Enamorado de la forma muy romántica de la Hélade y de sus luchas de independencia, hasta el punto de empujar a su hijo Otto al trono de Grecia, recién liberada de los turcos, Ludwig I (1786-1868) es el promotor de un monumento a la gloria alemana, el Walhalla, el templo dórico que domina el Danubio pocos kilómetros después de Regensburg. El blanco templo heleno de mítico nombre nórdico simboliza la soñada simbiosis entre Grecia y Alemania; los germanos descendientes de los antiguos dóricos debían ser los griegos de la nueva Europa, darle a ésta una nueva cultura universalmente humana, como la Hélade se la había dado al mundo antiguo. Para el poeta Hölderlin este había sido un sueño libertario y revolucionario, una utopía de libertad y de recuperación abierta al mundo entero. El Walhalla es a este sueño lo que las películas sobre los trabajos de Hércules con Steve Reeves y Sylva Koscina son al mito griego. El Walhalla contiene ciento sesenta y un bustos de alemanes ilustres; de algunos de ellos sólo se proporciona el nombre (Goethe), de otros su cualificación (Mozart, compositor), o solemnes definiciones (Klopstock, el sacro cantor). La admisión en esta panteón continuó incluso después de Ludwig I, e incluso hoy, luego de pasar un complejo trámite burocrático, no se descarta la posibilidad de entrar en él a los voluntariosos de la inmortalidad. Pero tenían razón Metternich, a quien no le gustaba, y Hebbel, que no deseaba entrar en él.

El Walhalla es un museo de figuras de cera. Resulta fácil captar su vanidad con respecto a las briznas de hierba al viento, a las aguas del Danubio que brillan cien metros abajo, a las sombras de los árboles. Resulta fácil apostar a favor de la poesía contra la literatura, de la autenticidad contra el artificio, de la vida contra los objetos y su museo. Pero es posible que, como sugiere una fulminante fábula escrita en un diario ciclostilado de una escuela primaria, preferir la flor a la columna sea también una retórica vitalista, que llega a ofender a la vida que pretende amar, a su secreto dolor. La fábula la escribió una niña en el “Giostrino ovvero La Gazzetta di San Vito”, revistilla del segundo Circolo Didattico de Trieste, año I, mayo de 1973. La autora es una colegiala de primer curso, Monica Favaretto, de la escuela De Amicis.

La fábula se titula “La Rosa”. “La Rosa era feliz. Era amiga de las demás flores. Un día, la Rosa se sintió marchitar y estaba a punto de morir. Vio una flor de papel y le dijo: ‘¡Qué rosa tan bella eres!’ ‘Pero si soy una flor de papel’. ‘¿Pero sabes que estoy a punto de morir?’ La Rosa estaba ahora muerta y ya no habló más”.

Esta brevísima fábula, que expresa casi todo acerca de la alegría de vivir y el impenetrable dolor de morir, nos recuerda que las cosas duran algo más que la vida pero que también están destinadas a desvanecerse y que, frente al dolor de la muerte, tiene escaso sentido exaltar lo auténtico y lo artificioso. Se es fiel a las lágrimas de las cosas vivas si se escucha su llanto, su deseo de durar un poco más, por lo menos como las cosas falsas, como las columnas dóricas de ese postizo Walhalla.

No sé dónde está o qué hace esa desconocida escolar de primer curso, si está destinada a ser una gran escritora o si ese destello de genio no pasa de ser una única e irrepetible revelación y es ahora una chica cualquiera. La poesía es impersonal, sopla donde y cuando quiere al igual que el viento, no pertenece al nombre que hay escrito a su pie. Nace en ocasiones de la mano, como algunas figuras trazadas distraídamente sobre el papel, que al final resultan encantadoras, o como algunos gestos, mediante los cuales una persona manifiesta, sin darse cuenta, una gracia que no sabe que tiene y que tal vez nunca volverá a tener.

 

Fuente: Claudio Magris, El Danubio (traducción de Joaquín Cordá), Compactos Anagrama, Barcelona, 1997.