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La queja en México es recurrente, sobre todo después del proceso electoral del año pasado: las redes sociales —en particular Facebook y Twitter— concentran los peores aspectos de la conversación pública, si es que a lo que sucede ahí se le puede llamar de tal manera. Teorías de conspiración, insultos antes que evidencia. Lucha libre descarnada en la que el vencedor es quien logra gritar más fuerte, no quien tiene razón. Lucha libre, por cierto, interminable. Siempre habrá conflicto, a toda hora.

En Estados Unidos la queja es previa a la nuestra. Sí, relacionada también con su proceso electoral de 2015 y 2016, en el que Donald Trump resultó vencedor tras lo que las agencias de inteligencia estadunidenses concluyeron fue intervención de agentes rusos: internet, el ánimo social y la ingenuidad de los ciudadanos crearon las condiciones perfectas para que el país eligiese a un presidente formado, literalmente, por un reality show. Quizás fue necesario un pequeño empujón de los rusos. Quizás no.

Pero las redes y su podredumbre no se enfocan sólo en temas políticos. Ése es sólo un ducto de la compleja cañería virtual. Desde que internet se volvió un medio de comunicación masivo es que tenemos un aumento exponencial en la difusión de conspiraciones y falsedades: a mayor disponibilidad de información mayor disponibilidad de desinformación. Sin ir más lejos, basta con buscar “alunizaje” en YouTube para ser atrapado por un caudal de “evidencia” que desmonta el que tal vez haya sido el mayor logro humano del siglo XX: la llegada a la Luna. En centenares de videos y miles de comentarios hasta los avances de la especie son objeto de duda. ¿Puso en verdad Neil Armstrong un pie en la Luna o lo hizo en un estudio de televisión en Los Ángeles?

En ese contexto es que se publica Sabrina (Drawn and Quarterly, 2018), una novela gráfica escrita e ilustrada por Nick Drnaso, y que tiene el distintivo de haber sido la primera obra del género en ser nominada al prestigioso Booker Prize, uno de los principales galardones de la literatura anglófona.

Sabrina cuenta la historia de dos personajes, Teddy y Calvin, tras la desaparición de Sabrina, novia del primero. Incapaz de lidiar con la situación y sobrecogido por la parálisis ante lo ocurrido, Teddy busca alejarse del mundo y encerrarse. La desconexión absoluta. Calvin, amigo de escuela al que no ha visto en años, lo acoge en su departamento. Teddy comienza un proceso de aislamiento en el que no sale de su recámara y en el que no come salvo lo que le da Calvin. Se desconecta. O lo intenta.

Al mismo tiempo, Calvin, quien trabaja para el ejército de Estados Unidos, comienza a leer sobre lo sucedido con Sabrina, a intentar entender por qué desapareció. Lo que encuentra, tras conversaciones con sus compañeros de trabajo, tras búsquedas nocturnas en la red, y tras el contacto con el mundo, es un marasmo de desinformación: que si Sabrina sigue en verdad viva, que si Teddy y él mismo son actores que fingieron su desaparición. Que si sólo son peones dentro de una conspiración cuyo alcance es impensable.

Sabrina es quizás la primera obra de ficción que retrata de manera fidedigna la cañería de las redes sociales, así como el progresivo —y acelerado— divorcio de nuestra sociedad con los ideales de la Ilustración, que tanto tiempo tardaron en generar raigambre. El enfoque es interesante, pues es algo en lo que uno nunca piensa sobre las noticias con las cuales es bombardeado minuto a minuto: ¿Qué se siente ser el sujeto o el objeto de una noticia falsa? ¿Qué se siente que un desconocido haga una disección de tu vida, o de lo que cree saber de ella y la haga en público, frente a los ojos de millones de personas?

El estilo de los dibujos de Drnaso —cuyo debut, Beverly, se publicó en 2016— es sobrio al grado de parecer monótono. Los personajes se parecen entre sí; visten la misma ropa genérica y se mueven en los mismos espacios amorfos. La realidad, parece decirnos el autor, es inocua. Todos vivimos la misma rutina y somos hasta cierto punto intercambiables. Las noticias falsas no hacen distingos: como a mí y como a ti nos puede caer el ojo escudriñador de una sociedad que ahora dedica su tiempo a la vida de los demás para encontrar algún interés —o inventarlo— dado su vacío interior.

En ese sentido, Sabrina puede tomarse más como un ensayo crítico sobre nuestra actualidad social. Lo que le sucede a Calvin, a Teddy y a Sabrina misma, quien sólo aparece en el prólogo de la historia, pasa a un segundo plano. El arco narrativo es bastante sencillo: premisa —la desaparición de Sabrina—, desarrollo —la reacción de Calvin— y resolución —qué sucedió con ella. La historia, la Verdad, con V, sobre su paradero es lo de menos.

Porque lo que narra Drnaso lo hemos visto, a mucho mayor escala, de manera recurrente. Es, lamentablemente, cotidiano. Para ello el paralelismo que el autor hace es inevitable: Sabrina es una versión cotidiana de la matanza de Sandy Hook, perpetrada a principios de esta década.

El 14 de diciembre de 2012 Adam Lanza, un joven de 20 años, ingresó a la primaria Sandy Hook, en Newtown, Connecticut, y abrió fuego contra alumnos —niños de seis y siete años— y profesores. 27 muertes en unos cuantos minutos; una última, la de Lanza vía suicidio, poco tiempo después. Alex Jones, el teórico de la conspiración más famoso de Estados Unidos, utilizó su programa de internet, y sus distintas plataformas para denunciar el acto como una ficción inventada por el Partido Demócrata para prohibir las armas en el país.

Jones incluso se atrevió a decir —en repetidas ocasiones— que los niños eran en realidad actores, y que ninguno de ellos había muerto durante el supuesto tiroteo. Siete años más tarde las heridas de los padres permanecen abiertas, pues mantienen una batalla legal interminable contra Jones por el daño moral que causó con sus afirmaciones. Jones podría parecer el cenit, o más bien el nadir, de las consecuencias del alcance de las redes sociales y la podredumbre que transportan en sus tuberías. Sin embargo, no es el único. Ni el primero. Ni el último.

Jones, sin ser nombrado, hace su aparición a mitad del libro. No como uno esperaría, como objeto de escarnio. Al contrario: es Teddy, quien decide reincorporarse al menos por unos minutos al día a la sociedad, el que comienza a escucharlo a través de un radio que encuentra en la casa (la ironía no escapa; con ese radio Drnaso nos dice que la desinformación precede por mucho a las redes, o al revés, que amplía sus tentáculos a otros medios).

Teddy no hace mención alguna de su actividad a nadie, pero la repetición de su conducta muestra una adicción a lo que repite, emisión tras emisión, la figura de Jones. A pesar de ser él el objeto de las diatribas, de estar en el centro de la conspiración imaginaria, la idea de que alguien hable sobre lo que sucede, de que alguien le diga qué pensar sobre ello por más alejado de la realidad que esté, le es atrayente. Hasta la víctima de la desinformación tiene una infatuación con ella.

¿Cómo combatirla, entonces? Esta es una pregunta que Drnaso no se hace ni le interesa hacer. A través de las páginas de Sabrina lo que queda claro es que éste es el camino que hemos elegido como sociedad. Las redes sólo son un conducto por el cual viajan nuestros impulsos y nuestras ideas. La red funciona como megáfono e imán: lleva nuestro mensaje a cualquier parte del mundo y nos conecta con quien piensa de manera similar; inclusive podríamos, si así lo deseásemos, vivir encerrados en una cámara de eco en la que no tendríamos por qué hacer caso alguno a quien piense de forma distinta. Los procesos electorales, como decía al principio de este texto, son buen botón de muestra.

La desaparición de una mujer es sólo una de las múltiples vertientes en las que lo peor de nosotros sale a flote, pero no la única, nos dice Sabrina. Porque estar atrapados en ese torrente de desinformación nos gusta. Porque, como decía un votante de Donald Trump en 2016, queremos que nuestra vida sea tan emocionante como lo que antes veíamos en la televisión y hoy vemos en Netflix: nuestra existencia es insípida hasta que algo externo nos sucede, o hasta que alguien habla de ella y le da una importancia que no le corresponde.

Al final lo que queremos es que la gente hable de nosotros, que vea nuestra cara en la calle y nos diga “¿Tú eres famoso?”, sin importar la circunstancia o el motivo. Lo importante es que, así sea por un instante, a alguien, persona o grupo, le atraigamos por un motivo. Aunque sea algo tan terrible como el hecho de que uno de nuestros seres queridos desapareció sin dejar huella.

Las redes sociales, como la televisión y la radio en su momento, nos dan la impresión de que por participar en ellas tenemos un valor, cuando en realidad todos somos dibujos y formas tan genéricas como las que Nick Drnaso utiliza para describir la horrible realidad online que hemos engendrado.

 

Esteban Illades
Editor y escritor. Su libro más reciente es Fake News, la nueva realidad.