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He narrado en alguna novela —no recuerdo cuál— la anécdota que me confiara un amigo español, quien convaleciera durante tres meses en un hospital, y fuera testigo de la muerte de un paciente, compañero de la cama contigua. Minutos antes de palmarla, el moribundo se despojó de la bata que lo cubría y esperó el último suspiro acurrucado en posición fetal, como si de esa forma estuviera preparándose para volver al vientre materno. Cuento este pasaje debido a que me sucede algo similar en mi vida cotidiana: cada vez utilizo menos prendas para vestir porque la ropa me estorba y, si por mí fuera, sólo vestiría un overol y unos zapatos de suela gruesa. Como si me ejercitara para volver a un desierto sin sol y sin luna. El frío mexicano no me afecta; es una caricia comparado, por ejemplo, con una helada rusa. En la calle sólo pueden protegerme mis ojos: la mirada me pone al resguardo de los perros salvajes y de las ratas silenciosas. “No te preocupes —me ha dicho un joven ebrio hace unas cuantas noches— estar viejo se pondrá de moda algún día. Sólo hay que esperar”. Me lo espetó sin más, y desapareció. El joven vestía a la moda. Lo sé puesto que una infinidad de jóvenes viste de manera similar. Hay quien los conoce como hipsters, aunque en realidad casi nadie tiene idea de lo que esa palabra significó en sus orígenes dentro de la contracultura en los Estados Unidos. En fin, la moda y la muerte, hermanas e hijas de la caducidad y de la decadencia, de la destrucción mundana, del cadáver acicalado, como lo intuía Giacomo Leopardi. Estas hermanas, la moda y la muerte, me recuerdan también a los hermosos y malditos, a venenos vertidos en copas cristalinas, a los efebos y doncellas malévolas, a las lolitas y a los tadzios… ¿No es risible y ridículo que un hombre maduro, o viejo, tenga opiniones sobre la moda? Y, sin embargo, casi nadie escapa de este diletantismo terreno, de esta frivolidad pestilente.

Ilustración: Sergio Bordón

Desde la conciencia de un idealista es evidente que la literatura no se encuentra en los libros. ¿Por qué habría de ocultarse allí y no en los instructivos para armar un escritorio? La literatura no está sólo en los libros de Vila-Matas, Fernando Vallejo o Carlos Droguett, sino que se desbordaba como agua de excusado en todo el baño, los pasillos, la casa, la calle, el bosque, el mar. La literatura y el arte no se concentran en los libros, sino en los palos y en los perros atropellados, en las melenas quemadas y en las cubetas rotas. Constatar el terrible estado en el que se encuentran mis libros, por ejemplo, refrendaría en mí un vago idealismo y un acendrado desprecio por los objetos. ¿Por qué razón alguien desea vestirse bien? Respuestas hay tantas y muy pocas son interesantes. Yo agradezco a las personas que se bañen, no que se vistan bien o a la moda. Que cubran de manera sencilla, discreta —en caso de que lo requieran— sus deformidades; y no que luzcan una vestimenta reflexionada y orientada a causar un determinado efecto.

En cierta ocasión, paseando por los alrededores de Tacubaya, cerca de la capilla que fue alguna vez el Convento de San Diego, un amigo y viejo profesor universitario me preguntó sobre el estado de mi biblioteca. Le respondí que había, desde 2018, comenzado a regalarlos, puesto que, así como la ropa me estorba, también lo hacen los libros: “Ya no puedo soportarlos; una vez que los leo su presencia me resulta inaceptable”. Lo que hacía antes, en realidad, cuando compraba o leía estos libros, era alimentar el propósito de salir de mí mismo, escaparme, abrir las ventanas y lanzarme en pos de un mensaje intuido: mas ahora lo prudente es deshacerme de toda esta montaña de páginas y tomos estrujados que me impiden moverme y ser libre en cualquier sentido. Ya antes les he confesado que, impulsado por esa antifuerza recién descrita líneas atrás, he dejado de secarme el cuerpo después de salir de la regadera. ¿Para qué? La ropa absorberá el agua de todas formas y no le encuentro sentido a restregarme el cuerpo con una toalla. Es una imagen ridícula la de un hombre secándose con una toalla, mucho más cómica que cuando un perro se sacude el agua. Ni toallas, ni ropa, ni moda, ni libros (aunque sí lecturas), y sigo tan campante.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.