Rescoldos de la neblina en las hojas de la tupida vegetación. Gotas obedeciendo a la gravedad en el invierno.  Acaba 2016. Sor Silvia Rodríguez regresa a Cochoapa El Grande, Guerrero. Camina lento por las calles  y mira  las moradas hechas con tabique y no de madera o adobe. Angélica Flores Lorenzo la espera en el pequeño portal de la casa que habita desde la infancia su hermano Guillermo. Sin cambios, una habitación hecha de madera sin las mantas para separar las alcobas. Sin el altar mixteco.

Comen. Hablan. Recuerdan.  El hombre de la casa saca una carta para la Misión de la Hermanas de la Caridad y Sor Silvia se quede en el pueblo. La monja está encomendada en Arroyo Prieto atendiendo a los pobres.

Ilustración: Patricio Betteo

Mientras trata de convencer el fundador del municipio de Cochoapa El Grande a la religiosa, ella mira el lugar donde reza Guillermo: el altar mixteco es un recuerdo hecho cenizas por el fuego al conocer una religión distinta y seguirla. Al abandonar sus creencias ancestrales el tiempo consume Flores Lorenzo como una vara delgada por las llamas como las que utiliza para calentar la comida.  

Guillermo guarda silencio un momento ante el argumento de Rodríguez sobre la nueva encomienda en un pueblo cercano.

Mira ella su rostro derruido por el tiempo. Al hombre  le pesa que políticos y partidos gobiernen Cochoapa El Grande con una idea de progreso solamente para los simpatizantes de Partido de la Revolución Democrática  (PRD) desde el tiempo del exgobernador Zeferino Torreblanca al ser coordinador de alcaldes en Guerrero en 2000  a 2002, su principal detractor para formar el municipio.

Flores Lorenzo es un quijote avejentado al que se termina el motivo de vida, la  defensa de  los ñuu savi. 60 años le cuelgan de la piel.

Los argumentos flirtean con el convencimiento de cada uno: del hombre y de la monja,  para sentar la misión de la religiosa de nuevo en Cochoapa; Guillermo aún se resiste un poco a la idea de  luchar por pelear por  un municipio: Arroyo prieto.

Angélica habla desentonando el ambiente de la charla: “Tú no naciste para ser derrotado, naciste para esto;  no naciste para ser rico, no naciste para ser presidente, naciste para luchar”.

“¿Y tú qué piensas?”, mira Guillermo a la monja y pregunta en tono bajo, cómplice.  Sor Silvia le recuerda el sueño infantil donde Jesús le habla en un río Igualita sobre la victoria sobre el Gobierno del Estado y del parlamento de Guerrero. “Su pueblo no solamente es Cochoapa, son los mixtecos”.

Arroyo Prieto: una comunidad de 600 habitantes, a más de dos horas y media de Cochoapa El Grande. Pasados  días de la charla con Lorenzo, Sor Silvia arriba entre risas de niños y muchachas desnudas atrapadas en una piel hecha de lodo. Anda a pasos pequeños por las gallinas y guajolotes que se atraviesan.  En mixteco saluda. Al fondo mira a los ancianos anfitriones y se acerca para saludarlos. Entra en el pequeño cuarto y acomoda la mochila encima de la tabla donde dormirá.

El tropel de los niños en el  pueblo se escucha. Y un grupo de mujeres detrás espera para conducir a la monja al comedor. Caminan. En la puerta platica Rodríguez con un niño mientras deliberan las madres si la religiosa acompañará a los principales, los hombres que toman decisiones. Es aceptada y comienza el diálogo para  planear con la gestión para hacer de Arroyo Prieto un municipio. La mujer de la casa saca una botella de Pepsi y la abre. La entrega a la monja para darle el primer sorbo.

Los hombres hablan de un ritual venidero para curar a una mujer de su sombra. Mientras, se prepara a la gallina negra y los brujos del pueblo como en el tiempo de los israelitas, sanarán por medio del sacrificio a una persona. Simona no se recupera del parto complicado  hace semanas.  

A unos kilómetros se alcanza a ver el Cerro de la Lluvia.  Sor Silvia acudirá de visita a los pueblos desperdigados por la sierra de Guerrero cerca de Arroyo Prieto. La acompaña una niña. Avanzan. En el monólogo interior, Rodríguez sorprendida por la pericia en los pasos en las brechas sinuosas del declive del cerro. Naturalidad en los pasos, presiente. Observa a la muchacha andar como un gato montés. Cada paso medido, conociendo cada raíz descubierta y los huecos cavados por los golpes de lluvia durante siglos. La religiosa comprende el significado del caminar en terreno virgen. La tierra originaria, la primera civilización. Es una mixteca más, se dice a sí misma.

A lo lejos se observan los plantíos de amapola. Manchones verde claro con pigmentos violeta, rosa y blanco.  A la distancia  parece que desde el cielo tiran las semillas y se esparcen por territorio mixteco. Al fondo del horizonte, la humedad es una cortina ligera y gris. Opaca la forma de los cerros más distantes. Ahuecada y oscura en momentos por la huída del sol. Un verde jaspeado que matiza la lejanía.

Por una brecha, Sor Silvia regresa a Arroyo Prieto. El ritual está listo. La gallina negra amarrada de las patas observa a la multitud afuera de la casa de la impaciente. La ofrenda es el lenguaje del hombre con los dioses.  El brujo toma por la cabeza al animal y el cuchillo abre la piel para dejar salir el ánima mientras la sangre se esparce. Las gotas lanzadas con más fuerza se envuelven en la tierra de la habitación. Los chorros parecen cubrir de la esencia del animal el sitio, y luego, abandonado el cuerpo en una esquina se desangra. El éxtasis del ritual termina. 

Borbotean estrellas. La noche se cuela por las habitaciones de madera. Los dos ancianos esperan el marco de la puerta a la religiosa. Sor Silvia saca a las gallinas para recostarse sobre una tabla.

Es la Semana Santa de 2018.  Lunes. Los cantores de Arroyo Prieto, dirigidos por Antonio Ponce García preparan una pequeña camioneta para viajar a Arroyo tendido a la celebración.

Ponce habla con Sor Silvia y por momentos vacila en la petición.  Aunque es un hombre extrovertido, no se anima. De pronto salta la pregunta: ¿por qué no te vienes para acá y nos ayudas? Incluso hablan que escribirán una carta a las superiores de la religiosa.

Ella recuerda la primera carta escrita por Guillermo que aún guarda.

Ponce también trata de convencer a Guillermo para que Arroyo Prieto sea municipio. Las comunidades cercanas como Dos ríos están de acuerdo. Pero, el fundador de Cochoapa aún debe dinero de la primera lucha. Y ahora dedica su vida al rezo y la lectura de la biblia.

Los años se le notan a Antonio Ponce. Un hombre que sabe aprovechar los proyectos de Gobierno para la sierra de Guerrero. Primero una panadería. Luego una tienda. Busca la autosuficiencia ahora de Arroyo Prieto.

Para Sor Silvia, el aliento  para la lucha es celeste: “No es por mis fuerzas, es por una fuerza fuera de mí. Depende de una fuerza superior. Y depende que me abra a esa fuerza y me convenza de que no soy, que es Dios”.

 

La vieja camioneta con redilas de metal sube la pendiente.  La polvareda se arremolina en la parte trasera. Y al frente, un muro de niebla matinal. Albino, el conductor baja a primera velocidad para tomar empuje. El motor forzado hace eco en un pequeño barranco por el sobrecupo de ñuu savi con rumbo a Chilpancingo, capital de Guerrero a protestar. 

La Suprema Corte de Justicia de la Nación avala el nacimiento del municipio de Cochoapa El Grande. Ni el Gobierno de Guerrero ni el parlamento lo permiten.  Guillermo Flores Lorenzo, por años pelea por la independencia del pueblo: un hombre de mentón angulado y un bigote que bordea la hechura de la boca. Acaricia con los dedos gruesos de la mano izquierda el machete y con la derecha se sostiene en la ventana de la cabina. Un hombre parido en las labores de siembra. La campiña  en la sierra de Guerrero es su primera luz,  y se concibe a sí mismo desde entonces como un hombre de la tierra, el mensajero de la lucha  autonomía de su pueblo.

Todos salen armados con machetes y palos del pequeño pueblo, menos sor Rodríguez, aferrada al toldo para no caer por el intrincado camino junto a Flores Lorenzo. El silencio entre los dos no amaina la misión: una política; la otra divina.

De regreso a la montaña, Guillermo entra en la pequeña oficina de la misión. Detiene el paso y mira a Rodríguez. El mixteco hace una pequeña reverencia, extiende la mano, y sin tocarse las palmas, se saludan. Con español rudimentario y palabras en mixteco, acuerdan continuar la redacción de los legajos.  La hermana de la Caridad voltea al monitor.   

Son tres años de recolectar argumentos legales después del 2000. De traducir la lengua nativa,  visiones y sueños de Guillermo por sor Silvia y sor Carolina. Son recurrentes encuentros con el diablo en las charlas con Guillermo mientras caminan por las aterradas brechas, los montículos desgarbados desnudan las raíces de los árboles. En el río Igualita, el afluente más cercano a Cochoapa, recuerda la última aparición, Jesucristo le asegura victoria.

Poco después de  una reunión con políticos de Chilpancingo, uno, en medio de los alegatos en ratos en lengua ñuu savi y en otros en español, saca 130 mil pesos y se los entrega. Flores Lorenzo los toma y con la misma mano los deposita en la palma del tesorero: “Ya veremos cómo invertir ese dinero”. 

Sor Silvia mira. No participa. Apenas los mixtecos aceptan a la congregación en definitiva, luego de años de tensión. El sueño y las visiones de Lorenzo se materializan, piensa Rodríguez.

Para la religiosa compaginar los dos mundos, el cristiano y el nativo, es complicado. “En medio de sus creencias, él lo creía, y yo lo creía. Al final lo logramos”, dice. El 13 de junio de 2003 en el Periódico oficial del gobierno del estado de Guerrero, se segrega Cochoapa El Grande del municipio de Metlátonoc.

 

Las sombras se dibujan en el desnivel del cerro. Los andariegos eclipsan las flores de amapola en el fondo de un pequeño barranco. Los rarámuri viajan por brechas, no necesitan los caminos. En la sierra Tarahumara, estrellas de tela de manta, los vestidos de las mujeres son el cielo que acontecerá por las noches. Los hombres por delante. Al final de la marcha, Sor Silvia, con sombrero y mochila. El atuendo religioso por encima de ropa invernal.  Por la ladera se pierden de nuevo a la vista los peregrinos. Todos irán a Correcoyote en el municipio de Guadalupe y Calvo, Chihuahua, a una reunión.

Irineo Meza Solís, un hombre joven de mentón angulado y la piel tatemada por siglos de los rarámuri en Tarahumara. Es el organizador, viene de Yerbitas donde cursa la preparatoria abierta con Nancy Rojas, una maestra rural.

Durante meses, hombres arriban y marcan con cal lugares para un tiro minero. Irineo y sus hermanos los observan desde entonces, detrás de los tablones de las casas, escondidos. Entonces, cuidando cada uno de sus pasos, Meza Solís arriba la primera asamblea, apenas será electo comisario. Sor Silvia lo acompaña, siempre lo acompaña. “Y desarrolló lo que siempre supo que tenía que hacer para rescatar de su pueblo”, dice la religiosa.

Con maderos enterrados en el suelo, se sostiene el techo de troncos delgados, árboles de no más de 20 años. La luz se filtra por los huecos y anuncia al polvo. En la tierra aplanada, los rarámuri colocan trozos grandes de madera y se sientan en dos hileras. Meza Solís en el centro, junto a un pedazo gran de madera adornado con flores y una vela encendida,  dice: “Tenemos que rescatar nuestra ley”.

Antonio Martínez, el comisario  seducido por mundo chabochi (mestizo), un negocio y una camioneta el precio que lo hace abandonar a su pueblo—.  Sor Silvia en la primera línea escucha, y al final da un mensaje. Habla de  cómo la mina esclaviza a los rarámuri. Maquilla el pueblo y oculta la pobreza. La monja saca el material didáctico y ejemplifica las ganancias de la empresa y la pérdida al pueblo. Horas y horas apiladas en el cansancio de los indígenas.

De súbito, los principales hombres de la comunidad y el gobernador tradicional mandan traer a un muchacho que sientan en el medio. Lo rodean y hablan atropelladamente. Es un juicio, comprende Rodríguez. El inculpado pasea la mirada en quienes tiene enfrente, de un lado a otro. Terminan la escaramuza. Una mujer entra y encolerizada reclama al enjuiciado.

Antonio Hernández se levanta del tronco y arrincona una piedra con el pie. Raspa su neurosis pisándola contra la tierra suelta. Voltea hasta el final. El implicado y la mujer se dan la mano, y salen del pequeño cuarto.

Al final de la reunión Irineo es comisario.

Los seis misioneros católicos en Correcoyote son bienvenidos por los rarámuri y los mestizos. Proponen proyectos de granja para al menos el alimento todo el año. En una diminuta capilla adornada por un pequeño crucifijo y un solo florero, un grupo de mujeres escucha a los religiosos. Por la ventana debajo de la viguería se filtra el anuncio del atardecer, y casi a contraluz, Sor Rodríguez habla sobre una rosticería y cómo organizar una cooperativa. Las manos a la altura del abdomen presumen humildad —del punto del nacimiento del llamado interno, un gesto quieto, silente, pidiendo el consentimiento divino—. 

En la butaquería, con pañoletas las mujeres de mayor edad observan a la monja hablar. Otras jóvenes, mueven los pies sobre el reclinatorio poco interesadas en la charla.  

El tiempo apunta un AR-15  a la cabeza de Irineo. Jaime Zubías y Socorro Ayala Ramos, gobernadores tradicionales denuncian ante la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) tala clandestina y el despojo para sembrar amapola y marihuana en Choreáchi. A los burócratas no les interesa el tema. Pero se interpone un amparo por parte los indígenas. El atardecer del 5 de noviembre del 2013 cae junto con cuerpos de los líderes rarámuri. 

Trece días más tarde, en el cuarto Foro de Pueblos Originarios de la Sierra Tarahumara, Lorenzo Moreno Pajarito denuncia el hostigamiento y la persecución a los cabecillas defensores del territorio.  Muerte en el aire. La protesta se intensifica, y personal de la Comisión Interamericana Derechos Humanos  (CIDH) toca en la puerta de la Misión para documentar las masacres en mayo de 2014. Ninguno de los religiosos accede a acompañar al comisionado de la CIDH. Sor Silvia entra a la estancia y luego de una breve charla sale a buscar un guía para viajar a Choreáchi. Regresará con Irineo.

Durante el camino, la piedra caliza rechina por  los neumáticos. La camioneta avanza lenta. En sentido contrario, hombres en cuatrimoto se levantan la gorra, cortesía serrana por  desconfiar de los forasteros. Acaban de regar los plantíos de marihuana y amapola, pronto será el tiempo de cortar y secar la hierba; de abrir con una pequeña navaja abrir el capullo por la mitad, y con la delicadeza de un cirujano separar la goma de opio con una lata oxidada y recolectarla un día después.      

En Choreáchi, el obturador de la cámara zampa el tedio de un pueblo casi deshabitado. El enfoque aclara la puerta de una pequeña casa hecha de piedras negras encontradas. Para el hombre que recaba fotografías y testimonios no hay dudas luego de escuchar las amenazas, dicta medidas cautelares para los habitantes.

Los días transcurren con pesadez. Sor Rodríguez baja de la camioneta de Guachochi antes de visitar a los habitantes  y recibe una llamada desde Barbechitos.

“Silvia, ayúdenos porque vinieron los de Colorada de Chaídez y mataron a gente de Willy”. Ulibaldo, es jefe de matones en la zona de Correcoyote.  Un rubio heredero del linaje europeo durante la Reforma Borbónica en las minas de la Alta Tarahumara. Protector de la ruta para algún cártel a la frontera con Estados Unidos.  La cuña geográfica entre Yerbitas y Colorada de Chaídez, y el motivo de conflicto es Barbechitos, la ruta para transportar la marihuana y amapola.

Con la mirilla del AR-15 en la cabeza de cada uno de la guardia pretoriana de Willy, suena interferencia en la radio. Desde taludes de los cerros, los pistoleros abren los cartuchos y a fuego cruzado caen los cuerpos en el pueblo. El medio día es el único testigo.

“Es que no podemos hacer nada”, dice Laura en la segunda llamada a la religiosa.

Sor Silvia marca al comandante  de la policía en Guadalupe y Calvo, quien promete la custodia mientras los familiares recogen los cuerpos para las celebraciones fúnebres. Durante la madrugada, las luces de la patrullas iluminan el polvo levantado que se impregna en la sangre coagulada. 

La mañana siguiente, Irineo saldrá de su pequeña casa de madera. Aprieta un poco el mentón para despedirse de su mujer. Antes de voltear el cuerpo, le pide nombre al hijo que lleva en el vientre como él.

La camioneta con destino a Choreáchi se detiene. Bajan dos individuos y permiten al comisario entrar. Los minutos pasan a vuelta de rueda por el sinuoso camino. Desde la cabina saludan a los hombres. Irineo mira por el espejo retrovisor cómo paran su marcha para llamar por el radio y luego seguir la ruta.

El sonido del motor de una avioneta se extingue cuando la camioneta sube la última vereda. Pasan minutos desde el aterrizaje. El parabrisas del vehículo se quiebra al azar. Disparos zumban y los pasajeros sin oportunidad de escapar anegan en silencio. Sólo uno huye por el barranco.

Horas después, Sor Silvia se entera de la muerte de Irineo Meza Solís.  La noche de rezos por los muertos dentro de la Misión. Una mañana de finales  de junio, espesa se rompe con una llamada de teléfono.

“Mamá, si me matan ya saben por qué, soy parte de caminar con ellos. Y creo que sigo yo”, dice la monja.

Pasan los días y se vence la fecha para que Rodríguez tome un vuelo a Colombia. Sale de México. Durante la ausencia, los tribunales dan la razón a los indígenas para detener la tala en Choréachi en mayo de 2015. La banda de traficantes en Colorada de Chaídez y de otras comunidades de Durango pierde ingresos fáciles y más terreno para la siembra.

Corre julio de 2015. Luego de 16 meses, custodiados por la Policía Federal suben a la  Sierra Tarahumara activistas y nativos a Choreáchi. De vuelta a México, la madre superiora, Sor Alicia, pide audiencia con la monja.

“Ya te conozco. Sé que vas a querer entrar, pero antes quiero que leas esto”, y extiende la madre una nota de una forzada caligrafía indígena, trazos sin estilizar: “Te lo advertimos. Te puede costar muy caro meterte en lo que no te importa”. 

“Sí entro”, dice tajante.

Las horas la hacen cambiar de decisión. Las piezas encajan: los narcos piensan que inculpará a los nativos, y disfrazar el asesinato si sigue los pasos de Irineo. “No entro, ya no voy a poder. El punto es que sigas trabajando y no seas heroína o mártir. ¿Para qué ir si la situación va a seguir igual? Si ya no voy a poder caminar con ellos”.

 

Judas, personificado por Jesús Corelia, cae sobre el fuego. El costado quiebra los troncos hechos brasa y  la lumbre encarna. La embriaguez alenta los movimientos del actor. El instinto tensa los músculos de los brazos y voltea el cuerpo. Las piernas se encogen y el torso forzado se inclina. Los tobillos pululan un instante. Comienza el viaje de vuelta a casa. Termina el rito.

Torpe, se sostiene en tramos de árboles o grandes rocas que asoman en el camino. En el marco de la puerta, raspa la herida y la costra de dos días de andar. Se anuncia la agonía.  

En Correcoyote, cuatro rarámuri hablan con Sor Silvia. El intérprete gesticula sorpresa: hace dos semanas no encuentran al Judas de los ritos de la Semana Santa. Sólo saben que está perdido.

Olivia, la nutrióloga del lugar, enciende un pequeño auto tracker. Sor Silvia sube. El destino es Citanachi, en el municipio de Batopilas. Ahí preguntarán si conocen al hombre, al Judas. Una montaña antes de llegar, se topan en el camino con Zeferino al bajar del cerro con su hija para comprar sal. La monja le pregunta si conoce al herido. “Conozco a uno, pero no sé si sea el mismo”. Señala con el dedo la angosta brecha por donde deciden bajar y rescatar al rarámuri.

El viento levanta al polvo como un títere y termina el viaje en un tapiz sobre la hierba amarillenta. El declive de la montaña forma una cuneta y el tracker se atasca. Olivia suelta el volante y baja. Mira la defensa atrancada con la roca. Coloca piedras debajo de las llantas y tomar tracción. Una. Dos.

Por momentos parece que el auto perderá el control y caerá. Sor Silvia sólo mira en momentos. La gravedad se apiada. Aunque el tracker ya no baja, al fondo del barranco entre las sombras de las ramas se observa el techo de lámina.

La religiosa entra en la pequeña casa de piedras acuñadas. El olor es más un llamado de muerte que de vida. Se acerca al cuerpo y pregunta por el nombre a una anciana sentada en la esquina de la habitación. Con un gesto bajo. La respuesta es Jesús. El mensaje divino por encima del vientre, la sensación. Suspira para contener el llanto. “Jesús, vengo por ti para llevarte al hospital”.

Jesús Corelia, por un chispazo de adrenalina reacciona levantando la cobija vieja.

El viento frío de la sierra Tarahumara y la fiebre por la infección hacen temblar al delgado cuerpo, asido de la monja. Por los pasos torpes en la angostura de la brecha tardan en subir al auto. El único lenguaje de Corelia entendible son las lágrimas.  A marcha forzada sube el pequeño auto.   El atardecer oculta la herida luego de horas de viaje. En Correcoyote,  frente al pequeño templo de la Congregación, en la camioneta acomodan las religiosas al herido sin mover más la cicatriz agusanada.  En Guadalupe y Calvo esperan ya a Corelia para atenderlo. Estrellas telegrafían mensajes que sólo los rarámuri descifran. Jesús está salvado. 

 

Los cantos y rezos se escuchan hasta las pequeñas murallas de roca caliza rodeando Turuachi, Guadalupe y Calvo. Se filtran como el frío de febrero. Jóvenes de comunidades cercanas celebran jubileo. Sor Silvia habla del amor a los pobres, de la misión.

 Afuera, Francisco,  guardaespaldas de Ulibaldo, se pavonea por las calles aterradas. La boquilla de la pistola besando el cielo. Sólo lo miran los demás que lo acompañan, también de la Guardia pretoriana. La estática de un radio sorprende a la camarilla.

“¿De dónde vienes?”

“De Correcoyote”.

“¿Y qué quieres?”

“Vengo a la celebración”, dice justo al momento que la culata de la metralla  acuña su forma en el rostro.

“Te damos 15 minutos para que te vayas.

Los golpes en la puerta de la iglesia terminan con el canto y los rezos. Alberto pide salir del lugar, se respira  la advertencia, tenso el ambiente. Los 30 jóvenes suben a las cuatro camionetas. El polvo se levanta en el camino a Chinatú. Detiene la marcha el convoy al bloquear la brecha con la mira de las armas. Sin bajar el cañón, uno de los encapuchados abre la puerta de la camioneta y baja a golpes a  Francisco. “Esto ya valió, madre, váyanse”, dice el muchacho mientras los pasos de la religiosa se pierden entre la tierra. Y se dirige a Francisco de rodillas: “Juntos llegamos, juntos le atoramos”.

Y vuelve Sor Silvia la mirada al hombre, “¿A qué hora lo va a traer?”.  De otro lado, justo enfrente, un hombre dice que será el jefe quién lo decidirá.  “Dígale que no nos vamos hasta traerlo”, sentencia la hermana de la caridad.

Los minutos transcurren indescifrables. Sin respuesta. La sangre goteando por el rostro de Francisco, ya de vuelta. Mario Eleno Corral Félix,  conocido en el orbe como “El Cepillo” pregunta a qué se debe el viaje.

“Doy catecismo”, dice Rodríguez.

“¿Qué es eso?”.

La explicación comienza en el amor a los pobres y el evangelizar en lugares como la sierra Tarahumara:

“Silvia Rodríguez, de Correcoyote para adentro”.

“Hasta el lenguaje conoce. Los amigos de los pobres son mis amigos. Soy ‘El Cepillo’, a la orden. Y los invito a comer a Chinatú”.

La monja niega levemente con la cabeza.

El narco por el radio habla a la base y pide comida para 50 personas. En fila india, una manada paquiderma de camionetas anda lenta sobre un declive. En Chinatú, una patrulla da la bienvenida al convoy.  El comandante saluda y los dos policías de guardia lo asegundan. “Buena tardes, madre. El jefe nos pidió arreglar para cocinar una comida. Pasen”.  En la plaza pública, los matones hacen una media luna. Sin la máscara  los rubios guardias acomodan las carrilleras cruzadas en el pecho y abren pocos las piernas para soportar las horas de guardia.  Dos mujeres quitan las escamas a truchas que caen en los discos para arar. El resto de los policías de la zona con las manos repletas de leña, van y vienen. Colocan los pequeños troncos junto al fuego.

Francisco ruega a la monja la fuga. La respuesta tajante: de regresar, los pistoleros saben el destino, y a muerte será la única certeza.  

Las horas mueven la manecilla de los últimos rayos del sol y José López mira a la monja y confiesa: “Los pobres me ayudaron cuando lo necesité. Por un rico nunca”.  La luna palidece la silueta de los pequeños pinos en la cordillera. El frío se ancora. Ya en la sombra blanca, el traficante sugiere organizar un baile y sacudirse el frío.   La monja con aplomo divino, convence a López: “Usted es el jefe, ¿no? Si alguno de sus muchachos, hace algo fuera de sus órdenes, pierde autoridad. Yo también”.

Corral Félix con el brazo ordena muevan las camionetas y los sicarios permitan el paso a los jóvenes.

 

Gilberto Lastra Guerrero