Alguna vez nos preguntamos Rodrigo Negrete y yo, en las páginas de Nexos, por qué Marcial Maciel era mexicano. Hoy insisto en algo así: por qué Keith Raniere nos adoptó. Más allá de las primeras impresiones del caso de Nxivm (un curso de coaching que salió mal) me temo que México tiende a convertirse en un espacio propicio para las sectas que aman a los ricos. Existe, quizá, un dispositivo que abre las puertas a la depredación humana y financiera de organizaciones como Legionarios de Cristo y Nxivm. Ignoro, naturalmente, si una aseveración como la anterior resistiría un análisis estadístico, pero el caso es que existen testimonios alucinantes sobre la manera en que esas organizaciones han penetrado a las élites económica y políticas, con coletazos muy destructivos hacia las clases medias. Lo más obvio es que los dirigentes de esas sectas (Marcial Maciel y Keith Raniere) identificaron algo en el mercado local —un mercado que no estaba ahí, sino que fue creado a partir del fino olfato carroñero de ambos.

¿Qué rastros seguían estos santos varones? El dinero sin duda. Pero esa certeza no ayuda mucho a desentrañar la patología social que se esconde en la secta. La siguiente estación es algo más sutil, más delicado de enunciar: un voracidad de prestigio y de pertenencia de parte de sus alumnos (y sobre todo de sus familias). Porque al final del día ambas sectas venden estatus, una promesa de visibilidad con aura. Los Legionarios, de lejos una organización más grande, más compleja, más rica y, como si dijéramos, con mayor conciencia estratégica, construyó por décadas un sistema educativo que en todos los niveles vendía no tanto conocimientos y habilidades para que sus egresados se desempeñaran mejor, sino un lugar y una distinción. Los padres pagaban la colegiatura no a cambio de saberes para sus hijos sino de un carisma, como si ésta fuera una habilidad. (Ignoro si alguien ha evaluado cuánto saben los egresados del aparato educativo de los Legionarios: ¿saben más que los otros?) De paso, los Legionarios alcanzaron una suerte de equilibrio entre el partido de masas y el partido de cuadros; miles de padres sufragaban una élite dentro de la burocracia legionaria que obtenía, por esa y otras vías, donaciones, cesiones, influencia política.

Tráfico

Ilustración: David Peón

Nxivm no ha tenido, ni de lejos, la masividad de los Legionarios, ni sus recursos; es otra cosa. En clave New Age, no tuvo que desagregar las simplezas católicas ni ocultar su pátina plebeya, como los Legionarios, sino que (probablemente) sintetizó un menjurje de ciencia, coaching, autoayuda y astucias de macho alfa para crear un alumnado internacional, de una parte, y un comité (el DOS, o Domination over Submissive) destinado a resguardar e incrementar los activos de la empresa y a proporcionar sexo oral a su fundador. Por lo poco que sabemos, Nxivm ha sido hasta el año pasado un partido de cuadros.

Con sus peculiaridades, ambas sectas han pergeñado y vendido la idea de “liderazgo” como el producto más preciado de su magisterio. La lógica de educar teniendo como objetivo el liderazgo es de suyo perversa, habría que decirlo de una vez, y sorprende cómo es la palabra clave de buena parte del marketing de la educación media y superior privadas. Ir a la universidad para aprender “liderazgo” es ridículo. Es un término de implicaciones sicológicas ominosas, que hace estragos en ciertas personalidades, en especial en aquellas que se manejan en círculos estrechos e idénticos a sí mismos. En la medida en que es un intangible, la única prueba empírica de su existencia es, ni modo, el líder. No me imagino como se aprueba Liderazgo I y Liderazgo II sino en un juego de espejos con el líder (o sus vicarios). El líder me tiene que reconocer como líder para ser líder; su carisma es el conocimiento y el método para medirlo; su mensaje numinoso, una patraña que no es un constructo lógico o conceptual. En las practicas mundanas (y sanas), concurridas, como el deporte, la política, el arte, la ciencia, las personas sensatas desarrollan una actitud que comparte, complementa, matiza, revisa o rechaza un magisterio. En la clase de liderazgo todo es más simple: es la invitación jamás consumada, la insinuación de lo inalcanzable, la imitación que no se consuma, el esfuerzo administrado, fiscalizado, por el líder. La frustración dispara todos los apetitos.

Lo que Legionarios y Nxivm representan para la vida pública mexicana aún no es claro. Asuntos como el origen, destino y estructuras de ingresos, responsabilidades fiscales, apego a las buenas maneras en el trato de sus afiliados, el contenido y la sustancia de su doctrina y enseñanzas, y propiamente los delitos, están en el limbo (algo justificado en el caso de Nxivm, porque sus fechorías son recientes; del todo injustificado en el caso de los Legionarios porque llevan décadas en la nota roja). Pero la evidencia, si bien predecible, no deja de abrumar: Legionarios y Nxivm desembocan en el sexo. Podría pensarse que el sexo entra dentro de la lógica más estricta y secreta, la que define en buena medida la naturaleza de la secta: una cifra oculta, un secreto resguardado, la cicatriz de una intimidad que no podría ser más profunda. En un plano más sociológico, uno podría imaginar que los hábitos sexuales de sus fundadores (Maciel y Raniere) son el resultado natural de la secrecía, de un discurso ideológico cuya vehemencia contrasta con su difusión sottovoce o, en últimas, de una modalidad de carisma (que siempre es un fenómeno colectivo).

Pero no me queda claro que la dominación sexual del sacerdote sea solo el punto de llegada. Es en realidad un sistema, que no por difuminado es menos eficaz. Solo se puede llamar sumisión sexual radical al fenómeno de las consagradas en los Legionarios, una fuerza de trabajo cuyos incentivos no son ni la paga, ni el ascenso social en un medio ferozmente misógino, ni la ilustración del alma; se trata de servir, de reducir a cero la expectativa de las mujeres, para que se quede así. El marcaje a hierro de las mujeres con Raniere no necesita comentario alguno. Ambos procedimientos son equivalentes: con los Legionarios la sumisión llega por la cancelación, la extirpación quizá, de la sexualidad y por esa vía de la personalidad, de todo atisbo identitario. Con Raniere, se identifica milimétricamente las zonas erógenas femeninas para de inmediato levantar un acta notarial sobre su propiedad: ahí se graban las iniciales del gurú.

¿Qué sabemos de las élites mexicanas? Poco, en realidad. Supongo que ni Legionarios ni Nxivm las representan. Pero no deja de ser llamativo que dos sectas que reposan en la exacción de dinero y en la sumisión sexual, y cuya proyección es internacional, hayan encontrado un nicho ecológico tan propicio entre nosotros. Es asimismo llamativo que ambas, cada una por su parte, estén dejando una estela de damnificados, en especial niños y mujeres. (No comparo: la violación sexual de niños por Maciel y otros en los Legionarios no es en absoluto comparable con el ánimo de autosacrificio de mujeres adultas en Nxvim.) Una hibris recorre los cielos mexicanos.

 

Ariel Rodríguez Kuri
El Colegio de México

 

4 comentarios en “Marcial Maciel, Keith Raniere (y México)

  1. De las elites mexicanas sabemos que son explotadoras-extractivas, mentalmente escolásticas e incapaces de organizar la guerra.

  2. El mexicano un pueblo profundamente religioso, dócil aunque sea por golpes de cualquier tipo, ávido de siempre un líder protector y guía y en esto también influye determinante la clase social, es decir para los pobres ha sectas y para los ricos también. En lo femenino, un pueblo castrado, que perdió ese lado hace mucho tiempo empezando por la concepción religiosa, y que ahora no transige, se niega a aceptar la mente y sus alcances de la otra mitad, y puede ser tan cruel que llega al feminicidio.

  3. Lo que indica es que la clase alta es sumamanete ignorante y buscan no el reconocimiento social sino el intelectual.