Poco hablan los médicos acerca del sufrimiento de los enfermos, ni del físico, ni del emocional. Deberían hacerlo, no lo hacen. Los currículos escolares no lo favorecen. Materias como ética médica, tópicos imprescindibles como otredad, miseria económica y enfermedad, empatía, compasión, límites de la medicina y de la vida, y resiliencia, ente otros, deberían ocupar sendos espacios en los planes de estudio. Esos temas no constituyen parte del esqueleto de la inmensa mayoría de las facultades de medicina ni de los programas de posgrado.

Ilustración: Kathia Recio

Sufrir, temer y ser víctima de angustia son, en pacientes crónicos u hospitalizados, experiencias constantes, en ocasiones demoledoras. Sufrir dolor físico o padecer tristeza y miedo por el peso de la enfermedad es una realidad poco atendida. La tecnología y la despersonalización como signo de nuestros tiempos pesan más que la “humanidad de la persona”. No atender el sufrimiento es una de las grandes pifias de la medicina moderna. Atenderlo no es complicado. Basta escuchar, acompañar, y si es necesario, medicar. No dudo —no ironizo— que en el futuro existan dispositivos geniales, como resonancias magnéticas diseñadas para diagnosticar depresión y ansiedad. Con la magia de la tecnología a la mano quizás los médicos modernos decidan recetar antidepresivos o psicoterapia en vez de operar. Revivo a Neil Postman.

Postman fue un sociólogo y crítico cultural estadunidense, director del Departamento de Cultura y Comunicación de la Universidad de Nueva York y profesor de “Ecología de los medios”. Murió en 2003. Fue un admirable disidente, disidencia que buena falta hace en estas épocas cuando en su país, debido a los millones de trumps, la ética como disciplina y forma de vida ha quedado (casi) sepultada. Postman, alarmado por el peso y el imparable crecimiento de la tecnología, escribió: “A veces hace falta una voz discordante para moderar el estrépito causado por las multitudes entusiastas”, y agregó: “Toda tecnología es a la vez un lastre y una bendición; no una cosa o la otra, sino una cosa y la otra”.

El problema no es el embelesamiento de los médicos/personas hacia la tecnología, el problema es la sustitución del ser humano por las máquinas y la ausencia, en general, y en medicina en particular, de corrientes antagónicas que valoren y encumbren las cualidades humanas sobre los bellos aparatos y sobre la “medicina molecular”. El vacío es evidente: no existen escalas médicas para cuantificar el grado de sufrimiento. Deberían estar a la disposición de los clínicos cuyo interés vaya más allá de la célula.

Sufrir es experiencia universal. Sufrir cuando se padece alguna enfermedad “grave” es vivencia cotidiana. Sorprende, ya lo dije, que a pesar de su obviedad, poca atención se le brinde en la clínica. Crear un instrumento para “medir el sufrimiento” y evaluar la calidad del tratamiento farmacológico, quirúrgico y humano es necesario. Es fácil comparar las modificaciones en los resultados de laboratorio, i.e., glucosa, hemoglobina; no lo es medir los cambios en el dolor físico o la tristeza. Entender el sufrimiento requiere otras escalas, la fundamental es saber quién es el paciente, quién fue y qué desea, si acaso la patología le permita decidir qué hacer en el futuro con su enfermedad y su vida.

La empatía y la responsabilidad de entender los diversos significados del sufrimiento, atributos supuestamente médicos, pueden ayudar a los enfermos. Debido a sus habilidades, al conocimiento que tienen de los múltiples significados de la enfermedad y del compromiso hacia sus pacientes, los médicos tienen la obligación de adentrarse en los vericuetos del sufrimiento. Lamentablemente, el compromiso humano hacia el enfermo ha decaído.

Si bien es cierto que existen muchas áreas de la medicina que son fáciles de enseñar, i.e., cómo usar un estetoscopio, cómo palpar el hígado, o el significado de pruebas sencillas de laboratorio como el nivel de la glucosa o del sodio, otras áreas, cuyo eje fundamental gira en torno al sufrimiento, requieren maestría y experiencia: el derecho de los enfermos a no aceptar tratamientos, la elección de morir con dignidad o el rechazo a sufrir una amputación aunque la decisión implique fenecer. Medir números es sencillo. Medir sentimientos es complicado. No existen reglas para enseñar cómo ser un médico empático ni textos para explicar la necesidad de la compasión o la obligación de acompañar.

En su texto Esa visible oscuridad: Memoria de la locura, escrito después de un periodo de profunda depresión, William Styron enlista diversos creadores que experimentaron sufrimiento, depresión o melancolía y medita sobre el significado de esas vivencias, “…tal incomprensión usualmente se ha debido no a la falta de compasión sino a la incapacidad física de las personas saludables para imaginar un tormento ajeno a sus experiencias diarias”.

Styron da en el clavo: la medicina moderna y sus ejecutores han sepultado las vivencias fundamentales de los enfermos. La transferencia, piedra angular de la relación médico/paciente, ha quedado delegada y olvidada, y con ella, la importancia del paciente como ser humano.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.

 

2 comentarios en “Sufrir. Otras notas

  1. El unico defecto a este escrito es el GANERALIZAR que todos los médicoa somos asi o enseñamos asi. Existe una vieja escuela que nos segimso basando en un precepto: PRIMERO NO HACER DAÑO, no tratamos enfemerdades sino enfermos y aun muchos enseñamos asi a los estudiantes.

  2. Dr, Villanueva:
    Agradezco su comentario, No pretendo generalizar, busco alertar -denunciar-: la relación médico paciente, como Usted seguro sabe y vive casi ha desaparecido. Reinventarla es obligación de quienes creemos en ella y de quienes buscan impedir el final de la clínica.
    Gracias,
    Arnoldo Kraus

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