En países de habla inglesa la reflexión tanto académica como cotidiana en torno a la guerra es amplia y diversa. Por un lado, no son pocos quienes han participado de la guerra, que esperan hacerlo en algún momento, o que tienen algún pariente que haya ido al frente. Por el otro, abundan departamentos académicos y publicaciones de todo tipo dedicados al estudio del fenómeno bélico. El tema es abordado desde diversos ángulos por los especialistas, pero el enfoque histórico es siempre central. Esto obedece a distintos imperativos ideológicos y políticos, así como a  ansiedades y preocupaciones creadas por el ejercicio pasado y presente del dominio colonial. En países como México, sin embargo, hasta hace poco el tema de la guerra no parecía estar abierto a debate en las ciencias sociales, y menos en el campo de la historia. Al contrario, la guerra era presentada como parte de un pasado estático y superado. Quienes cursamos la educación básica en este país sabemos que en México ha habido guerras, pero que fueron en el siglo XIX o en tiempos aún más lejanos (pensemos, por ejemplo, en las guerras floridas). La mayoría de las veces la Revolución aparece como una insurgencia popular, una rebelión, un alzamiento. Rara vez se le describe como una guerra.

Pero nadie duda que en México hoy haya una guerra. La violencia y devastación del enfrentamiento armado se han posado sobre el horizonte de nuestra vida política, social e íntima, impidiéndonos discernir con algún tipo de claridad lo que vendrá, lo que nos espera más allá de un aparente callejón sin salida. Pareciera como si, en palabras del teórico jamaiquino David Scott, durante los últimos años el tiempo se hubiera vuelto menos flexible, menos prometedor de lo que antes pensábamos que debía ser, y lo que nos queda —ahogados como estamos en un torrente de malas noticias y estadísticas aterradoras— es una sensación de estar viviendo la secuela de un periodo en el que era posible pensar en alternativas, y hasta soluciones, a los problemas de la sociedad.1

La guerra no es algo que podamos darnos el lujo de pensar —como sucede en las aulas de los departamentos de War Studies de la anglosfera— como algo pasado. La guerra está aquí. No sorprende que en los tiempos que corren se extienda el imperativo de pensar la guerra, de cuestionarla y analizarla ampliamente en círculos eruditos y cotidianos. Hemos tenido que obligarnos a discutir de diversas formas sobre el tipo de guerra que se inició en 2006 en México: sus alcances, su validez, sus posibilidades y sus efectos trágicos. Sin embargo, a esta discusión, como a tantas otras, los historiadores hemos llegado tarde. Tan sólo por esto, la lectura de Guerra,2 el libro editado por Juan Ortiz Escamilla y en el que se reúnen los textos de varios de los más reconocidos e inteligentes historiadores de México, es importante y esclarecedora.

Esta antología forma parte de la colección Historia Ilustrada de México creada en 2015 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y dirigida por Enrique Florescano. En palabras del coordinador Ortiz Escamilla, el volumen parte de la premisa de reconectar el estudio de la historia con el esfuerzo de desciframiento del presente. Al mismo tiempo, los trabajos nos obligan a cuestionarnos sobre lo que Mauricio Tenorio Trillo denomina el misterio de la paz. Pensar sobre la guerra es preguntarse, en realidad, sobre las claves de su solución, de su agotamiento. El problema, nos señala Tenorio, es que siempre es más fácil explicar procesos detrás de una guerra que entender las causas y fundamentos de la paz. Los textos del libro aportan a la labor de reevaluar la narrativa, defendida durante al menos tres décadas por analistas y actores de todo el espectro, que presenta la historia reciente de México como una gesta por la democracia y el desarrollo de una sociedad progresista

Más allá de su oportuna publicación, el libro tiene numerosas virtudes, la primera de las cuales es su riqueza expositiva. Guerra es un libro poblado por vívidas y elocuentes narraciones de encuentros, desencuentros, batallas, campañas y procesos decisivos: la toma de Tenochtitlán, la batalla de Puebla, el sitio de San Juan de Ulúa son presentados no sólo como episodios esquemáticos de un pasado nacional acartonado, sino como sucesos marcados por la contingencia y el azar. En este sentido, los textos del libro reseñado devuelven al género histórico su potencial de evocación sin el cual las imágenes del pasado se marchitan y se tuercen. A ello contribuye la enorme cantidad de imágenes, entre célebres y desconocidas, que complementan los textos. Estas imágenes permiten al lector no sólo “visualizar” los distintos episodios analizados en la colección, sino constatar la extrañeza del pasado que desnaturaliza el presente en los rostros, los paisajes, los objetos y los gestos de sus protagonistas.

En conjunto, los textos del libro demuestran que, como debería quedar en claro tan sólo con escuchar nuestro bélico himno, y echar un vistazo a la prevalencia de pistolas, carabinas y machetes en la imaginación y la imaginería patriótica nacional, la guerra ha sido central en la historia de México. Desde la guerra de la conquista —que fue, como plantea Rodrigo Martínez Baracs, una enorme y confusa confrontación entre españoles y mexicas, españoles y españoles, mexicas y tlaxcaltecas, entre otros— hasta la Revolución —que se nutrió, como indica Javier Garciadiego, de varias guerras libradas por diferentes grupos y sucesivamente contra Díaz, contra Madero, a favor de los constitucionalistas, contra Carranza y fue, finalmente, parte de una guerra internacional— los procesos de transformación de México nunca han sido ni remotamente pacíficos. De igual forma, la devastación de la guerra ha acompañado los celebrados episodios de la Independencia (Juan Ortiz Escamilla), la Reforma (Héctor Strobel del Moral) y la consolidación del régimen posrevolucionario (Jean Meyer). La permanencia y alcance del flagelo bélico a lo largo de los siglos hacen que, como señala Tenorio Trillo, tanto el Porfiriato como el regimen priista de la segunda mitad del siglo XX aparezcan como los dos periodos menos convulsos de la historia de México. “Ambos fueron equilibrios frágiles, sucios y violentos” que, como se sabe, “no tuvieron nada de pacíficos”. Sin embargo, ofrecen una imagen de paz “si se les compara con el antes de 1876, o el antes de 1930, o el después de 1910 o de 2006”.

Al mismo tiempo, el libro ofrece una serie de correctivos historiográficos significativos. Luis Fernando Granados, por ejemplo, desmitifica el episodio de la intervención estadunidense de 1846-1848 insistiendo que, como en tantos otros casos, la mejor manera de comprender el pasado es tomando distancia de lo que creemos saber al respecto. En sus palabras, “el problema” con la narrativa de este episodio “es que para todo el mundo basta decir que una vez una guerra entre México y Estados Unidos para saber cómo y por qué México perdió la mitad de su territorio” (p. 105). En un inteligente ejercicio de polémica historiográfica, Granados nos invita a repensar el marco ofrecido por el contraste entre la supuesta desorganización o falta de patriotismo de las fuerzas y autoridades mexicanas y la efectividad y empuje de las estadunidenses, sino también a tomar en cuenta la importancia de actores como los comanches y la inestabilidad del entorno regional norteamericano en la definición de uno de los episodios cruciales del siglo XIX mexicano.

De igual forma, en su texto “Tierra de guerra en el norte de la Nueva España”, Cecilia Sheridan Prieto pone en entredicho la validez de la idea de la Pax Hispanica argumentando con claridad que en las dos terceras partes de la Nueva España y después de México “la guerra de Conquista nunca cesó” y el septentrión se forjó, hasta bien entrado el siglo XX, como una verdadera “tierra de guerra” (p. 58). Así, uno de los truismos centrales detrás de la historia colonial y moderna americana se ve cuestionado en un ejercicio que, además, pone de manifiesto el centralismo de origen de gran parte de la historiografía nacional. Finalmente, Ariel Rodríguez Kuri, en “México en la Segunda Guerra Mundial” nos señala que si bien tendemos a asumir que el país se mantuvo al margen del conflicto internacional, los procesos jurídicos y diplomáticos que éste desencadenó fueron centrales para la historia del país en la segunda mitad del siglo XX. De manera crucial, Rodríguez Kuri deja en claro que la intervención de México en el conflicto a favor de los aliados marcó el destino del país a todo lo largo de la Guerra Fría al implicar una redefinición estratégica de su relación con los Estados Unidos.

A estos sugerentes correctivos se suma la hipótesis urgente desarrollada por Carlos Illades y Teresa Santiago en su texto “La guerra interna (2006-)”. Los autores plantean que el combate frontal contra el crimen organizado decretado por Felipe Calderón representa una continuación de los métodos y motivaciones que alimentaron la “guerra sucia” en México y la “guerra contra las drogas” en distintos territorios a partir de la década de 1970. La primera tenía, como se sabe, el objetivo de acabar con la subversión interna, en especial la de los grupos guerrilleros, en el país. La segunda la de proteger a la población estadunidense del peligro de las drogas a través de la instrumentalización de la represión y la guerra en el Tercer Mundo. Este argumento es de una gran potencia para entender el presente de México, así como la pervivencia de la matriz autoritaria y violenta del Estado que lo gobierna. Tan sólo seis años después del derrumbe del Leviatán priista y la llegada del pluralismo de fuerzas y la democracia formal, volvió la guerra y, 12 años después, no se ve en el horizonte posibilidad alguna de que cese.

Es inevitable coincidir con Tenorio Trillo quien afirma que, en estos últimos años, en México hemos vuelto “a ver la paz como la excepción que siempre fue”. Asumir esta constatación aparentemente descorazonadora posiblemente nos permita vislumbrar formas de superar la ansiedad causada por el agotamiento de los supuestos acerca del presente. Aquellos con los que reconstruimos el pasado y nos aventuramos a interrogarlo críticamente. Tal vez nos sea lícito, al menos, pensar que el esfuerzo de reconsiderar nuestro pasado a la luz de nuevas rutas de aproximación a la guerra y al misterio de la paz nos permita aspirar a la creación de “un nuevo idioma del futuro”.3 Esto no equivale a pensar ingenuamente, y siguiendo la lógica cíclica del 1810-1910-2010, que nos hallamos sumidos en un periodo de fértil caos creativo del cual es posible extraer las pistas de un futuro prometedor. Antes bien, se trata de pensar en una nueva clave explicativa que nos permita, más allá de la narrativa del fracaso, el derrumbe y el retroceso, atisbar nuevos significados del presente.

 

Daniel Kent Carrasco
Historiador. Docente de la Universidad de Sonora. Autor de Frontiers of Freedom: Cold War and Social Modernism in Postcolonial India, (en prensa).


1 David Scott, Conscripts of Modernity. The Tragedy of the Colonial Enlightenment, Durham y Londres, Duke University Press, 2004; Omens of Adversity, Durham y Londres, Duke University Press, 2014.

2 Juan Ortiz Escamilla (coord.), Guerra, Serie Historia Ilustrada de México, Secretaría de Cultura, México, 2018.

3 David Scott, op. cit., p. 1.