En la búsqueda por hablar del derecho al aborto desde los acuerdos que existen y construir una vía hacia su legalización, los médicos y especialistas en salud pública Aníbal Faúndes y José Barzelatto, publicaron en 2011 El drama del aborto. En busca de un consenso (Paidós).

Ver a las mujeres que han abortado convertidas en criminales fue lo que llevó a los autores a querer investigar este fenómeno y su discusión. Como explica Faúndes, la mujer que toma la decisión de abortar “habitualmente es una víctima de las circunstancias, de una sociedad que no le da a ella la posibilidad de prevenir adecuadamente un embarazo ni las condiciones para tener un hijo”. Es por eso que identifica un falso dilema en la discusión sobre el aborto: no hay personas a favor del aborto, “las hay que no están a favor de que la mujer que se hace un aborto sea condenada”. ¿Cómo avanzar el debate, entonces?

Ilustración: Kathia Recio

Obstetra y ginecólogo por la Universidad de Chile, de la que fue catedrático más tarde, Faúndes coordinó el Programa de Salud de las Mujeres del Servicio Nacional de Salud chileno entre 1970 y 1971. Dejó su país tras el golpe de Estado a Salvador Allende, y fue asesor del programa de Salud Materna y Planificación Familiar de la República Dominicana entre 1974 y 1976.  Más tarde fue profesor de obstetricia en la Universidad Estatal de Campinas en Sao Paulo. Ha ocupado diversos cargos en organizaciones internacionales: fue presidente del Comité de Recursos para la Investigación del Programa de Reproducción Humana de la OMS; vicepresidente del Consejo Director del International Women’s Health Coalition de Nueva York; presidente de las asociaciones Latinoamericana de Investigadores en Reproducción Humana y de la Internacional de Salud Materna y Neonatal. En esta conversación habla de los debates sobre el principio de la vida, los derechos de las mujeres, su injusta criminalización, los efectos psicológicos de un embarazo no deseado, la Iglesia y, en general, los argumentos para tener una conversación informada sobre la realidad del aborto como problema de salud pública y avanzar en la protección de las mujeres.


Ariel Ruiz: En su libro plantean que el debate no está en definir cuándo comienza la vida.

AF: Lo que uno aprende en biología es que la vida es un continuo, no hay un comienzo y un final. En un espermatozoide hay vida y es única; nunca va a haber otro con los mismos genes que con los que se crearon cada uno de mis hijos, por ejemplo. Cada uno de los espermatozoides que se pierde en el caso del método del ritmo, digamos, tiene una capacidad genética única. Pero esta es una ley de la naturaleza: constantemente se pierden posibilidades de vida que no se llegan a materializar.

Otro tema es cuándo empieza a existir una persona. Eso está muy claro: ocurre cuando el embrión se está multiplicando y no puede dividirse en dos para crear dos gemelos idénticos. Esto ocurre una o dos semanas después de la fertilización; o sea, coincide más o menos con el momento en que el embrión se implanta en el útero materno. Se supone que esto es en un instante, pero no lo es: es un proceso que dura días. Nada es tan categórico.

Otro concepto muy importante es el del feto. Éste merece respeto porque aunque no es todavía una persona, lo va a ser. Los obstetras atendemos desde muy temprano ese feto que la madre nos confía y que será su futuro hijo, y ella quiere que lo cuidemos tanto como a su propia vida. El respeto otorgado es distinto si se trata de una célula o si es un feto de nueve meses que está a punto de nacer. Hay un continuo de la importancia que tiene para la propia madre: cuando se pierde un embarazo a las cinco o seis semanas, el sufrimiento de la familia no es el mismo que cuando el feto ya está por nacer o cuando durante el trabajo de parto. Es distinto por la importancia que se le da sentimental y moralmente.

¿En qué momento el feto adquiere un valor moral que coloca en jaque la capacidad que tiene la mujer de decidir sobre interrumpir el embarazo? Eso está en la conciencia de cada persona.

Lo que nosotros proponemos es un límite de 12 semanas porque marcan el primer momento en que uno puede distinguir unión de células nerviosas, auque no cerebro, que es mucho después. Ya hay algunas ligazones de células nerviosas, conexiones que podrían sugerir el comenzar a sentir. Lo de que el feto puede tener dolores a las 12 o 13 semanas es falso; no pueden comenzar hasta las 22 o 23. A las 12 semanas el feto todavía no siente, no hay identidad y entonces no hay aún el valor moral que pone en jaque el que tiene la madre.

AR: La penalización del aborto es mucho más costosa en todos los términos que su contraparte. ¿A qué se debe esto?

AF: Cuando el legislador decide que se debe castigar a la mujer que interrumpe su embarazo está pensando que con eso va a conseguir que menos mujeres aborten: la ley tiene como objetivo disminuir los abortos. Eso parte de imaginarse que cuanto más dure el castigo o mayor sea la posibilidad de ser castigada, se inhibirá que la mujer se practique un aborto. Pero en realidad la mujer que tiene un embarazo inesperado, no deseado, se ve en una circunstancia terrible: tener que interrumpirlo no es algo que tome a la ligera y que ella lo decida porque un legislador decidió prohibirlo. Lo hará conforme a sus circunstancias personales: de que su compañero y padres o familiares la apoyen o no, de si su patrona la va a echar del empleo si se embaraza. 

Entonces, independientemente de si es legal o ilegal, las mujeres abortan. ¿Qué es lo que cambia con la ilegalidad? Que en lugar de ir a un hospital y tener una interrupción segura del embarazo, en condiciones amigables, sin que nadie la condene, ni ponga en riesgo su salud o su vida, se vea obligada a ir a un lugar clandestino, lúgubre, con alguien que lo hace por negocio, donde no tiene ninguna acogida y en donde, además, pone en riesgo su salud y su vida.

No va a haber más ni menos abortos, y en la ilegalidad van a tener un alto costo para la mujer y para el sistema de salud cuando se tienen que atender complicaciones. La diferencia de costos para el sistema de salud entre un aborto seguro y legal es de 1 a 50, suponiendo que 50 % de las mujeres que tienen abortos clandestinos se complican; si es de 20 % va a ser de 1 a 20, pero siempre va costar mucho más atender una complicación de aborto que atenderlo de foma legal y segura.

El aborto clandestino es una causa importante de muerte materna en los países de América Latina –una cuarta o quinta parte de las madres fallecen así–, pero además tiene un costo para la sociedad, que en general está pagando por la atención a complicaciones del aborto.

AR: ¿A qué se debe que, entre las consecuencias psicológicas, la psicosis posparto sea más marcada que la posaborto?

AF: Hay muchas investigaciones sobre las consecuencias psicológicas de un aborto y hay algunas que llegan a la conclusión de que sí hay un aumento de las alteraciones psicológicas. Pero, como decimos en el libro, tanto la Sociedad Americana de Psiquiatría como otros organismos internacionales han llegado a la conclusión de que el aborto no tiene consecuencias psicológicas en sí. Es difícil distinguir entre las consecuencias de tener un embarazo cuando no se desea, y las del fin de ese embarazo. También tenemos el problema del embarazo que continúa y se tiene un hijo que no se deseaba pero que al final termina siendo querido. Aun las mujeres que entregan a su hijo o hija en adopción no son indiferentes a ese niño.

Si se separan grupos de personas, hay algunas para las cuales el aborto tiene una consecuencia psicológica importante. Son las que querían tener un hijo y que fueron obligadas a abortar por otras personas y no por ellas mismas; también aquellas que interrumpen su embarazo pero cuyo grupo social las condena, que es lo que hace que ellas se depriman y puedan tener conductas sociales inadecuadas.

Por eso en la interrupción del embarazo es tan importante la atención médica de buena calidad pero también la psicológica, para que el aborto sea realizado en un ambiente acogedor, en el que la mujer no se sienta culpada por tener que interrumpir su embarazo.

También creo firmemente en que a una mujer con un embarazo no deseado tienen que ofrecérsele todas las opciones. Por ejemplo, la mujer que quisiera tener un hijo pero que aborta porque no tiene las condiciones para continuar trabajando necesita apoyo de la sociedad para tenerlo: contar con guarderías y escuela, toda la protección necesaria para que ella, si no cuenta con el apoyo de un compañero, pueda ser madre. Hay que darle todas esas opciones; cuando éstas no existan, hay que ofrecerle la adopción y facilitársela. Infelizmente, no es tan fácil.

¿Qué es lo que las investigaciones están mostrando? Que tampoco es fácil para la mujer entregar un hijo en adopción después de que nació, por mucho que no lo haya querido, porque desde el final del embarazo adquiere cierto grado de aproximación. Entregar un hijo en adopción tiene consecuencias psicológicas para la mujer. Un porcentaje muy alto que tiene contacto con ese hijo después de haberlo entregado en adopción sufre las consecuencias de sentirse culpada por haberlo hecho.

Esto es muy complejo, y por eso lo fundamental es tratar de evitar el embarazo no deseado.

AR: Dedican un capítulo a las concepciones que la religión ha tenido sobre el aborto. ¿Cómo se  ha transformado la idea de la Iglesia católica al respecto?

AF: Históricamente la Iglesia permitió el aborto por esa famosa diferencia entre el hombre y la mujer, y  es relativamente reciente que la Iglesia comenzara a condenar el aborto al grado de que ahora sea una de las pocas razones por las que hay excomunión automática.

Sobre lo que nosotros llamamos la atención es que el código del derecho canónico en realidad permite el aborto indirecto en determinadas circunstancias, aunque la Iglesia se preocupe de que esto no se sepa. Este ocurre cuando la intención no es el aborto sino proteger la vida de la mujer, como cuando se extrae el útero embarazado de una mujer que tiene un cáncer genital, o cuando se extirpa la trompa si hay un embarazo ectópico. Lo que es difícil de entender es por qué se acepta únicamente en esas circunstancias y no en otras en que la vida de la mujer también está en riesgo. Se acepta sólo cuando hay que retirar el útero o las trompas, lo que es, en cierto modo, mutilar a la mujer, y no se acepta cuando esto no es necesario para salvarle la vida. 

De lo que no hay duda es que una cosa es lo que dice la jerarquía de la Iglesia católica y otra la conducta del párroco del pueblo pequeño, del barrio, de la barriada, que conoce más de cerca la vida de las mujeres. Éste sabe que una mujer que abortó lo hizo porque las circunstancias la obligaron a hacerlo; lejos de excomulgarla, en la confesión la perdona, independientemente de lo que dice la Iglesia católica. En el libro mencionamos estudios hechos entre sacerdotes que muestran que la mayoría, en su práctica diaria, conocen la realidad de las mujeres, y plantean que Cristo es infinitamente piadoso por lo que interpretan el aborto de una manera diferente. Hay un divorcio entre la jerarquía católica y la realidad de la vida de las mujeres católicas y de los sacerdotes que están más próximos a la realidad.

Existe esa gran paradoja: por un lado la Iglesia católica se pronuncia contra el aborto, y por el otro se opone a las intervenciones que se han mostrado eficaces para que la mujer no tenga que recurrir a la interrupción del embarazo, como los métodos anticonceptivos, que son el mejor instrumento para reducir el número de abortos. También es contraria a la educación en sexualidad responsable, justo cuando el aborto se ha centrado en las adolescentes. Entre las mujeres adultas ha aumentado la prevalencia del uso de métodos anticonceptivos, pero a la adolescente que comienza su vida sexual se le niega el acceso al conocimiento de su propia sexualidad. Este saber es una forma de prevenir el embarazo.

Hay teólogos católicos que postulan que esto no puede ser así, pues la condena del aborto no es un dogma de la Iglesia y, por lo tanto, puede cambiar. Esto es muy interesante: mañana puede haber un Papa que decida que el aborto no merece excomunión, que puede ser permitido hasta las nueve o 12 semanas. Un dogma no puede cambiar, pero hay teólogos que se oponen a que el aborto sea condenado y sostienen que debería ser permitido hasta las nueve o 12 semanas, justamente cuando hay algo que podría ser una conciencia y cuando comenzaría a haber una persona digna de respetar y, por lo tanto, no se podría interrumpir la continuidad de su vida.

AR: El libro postulan cuatro valores bioéticos. ¿Cuál es su importancia?

AF: Existen cuatro principios básicos de la bioética: la autonomía, la beneficencia, la no maleficencia y la justicia. Aunque uno no lo sepa, en cada uno de los actos de la vida cotidiana uno está, en cierto modo, actuando de acuerdo con esos principios y a veces hay cierto conflicto entre uno y otro. Un ejemplo que siempre damos: en una persona que es testigo de Jehová y no acepta la transfusión sanguínea el principio de la beneficencia obliga a realizarla porque de otra forma ese paciente puede morir, aunque el principio de la autonomía obliga a aceptar la facultad de esa persona para decidir por sí misma. 

Por lo que se refiere al aborto, el principio de autonomía nos dice que la mujer debe tener derecho a decidir; los derechos de una persona tienen como límite la invasión de los derechos de otros, y allí está la cuestión del derecho del feto. Volvemos a la vieja discusión del momento en que los derechos del feto comienzan a colocar en jaque los de la mujer y eso no tiene una respuesta absoluta. Nosotros creemos que la mayor parte de las personas aceptarían el límite de las 12 semanas, otros van a aceptar uno más extenso y otros menos, pero consideramos que es un límite que merece consideración.

El principio de beneficencia es muy claro, y la no maleficencia nos obliga a evitar colocar en riesgo la vida de una mujer obligándola a tener un aborto clandestino. Es en este sentido que los principios bioéticos favorecen la idea de que el aborto, cuando es inevitable, cuando es una decisión incontrovertible de la mujer, debería ser seguro.

El principio de justicia en la situación social actual en los países con leyes restrictivas es violado absolutamente: sólo las mujeres pobres, que no tienen dinero, las que están presas, a las que hay que sacarles el útero porque se les infectó, sufren graves consecuencias porque pasan por procedimientos de aborto dolorosos y riesgosos.

Los cuatro principios bioéticos están siendo violados cuando las leyes sobre aborto se mantienen restrictivas. Otro asunto es que si el objetivo es evitar los abortos, no se cumple.

AR: En el libro se anota que la intervención nacional más eficaz es abolir las leyes que penalizan el aborto…

AF: Esto está ampliamente demostrado, y Ciudad de México es un buen ejemplo: está acabando con la morbilidad y mortalidad por aborto sin aumentarlos. Hay otro asunto: imaginarse que las mujeres van a preferir abortar. Eso es pensar muy mal de las mujeres, que a ellas les gusta abortar: “Ya no uso más anticonceptivos porque tengo el aborto libre, y qué me importa hacerlo cuatro veces por año”.

AR: Otro tema es si hay relación entre el grado de desarrollo de un país y su régimen político, con la legislación sobre el aborto.

AF: Los países con las leyes menos restrictivas son países más desarrollados, con algunas excepciones, por ejemplo India y Zambia, que tienen normas muy permisivas pero que no se aplican, tanto que en estos dos países la mayor parte de los abortos siguen siendo clandestinos.

En general los países con mayor desarrollo y con menor desigualdad son los que tienen las leyes menos restrictivas. Considero que cuanto mayor es el sentido de justicia social, mayor es la probabilidad de que el país tenga leyes poco restrictivas. Los países escandinavos, los del Occidente europeo y los países de la antigua Unión Soviética tenían leyes muy permisivas sobre el aborto.

Una cuestión importante es que a las personas con poder para cambiar la ley, esta no les afecta: si su esposa o su hija tienen un embarazo no deseado, van a poder tener un aborto seguro y con la mayor comprensión. ¿Qué interés personal tienen esos individuos para que cambie la ley? Ninguno. Por eso cuando quienes dirigen un país lo hacen con una idea de justicia social, las leyes del aborto cambian; pero mientras los que gobiernan lo hagan basados en sus intereses personales, no habrá cambios. Hay una correlación en términos de desarrollo social: el índice de diferencia entre los más ricos y los más pobres se vincula con la legalidad del aborto.

AR: Su libro es un llamado al diálogo para alcanzar consensos. En ese sentido explíquenos más su idea del pluralismo razonable.

AF: El principio filosófico fundamental es que hay que encontrar un equilibrio adecuado entre la libertad y la justicia, entre el derecho de cada individuo de decidir por su bien personal y cuándo sus decisiones afectan el bien común. Eso es lo que John Rawls proponía.

Nosotros sostenemos que a pesar de la enorme distancia que parece haber entre los que se dicen provida y los que se dicen proelección, en realidad quienes están en esos extremos son pocos; la mayor parte de las personas podemos ponernos de acuerdo sobre ciertos principios fundamentales y elementos básicos pese a nuestras diferencias.

Son nueve los principios básicos con los que terminamos el libro, con los que nos parece que todo mundo está de acuerdo, por ejemplo, que hay muchos abortos y que debería haber menos. De allí partimos: si sabemos que hacer accesibles los métodos anticonceptivos va a disminuir los embarazos no deseados y los abortos, estaremos de acuerdo en que debe hacerse todo lo posible porque los métodos anticonceptivos sean accesibles. Hay hasta teólogos católicos que están de acuerdo exactamente en eso.

Después hablamos de la educación en sexualidad. Ayer escuchaba a alguien decir que en la vida cotidiana nuestros adolescentes y niños son bombardeados por estímulos a la sexualidad. ¿Qué es lo que proponemos? Que en lugar o paralelamente a eso, demos un tiro de información que les diga a ellos, entre otras cosas, que no están obligados a tener sexo, y que cuando lo hagan tienen que hacerlo con responsabilidad, que los niños tienen que aprender a respetar a las niñas y que éstas deben aspirar al respeto. 

Pienso que el más difícil de los puntos que proponemos es que el aborto debe ser permitido cuando la mujer no tenga otras instancias, ofreciéndole todo el apoyo, todas las opciones..

Creemos que en los nueve puntos que proponemos las personas pueden estar de acuerdo, y eso es lo que llamamos pluralismo razonable. Es decir, va a haber una gran variedad de posiciones, pero hay un cierto punto en que podemos llegar a lo que Rawls llama un “acuerdo entre cruzados”: tenemos divergencias, pero hay un punto en que se cruzan nuestros pensamientos en elementos de acuerdo.

Ese fue uno de los motivos para escribir el libro: consideramos que los extremos en contra y a favor existen, pero no son la mayor parte de las personas, quienes están de acuerdo en algunos elementos razonables referentes al aborto y con las que podemos avanzar

No alcanzó a salir en el libro, pero hicimos una investigación en Brasil sobre las circunstancias en que las personas creen que el aborto debería estar permitido. Fue entre un grupo de funcionarios que iban desde el que limpia el piso hasta el profesional, más o menos en proporciones semejantes a las que existen en la sociedad. Sólo el 5 % estuvo de acuerdo con que el aborto estuviera permitido en cualquier circunstancia; pero cuando preguntamos: “¿Usted cree que la mujer que se hace un aborto debe ir a la cárcel?”, 61 % dijo que no. Avanzamos un poco más y preguntamos: “¿Usted conoce a alguien que se haya hecho un aborto?”, y la mayor parte dijo que sí. “¿Y usted cree que esa persona debe ir a la cárcel?”, 89 % o 90 % por ciento respondió que no. Depende de cómo se pregunte, pero lo anterior nos muestra que si bien hay un 90 % de personas que no quieren que haya abortos, los mismos piensan que a una mujer se le debe permitir la interrupción del embarazo en determinadas circunstancias y que debe ser seguro. También se demostró que cuando se la coloca en circunstancias próximas, la gente piensa de una manera distinta que cuando en abstracto se le dice si está de acuerdo con el aborto.

AR: ¿Qué responsabilidad han tenido los medios de comunicación en este asunto?

AF: La información es fundamental. Si al político le dices que el 94 % de las personas están en contra de que se permita el aborto en cualquier circunstancia, ni de idiota lo aprobará. Pero si dices que 90 % de ellas está de acuerdo en que la mujer que conocen y que se hizo un aborto no sea condenada, el asunto cambia totalmente.

Otra información que es fundamental mostrar: no es verdad que legalizando el aborto va a aumentar su número (toda esa información aparece en el libro). Si los políticos actúan de acuerdo con eso, creo que tienen un papel fundamental, igual que la prensa. Es importante que los medios de comunicación transmitan estos asuntos porque tienen una influencia sobre los políticos, que leen la prensa y quieren saber qué es lo que se dice.

Cuando hablo de las noticias distorsionadas, creo que también los investigadores somos responsables. Debemos tener mucho cuidado con lo que informamos para que no sea malinterpretado. Es verdad que muchas veces los periodistas buscan lo sensacional porque lo que no lo es no es noticia. Por ejemplo, la píldora anticonceptiva aumenta el riesgo de trombosis venosa profunda; es noticia, y las mujeres dejan de tomarlas, se embarazan y aumentan los abortos. Esto quizás sea distorsionar y parte de la culpa la tuvo quien publicó la noticia sin ponderar adecuadamente lo que estaba diciendo. Entonces es una mezcla de responsabilidades, de nosotros los investigadores y de la prensa.

AR: Otra anotación interesante es que la legalización del aborto disminuye el número de ellos…

AF: Hay que hacer énfasis en la historia de los países que legalizaron el aborto y cómo, en lugar de aumentar, ha disminuido el aborto. Eso es fundamental.

Hay países como Reino Unido y España, por ejemplo, en que los abortos han aumentado, pero entre los migrantes, mientras que entre los nacidos en esos países han disminuido. Pero como tienen una gran migración, los migrantes han traído su cultura y está aumentando la tasa de aborto. Pero entre los nacidos en España ha disminuido el aborto. Esto es fundamental: la liberalización de la ley no aumentó los abortos. No sólo los países con leyes más liberales son los que tienen menos abortos, sino que, cuando un país lo libera, disminuyen.

Eso es fundamental, algo que los políticos tienen que saber. La intención del legislador es hacer ley de que no haya más abortos, y entonces no los va a haber. Es como hacer una ley de que no haya más niños de la calle, y entonces ya no va a haberlos. Los fenómenos sociales no se combaten con leyes.

El temor de que si liberalizan la ley va a haber más abortos es justificado, a no ser que los legisladores tengan elementos de información que les digan que eso no es verdad. Eso también es un mensaje importante que hay que transmitir.

 

Ariel Ruiz Mondragón