“Están en todas partes”.

Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, mejor conocido como El Chapo, miró a los tres hombres en el cuarto con él. Llevaba algunos minutos balbuceando incoherencias hasta que ellos entraron, y poco a poco cambió su tono de voz a uno normal. Les dijo que sería honesto con ellos —le tenía miedo a sus rivales, los hermanos Arellano Félix. Le ofreció un trato a los tres hombres: les doy a los Arellano Félix y ustedes eliminan las acusaciones contra mí y contra mi hermano Arturo.

Los dos agentes de la DEA, la Administración de Control de Drogas de Estados Unidos, iban acompañados por un agente de la Procuraduría General de la República de México, PGR. Ninguno cedió. No hay trato, dijeron.

Durante más de década y media la reunión de 1998 entre Guzmán y los agentes de la DEA Joe Bond y Larry Villalobos, junto con José Pepe Patiño Moreno de la PGR en la cárcel de Puente Grande fue un secreto de seguridad nacional estadunidense. Pero con Guzmán ahora sentenciado a cadena perpetua sin libertad condicional, más detalles de ese encuentro —y el esfuerzo desesperado del capo para convertirse en informante de la DEA— han salido a la luz. Después del juicio, el juez Brian Cogan hizo público un resumen del reporte clasificado; a principios de año el ex agente Bond le enseñó a quien esto escribe una copia sin alterar del reporte que él y su colega Villalobos redactaron días después de su reunión con Guzmán en Puente Grande.

La DEA ha sido criticada desde hace mucho tiempo por la relación que lleva con sus informantes. Desde la década de los setenta el gobierno de Estados Unidos —la DEA y la CIA en particular— ha sido acusado varias veces de entrar a territorio de lavado de dinero y tráfico de drogas, pero el daño que más ha perdurado, el verdadero, ha ocurrido a través de sus informantes y otros criminales que han denunciado que el gobierno ayuda a los cárteles. Reportes en la prensa desde principios de este siglo, que alegan colusión entre la DEA y los cárteles mexicanos, los cuales se basan en testimonios de narcotraficantes, han dañado el esfuerzo tanto de la DEA como de las autoridades mexicanas para ganar adeptos en lo que se ha convertido en una guerra mediática nacional, que incluye narcomantas, spin en internet y ofensivas de relaciones públicas en medios muy bien calculadas por los cárteles mismos. Un agente de la DEA que trabajó en la Ciudad de México a finales de la década pasada dice sin duda alguna que “no había acuerdo” entre la DEA y el Cártel de Sinaloa, pero admite, bajo anonimato, que la DEA utilizaba información que le proveían elementos del propio cártel. “Tomamos información de donde la podamos conseguir”, dice. “¿Una persona de alto nivel viene de parte de una organización y no vamos a utilizarla?”. El problema principal: por ley, los agentes antidrogas en México están obligados a entregar ese tipo de información a sus contrapartes mexicanas, cosa que no hicieron por falta de confianza. Un segundo problema: ¿qué sucede cuando un traficante de alto nivel intenta convertirse en informante para manipular él mismo a la DEA?

El día es el 6 de marzo de 1998. Bond y Villalobos miraban al preso número 516, recién rasurado y con un uniforme color caqui. Los dos agentes habían conseguido entrar a la cárcel de máxima seguridad haciéndose pasar por trabajadores sociales; tenían credenciales falsas que les había dado la PGR. Le dijeron al director del penal que iban a realizar perfiles de personalidad a los presos más importantes del penal. El director les advirtió que no había garantía alguna de que un grupo de presos los secuestrara.

Patiño volteó a ver a Guzmán. Guzmán lo miró con enojo. Le preguntó a Patiño que qué hacía ahí y le dijo que no confiaba en la PGR. Ya le había dado información sobre los hermanos Arellano Félix, le dijo. La PGR no había actuado, y sólo lo hizo una semana después de que los Arellano Félix habían huido. Había otros casos que hicieron su falta de confianza aún más grande, dijo. Patiño lo tranquilizó diciéndole que nada de lo que dijera en la reunión en Puente Grande se utilizaría en su contra. Los agentes de la DEA no se sumaron a la promesas.

Pero éste no es Tito, dijo Guzmán. Él quería sólo a Tito, el hombre con el cual había negociado reunirse. El hombre de la DEA, Tito. Tito era el nombre que le había dado Guzmán al emisario antes de incluso conocer a Bond o a Villalobos.

Ilustraciones: Belén García Monroy

 

El agente de la DEA Bond había llegado a la Ciudad de México a finales de 1997. Nació y creció en la ciudad, para después mudarse a Mississippi y convertirse en policía estatal y posteriormente unirse a la DEA. Tan sólo unos cuantos meses desde su llegada a la capital ya había concertado alianzas estratégicas con sus contrapartes en la PGR. Su conocimiento del lenguaje le ayudó mucho, así como su entendimiento de la cultura. Había leído los archivos de Guzmán, al igual que Villalobos, un analista de inteligencia de la DEA.

Guzmán estaba en la cárcel, pero aun así nadie tenía tanto conocimiento de las operaciones del Cártel de Sinaloa como él. La DEA sabía que manejaba todo desde la cárcel, en particular a través de su abogado y Arturo, uno de sus hermanos.

Poco después de haber aterrizado en México, Bond recibió a un visitante que no tenía cita con él. Un posible informante, quizás, a unas cuadras de la embajada de Estados Unidos. Guzmán había enviado a un familiar, cuyo nombre no será revelado por su propia protección, para reunirse con la DEA. Dada su relación con Guzmán —el hombre dijo ser su cuñado—, el hombre podría haber sido lo que la DEA llama “la gallina de los huevos de oro”.

Bond tenía mucho interés. El apodo del informante, elegido por Guzmán, sería Elektra. “Quiere hablar contigo”, le dijo Elektra a Bond —Guzmán quería reunirse con la DEA en Puente Grande. Bond de inmediato pidió permiso a sus contrapartes mexicanas, al mismo tiempo que mantenía reuniones frecuentes con Elektra. Bond pensó en todas las variables. ¿Lo estaban utilizando? ¿Cómo lo podría utilizar El Chapo? ¿Por qué querría utilizar a Bond, para acercarse más a su enemigo?

El Cártel de Sinaloa, según ex agentes de la DEA que trabajaron en México durante los noventa, probablemente ya tenía sus tentáculos alrededor de las agencias de procuración de justicia de México. “Estos tipos tienen informantes en cada agencia”, dice el ex jefe de Operaciones Internacionales de la DEA, Mike Vigil. “Saben cómo piensa el gobierno. Guzmán sabía esto. Pensaba: ‘Estados Unidos igual y se interesa por mi importancia’. Guzmán estudiaba a la DEA”. Lo que quería de la DEA no era claro, según Bond, y Elektra no le podía dar detalle alguno. Guzmán quizás pensaba que los “trajes vacíos” de la DEA en Washington —burócratas con el mínimo entendimiento de las operaciones a nivel calle— creerían que él era un pez gordo que necesitaban traer de vuelta, dice Vigil. Bond le dijo a sus superiores y recibió la luz verde, aunque se mantuvo escéptico.

El 5 de marzo Bond le envió un mensaje a Guzmán a través de Elektra: tenemos la autorización del gobierno mexicano para entrar a Puente Grande. Bond no le dio más detalles, ni fecha ni hora. Los agentes de la DEA le llamarían a la misión Operación Apocalipsis. Era un avance de enormes proporciones: ningún agente estadunidense había pisado el interior de una cárcel de máxima seguridad en México; mucho menos había entrevistado a un reo.

Guzmán recibió el mensaje. Pero jamás pensó que llegarían al día siguiente, cuenta Bond 20 años después.

Cuando llegaron los agentes y dieron la contraseña, Guzmán se tiró al piso para revisar que no los estuvieran espiando. Había un espejo de una cara en el cuarto; Bond pensó que los agentes estaban siendo grabados para su protección más que por sus motivos.

Bond sabía que la DEA ya tenía informantes adentro del cártel de los Arellano Félix, pero Guzmán seguramente sabía más. Bond también sabía que corría el riesgo de cruzar una línea importante. “¿Quién más lo ayudaría [a Guzmán] a eliminar a sus principales rivales sino la DEA?”, pensó. Reflexionó sobre las consecuencias.

Guzmán se mantenía firme: quería dar información a la DEA, pero también insistía en que en que se le mudara a una cárcel de menor seguridad para poder dar órdenes a su gente de manera más fácil. Para que lo trasladaran a otra cárcel, El Chapo le dijo a los agentes que enfrentaría las acusaciones sobre el homicidio del procurador general de Sinaloa, Francisco Rodolfo Álvarez Fáber, ocurrido en abril de 1993. Si se respetaba ese proceso judicial, sugirió, no habría mayor interés mediático en su traslado a otro penal, que sin duda se interpretaría por sus rivales como que había revelado información sobre ellos. Si no cumplía con su promesa a la DEA —inteligencia para poder detener a sus enemigos— les dijo que “no tenía problema alguno en regresar” a la cárcel de máxima seguridad para purgar su pena.

Guzmán habló durante tres horas. Le contó algo de su historia a los agentes de la DEA, así como la de uno de sus predecesores. Era cierto que había habido una reunión de la nueva generación de capos, pero sólo había ocurrido tras el arresto de Miguel Ángel Félix Gallardo, y había ocurrido en la Ciudad de México, no en Acapulco. La reunión se llevó a cabo a principios de los noventa. Benjamín Arellano Félix, Rafael Aguilar-Guajardo, Amado Carrillo Fuentes, Emilio Quintero-Payán y Guzmán habían creado “La Federación”, según el reporte que escribieron Bond y Villalobos.

Guzmán admitió que mató a unas “malas personas”. “No iniciamos la guerra”, agregó, en referencia a lo que sucedía en Tijuana por esas fechas. “Ellos” querían culparlo de eso, justo como “ellos” le habían echado la culpa del homicidio del cardenal Jesús Posadas Ocampo en 1993. Guzmán insistió en que Ramón Arellano Félix fue quien rompió el acuerdo de la Ciudad de México. Guzmán le dio información a los agentes sobre la jerarquía del cártel de los Arellano Félix y algunos detalles sobre trasiego de drogas y un túnel. Agregó que Héctor Güero Palma, también en Puente Grande, era ahora su enemigo y que también tenía información sobre él y su grupo.

 

Guzmán ya había hablado con las autoridades antes, pero de manera más discreta y de tal forma que lo dicho por él no se podía usar como testimonio, ni siquiera bajo la ley de México, donde era culpable hasta que demostrara lo contrario. En 1993, tras su captura en Guatemala, la DEA y sus contrapartes mexicanas se había reído a sus costillas. Al escuchar que el ejército guatemalteco llevó a Guzmán a los mexicanos, amarrado y amordazado, tirado en la parte trasera de una pickup en la que giraba como tronco mientras avanzaban por un camino de tierra, recuerda el ex jefe Vigil, quien en esos momentos estaba en la Ciudad de México, “era divertidísimo”. Pero en el helicóptero militar que lo trasladó a la capital Guzmán ya realizaba negociaciones, supuestamente diciéndole a los soldados que sí era culpable de narcotráfico pero no de matar al cardenal. Lo mismo hizo en 2014 cuando fue detenido en Mazatlán: admitió haber ordenado el asesinato de dos mil a tres mil personas pero no el del cardenal.

Durante la reunión en Puente Grande con Bond y Villalobos, Guzmán hizo énfasis en que quería que se eliminaran las acusaciones en contra de su hermano Arturo, quien había sido detenido en Arizona con 1.26 millones de dólares en efectivo en 1989, y añadió que le preocupaba la seguridad de su familia. Al terminar la entrevista, y para demostrar su valor como informante, Guzmán le dijo a los agentes que el embajador de México ante Francia y el procurador general serían asesinados pronto.

“No me digas mamadas”, le dijo Bond de cerca. “Dame más evidencia”. “Ok, Tito, sin problema”. “Si me dices mamadas, esto se acabó. Quieres que trabaje esto para ti, tú tienes que trabajar conmigo”.

“Yo creo que nunca nadie le había hablado así”, dice Bond. Se fue de la reunión con la impresión de que Guzmán sentía que estaba perdiendo el control. “Ya estaba intentando dejar todo atrás”, dijo.

Las predicciones de Guzmán nunca ocurrieron.

Bond y Villalobos se fueron de Puente Grande por la puerta principal, justo como lo haría Guzmán unos años más tarde. Nunca se volverían a reunir —Patiño apareció muerto en el verano del 2000, atropellado por una revolvedora de cemento afuera de Tijuana, momentos después de reunirse con agentes de la DEA del otro lado de la frontera. Pero Guzmán volvería a intentar negociar con la DEA. Unos meses después de la reunión en Puente Grande, Bond recibió otra visita en la embajada de Estados Unidos —la segunda esposa de Guzmán, Griselda López Pérez. Quería visas estadunidenses para ella y sus dos hijos; su nombre estaba en una lista, y personal de la embajada alertó a Bond tan pronto se encendieron las alertas. Conversaron cerca de la embajada por no más de 15 minutos, y Bond le pidió que le consiguiera un informante, alguien cercano a Guzmán. Elektra no era lo suficientemente bueno, dijo; necesitaba a un pariente consanguíneo, a alguien de su primer círculo.

Griselda aceptó entregarle a Arturo. No a cambio de las visas; éste era un trato sólo de información. El acuerdo implícito era que Guzmán purgaría su pena tranquilamente en una cárcel mexicana, fuera del radar de la DEA, si Arturo entregaba información.

A pesar del nuevo acuerdo, que aún no rendía ningún fruto, Elektra y Bond siguieron hablando por teléfono durante 2001, después del descarado escape de Guzmán de Puente Grande. Bond sabía que la fiscalía federal de Estados Unidos tenía detenido en Arizona a Arturo con una acusación menor —el trasiego de ganancias de venta de drogas implicaba una sentencia de 10 años, y saldría en siete con buen comportamiento. Si podía lograr que Arturo trabajase con la DEA, podría utilizar esa información en contra de los otros cárteles y eventualmente en contra de los demás miembros de la familia Guzmán, si es que lograban sobrevivir a todo esto.

Griselda concertó una reunión. Se llevaría a cabo en el Hotel Bristol, a unas cuadras de la embajada de Estados Unidos. Griselda no asistiría. Arturo iría con su guardaespaldas, que esperaría en un cuarto contiguo mientras Bond y Arturo platicaban.

Para ese entonces Bond ya llevaba tres años en la Ciudad de México, y tenía una relación cercana con Genaro García Luna, entonces jefe de la AFI. Compartían información e inteligencia muy seguido, pero no siempre.

Bond llamó por última vez a Elektra. Le preocupaba su informante, a quien consideraba “el mejor”. Con Guzmán prófugo, Elektra ya no era tan buen emisario. Era un informante de la DEA. “Ya te quemaste. Te van a matar”, le dijo Bond a Elektra, y le advirtió que tendrían que terminar su relación. García Luna interceptó la llamada y escondió a Elektra en El Pedregal, en una casa que había sido propiedad de Amado Carrillo Fuentes antes de ser confiscada por el gobierno mexicano. Le llamó a Bond.

Bond le dijo qué estaba haciendo y qué planeaba. Acordaron que la reunión con Arturo se mantendría en pie, pero García Luna asistiría, disfrazado del chofer de Bond. Se sentaría en el otro cuarto con el guardaespaldas de Arturo.

La reunión transcurrió como se había previsto —por suerte Arturo no identificó a García Luna cuando se cruzaron en el pasillo. Hablaron pero compartieron poca información. Bond le dio un celular a Arturo, y un número que sólo se utilizaría para llamadas entre ambos. Arturo le dijo a Bond que “podía arreglar” una reunión entre él y Guzmán.

Horas más tarde, mientras se iba de la capital en coche, Arturo fue arrestado por miembros de la policía de García Luna. Sería asesinado en la cárcel en 2004. Bond nunca más se acercaría a Guzmán. “Fue mi mejor informante”, dice Bond sobre Elektra.

Bond estaba furioso con García Luna. García Luna le dijo que no podía dejar que Arturo huyera porque le podía conseguir una reunión con Guzmán. Pero Bond entendió por qué se lo dijo. Sus jefes cargaban con la culpa de haber dejado que Guzmán se escapara de Puente Grande. No podían dejar que su hermano, también prófugo, se escapara.

La información que Guzmán le dio a la DEA directamente, o a través de Arturo, o de Griselda o de Elektra nunca llevó a nada, según Bond. Elektra recibió una recompensa por la información que entregó y ahora vive una vida nueva bajo supervisión del gobierno de Estados Unidos. Los cargos de Arturo nunca fueron borrados, y durante el juicio de Guzmán en Brooklyn el dinero que se incautó de su automóvil fue la pieza clave de evidencia de la fiscalía para la acusación de lavado de dinero.

“Nos estaban transando”, dijo Bond. “Pero nada nunca llegó al Chapo”.

Si Guzmán hubiera llegado a un trato con las autoridades y les hubiese dado inteligencia útil desde Puente Grande, quizás hubiera recibido una sentencia menor. Incluso quizás estaría fuera de la cárcel hoy, 26 años después de su arresto. En lugar de eso, el informante que nunca fue pasará el resto de sus días en Estados Unidos. “Era una caña de pescar sin anzuelo”, dice Vigil. “Quería atrapar peces con sólo un gancho”.

 

Malcolm Beith
Periodista.