Lucia Berlin (Juneau, Alaska, 1936-Marina del Rey, California, 2004), pertenece a esa gran estirpe de cuentistas norteamericanos herederos de Chéjov. Como Anne Sexton, Elizabeth Smart o Dorothy Parker, tuvo una vida difícil que supo volcar en sus relatos con una voz fresca y una técnica magistral. Poco difundida en español, Alfaguara acaba de publicar Una noche en el paraíso, volumen que reúne un puñado de relatos hasta ahora inéditos en español. Compartimos con nuestros lectores una de esas joyas donde Berlin captura la infancia con una naturalidad pasmosa.


Hope y yo teníamos siete años. No creo que supiéramos el mes que era o incluso el día salvo que fuese domingo. Llevábamos un verano tan caluroso y largo con todos los días idénticos que no recordábamos las tormentas del año anterior. Volvimos a pedirle al tío John que friera un huevo en la acera, así que al menos de eso nos acordábamos.

La familia de Hope había venido de Siria. Cuesta imaginar que se pusieran a charlar del clima de Texas en verano. O a explicar que los días son más largos en verano pero luego empiezan a acortarse. En mi familia nadie hablaba con nadie. El tío John y yo a veces comíamos juntos. Mi abuela Mamie comía en la cocina con mi hermanita pequeña, Sally. Mi madre y el abuelo, si comían, comían cada uno en su habitación, o por ahí en algún sitio.

A veces nos íbamos dejando caer todos por el salón, para escuchar a Jack Benny o Bob Hope o la comedia de enredos de Fibber McGee y Molly. Pero incluso entonces nadie hablaba. Cada cual se reía solo y miraba el ojo verde de la radio como la gente mira ahora la televisión.

O sea que de ninguna manera Hope y yo habíamos oído hablar del solsticio de verano, o de que en verano siempre llovía en El Paso. En mi casa nadie hablaba nunca de las estrellas, probablemente ni sabían que en verano a veces caen tantos meteoros en el cielo del norte.

Las lluvias torrenciales desbordaron los arroyos y las zanjas de las cunetas, destruyeron el barrio de la fundición y se llevaron pollos y coches.

Cuando llegaron los relámpagos y los truenos reaccionamos con un terror primario. Encogidas en el porche de Hope bajo unas mantas, escuchábamos los estallidos y los estruendos con asombro y fatalismo. No nos atrevíamos a mirar, nos abrazábamos temblando y nos obligábamos una a otra a abrir los ojos cuando los rayos iluminaban el cielo sobre el río Grande y caían en la cruz del monte Cristo Rey, o corrían en zigzag hasta romper en la chimenea de la fundición. Crrrraaaaac. Pum. En ese mismo momento el trolebús de Mundy Street se cortocircuitó entre una cascada de chispas y todos los pasajeros se bajaron corriendo justo cuando empezaba a llover.

Llovía y llovía. Llovió toda la noche. Se cortó el teléfono y se cortó la luz. Mi madre no vino a casa y el tío John no vino a casa. Mamie encendió la estufa de leña y cuando el abuelo llegó la tachó de idiota. Estamos sin electricidad, boba, no sin gas, pero ella negó con la cabeza. Nosotras la entendimos perfectamente. No se podía confiar en nada.

Dormimos en unos catres en el porche de Hope. Y dormimos, aunque las dos juramos que habíamos estado despiertas toda la noche viendo la lluvia caer como una gran ventana de ladrillos de vidrio.

Desayunamos en las dos casas. Mamie hizo bollos con salsa; en casa de Hope tomamos kibbe y pan sirio. Su abuela nos peinó con unas trenzas francesas tan tirantes que se nos quedaron los ojos achinados. Pasamos la mañana dando vueltas bajo la lluvia y luego temblando hasta que nos secábamos y volvíamos afuera. Nuestras abuelas salieron a ver cómo sus jardines quedaban barridos, chorreando por las tapias, por la calle. El agua rojiza con el barro de caliche enseguida cubrió las aceras y llegó hasta el quinto peldaño de la escalera de cemento que subía a nuestras casas. Saltábamos al agua, que estaba tibia y espesa como el cacao y nos arrastraba varias calles abajo, rápido, nuestras trenzas flotando. Salíamos, subíamos corriendo bajo la lluvia fría hasta la esquina de más arriba, y volvíamos a saltar al río de la calle que nos arrastraba de nuevo, y así una y otra vez.

El silencio le dio a esa inundación una magia especialmente inquietante. Los trolebuses no podían circular y durante días no hubo coches. Hope y yo éramos las únicas niñas del barrio. Ella tenía seis hermanos, pero eran más mayores y estaban ayudando en la tienda de muebles o justo acababan de irse a algún sitio. En Upson Avenue vivían sobre todo obreros jubilados de la fundición o viudas mexicanas que apenas hablaban inglés, iban a misa en la Sagrada Familia por la mañana y por la tarde.

Hope y yo teníamos toda la calle para nosotras. Patinábamos y jugábamos a la rayuela y a las tabas. Por la mañana temprano o al caer la tarde las viejecitas salían al patio a regar las plantas, pero el resto del día se quedaban dentro de casa con las ventanas y las cortinas bien cerradas para combatir el terrible calor texano, y sobre todo el polvo rojizo del caliche y el humo de la fundición.

Cada noche quemaban en la fundición. Nosotras nos sentábamos fuera cuando ya lucían las estrellas y entonces la chimenea empezaba a escupir llamas, seguidas de colosales borbotones convulsos de humo negro que oscurecía el cielo y velaba todo a nuestro alrededor. A decir verdad tenía su encanto, ver las bocanadas y las volutas en el cielo, pero nos escocían los ojos y el olor a azufre era tan fuerte que incluso nos entraban arcadas. A Hope siempre le entraban, pero solo fingía. Por dar una idea de lo espantoso que era cada noche, cuando en el noticiero del teatro de la plaza pusieron imágenes de la primera bomba atómica, algún bromista mexicano chilló: «¡Mira, la fundición!».

Las lluvias dieron una tregua y entonces fue cuando se produjo el segundo fenómeno. Nuestras abuelas palearon la tierra y barrieron la acera. Mamie era un ama de casa terrible.

—Siempre ha tenido criados de color, es por eso —decía mi madre.

—¡Y tú tenías a papá!

Eso no le hizo ninguna gracia.

—No voy a perder el tiempo limpiando este vertedero infestado de cucarachas.

Aun así Mamie se esmeraba con el patio, barriendo los escalones y la acera, regando su jardincito. A veces la señora    Abraham estaba justo al otro lado de la cerca, pero las dos hacían como si no se vieran. Mamie no se fiaba de los extranjeros y la abuela de Hope odiaba a los americanos. A mí me tenía cariño porque la hacía reír. Un día todos los niños estaban en fila en la cocina esperando a que la abuela les repartiera kibbe en pan caliente recién hecho. Me puse a la cola y antes de darse cuenta me sirvió. Así era también como conseguía que me cepillaran y me trenzaran el pelo todas las mañanas. La primera vez se hizo la despistada, en sirio me pidió que me quedara quieta, me atizó en la cabeza con el cepillo.

Había un solar vacío junto a la casa de los Haddad. En verano se plagaba de mala hierba, unos zarzales tremendos que te quitaban las ganas de entrar ahí. En otoño y en invierno se veía que el suelo de la parcela estaba alfombrado de cristales rotos. Azules, marrones, verdes. Sobre todo eran botellas que el hermano de Hope y sus amigos usaban de blanco con la escopeta de balines, pero también envases que la gente tiraba. Hope y yo buscábamos cascos retornables para canjearlos en las tiendas, y las viejecitas llevaban el vidrio al mercado de Sunshine en sus cestos mexicanos descoloridos, pero en aquellos tiempos la mayoría de la gente se bebía un refresco y luego tiraba la botella en cualquier sitio. A cada rato, de los coches volaban botellas de cerveza que se estrellaban con pequeñas explosiones.

Ahora entiendo que debía de ser porque oscurecía muy tarde, mucho después de que las dos hubiésemos cenado. Volvíamos a estar en la calle, en cuclillas en la acera, jugando a las tabas. Durante unos días nada más, tumbadas casi a ras del suelo, alcanzamos a ver por entre las hierbas justo en el momento en que el sol iluminaba el mosaico de cristales que cubrían el solar. Al sesgo, brillando como a través de la vidriera de una catedral. Ese espectáculo mágico duró solo unos minutos, solo ocurrió dos días.

—¡Mira! —exclamó Hope la primera vez.

Nos quedamos mudas, paralizadas. Yo apretaba las tabas en un puño sudoroso. Ella sostenía la bola de golf en alto, como la Estatua de la Libertad. Contemplamos el caleidoscopio de color que se desplegaba ante nosotras centelleante, luego tenue y difuso hasta que se desvaneció. Al día siguiente volvió a suceder, pero al otro el sol se diluyó en la penumbra discretamente sin más.

 

Poco después de los cristales de colores o tal vez antes, en la fundición empezaron temprano a quemar. Quemaban a la misma hora cada noche, por supuesto, a las nueve en punto, pero nosotras no nos dábamos cuenta.

Esa tarde estábamos sentadas en los escalones de mi casa, quitándonos los patines, cuando el cochazo frenó junto a la acera. Un Lincoln negro reluciente. Al volante iba un hombre con sombrero. Bajó la ventanilla al llegar cerca de nosotras.

—Ventanillas eléctricas —observó Hope.

Nos preguntó quién vivía en la casa.

—No se lo digas —me susurró Hope, pero yo contesté.

—El doctor Moynahan.

—¿Está en casa?

—No hay nadie, solo mi madre.

—¿Por un casual se llama Mary Moynahan?

—Mary Smith. Mi padre es teniente en la guerra. Estamos aquí hasta que vuelva —dije.

El hombre bajó del coche. Llevaba un traje con chaleco y reloj de bolsillo, una camisa blanca almidonada. Nos dio un dólar de plata a cada una. No teníamos ni idea de lo que eran. Fue él quien nos dijo que eran dólares.

—¿Sirven para comprar en una tienda? —preguntó Hope.

El hombre dijo que sí. Subió las escaleras y llamó a la puerta. Como no hubo respuesta giró la manivela de metal oxidada que hacía sonar el timbre. Al cabo de un rato se abrió la puerta. Oí que mi madre hablaba enojada, aunque no pudimos entender gran cosa, y que después cerraba de un portazo.

Cuando el hombre volvió a bajar nos dio otro dólar de plata a cada una.

—Disculpadme. Debería haberme presentado. Soy F. B. Moynahan, tu tío.

—Yo soy Lu. Esta es Hope.

Me preguntó dónde estaba Mamie, y le dije que en la Primera Iglesia Baptista Texana, enfrente de la biblioteca del centro.

—Gracias —dijo, y se fue en el coche.

Las dos nos guardamos nuestros dólares en el calcetín. Justo a tiempo, porque mi madre bajó corriendo la escalera, con los rulos en el pelo.

—Ese era tu tío Fortunatus, la serpiente. No te atrevas a decirle a nadie que ha venido. ¿Me oyes? —asentí. Me pegó un cachete en el hombro y otro en la espalda—. No le digas una sola palabra a Mamie. Tu tío le rompió el corazón cuando se fue. Los dejó aquí a todos para que se murieran de hambre. Se llevaría un disgusto. Ni una palabra. ¿Entiendes?

Asentí otra vez.

—¡Contéstame!

—No diré una palabra.

Me dio otro cachete de propina y volvió a subir las escaleras.

Más tarde estaban todos en casa, cada uno en su habitación como de costumbre. La casa tenía cuatro dormitorios a la izquierda de un largo pasillo, un cuarto de baño al final, y la cocina, el comedor y el salón al otro lado. El pasillo siempre estaba oscuro. Negro como boca de lobo por la noche, durante el día rojo sangre por el resplandor que entraba a través del montante de vidrio esmerilado de la puerta. A mí me aterrorizaba ir al cuarto de baño hasta que el tío John me enseñó a empezar en la puerta principal, susurrando sin parar «Dios me protege, Dios me protege », y correr como alma que lleva el diablo. Ese día fui de puntillas porque en el dormitorio que daba a la fachada mi madre le estaba contando al tío John que Fortie se había presentado en casa. John se lamentó de no haber estado para pegarle un tiro. Luego me paré delante de la puerta de la habitación de Mamie. Estaba cantándole a Sally una

nana. Tan dulce. «Way down in Missoura when my mammy sung to me…» Cuando salí del cuarto de baño oí al tío John en la habitación del abuelo. Me quedé escuchando cómo el abuelo le contaba que Fortunatus había intentado entrar en el Club Elks, y que había mandado que le dijeran que se marchara o llamaría a la policía. Siguieron hablando pero ya no oí lo que decían. Solo el gorgoteo del bourbon en los vasos.

Finalmente el tío John vino a la cocina. Tomé té helado mientras él bebía. Puso una ramita de hierbabuena en su vaso para que Mamie pensara que también estaba tomando té. Me contó que el tío Fortunatus se había marchado de casa hacía muchos, muchos años, justo cuando más lo necesitaban. Tanto John como el abuelo bebían mucho y no podían trabajar. El tío Tyler y Fortunatus mantuvieron a la familia hasta que Fortunatus se largó a California en plena noche. En la nota que dejó decía que se había hartado de la escoria de los Moynahan. No les mandó dinero, ni siquiera una carta, y tampoco vino a casa cuando Mamie estuvo a punto de morir. Ahora era presidente de una compañía ferroviaria.

—Mejor que no menciones que lo has visto —me dijo el tío John.

Fueron todos al salón para escuchar el programa de Jack Benny. Sally seguía durmiendo. Mamie se sentó en su sillita, con la Biblia abierta como de costumbre, pero no estaba leyendo. Solo la miraba, y había una expresión de felicidad en su cara arrugada. Comprendí que el tío Fortunatus la había encontrado y había hablado con ella. Cuando levantó la vista, le sonreí. Ella me sonrió también y volvió a bajar la mirada. Mi madre estaba de pie en la puerta, fumando. Esas sonrisas la pusieron nerviosa y empezó a hacerme gestos de ¡chitón! y muecas a espaldas de Mamie. Me quedé mirándola perpleja como si no tuviera ni idea de lo que quería decirme. El abuelo escuchaba la radio y se reía con Jack Benny. Ya estaba borracho. Balanceándose con fuerza en su mecedora de cuero, iba rasgando tiras del periódico y las quemaba en el gran cenicero rojo. El tío John estaba bebiendo y fumando en la puerta del comedor, contemplando la escena. No hacía caso a las señales de mi madre pidiéndole que me sacara de allí. Supuse que también había visto que Mamie sonreía. Mi madre me hacía gestos para que me largara. Actué como si no me diera cuenta y canté a coro con el anuncio de Fitch. «¡Si te rasca la cabeza, no te piques! ¡Fítchate bien! ¡Usa la cabeza! ¡Salva la cabellera! ¡Usa champú Fitch!» Ella me miró con tanta rabia que no pude aguantar más y me saqué un dólar de plata del calcetín.

—¡Eh, abuelo, mira lo que tengo!

Él dejó de balancearse.

—¿De dónde lo has sacado? ¿Has robado ese dinero con los árabes de al lado?

—No. ¡Es un regalo!

Mi madre me estaba abofeteando.

—¡Maldita mocosa!

Me sacó a rastras del salón y me echó a la calle de un empujón. Recuerdo que me llevaba agarrada del cuello como a un gato, pero ya estaba muy grande así que no creo que sea verdad.

En cuanto puse un pie fuera, Hope me chilló para que fuese corriendo.

—¡Hoy queman temprano! —a eso me refiero cuando digo que pensábamos que era temprano. Simplemente no había oscurecido.

Inmensas bocanadas y remolinos de humo negro se levantaban desde la chimenea hacia lo alto del cielo, girando y derramándose a una velocidad tremenda en vaharadas sobre nuestro barrio como si cayera la noche de pronto y tenebrosas volutas treparan hasta los tejados y se colaran por los callejones. El humo se diluyó y bailó y se extendió más allá cubriendo todo el centro. Ninguna de las dos podíamos movernos. Nos lloraban los ojos por el escozor inmundo y el hedor de los vapores del azufre. Sin embargo, mientras el humo se disipaba hacia el resto de la ciudad, a la vez se iluminó al trasluz igual que cuando el sol encendía los cristales rotos, y también el humo se volvió de colores. Azules y verdes preciosos, y el violeta irisado y el verde fosforescente de la gasolina en los charcos. Un fogonazo amarillo y un fulgor rojizo, pero luego el cielo se tiñó de un suave resplandor verdoso que se reflejaba en nuestras caras.

—¡Puaj! Se te han puesto los ojos de todos esos colores —dijo Hope.

Mentí y le dije que los suyos también, pero sus ojos eran más negros que nunca. Mis ojos claros cambian de color, así que probablemente adquirieron las tonalidades de las espirales de humo.

Nosotras nunca hablábamos por hablar como la mayoría de las niñas. Ni siquiera hablábamos mucho. Sé que no dijimos una palabra de la terrible belleza del humo o de los cristales resplandecientes.

De pronto estaba oscuro y se había hecho tarde. Las dos volvimos adentro. El tío John dormía en el balancín del porche. Nuestra casa era calurosa y olía a cigarrillos y azufre y bourbon. Me metí en la cama al lado de mi madre y me dormí. Como a mitad de la noche el tío John me zarandeó para despertarme y me llevó fuera.

—Despierta a tu amiga Hope —susurró.

Lancé una piedra a su persiana y en cuestión de segundos salió con nosotros. El tío John nos llevó hasta el césped y nos dijo que nos tumbáramos.

—Cerrad los ojos. ¿Ya están cerrados?

—Sí.

—Sí.

—Vale, ahora abridlos y mirad el cielo, a la altura de Randolph Street.

Abrimos los ojos y contemplamos el cielo claro de Texas. Estrellas. El cielo estaba tan lleno de estrellas que algunas parecían saltar desde el borde, precipitándose en la noche. Docenas, cientos, millones de estrellas fugaces hasta que poco a poco las cubrió un velo de nubes y suavemente otras nubes fueron cubriendo el firmamento.

—Dulces sueños —nos susurró mi tío cuando nos mandó de vuelta a la cama.

Por la mañana estaba lloviendo otra vez. Diluvió la semana entera hasta que al final nos cansamos de pasar frío y embarrarnos y acabamos gastando los dólares de plata en el cine. El día que Hope y yo llegamos a casa después de ver Piratas del mar Caribe mi padre había vuelto sano y salvo de la guerra. Muy pronto nos fuimos a vivir a Arizona, así que no sé qué pasó en Texas el verano siguiente.

 

Lucia Berlin
Entre su obra destacan los libros de cuentos Manual para mujeres de la limpieza y Homesick.