Según lo que podido escuchar en múltiples conversaciones desde que apareció #MeToo en Estados Unidos, Francia y luego México, la reacción de muchos hombres frente al movimiento es de burla y enojo. Les parece una revancha injusta, que se presta a calumnias y exageraciones. Se ven como víctimas de una conspiración feminista, alimentada por mujeres agraviadas y amargadas. En México, algunos hombres lo definen como una “gringada”, una expresión más del puritanismo norteamericano políticamente correcto, radical e hipócrita que no tiene nada que ver con sus propias vidas.

Una reacción frecuente de estos hombres es declarar, quizá un poco en broma, que a ellos les encantaría que las mujeres les echaran piropos, les chiflaran, les palparan los genitales y les presionaran para tener sexo. Entre risas, proclaman que se sentirían halagados, felices y más que dispuestos. El que las mujeres no vean así el acoso les parece una mera pose, de la misma familia que ese “no” fingido que las mujeres expresan cuando en realidad quieren decir “sí”.

Ilustración: Fabricio Vanden Broeck

Vale la pena examinar de cerca esta postura llena de falacias, aunque se exprese por lo general entre copas y a modo de chiste. En primer lugar, los hombres que supuestamente se sentirían fascinados de ser objetos de acoso instantáneamente se proyectan al centro de una de sus fantasías predilectas: ser perseguidos por una mujer joven, sexy, guapísima y caliente que se les lanzaría encima, presa de un deseo incontrolable —exactamente como en las películas pornográficas—. No entienden que una mujer no pueda disfrutar de ese escenario como creen que lo disfrutarían ellos.

Pero ésa no es la película que viven las mujeres acosadas: en la realidad, muy pocas veces son perseguidas por un joven apuesto, sexy y hambriento de complacer sus fantasías eróticas. Antes bien, los acosadores suelen ser los que no pueden conseguir los favores de una mujer de otra forma. A veces son hombres viejos, feos o gordos, que por las buenas jamás lograrían seducir a una hermosa joven actriz o modelo. O bien son varones cercanos a ellas (amigos, empleadores, profesores, profesionales de la salud), que abusan de la cercanía o de su poder para presionarlas a tener con ellos una relación sexual indeseada.

Entonces, esos hombres echan mano de las más clásicas maniobras de poder: los piropos cargados de doble sentidos; la intimidación o la amenaza implícita; la agresión física; las invitaciones marrulleras, las promesas de fama, dinero o trabajo; las mentiras, las pequeñas trampas, y esa insistencia palurda, ciega y sorda del que no escucha, no acepta y en realidad no cree que las mujeres no quieran acostarse con ellos. Porque en el fondo muchos hombres están convencidos de que las mujeres son incapaces de resistirse a la supremacía del falo, léase el órgano anatómico, o bien, el falo simbólico que es el dinero, la fama o el poder.

Por todo ello, cuando los hombres se ponen en el lugar de la mujer acosada y proclaman que les encantaría estar en esa posición, caen en dos falacias. Una, que sólo las mujeres guapas y sexys los buscarían. Si se les objeta que quizá no les gustaría tanto si se tratara de una mujer vieja, gorda y desalineada protestan con horror que, por supuesto, no les gustaría; que sencillamente le dirían que no, y punto. Pero, y esto en segundo lugar, no se imaginan que esa negativa podría ser descontada o ignorada. Que dicha mujer recurriría entonces a una insistencia repetida, a una coerción en el ámbito laboral, a la agresión física, a mentiras y engaños. Porque cuando un hombre dice que no, es no; pero cuando una mujer hace lo mismo para él significa “quizá más tarde”, “quizá otro día”: sólo cuestión de tiempo.

Asimismo, muchos hombres creen que el movimiento #MeToo no es más que un pretexto, una forma insidiosa que han encontrado las mujeres para vengarse del género masculino por un sentimiento de agravio generalizado: contra la vida, contra el sexo, contra algún hombre que en el pasado las lastimó. Situación que ahora utilizan, de manera injusta, según ellos, para buscar su revancha. Como prueba evocan casos en los que hombres falsamente denunciados perdieron su reputación, su trabajo, su matrimonio. Les parece imperdonable que una mujer utilice la mentira y la calumnia para resarcir un daño personal.

Olvidan que ellos mismos han calumniado a las mujeres en incontables ocasiones: las que no quisieron acostarse con ellos, las que los dejaron, las que consiguieron un puesto importante por encima de ellos, las que arteramente los desafiaron al volverse independientes. Olvidan todas las veces que repartieron calumnias y rumores falsos acerca de ellas al difundir que eran zorras, infieles, lesbianas, oportunistas o malagradecidas. Insinúan que las mujeres que han alcanzado algún puesto de poder lo lograron acostándose con el jefe, o bien aprovechando el ser la hija, hermana o esposa de algún hombre importante. Hacen caso omiso del daño que infligieron así a la integridad personal y profesional, a la reputación o al matrimonio de las mujeres que han vuelto objetos de sus chismes, burlas y críticas. Incluso, ha habido muchos casos de mujeres hostigadas o arruinadas en las redes sociales a través de fotos o videos comprometedores subidos por examantes o exmaridos resentidos.

Sin embargo, no cabe duda de que el movimiento #MeToo ha incurrido a veces en excesos, como los que se produjeron en los inicios del feminismo histórico. La lucha por el sufragio femenino en Inglaterra, hace un siglo, incluyó actos de vandalismo y violencia: mujeres que organizaban huelgas y manifestaciones, plantaban bombas y se encadenaban a las rejas de edificios públicos. Una de ellas, frente a un público horrorizado, se tiró en el camino de un caballo en el Derby de Epsom, una de las carreras más clásicas de Inglaterra, escogiendo así morir por la causa.

Hoy, por fortuna, el movimiento #MeToo no ha hecho más que acogerse al poder de la palabra. Lo que sucede es que la palabra, en la actualidad, tiene un alcance inmenso a través de las redes sociales. Nada puede ya ocultarse, nadie es inmune; y nadie puede tampoco defenderse. Las redes sociales no perdonan, sobre todo porque no hay forma de borrar lo que se haya subido en ellas. Cabe recordar que tampoco se pueden cancelar las calumnias que alguna vez se hayan propagado, de viva voz, acerca de alguna mujer: la seguirán para siempre, con o sin internet.

Es evidente que el acoso no es meramente un problema de orden psicológico, limitado a unos cuantos hombres patanes y mujeres agraviadas. No: exactamente como el machismo del cual emana, el acoso es un problema de orden social que comprende las dinámicas de poder, las expectativas y las reglas del juego que rigen, desde hace mucho tiempo, la relación entre hombres y mujeres. No es un tema para la psicoterapia, aunque esta última pueda ayudar a las dos partes a entender mejor el motivo de sus conductas y a cuestionar sus reacciones automáticas. Antes bien, será necesario actualizar las formas de interacción entre hombres y mujeres para que reflejen mejor la aspiración de todos, incluyendo a los hombres, hacia una mayor equidad de género. Ya no más máscaras, sino transparencia; ya no maniobras de seducción manipuladoras, ni de un lado ni del otro; ya no abusos de poder encubiertos, sino un juego limpio entre iguales.

Creo y espero que se regularán poco a poco los excesos de #MeToo. Habiendo dejado atrás la idea de que el acoso es un problema psicológico de algunos individuos, se perfilan algunas soluciones más amplias, de orden social. El primer paso será regular las denuncias anónimas, de tal manera que en caso necesario se puedan compulsar la identidad y veracidad de los acusadores. El segundo será definir con precisión, en términos jurídicos, lo que es el acoso sexual. Tal definición debe necesariamente incluir dos conceptos: la coerción y el consentimiento. Es evidente que la coerción no es sólo física. Puede ser verbal o emocional, y básicamente significa engañar o manipular a alguien para inducirle a hacer algo que no quiere hacer, o que normalmente no haría. Incluye el concepto de abuso del poder: aprovecharse de una posición jerárquica superior para influir en el desempeño o el avance de una persona en el área laboral o académico.

Comprende también el concepto de consentimiento: asimilar que cuando una mujer dice que no, o lo expresa a través de sus actos, es no. Y esto implica enseñarles a las niñas y mujeres, desde muy temprana edad, a poder decirles no a los varones —lo cual sigue siendo muy difícil para la gran mayoría de ellas, incluso en la edad adulta—. El tercer paso es cambiar las leyes y procedimientos para que las mujeres puedan denunciar a los acosadores ante las autoridades sin ser sometidas al viacrucis que les espera incluso en casos de violación.

Dudo que estas medidas sean viables en la situación actual, porque dependen de iniciativas tomadas por las mujeres; por ende lo más probable será que sean criticadas, ridiculizadas o sencillamente ignoradas.

Pero el movimiento #MeToo abre otra posibilidad: que los mismos hombres busquen la forma de defenderse. Que sean ellos los que exijan claridad jurídica para protegerse de las denuncias injustas y arbitrarias. Que sean ellos los que tengan que limpiar su nombre al reparar el daño cuando hayan abusado de su poder, afectando el empleo, las perspectivas o la reputación de una mujer. Que sean ellos los que tengan que ponerse a salvo de los chismes y la calumnia. Que entiendan, en carne propia y por primera vez, lo que siempre han vivido las mujeres.

 

Marina Castañeda
Autora de El machismo invisible (Grijalbo, 2002; reedición Taurus, 2013).