La pareja acaba de ocupar la mesa y él no ha dejado de hablar por el smartphone. Ella toma su propio smartphone mientras llega el mesero y comienza a textear rápidamente. Él acaba de colgar y deja el celular en la mesa, a la vista; comienza a hablar con ella, quien asiente con la cabeza para indicar que lo escucha, pero sin quitar la vista del celular (el de ella) mientras sigue mensajeando; él toma de nuevo su celular (el de él) para consultar y responder sus propios mensajes. El mesero toma la orden y hacen apenas una pausa, sin soltar los celulares, que suenan intermitentemente mientras comen los platillos cuyas fotos fueron compartidas al instante con sus redes sociales respectivas. Terminan de comer, sonríen y posan para la selfie, y salen tomados de la mano. La mano que les queda libre, pues en la otra llevan su posesión más preciada, la que permite abrirnos a un tercio de la humanidad en sustitución a las exiguas conversaciones en persona con nuestros amigos y familiares más próximos.

Mensajear con el celular a nuestros contactos en redes sociales mientras ignoramos a nuestros contactos presenciales es entendible desde una perspectiva biológica como un desajuste evolutivo en el que la aparición de un elemento nuevo —el smartphone— en el ambiente hackeó adaptaciones de nuestro comportamiento social en beneficio ya no de nuestra especie, sino de Facebook, Instagram, Twitter y el resto de las redes en La Red de Redes.1

Un desajuste evolutivo es una situación en la que una adaptación que constituyó una ventaja para la supervivencia de una especie —Homo sapiens, en el caso que nos interesa— en ambientes ancestrales (tiempos prehistóricos) pasa a ser lo opuesto en ambientes actuales (tiempos de internet). La adaptación pasa a ser más bien una inadaptación que no sólo no representa ya ventaja alguna sino que, incluso, resulta perjudicial para la sobrevivencia de los individuos de la especie en cuestión.

Ilustración: Oldemar González

El caso más famoso de desajuste evolutivo en humanos es la preferencia por alimentos dulces, adaptación que permitió a nuestros ancestros, en épocas en las que la comida escaseaba y ante la opción de ingerir un puño de miel o un puño de col, elegir y beneficiarse con el mayor valor energético de la primera sin haber tenido que cursar un diplomado en nutrición. El problema es que en este siglo, cuando hay alimento en abundancia para la mayor parte del mundo, consumimos miel, pasteles y manteconchas como si a diario requiriésemos de una cantidad de calorías suficientes para cazar un mamut. Nuestra predilección por lo dulce se ha convertido en una carga que llevamos en nuestros kilos de más y que, a causa de la diabetes y otras enfermedades relacionadas con la obesidad, nos puede llevar a la tumba (o sea que, si dejásemos actuar a sus anchas a la selección natural, es probable que en algunos cientos o miles de años nuestros descendientes adorarán el brócoli tanto como nosotros los chocolates).

David Sbarra y colaboradores señalan que, desde la aparición de los mamíferos hace unos 200 millones de años, la necesidad de formar vínculos estrechos en numerosas especies (lo que se conoce como teoría del apego cuando de humanos se trata) se tradujo en una ventaja para sobrevivir y reproducirse en ambientes ancestrales en los que la cooperación, la confianza y la unión (elementos de intimidad personal) entre individuos proveía, entre muchas otras cosas, de mayor seguridad a las crías y de protección de los miembros del mismo grupo ante amenazas externas.

Los comportamientos sociales que evolucionaron para favorecer la intimidad personal en los miembros de una especie, fortaleciendo con ello los lazos entre individuos e incrementando sus posibilidades de sobrevivir, son: 1) la transparencia personal, la información sobre nosotros que revelamos a otros (o, dicho de otra forma, qué tanto nos abrimos a los demás); 2) la capacidad de respuesta; esto es, la rapidez y disponibilidad con que otras personas reaccionan cada vez que intentamos comunicarnos con ellas.

El desajuste evolutivo radica en que nuestra inclinación a abrirnos a otras personas y a ser correspondidos por éstas se ha convertido en internet en el equivalente a nuestra preferencia por el sabor dulce: el fácil acceso a las redes sociales y la comunicación casi instantánea por escrito que ponen en nuestras manos los smartphones crean una capacidad de respuesta —en la que dejarnos en visto por más de unos segundos es una ofensa— y una posibilidad de transparencia personal —en la que podemos compartir con cientos y miles de contactos todas las selfies e información sobre nosotros que queramos— imposibles de replicar por nuestras interacciones físicas inmediatas, lo que ocasiona que, con bastante facilidad, prefiramos las interacciones virtuales y hasta sustituyamos aquéllas con éstas.

Así como el exceso en el consumo de azúcar es perjudicial para nuestra salud, la preferencia por las redes sociales virtuales afecta negativamente los vínculos con nuestras redes más próximas. Para entender el porqué, examinemos la naturaleza de los tres distintos tipos de redes sociales con las que contábamos antes de internet:

La intimidad interpersonal está caracterizada por un sentido profundo de proximidad emocional hacia otro individuo gracias a un contacto frecuente, fuerte y diverso, lo que nos limita a contar, en promedio, con entre tres y siete personas —amigos y familiares— que, desde tiempos ancestrales, constituyen nuestra red de seguridad que nos ayuda a enfrentarnos a problemas diversos (como cuidarnos por completo cuando estamos enfermos).

Después tenemos a nuestra red efectiva de unas 20 personas —también amigos y familiares—, que nos apoya emocional y materialmente en nuestra vida diaria y con la que convivimos en persona buena parte del tiempo de manera cotidiana.

Por último, contamos con nuestra red extendida de unas 100 a 400 personas —de conocidos y amigos de amigos—, con las que tenemos poco contacto en persona y que, no por coincidencia fortuita, es del mismo tamaño que una típica red social en internet2 (aunque bien sabemos que no es rara la persona que cuenta con el límite de cinco mil contactos establecido por Facebook).

Si hacer lo posible por lograr una intimidad interpersonal con los miembros de nuestra red efectiva, sin descuidar a los de nuestra red de seguridad, implicaría una inversión considerable de nuestros recursos, tratar de hacerlo con los que forman nuestra red extendida sería imposible y, además, nos alejaría de quienes constituyen la red de mayor importancia para nuestro bienestar. Esto último es, precisamente, lo que según Sbarra y colaboradores está ocurriendo cada vez que, motivados por nuestro deseo innato de contarle todo sobre nosotros al resto del mundo y recibir una respuesta al instante en forma de un like, decidimos sustituir las, en términos de transparencia personal y capacidad de respuesta, limitadas interacciones directas en físico por las interacciones a escala planetaria del mundo virtual puesto en nuestra mano por el smartphone.

Es así como, tras abrir el celular de Pandora, ha sido necesario acuñar palabras como tecnoferencia (efectos negativos ocasionados por la intrusión de la tecnología en las relaciones interpersonales), phubbing (combinación de las palabras en inglés para teléfono, phone, e ignorar, snubbing, que define la situación en la que una persona, al usar su celular, deja de hacerle caso a otra y que, cuando se trata de nuestra pareja sentimental, se conoce como pphubbing), fragmentación microsocial (cuando varias personas ocupan el mismo espacio físico pero su atención está dividida en sus respectivos dispositivos electrónicos), nomofobia (terror a no tener nuestro celular a la mano) y MOFO (siglas en inglés con significado opuesto a lo que en estos tiempos taiboleros etiquetaríamos en español con las siglas ALV. En nuestro idioma, MOFO es MAPA, Miedo Por Perderse Algo al no revisar cada cinco segundos el celular).

¿Hay motivos para preocuparnos? Veamos: según una encuesta de 2015 del Pew Research Center, en Estados Unidos 89% de los más de tres mil adultos participantes afirmaron que habían usado su smartphone en la reunión social más reciente que tuvieron; 82% de ellos dijeron que el uso de smartphones los había privado con frecuencia u ocasionalmente de platicar durante reuniones sociales, pero sólo 25% consideraron que habían sido ellos los phubbers, es decir, los responsables y no las víctimas del phubbing. Un 81% de los usuarios de smartphones los mantiene consigo durante el día entero y los revisa un promedio diario de 110 veces.3 El phubbing provoca en la persona ignorada sentimientos de constante interrupción, falta de respeto e irritación asociados a celos por la pérdida de atención por parte del phubber, mientras que el pphubbing causa conflictos y disminución en el bienestar personal y en la satisfacción con la relación sentimental.

Hace unos años una serie de experimentos mostraron que la pura presencia de un smartphone durante una conversación en persona reduce la calidad de la relación, la confianza y la empatía percibida entre una pareja de participantes, en especial cuando hablan de algún tema que implica mayor transparencia personal (discutir los eventos de mayor trascendencia para ellos durante el año anterior). Es posible que esto se deba a que, como sabemos que estamos disponibles para otros a través del celular, su presencia representa una competencia por nuestra atención con relación a nuestro interlocutor físicamente presente.4

Como, a pesar de todo lo aquí expuesto, es mucho más probable que los más de dos mil millones de usuarios actuales de smartphones se desvelen más pensando en cuándo cambiarán su celular por el modelo más reciente que considerando su abandono total, una de las cuestiones más apremiantes es determinar si es posible usar esos mismos smartphones para mejorar la calidad de nuestras relaciones cara a cara. Sea cual sea la futura respuesta, minimizar los efectos de este desajuste evolutivo está hoy en día en nuestras manos.

O, siendo más específicos, en la mano con la que sostenemos el celular.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Sbarra, D.A., J.L. Briskin y R.B. Slatcher (en prensa), “Smartphones and close relationships: The case for an evolutionary mismatch”, Perspectives on Psychological Science.

2 Gamble, C., “Palaeolithic society and the release from proximity: A network approach to intimate relations”, World Archaeology, 29, 1998, pp. 426-449.

3 Los estudios en que se basan los resultados mencionados en este párrafo son enlistados por Krasnova, H., O. Abramova, I. Notter y A. Baumann, “Why phubbing is toxic for your relationship: Understanding the role of smartphone jealousy among ‘Generation Y’ users”, Research Papers, 109, 2016, Twenty-Fourth European Conference on Information Systems (ECIS), Estambul, Turquía.

4 Przybylski, A.K. y N. Weinstein, “Can you connect with me now? How the presence of mobile communication technology influences face-to-face conversation quality”, Journal of Social and Personal Relationships, 30(3), 2012, pp. 237-246.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.