Cuando desaparezca la última criada,
el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad,
aparecerá la primera rebelde furibunda.

—Rosario Castellanos

Roma es un ejercicio de memoria, de reconocimiento y de agradecimiento. Una película que a través de mostrarnos el valor y la profundidad de las relaciones del día a día ha despertado incontables reflexiones y remembranzas. A pesar de lo interesante y especial que puede ser hablar del aspecto poético y sentimental del filme, quiero aprovechar el momentum de la película para hablar de otro tema que permea toda la historia pero que no ha sido protagonista en su análisis: el trabajo del hogar. Y de lo que éste implica, no para las mujeres que lo realizan, sino para quienes lo pagan: las patronas. El trabajo de Cleo —y de tantas otras como ella— tiene la capacidad de cambiar por completo las opciones de vida a las que se enfrentan las mujeres que las contratan. Este hecho, comúnmente ignorado, genera dinámicas sociales de las que podemos no estar totalmente conscientes. Tener una empleada del hogar significa muchas más cosas de lo que creemos y en definitiva mucho más de lo que pagamos.

Cuarón logra de una forma sutil pero magistral mostrarnos los significados e insignificancias que contienen ciertas relaciones humanas, pero que por cotidianas tendemos a dar por hechas. La trabajadora del hogar ha sido una constante en las vidas de las familias burguesas mexicanas a lo largo de los años, así como el no reconocimiento de que su trabajo implica mucho más que mantener un espacio habitable; además de un trabajo físico, hay también una labor emocional, con la que inevitablemente se crean relaciones íntimas que no son comunes en otros espacios laborales. En los hogares con hijos, las Cleos y las Adelas que ahí trabajan asumen un papel y adquieren una responsabilidad que va más allá de la definición básica de sus tareas, entre ellas, reconocer las necesidades de cada habitante del hogar y satisfacerlas, no a partir de una guía, sino con base en pura intuición. Pero más importante aún, su presencia da confianza y apoyo a los niños; con su trabajo de cuidado y limpieza representan la seguridad en la continuidad de la vida: siempre habrá un plato con comida caliente sobre la mesa, ropa limpia que ponerse por las mañanas, etcétera. Esa es la principal función del trabajo del hogar, darle continuidad a la vida, y cuando lo pensamos así y dimensionamos la importancia que esto tiene, es sorprendente que en nuestra sociedad sea una labor tan poco valorada.

Ilustración: Kathia Recio

Los años en los que corre la película, los setenta, fueron convulsos a nivel mundial. El subversivo despertar estudiantil que se dio en el 68 había dejado una larga estela que, como podemos ver en el filme con la manifestación y matanza de Corpus Christi, seguía viva en el 71. En México los cuestionamientos públicos del orden establecido se enfocaron en la demanda de mayores libertades políticas, menor desigualdad y en la denuncia del autoritarismo del régimen priista. Y tales reivindicaciones se originaron como reflejo de demandas ciudadanas que se estaban haciendo en otros lugares del mundo. Pero hubo un movimiento que también se estaba levantando, en la misma época y con la misma energía, en Europa y Estados Unidos y que aun así no logró trascender a México con la determinación con la que lo hicieron los otros: el movimiento feminista de la posteriormente llamada “Segunda Ola”.

A finales de los sesenta y principios de los setenta las mujeres del otro lado de la frontera, después de años de silencio del activismo feminista, estaban volviendo a organizarse para salir a las calles a exigir mejores condiciones de vida. La “Primera Ola” —las sufragistas de finales del siglo XIX e inicios del XX— les había conseguido derechos laborales, les había abierto las puertas de las universidades y les había otorgado, por fin, la cualidad de ciudadanas bajo las “mismas” condiciones que a los hombres mediante el derecho a votar y ser votadas. A pesar de todos estos logros, 50 años después, la situación de las mujeres no se había visto fundamentalmente alterada. Las estadunidenses seguían sin poder aprovecharse genuinamente de las oportunidades producidas por la Primera Ola al seguir constreñidas por el papel de ama de casa y por las responsabilidades de trabajo doméstico que éste implicaba. Cada vez más mujeres iban a la universidad, pero el entendimiento tácito de que el cuidado de los hijos y de la casa era su incuestionable responsabilidad les obstaculizaba el desarrollarse plenamente en el ámbito público, si no es que lo impedía absolutamente. Así, este nuevo feminismo se distinguió de movimientos anteriores en el hecho de cuestionar la vida personal: matrimonio, familia, sexualidad. Unas denunciaron la injusticia que se les hacía al someterlas a una doble jornada si mantenían un trabajo fuera del hogar, y otras, las amas de casa de tiempo completo, manifestaron el vacío y aburrimiento que hacer esta labor les generaba. Así, exigieron mejores oportunidades laborales y plantearon, por primera vez, que las labores del hogar se debían de socializar y de compartir con los maridos. Sólo así podrían alcanzar la verdadera emancipación.

De este lado de la frontera, Rosario Castellanos, pionera del feminismo en México, observaba el movimiento de las mujeres en Estados Unidos y se preguntaba por qué las mujeres de este país no estaban siguiendo a sus contrapartes estadunidenses en esta lucha:

Los comentarios han sido de dulce, de chile y de manteca. Pero todos […] tienen una característica común: todos se refieren a este Movimiento de la liberación de la mujer en los Estados Unidos como si estuvieran en el más remoto de los países o entre los más exóticos e incomprensibles de los habitantes del menos explorado de los planetas. Esto es como si lo que está aconteciendo del otro lado del Bravo no nos concerniera en absoluto.1

Castellanos critica ácidamente a sus paisanas, especialmente a las de su clase social, por considerar que están firmemente acomodadas en su posición de “madrecitas abnegadas”. Y aunque trata de ser empática con las distintas situaciones que viven las mujeres en México, en un discurso titulado “La abnegación: una virtud loca”, presentado frente al presidente Luis Echeverría a propósito del Día Internacional de la Mujer, precisamente en 1971 (año en que transcurre una parte importante de la acción de la película), finaliza diciendo que si la injusticia aún recae sobre las mujeres mexicanas, ya no tienen derecho a quejarse, que ellas lo han escogido así. Porque se niegan a asumir lo que las leyes les han otorgado: la categoría de persona.

Son duras sus palabras e imagino que en sus tiempos las mujeres, amas de casa y madres, que habían sido educadas toda su vida para ejercer ese papel, las escucharon con total incomprensión. Castellanos entendía la fuerza de la educación y de las convenciones sociales, pero le parecía que para las mujeres de su entorno, que habían tenido acceso a una educación universitaria y por lo tanto a los caminos menos empedrados hacia la emancipación, todo ello eran sólo excusas. Y en otro ensayo titulado “Casandra de huarache” hace un señalamiento brillante, y que inspira este texto:

A mí no me gusta hacerla de profetisa pero esta es una ocasión en que se antoja fungir como tal. (Aparte de que la profecía es uno de los pocos oficios que se consideran propios para señoras histéricas como su segura servidora.) Y yo les advierto que las mujeres mexicanas estamos echando vidrio acerca de lo que hacen nuestras primas [las estadunidenses] y estamos llevando un apunte para cuando sea necesario. Quizá no ahora ni mañana. Porque el ser un parásito (que es eso lo que somos, más que unas víctimas) no deja de tener sus encantos. Pero cuando el desarrollo industrial del país nos obligue a emplearnos en fábricas y oficinas, y a atender la casa y los niños y la apariencia y la vida social y, etcétera, etcétera, entonces nos llegará la lumbre a los aparejos. Cuando desaparezca la última criada, el colchoncito en que ahora reposa nuestra conformidad, aparecerá la primera rebelde furibunda.2

Lo que Rosario logra ver con tal claridad es que algo que creaba un abismo de diferencia entre las “rebeldes” universitarias estadunidenses y las mexicanas, es que en aquel país no contaban con acceso a servicio doméstico y aquí sí. Y las implicaciones de esta diferencia en las vidas de las mujeres no son de ninguna manera insignificantes. En Roma hay una escena que lo ejemplifica claramente. Es el final del día, Antonio por fin ha regresado del trabajo, la casa está a punto —todo gracias a Cleo y a Adela— y aunque Antonio aún encuentra algo de qué quejarse (las cacas del perro) nada parece estar fuera de su lugar. La familia al completo se sienta a descansar y a ver la televisión, cuando a Antonio se le antoja una manzanilla. Se la pide a Sofía. Ella se la pide a Cleo. Es Cleo quien tiene que levantarse para bajar a preparar la manzanilla del “señor”. Sofía se queda en la sala de tele. De no estar Cleo, ella hubiera tenido que atender personalmente a su marido. Su momento en familia se hubiera visto interrumpido por este pequeño detalle. Y sería ella quien al final del día tendría dolor de espalda, y aun así tendría que poner a los niños a dormir y ser la primera en levantarse al día siguiente, a despertarlos, a preparar el desayuno, llevar a los niños y recogerlos, para después lavar y planchar la ropa. ¿Cuánto tiempo le quedaría disponible a Sofía para hacer vida social? ¿Para tener un pasatiempo? Y, no se diga, para trabajar una vez que se ha dado cuenta de que su marido no volverá más.

Ser empleada del hogar no es un trabajo como cualquier otro, es un servicio que sostiene la vida, que abre opciones para quienes cuentan con él que de otra forma no podrían ni soñar. Es muy diferente el uso del tiempo, las libertades que se obtienen, lo que se le exige a una esposa y madre cuando se cuenta con servicio o no. Permite que las necesidades cotidianas, que son interminables, no nos importunen, y hace que, como mujeres, evitemos enfrentarnos con el estilo de vida que nos impondría ser las encargadas de las labores del hogar. Enfrentamiento que encendió la mecha del movimiento de las estadunidenses para cuestionar los roles de género y cambiar la organización de la vida personal y privada. Estas mujeres se dieron cuenta de que no importaba cuantas oportunidades laborales se les dieran, su futuro profesional y su independencia económica siempre estarían coartados si el trabajo de la casa y el cuidado de los hijos se seguían concibiendo como responsabilidades femeninas.

No podemos ignorar que cambiar el orden de las cosas cuesta, y mucho; requiere de valentía y de una cierta disposición para la confrontación que inevitablemente genera ciertos conflictos (al interior del hogar, con los maridos y la familia, y al exterior, con la sociedad en su conjunto). Entonces, es comprensible que cuando no se tiene una convicción ideológica o no se enfrenta una situación de absoluta necesidad, muchas puedan optar por no hacerlo. Y me parece que esto es precisamente lo que está sucediendo en México, particularmente en la clase burguesa, respecto a los roles de género.

Es un hecho que cada vez más mujeres obtienen un ingreso propio, ya sea a través de un trabajo asalariado o por medios independientes, pero ¿qué tanto han cambiado las relaciones al interior de sus hogares? Me atrevo a decir que en muchos de los casos, muy poco. Y entre los varios —e importantes— motivos ideológicos, religiosos, culturales, creo que se encuentra precisamente el servicio doméstico. ¿Cómo? Por la forma en que éste cambia la relación costo-beneficio que tenemos las mujeres de asumir, o no, los conflictos que inevitablemente surgen al cuestionar los roles de género al interior del hogar. Porque para aquellas que deciden obtener un trabajo fuera de casa, al igual que sus maridos, de no contar con una trabajadora del hogar, la doble jornada que se verían obligadas a ejercer podría convertir esta situación en una insoportable, agotadora, de la que percibirían su injusticia día con día y que, muy probablemente, terminaría por llevarlas a levantar una protesta. Pero si, por el contrario, por contar con una trabajadora, digamos de medio tiempo, su trabajo en casa se reduce a hacer de cenar por las noches, o a una que otra tarea esporádica, puede ser que su balance entre el costo de increpar al marido por su poca participación, o hacer estas pequeñas tareas, no resulte en que elija lo primero.

Ahora, ¿qué sucede con las mujeres con educación universitaria que deciden no obtener un empleo de tiempo completo y mejor asumir el papel de encargadas del hogar? Esta decisión está permeada por muchos elementos. Entre ellos, las opciones de empleo a las que puedan acceder y las condiciones de vida que dichos empleos representen; la necesidad económica de la familia, las expectativas de su entorno social, etcétera. Pero también, y no menos importante, el tipo de trabajo, responsabilidad y uso del tiempo que quedarse en casa represente. Y, si por contar con ayuda, sus días no estarán atrapados en las interminables labores de cuidar de la casa y de los hijos, sino que más bien tendrán la oportunidad de estudiar, hacer filantropía, dedicarse a las tareas más placenteras del cuidado de los niños, o cualquier otra cosa que les resulte más gratificante, puede ser que cuestionar los roles de género les resulte, simplemente, inconveniente.

Me tomaron muchos años de estudio para ser capaz de observar y entender lo anterior: la forma en que contar con trabajadoras del hogar nos hacía vivir “lo mujer” de una forma tan diferente a unas y otras. Y una de las cosas que me ha resultado más interesante respecto este servicio es que, a primera vista, podríamos pensar que contar con él facilita la entrada de las mujeres a la esfera laboral. Y resulta curioso observar cómo en nuestra sociedad, donde más familias pueden acceder a él, son tantas las mujeres universitarias que deciden no trabajar fuera de casa. Es fascinante descubrir cómo un trabajo que parece meramente transaccional en realidad tiene una influencia tremenda en la organización de la sociedad y en la perpetuación de los roles de género. Así como es fascinante ver que Rosario Castellanos, precisamente en los años que recrea Cuarón, ya se había dado cuenta de eso.

Con lo dicho no pretendo cuestionar las decisiones individuales de las mujeres, las personas, por lo general, tendemos a elegir entre los caminos abiertos para nosotros aquellos que parecen ser más adecuados o más compatibles con nuestras expectativas y las de nuestro entorno, y eso también es un derecho. Sólo quiero señalar un fenómeno social que me parece que hemos ignorado por mucho tiempo y que tal vez nos pueda ayudar a comprender de mejor manera cómo es que en sociedades como la nuestra se estructuran ciertas decisiones, particularmente las de algunas mujeres (entre ellas, yo misma).

No creo que para que prospere el feminismo y la equidad de género deban desaparecer las trabajadoras del hogar, finalmente en México este trabajo depende tanto de factores culturales como económicos. Lo que sí me interesa es aprovechar la visión de Roma para que primeramente, como sociedad, comprendamos el valor tan grande que tiene este trabajo y que esta revalorización se vea traducida, de una vez por todas, en mejores condiciones laborales. Y en segundo lugar, pero no menos importante, que este servicio y esta labor deje de ser visto como un sustituto del “trabajo de la mujer”, sino como un servicio para la familia en su conjunto. Las mujeres de nuestra generación tenemos que emprender la lucha por ese reconocimiento, porque emanciparse no sólo significa salir a la calle y obtener un ingreso propio, sino cuestionar los roles de género al interior del hogar para así lograr una verdadera autonomía para accionar, libres de cuestionamientos y prejuicios, en el ámbito público.

Finalmente, a título personal, sólo me queda, como a Cuarón, recordar, agradecer y reconocer. Y prometer que este despliegue de conciencia no sea efímero, que la vida útil de mis reflexiones se extienda más allá del breve momento presente y que gracias a esto pueda mejorar la vida de al menos una de ellas, así como ellas han mejorado la mía.

 

Gabriela S. Gómez Hernández
Economista. Estudió la maestría en humanismo y culturas en el Instituto Cultural Helénico. Se dedica a escribir y a dar coaching financiero.


1 Magda Ibrahim Aly Haroun, “La mujer mexicana en los ensayos de Rosario Castellanos”, Textos sin fronteras. Literatura y sociedad II, Pamplona, Universidad de Navarra (Ediciones digitales del GRISO), 2010, p. 73: https://dadun.unav.edu/bitstream/10171/36243/1/06_Ibrahim_Aly.pdf

2 Rosario Castellanos, “Casandra de huarache: la liberación de la mujer, aquí”, en Mujer de palabras. Artículos rescatados de Rosario Castellanos, tomo II, comp. Andrea H. Reyes, Ciudad de México, Conaculta, 2006, pp. 563-564.

 

3 comentarios en “Hogar y trabajo

  1. Muy interesante y comparto el punto de vista de la autora que deja de ver de manera clara la importancia y el sentido tan amplio que las empleadas domésticas dan a la vida social y económica de la sociedad. Me gustó tambien el repaso por el tiempo que da al rol de generos.

  2. Excelente artículo que nos lleva a la reflexión sobre el trabajo doméstico y el revalorar las ventajas de contar con ayuda en casa; así como la responsabilidad y gratitud para las Cleos de nuestras vidas.

  3. 1971 ese año nací. En Roma, pareciera sin intención una denuncia cuando se pregunta si cleo es derechohabiente lo que se contesta que no, sin embargo se le atiende, también es cierto que faltan hoy muchas reivindicaciones hacia el trabajo doméstico, debe ser por su naturaleza :casi siempre ha sido considerada de la familia, tal ves por que sin ellas la vida cómoda que te proporciona, lo tendria que hacer “la señora”, los hijos y el esposo y traería consigo el caos, aunque en Roma veo una familia en caos y cloe es incluso la que cuida las emociones de los chicos.