autoridades. El éxito de esa primera caravana, que partió de San Pedro Sula a inicios de octubre de 2018, recibió la protección del gobierno mexicano, con entrega de pases de salida, y el apoyo de ciudadanos que ofrecieron comida y transporte.

Esa primera caravana impulsó la formación de nuevos contingentes formados por migrantes de diversas nacionalidades. Ahí se incrustaron, según el gobierno mexicano, organizaciones de traficantes de personas.

En los primeros meses de este año, la frontera sur se desbordó. De 350 mil personas que cruzaban al año, según estimaciones del extitular de Instituto Nacional de Migración, Tonatiuh Guillén, en enero se contabilizaron cien mil, y en mayo, 144 mil. A ese ritmo, al término de 2019, según cálculos de la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, habrán arribado a México 900 mil personas, casi una cuarta parte de la población de Chiapas.

Ilustración: Ricardo Figueroa

El flujo migratorio hacia el norte, con tres corredores principales —uno por el Pacífico, con entrada en Tapachula; otro por la meseta comiteca y frailescana, en Frontera Comalapa, y otro más por la selva, en Tenosique, Tabasco— eran empleados por ciudadanos de países del triángulo centroamericano: Guatemala, Honduras y El Salvador, y ocasionalmente por sudamericanos. Los nicaragüenses casi no figuran en estos flujos, porque prefieren migrar a Costa Rica, por cercanía y por lazos familiares.

La presencia de la Guardia Nacional busca desalentar la migración, que erosiona a poblados hondureños y que invita a ciudadanos de África, Asia y el Caribe, que no frecuentaban esta vía, a caminarla en su tránsito hacia Estados Unidos.

Daniel Villafuerte, especialista en la frontera sur e investigador de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, dice que las medidas del gobierno actual no son nuevas: “la diferencia con los gobiernos anteriores es que ahora se anuncian en la ‘mañanera’. En el verano de 2014, con lo que se llamó Plan Sur, se envió a la gendarmería que se coordinó con la Policía Federal, el Ejército Mexicano, la policía estatal y los agentes de Migración. Se instituyeron operativos móviles desde Unión Juárez hasta Arriaga, se realizaron cateos en hoteles y lugares de hospedaje de migrantes, y se realizaron operativos de manera sistemática en el tren, incluso fueron techados los vagones con un material liso para evitar que fueran utilizados para viajar. El resultado fue que entre 2014 y 2015 el número de deportados pasó de 105 mil a 176 mil”.

De caudales, oleadas y tsunamis

Los municipios mexicanos que colindan con Centroamérica están marcados por la migración. Suizos, alemanes y norteamericanos se asentaron en Chiapas para dedicarse al cultivo de café y plátano a fines del siglo XIX. Los chinos se instalaron como trabajadores agrícolas, y después como propietarios de abarrotes y de restaurantes. La china es, bromean los soconusquenses, la comida típica de Tapachula.

Esta ciudad es un mosaico multicultural. El parque central, antes reservado para los paseos dominicales de los tapachultecos, es el encuentro de paquistaníes, congoleses, cameruneses, haitianos y hasta de desperdigados bengalíes que partieron de Bangladesh hace cuatro semanas y que esperan pases de salida para atravesar nuestro país y llegar a Estados Unidos.

En abril y mayo, el foco de atención fueron unos mil cubanos que llegaron de súbito a la ciudad. Algunos lograron visas humanitarias, muchos fueron deportados, otros escaparon de la Estación Migratoria Siglo XXI y se desplazaron hacia el norte del país.

A inicios de junio disminuyó el flujo de cubanos, pero el de haitianos continúa en ascenso. Familias completas, mujeres con hijos pequeños y cientos de jóvenes hacen suya la ciudad. Las Cigarras, Finca Real, Los Ángeles, 24 de Diciembre, Nueva Esperanza y el Girasol, cercanas a la delegación del Instituto Nacional de Migración, se han convertido en colonias de haitianos. La mayoría espera una visa humanitaria, formalmente conocida como Tarjeta de Visitante por Razones Humanitarias, la cual permite a los migrantes trabajar en México durante un año. Aunque la visa debe ser para niños, mujeres y personas mayores de 65 años, es anhelada por hombres jóvenes como salvoconducto. 

El número de migrantes en las ciudades fronterizas es difícil de precisar. La estación migratoria de Tapachula, con capacidad para 900 personas, está sobrepoblada con más de mil 600 residentes. En las instalaciones de la Feria Internacional Mesoamericana, habilitada como refugio, permanecen otros mil.

Los albergues, con preferencia para mujeres y niños, no cuentan con espacio para nuevos solicitantes. En el Albergue Jesús El Buen Pastor, que coordina Olga Sánchez, hay más de 500 migrantes, y los apoyos que antes fluían para ofrecer comida y medicina, se han esfumado.

Guardia Nacional

En la ruta del Pacífico y de la meseta comiteca es visible la participación de miembros de la Marina, con insignias de la Guardia Nacional. Las vías del tren en Arriaga, antes repletas de migrantes que esperaban la partida de La Bestia bajo sol implacable del trópico, están vacías. Agentes de migración vigilan desde cuatro camionetas.

En Ciudad Hidalgo la presencia de marinos ha ahuyentado a comerciantes guatemaltecos, que por años se han trasladado a esta población para comprar desde pollos, refrescos enlatados, quesos, papel higiénico, detergentes, hasta televisores, hornos de microondas y lavadoras.

En el Soconusco hay dependencia de trabajadores guatemaltecos (unos cien mil) que se emplean en el cultivo del café, plátano, papaya y mango, pero también en la industria de la construcción, el trabajo doméstico y en el comercio. El 60 por ciento del flujo migratorio en la frontera sur se concentra en Ciudad Hidalgo y Talismán.

La presidenta municipal, Eloína Hernández Aguilar, está molesta con el operativo y no lo oculta. Dice que el comercio se ha derrumbado un 80 por ciento. A su denuncia se han sumado más de 500 mototaxistas, 200 balseros y más de 300 propietarios de comercios.

Debido a lo marginal de este comercio, considera Jorge López Arévalo, investigador de la Universidad Autónoma de Chiapas, no impactará la economía de ambos países, en caso de continuar el operativo a orillas del Suchiate; “por el contrario, la presencia de seis mil elementos de la Guardia Nacional, que tienen ingresos y los gastarán en la región, dinamizará la actividad económica de los municipios fronterizos”.

NNAS

Deyanira V. C., de 17 años, salió de su casa en San Salvador, con mil pesos. Al llegar al río Suchiate solo le quedaban 70 pesos, que se los robó un hombre que la amenazó con un machete.

Su propósito es llegar a cualquier lugar de Estados Unidos, pero antes quiere pasar unos meses con su hermana Verónica, quien trabaja en Tapachula desde hace cuatro años: “Dudé en viajar con las caravanas, porque no sabía la suerte que tendrían. Esta vez sí me animé. La pasaba mal. No estudiaba ni tampoco trabajaba. Le dije a mi madre que viajaría. A mi padre no fue necesario porque hace tiempo que no lo veo”.

Como Deyanira, más de 50 mil adolescentes cruzaron la frontera en 2018. Se les conoce como Niños, Niñas y Adolescentes no Acompañados y/o Separados (NNAS). El tránsito es un camino lleno de obstáculos, con asaltos, violencia sexual, detenciones y deportaciones. Los NNAS alcanzaron visibilidad en 2014, cuando la patrulla fronteriza detuvo a más de 68 mil niños y adolescentes.

En los primeros cinco meses de este año, la cifra se incrementó a más de 180 mil NNAS, si se parte de la estimación de que una tercera parte de las 544 mil personas, que habían migrado de enero a mayo, eran menores de edad.

Las causas por las que niños y adolescentes migran son múltiples. A veces sus padres radican en Estados Unidos y les piden reunirse; otras, buscan mejores condiciones de vida o huyen de maltratos domésticos.

Deyanira está afuera de la Casa del Migrante Scalabrini en espera de que le permitan pasar la noche, porque no ha localizado a su hermana, de quien no tiene la dirección de su casa. Me pide el celular para hablar, a través de Messenger, con su hermana. No lo consigue.

Las historias de migrantes son variadas y conmovedoras.

Alexánder Franco, de 38 años, vivió en Estados Unidos desde 1997, en donde conoció a Alicia, una oaxaqueña, con quien procreó a Junior Alexánder y a Michelle. El 3 de abril de este año cuando viajaba de San Diego a Saratoga, California, fue detenido en un autobús de pasajeros. Pudo haber iniciado un juicio para conseguir la residencia. A su favor tenía 22 años de estancia y dos hijos americanos, pero sus amigos le aconsejaron regresar a Guatemala y, después, regresar a Estados Unidos, con lo que evitaría la cárcel y un proceso de más de dos años.

Eso, que parecía tan fácil, se ha complicado. Hace cuatro semanas que deambula por la frontera, mientras tramita una visa como residente en México. Desea trabajar en Tijuana para encontrarse con sus hijos. Retornar a California lo ve casi imposible.

Gustavo Gáldamez, nicaragüense de 59 años, vivió por 18 años en Arkansas. Católico, viajó a Centroamérica para el festejo de canonización de monseñor Arnulfo Romero. Intentó regresar. Fue detenido y recluido en una estación migratoria por 90 días. Ahora tramita una visa permanente con el que pretende llegar a la frontera norte e internarse por alguna rendija a Estados Unidos.

Ivette Fabré, de 21 años, es de Haití. Viajó de Puerto Príncipe en avión a Ecuador y después a Panamá. De ahí, se transportó en la línea de autobuses Ticabus a la frontera de México. Gastó casi dos mil dólares en ese trayecto de una semana. Aquí lleva tres meses, con días entreverados de ilusiones y fracasos.

Las historias invaden los albergues, las calles, las estaciones migratorias. El migrante quiere hablar. Le sobra tiempo. A cambio busca comprensión, solidaridad, calidez, y si es posible, agua, comida o algunas monedas.

Éxodo centroamericano del siglo XXI

El descubrimiento de la migración a Estados Unidos por parte de los centroamericanos fue tardío. Empezó a registrarse a fines de los ochenta y se incrementó rápidamente a partir de este siglo.

La violencia (40 asesinatos por día), el tráfico de drogas, los deseos de movilidad social, las diversas subjetividades aspiracionales, las recurrentes crisis económicas derivadas de políticas gubernamentales erradas y de desastres naturales, como sequías y huracanes, expulsan a hombres y a mujeres.

Guatemala, que fue la punta de lanza de la migración, es hoy un país de tránsito; por el contrario, Honduras —que no vivió conflicto armado alguno, génesis del éxodo de la región—, se ha convertido en el principal proveedor de migrantes en tránsito.

En el incremento de migrantes el gobierno mexicano ha contribuido con su cuota, al ensayar una política de acogida que alimentó la ilusión de ciudadanos de países remotos que no habían explorado la frontera sur como la avenida para llegar al norte, y que, ante las presiones de la administración de Donald Trump, ha endurecido la vigilancia, incluso más que en 2014.

Si bien la presencia del ejército ha sido parte del paisaje desde 1994, las medidas anunciadas amenazan con convertir a la frontera, hasta ahora de vasos comunicantes, en un muro que ha bloqueado por lo pronto parte del comercio informal en el Suchiate, una región que se ha beneficiado por décadas de la migración circular.  

Es posible que este endurecimiento desaliente la migración, pero si continúa el flujo de los primeros meses de este año, con unas instituciones mexicanas poco preparadas para el tsunami migratorio, se podría llegar a un estado de emergencia y de crisis humanitaria en esta frontera serpenteada de 963 kilómetros, hasta hace poco invisibilizada e ignorada por las autoridades mexicanas.

 

Sarelly Martínez Mendoza

 

3 comentarios en “De las oleadas al tsunami migratorio en la frontera sur

  1. Es la lumpenización de México, el modelo de acumulación de capital se basa en el Ejercito Industrial de Reserva que permite bajar y bajar los salarios y aumentar y aumentar las ganancias. El estado Benefactor Keynesiano mutó al Estado Malefactor Straussiano.

  2. Un artículo que sintetiza el problema de la migración, desafortunadamente nuestro país no esta preparado para afrontar esta crisis humanitaria, por lo que debería solicitar la ayuda y participación internacional.

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