[México. Diciembre, 1922.] El general Francisco Murguía fue fusilado en la ciudad de Tepehuanes, hace unos días apenas. Era la última y más firme esperanza del régimen carrancista. Algunas personas llevan luto por él. Un cura, una viuda, algunos soldados y —claro— unos cuantos fusiles y cartuchos intervinieron en el asunto.

Examinemos el papel del cura. Los curas en México, a pesar de que son silenciosos —como la marcha del tiempo, dicen los brasileños— toman parte activa en todos los acontecimientos de la vida nacional. La poesía popular lo dice en forma encantadora. Bastaría recordar el precioso corrido de Benito Canales. El cura esconde o denuncia a los jefes de los motines; pero siempre, en nombre de la religión. En el caso de Benito Canales, lo invita —en nombre de la religión— a que oiga misa y deje sus armas antes de entrar en el sagrado recinto. Mientras, llegan los soldados federales —quienes han sido avisados por el señor cura—, toman prisionero a Benito y lo fusilan. Así en el caso del general Murguía. El cura lo esconde —en nombre de la religión— y lo entrega, también en nombre de la religión.

¿El papel de la viuda cuál es? Los diarios informan que Murguía en épocas pasadas tomó algunos prisioneros y los fusiló. Uno de los fusilados era marido de esta señora que juró venganza a la italiana, es decir, a través del tiempo y del espacio. Y hay que medir y darse cuenta de la intensidad de un odio así, callado, oculto, en una mujer pobre, que vive en un pueblo de la sierra, con la esperanza de que algún día, por allí, precisamente, ha de pasar aquél que ofendió y a quien hay que matar. Esta es la venganza terrible, que anima una pasión verdaderamente trágica. El que busca al que quiere matar, que por encontrarlo atraviesa océanos y recorre continentes, es pasional, seguramente; pero la pasión se acaba si no cumple su propósito. Pero el que espera, con una seguridad absoluta de que en el lugar en que se encuentra, por allí, ni más ni menos, justamente, alguna vez ha de pasar el enemigo, suma a su odio la creencia en la fatalidad de las cosas, es decir, una nueva y tremenda pasión. Así esta viuda que denuncia al general Murguía. Si alguien le hubiera dicho a la viuda: nunca pasará por tu pueblo el opulento general del régimen pasado, ni el fugitivo del nuevo régimen, ni el revolucinario de hoy, la mujer se hubiera reído y hubiese afirmado, con más fuerza que nunca, su esperanza de que por aquel pueblo perdido en la sierra iba a llegar su enemigo, en derrota, pidiendo un escondite y que ella lo vería, lo denunciaría, lo prenderían y lo fusilarían.

Volvemos a decirlo: la viuda del caso juró venganza a la italiana: a través del tiempo y del espacio.

 

Fuente: Revista Vida Mexicana. 1922-1923, En: Revistas Literarias Mexicanas Modernas, FCE, 1981.