El 21 de marzo recibí una notificación en Twitter: una co-activista feminista me mencionó junto a once otras mujeres con la frase “ojo aquí”. Mi co-activista, quien lleva dos años en el proceso de denuncia legal a su agresor, Miguel Becerril Gómez, pedía que prestara atención a un escrache.1 El escrache señalaba al escritor Herson Barona y decía: “Este hombre, a quien 54 de ustedes siguen, tiene una lista inmensa de mujeres que han salido a denunciar que las golpeó. Por lo menos una de ellas es una persona de mi círculo cercano. Si no sabían, se vale. Pero ahora que saben, no se junten con golpeadores.” La disciplina que demandaba el tweet no era una excepcional, así que agradecí a la co-activista que pidió mi atención y, dejando a un lado cualquier admiración que tuviera por la escritura de Barona, cumplí con lo que el tweet me exigía y continué con mi día. Desde el escrache a Herson Barona, cientos más de nombres dentro de círculos artísticos, periodísticos y académicos han sido mencionados. Las acusaciones incluyen abuso físico, sexual y psicológico, denigración y acoso. Los acusados son en su mayoría hombres heterosexuales—jefes, colegas, fuentes, parejas y amigos, nuestros y de otras. ¿Qué pasó?

Ilustración: Gonzalo Tassier

Cada oleada de denuncias a acosadores y agresores, como muchos otros eventos políticos, es disparada por una serie de factores irreplicables. Muchos han intentado explicar las olas de #MeToo a partir de rastrear, como un estilo de “paciente cero” que origina una epidemia, qué inició aquel movimiento; sin embargo, movimientos sociales como el de #MeTooEscritoresMexicanos no pueden simplemente explicarse como un contagio de este tipo. En su libro It Was Like a Fever, Francesca Polletta escribe sobre cómo para los movimientos sociales de grupos desaventajados, la creación de narrativas tiene tanto riesgos como beneficios. “Los riesgos en las narrativas derivan tanto de las normas de la narrativa e interpretación que se usa como de las normas de su contenido.” (p. 3) La narrativa del origen del movimiento que tomó el NYTimes, buscando y nombrando a una personalidad o fundadora de los movimientos, ya sea Tarana Burke en Estados Unidos o Ana González en México, elige una narrativa que conflictúa con las normas del espíritu o contenido del #MeToo. En casos como éste, buscar la fundación u origen no ayuda a entender el movimiento. Al contrario, considero que oscurece sus aspectos más cruciales. La pregunta que yo me hago entonces es ¿por qué, cómo, con qué dificultades y con qué propósito cientos de miles de mujeres están dispuestas a contar historias dolorosísimas simultáneamente?

Unas horas después de recibir la notificación sobre Herson Barona, recibí otra notificación. Esta segunda vez no pude agradecer, no logré dejar de seguir a la persona que estaba siendo denunciada, no me atreví a contactarlo ni confrontarlo y aún no logro continuar con mis días desafectada. La promesa de sororidad acompaña a la valentía de cada mujer que abre la cloaca propia, pero en este caso, a diferencia del primero, tuve que retar la disciplina sorora que se me pedía porque ese segundo nombre era el de un amigo. Esa no fue la primera vez que escuché que éste había abusado sexualmente de una mujer, y como la primera vez que escuché, le creí a ellas. La dificultad entonces no fue si creer o no que un amigo querido pudiera hacer algo atroz, no me vi confrontada con una decisión sobre la racionalidad de mi postura política, sino de los afectos que la rebasan. Le creo a ellas. Lo quiero a él. ¿Cómo transitar la distancia entre la amistad y la sororidad?

Desde las protestas en la plaza Tahrir, tratando de explicar movimientos sociales complejos, en sociología política dentro de la academia estadunidense libros con un enfoque similar al de Polletta se han vuelto cada vez más comunes. En 2017 Wendy Pearlman publicó We Crossed a Bridge and It Trembled y en 2018, The Emotions of Protest de James Jaspers salió a la venta. Estos libros lidian de distintas formas con la idea de que muchos de estos movimientos no buscan un fin claro, pero lo que es obvio es que emociones muy intensas y complicadas los mantienen. La pregunta entonces no es ¿quién empieza estos movimientos o qué quieren concretar los involucrados, sino cómo ocurre la transformación de estos movimientos si no es a partir de lograr objetivos racionales? Es así como creo, junto con Polletta, Jaspers y Pearlman, que enfocarse en las emociones de las voces que denuncian, de los oídos que les creen, y de las rodillas que tiemblan cuando esto sucede nos puede ayudar a entender mejor las dinámicas de movimientos como el de #MeTooEscritoresMexicanos que indagar en sus orígenes.

En Vivir una vida feminista, ahondando particularmente en las emociones de las transformaciones que ocurren en los movimientos feministas, Sara Ahmed describe cómo la conciencia feminista siempre es dolorosa. “La experiencia feminista frecuentemente es estar desentonado de otros.” (p. 63) Esta experiencia arruina, pero cómo Ahmed enfatiza, cuando “nos volvemos testigas restrospectivas de nuestro convertirnos”; (p. 99) cuando las mujeres descubren las memorias de haber sido convertidas en objetos de abuso, denigración y acoso, el nuevo prisma con el que se descubren arruina lo que nos arruina. Ese atestiguamiento posterior reestructura el dolor que el cuerpo recuerda cuando una mujer ve que no está sola. El movimiento #MeToo, en todos sus formatos, es justamente ese descubrirnos testigas en retrospectiva de cómo nos convertimos en objetos de abuso y ver que no estamos solas. Cuando 73% de las periodistas en México reportan haber sufrido de acoso; cuando cientos de estudiantes, escritoras y cineastas cuentan sus historias de haberse convertido a través de sufrir violencias sistemáticas, al compartir su testimonio arruinan lo que arruina. El feminismo es una teoría encarnada: se vive cuando los pelos se ponen de punta, cuando el estómago se cae, cuando los ojos se aguan y las bragas se mojan. Y como los números muestran, eso que es tan personal como la carne, en el contexto del sexismo, es estructural también. Si esto es un problema estructural, uno pensaría que lo más lógico sería denunciar al sistema que también acongoja a los abusadores y acosadores, pero los sistemas no operan por sí solos.

Entre las muchas respuestas a las acusaciones que sufrieron, varios hombres intelectuales denunciaron al patriarcado. Esto es un análisis correcto, pero parcial. El patriarcado como sistema de distribución de poder nos atraviesa a todxs y se asoma particularmente entre las fracturas de los límites que no están claros en las reglas de cómo interactuar las unas con los otros. Pero en esas oscuridades también florecen las amistades más profundas, las colaboraciones intelectuales más apasionantes y muchas veces, incluso las relaciones sexoafectivas más excitantes. Por eso, el tema del acoso y el abuso no pueden ni reducirse a la omnipresencia del patriarcado ni a la falta de protocolos y reglas para mitigarlo, aunque éstas sean necesarias. El patriarcado no es quien penetra a una mujer cuando está dormida, no es quien la golpea cuando ésta desobedece, no es quien tortura psicológicamente para que le sirvan la cena que quiere en el momento que quiere. Dar un formato reglamentario a todos estos espacios es una posible solución, pero una donde el costo es perder también los espacios de florecimientos que las grietas proveen.

El acoso y el abuso sexual suceden en todos los espacios, pero se vuelven más posibles donde la informalidad, la arbitrariedad, las jerarquías y los afectos complejos se juntan; es decir, espacios en los que, estructuralmente, los límites de lo íntimo no son claros. Una fiesta, un bar, la familia, lxs amigxs. También, los espacios del trabajo doméstico son un perfecto ejemplo de un espacio donde los límites de lo íntimo no son claros; otro perfecto ejemplo es el de los trabajos educativos, creativos y sociales. Formar nuestros compromisos e ideas con otrxs; desarrollarlos y comunicarlos, necesariamente implica un tipo de intimidad y vulnerabilidad. El aprendizaje, la retroalimentación, la edición, la publicación o la ejecución con respecto a ideas y proyectos intelectuales y artísticos, o en otras palabras, la validación externa de nuestras mentes y metas, nos exponen a la posibilidad de crecer mientras que al mismo tiempo nos exponen a la de ser violentadas. Ahora, dicha vulnerabilidad ambivalente es inevitable en estos espacios, pero la violencia, la explotación y el abuso no lo son.

La paradoja que se genera a partir de las disonancias emocionales cuando somos confrontadas con sensaciones de injusticia difíciles de articular y con la monstruosidad de seres queridos imposible de asimilar es central en las reflexiones y discusiones dentro del feminismo, porque como sabemos, lo político siempre está entrelazado con eso que es más íntimo. Una posible respuesta, como mencioné, es la de la reglamentación de todos estos espacios, otra respuesta, es el separatismo.

Desde la década de 1960, mujeres como Valerie Solanas, Marilyn Frye y The Furies Collective han respondido a la intersección entre el patriarcado y los hombres con nombre y apellido abogando por una posición autonomista o separatista. En su extremo, eso significa creer, querer y confiar solamente en ellas. Es decir, ésta es una sociedad donde las mujeres solamente se relacionan con mujeres, al menos en todo aquello que cruza lo íntimo. Otra versión de esta postura es la demanda de que si un espacio no puede volverse exclusivamente uno de mujeres, que al menos existan mujeres en situaciones de poder con la que otras mujeres más vulnerables puedan relacionarse. Los diferentes modos de respuesta separatista a la violencia sexual ejercida por los hombres no son nuevas ni ajenas al contexto mexicano.

En 1691, en su “Respuesta de la poetisa a Sor Filotea de la Cruz”, Sor Juana Inés de la Cruz, escribió cómo cuando se buscaba educación para la niñas, un impedimento importante era que había que llevarlas con “maestros hombres a enseñar a leer, escribir y contar, a tocar y otras habilidades, de que no pocos daños resultan, como se experimentan cada día en lastimosos ejemplos de desiguales consorcios, porque con la inmediación del trato y la comunicación del tiempo, suele hacerse fácil lo que no se pensó ser posible.”2 Eso que no se pensó posible es de lo que “no pocos daños resultan.” #SorJuanaTambién. Sor Juana, desde su espacio separatista, abogó por uno separatista y autosuficiente con “ancianas doctas” que evitaran “el notorio peligro que es la familiaridad con los hombres.” #MeTooEscritoresMexicanos lleva siglos.

Siendo que el feminismo entonces es estructura y pellejo, la sororidad que se crea entorno a éste gira en un eje contradictorio. Por un lado, implica, como Dani d’Emilia y Daniel B.Chávez escriben en su manifiesto sobre ternura radical, “abrazar la fragilidad”, “prestarle tus tripas a lxs demás”, “activar la memoria sensorial”; “sostenerse desde distintos lugares aunque no todos sean ‘hermosos’”. Por el otro lado, también es crear una especie de falange: cerrar filas y “stand in formation”, como diría Beyoncé. “Ahora que ya saben, no se junten con golpeadores”. La sororidad entonces nos abre a dos diferentes relaciones con cómo nos vivimos y nos arruinamos: con las tripas de fuera y con un escudo que no puede existir si no es por la colectividad. En ese momento regresan los amigos, tíos, hermanos, profesores, colegas, héroes a la ecuación. ¿Cómo negociar la contradicción en esos casos? Las cifras de abuso sexual llevan años gritando que son aquellos más cercanos los principales responsables del abuso y acoso sexual y sexista, cuando esos mismos abusan de otras, la urgencia de la falange y la fragilidad de las tripas se cruzan distinto.

El patriarcado nos atraviesa a todxs, pero son hombres con nombre y apellido y amigas y publicaciones y salones de clase quienes se benefician de que estemos atravesadas. Estos hombres también tienen familias, dependientes, amigues, respeto, reconocimientos. Los monstruos puros solamente existen en los malos cuentos y lo que las denuncias colectivas provocan es que a ellos les de vergüenza, que sientan pérdida, que re piensen sus memorias con un nuevo prisma en el que las voces de las mujeres afectadas es considerado, algo similar a la conciencia feminista que describe Ahmed. En estos cruces, mejores regulaciones de espacios que se prestan al abuso y la inclusión de más mujeres en esos espacios son dos posibles soluciones, que van acompañadas. Pero en cuanto a lidiar con las emociones complejas y los nuevos prismas con los que volvemos a recordar nuestras memorias de habernos convertido o haber convertido a otrxs en objetos, mejores reglas y representación no bastan. Para lidiar con cuán abrumador es sensibilizarse con la violencia patriarcal en Nigeria, Akachi Adimora-Ezeigbo usa, como las mujeres zapatistas en México, la figura del caracol. Así, a la marabunta de voces del #MeToo y la falange de la disciplina sorora, las reglas y la representación, podemos sumar esta última figura. El camino es largo, los movimientos no son rígidos y las mejoras no son lineales. Las palabras de las mujeres zapatistas en el primer encuentro de Mujeres lo expresan: “Cuando te sientas sola. Cuando tengas miedo. Cuando sientas que es muy dura la lucha, o sea la vida, préndela (la luz) de nuevo en tu corazón, en tu pensamiento, en tus tripas. Y no la quedes, compañera y hermana. Llévala a las desaparecidas. Llévala a las asesinadas. Llévala a las presas. Llévala a las violadas. Llévala a las golpeadas. Llévala a las acosadas. Llévala a las violentadas de todas las formas. Llévala a las migrantes. Llévala a las explotadas. Llévala a las muertas. Llévala y dile a todas y cada una de ellas que no está sola, que vas a luchar por ella. Que vas a luchar por la verdad y la justicia que merece su dolor. Que vas a luchar porque el dolor que carga no se vuelva a repetir en otra mujer en cualquier mundo. Llévala y conviértela en rabia, en coraje, en decisión. Llévala y júntala con otras luces.”

Mujeres juntas, marabunta, falange, caracoles.

 

Tessy Schlosser Presburger
actualmente estudia un doctorado en teoría política en la Universidad de Cornell.


1 Para una historia política del escrache y su surgimiento como acción política directa ante la falta de instituciones legales adecuadas para responder a los crímenes, véase Susana Kaiser, Escraches: demonstrations, communication and political memory in post-dictatorial Argentina, Media, Culture & Society Vol. 24 (2002): 499-516.

2 Sor Juana Inés de la Cruz. “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz” (1018-1032) en Obras completas, IV. Comedias, sainetes y prosa (Bibliotea Americana) (pp. 464-465).

 

3 comentarios en “Marabunta, falange y caracoles: ¿Cómo entender el movimiento #MeTooEscritoresMexicanos?

  1. Para comenzar en mi opinión sería pertinente que dejemos de utilizar la “x” o cambiar por “a” las palabras que tienen un connotación “masculina” en pos del desarrollo de un lenguaje “inclusivo”, porque es todo menos inclusivo.
    Entrando al tema del artículo, concuerdo con el hecho de que buscar una “paciente cero” resulta en una búsqueda vana para entender movimientos sociales como #Metoo, también coincido en que considerar al patriarcado como origen “real” del problema convierte el análisis en un estudio parcial, pues como ya mencionó muy bien usted, éste se encuentra atravesado por distintos factores como la violencia estructural, las emociones, los temas educativos o culturales, etc. Sin embargo, sin desconocer estos hechos o restar importancia a este tipo de movimientos, también debemos reconocer que el surgimiento espontáneo de formas de denuncia y exhibición de presuntos agresores como #MeToo se desplazan hacia terrenos inciertos en los que resulta imposible corroborar mínimamente la veracidad de los testimonios y donde se hacen señalamientos por hechos que ni siquiera pueden considerarse delitos; ojo aquí, no es que este mal denunciar estos hechos que parten de esta violencia estructural, por el contrario.
    No obstante, no podemos dejar de precisar que con los acelerados cambios generacionales se ha producido una cantidad impresionante de criterios “nuevos” en las formas de la seducción y la sexualidad que hacen aparecer como excesivos, a ojos de generaciones mayores, actos que las nuevas consideran ofensas graves, derivado todo ello, creo yo, de un mal entendimiento del “feminismo”, que como dice bien es una teoría encarnada, pero que ha convertido al género masculino en el enemigo público número uno y al movimiento en una cacería de brujas, sin entender antes las emociones desarrolladas dentro de las mismas relaciones sociales, y re victimizado a las víctimas o creando víctimas en las mujeres.
    Un “feminismo” que dota de pocas certezas las demandas de la cuestión de género; que convierte a instrumentos como la sororidad en fe ciega, no porque no debamos creer sino porque creemos de más; demandas que las mujeres zapatistas, de manera general las mujeres indígenas, buscan colocar en la agenda sin asumirse como víctimas o feministas, sino más bien como “luchadoras sociales”; porque seguimos educando en torno al género.

  2. El hash tag del movimiento en contra del abuso de poder no debiera ser sólo de mujeres. El abuso en una relación de poder también ha de existir entre hombres. Pero quizás las proporciones se ocultan aún más.