Cierto día de hace cuatro años hospedé a un amigo en mi departamento. Estuvo sólo tres noches y a consecuencia de mi desordenado horario no logré atenderlo de una manera efusiva. Cuando se despidió de mí me abrazó emocionado, como si se marchara a una guerra de la que no volvería, me propinó una piadosa palmada en el hombro y me comentó lo siguiente: “No puedo creer que no tengas un escritorio”. Su decepción inesperada y espontánea me conmovió. Mi amigo se compungía de que careciera yo de un escritorio propio de mi oficio y en sus palabras se adivinaba una ira velada que me hizo suponer los peores recelos. De repente me sentí desnudo y a la intemperie, como si mi ropa se hubiera derretido encima de una piedra helada y sólo quedara yo expuesto sobre ella, de pie, ocultando los testículos y el pene con mis manos que formaban una jícara entre sus dedos.

Debo confesar que cuando mi huésped se hubo marchado miré a mi alrededor, caminé en las habitaciones y no encontré un lugar propicio para colocar allí algún modesto escritorio. Así como ese mueble, tan repentinamente deseado, no había ocupado un lugar en mi imaginación, tampoco lo había tenido en la realidad y debido a esta razón su ausencia se antojaba cada vez más escandalosa. Mi mujer, quien de inmediato notara en mí una extraña afección, seguía mis pasos abrumada a la vez que preguntaba: “¿Qué es lo que estás buscando?”. En el tono de su voz y en mi respuesta descubrí mi propio delirio y extravagante preocupación: “Mi escritorio, busco mi escritorio”. Uno es víctima de tantas orfandades que, cuando alguien las hace evidentes, la desesperación golpea en el rostro como una bofetada a la que se reacciona sin pensar.

Ilustración: Sergio Bordón

No sería exagerar si comparo mi asombrosa carencia de escritorio con el capote que le fuera robado al personaje del famoso relato de Nikolái Gógol. La ráfaga espontánea del invierno ruso me caló hasta los huesos y el reproche íntimo se hizo presente. Al menos Akakiy Akakiyevich podría culpar del robo de su abrigo a los ladrones callejeros tanto como a los funcionarios displicentes; ¿pero a quién podría yo señalar como el responsable de mi descuido inmueble? A nadie más que a mí mismo. Una vez que me tranquilicé y la resignación tomó las riendas de este penoso asunto, tuve entonces tiempo de razonar y ofrecerme una explicación sencilla y certera al por qué carajos no tengo un escritorio desde hace más o menos treinta años cuando decidí dedicarme a la literatura. La respuesta es de lo más trivial: porque no lo necesito. Escribo como si tejiera una telaraña en cualquier rincón de una casa, enfrento al desorden y al caos propios de toda vida pasajera con las armas adecuadas, y me abstengo de llevar un museo en la espalda o de refugiarme tras esa muralla que llama al método y al prestigio.

¿Y si temblara? Sé de personas que apenas se mueve el piso corren a refugiarse bajo su escritorio, pero no le encuentro sentido a guarecerse a la sombra de un símbolo porque las efigies y los símbolos son los primeros en caer cuando sobreviene una catástrofe ética o telúrica. Considero, como David Hume, que nada es trascendental, que la razón es una especie de sentimiento, y que la imaginación no es un atributo, sino el fundamento de todo lo que pensamos. Las ideas, conceptos, afecciones y demás toman un orden efímero, no precisamente dentro de un sistema, pero sí cuando al imaginar el mundo uno lo acomoda según le parece que es. Debido a ello suplico que no se me culpe en el futuro por no haber poseído nunca un escritorio que afirmara y diera brillo a mi remendado oficio literario, así como tampoco debería juzgarse mal a Akakiyevich por aparecerse después de muerto para reclamar su capote a los funcionarios incapaces y desvergonzados. Cada quien vive la tragedia de una ausencia u orfandad de forma distinta y distante. Yo recordando a Hume; y Akakiyevich recuperando su capote, espantando y amenazando a una de las altas personalidades que lo ignoraron cuando denunciaba el robo de su abrigo: “¡Es justamente tu capote lo que necesito! ¡No quisiste molestarte por el mío y hasta me regañaste! ¡Dame ahora el tuyo!”.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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