El gran reto de la literatura Rusa contemporánea ha sido sobrevivir a la desintegración de la URSS. Dar un nuevo aire a la industria editorial con un amplio catálogo de autores y tirajes no tan numerosos como en el pasado, pero significativos. Aunque Moscú y San Petersburgo siguen siendo el ancla para la distribución y difusión de libros, en la periferia también se están ocupando de dar a conocer a ciertos escritores. Ya sea en su propio idioma o en traducciones al inglés o al español, las letras rusas siguen avanzando con paso firme.

Si un día usted se encuentra en la capital rusa no desaproveche la ocasión para visitar el metro de Moscú. Le va a sorprender que un medio de transporte al mismo tiempo sea obra de arte, pero que las estaciones sean verdaderos palacios subterráneos es solamente una de las razones. La otra es que, una vez en el tren, descubrirá que, a pesar del wifi gratuito, los usuarios prefieren un libro entre las manos para acompañar su viaje. ¿Quiénes están detrás de esta sumergida colectiva? ¿Qué leen estos estudiantes o empleados, qué temas y autores les mantienen apegados a sus libros?

En los últimos 25 años la literatura rusa ha tratado de encontrar su lugar en la realidad que se formó tras la desintegración de la URSS; de localizar los temas correctos para aprehender el espíritu de este nuevo tiempo. Frente a una caída de interés por la lectura producida después de 1991, que radica en una profunda crisis económica, social y por tanto también cultural que impactó el país, no ha sido una tarea nada fácil establecer un mercado literario. Durante los tiempos soviéticos era común que una edición tuviera una tirada de hasta 150 mil libros o más, ahora apenas rebasa 10 mil. Sin embargo, esto no influye en la cantidad de obras: cada año aparecen alrededor de 120 mil nuevos títulos y se adoptan programas para ayudar a dar a conocer nuevos autores con talento.

Por un lado, se esperaría que los escritores contemporáneos siguieran la gran tradición literaria de la Rusia decimonónica, con sus temas eternos que conservan relevancia hasta la fecha. Hablando en broma se dice que estos temas son los que aparecen en los títulos de tres novelas fundamentales del siglo XIX: ¿Quién tiene la culpa? ¿Qué hacer? ¿Quién vive bien en Rusia? Pero si nos preguntamos realmente el porqué de la relevancia de la literatura clásica rusa no se puede dejar de mencionar que los autores de ésta eran conocedores minuciosos del alma del ser humano, parámetro deseable en un escritor de cualquier época. Los autores del día de hoy barajan una descripción atinada del presente y sus dilemas, con distintas interpretaciones.1

Ilustraciones: David Peón

 

Uno de los temas más populares en la literatura rusa contemporánea sin duda es “la caída del imperio rojo”. La gente en general y también los escritores tratan de entender por qué sucedió “la catástrofe geopolítica más grande de la historia”, en palabras del presidente ruso Vladimir Putin, con la que se derrumbó todo el mundo usual de un pueblo. De repente se alteraron todos los ámbitos públicos, desde lo político, lo económico y lo social, hasta transformar las leyes morales y, en algunos casos, hasta separar a familias enteras atrapadas en las nuevas fronteras nacionales. Lo interesante es que la caída de la URSS se describe de diferentes maneras. Algunos lloran por la muerte de una superpotencia, otros tratan de reflexionar y entender de manera narrativa cómo sucedió esto, mientras que los adeptos de un tercer movimiento buscan describir lo que está pasando ahora en los vestigios de lo que antes era un país que ocupaba una sexta parte del planeta y un contrapeso contra un inestable mundo unipolar. Los autores que profesan la nostalgia soviética son Aleksandr Projánov (El señor Hexógeno, la primera novela política en reflejar la tendencia nostálgica en los años 2000), Zajar Prilepin (Las botas llenas del vodka caliente) y Mijaíl Elizárov (Bibliotecario o The Librarian en versión inglesa). El último hace hablar a su protagonista:

Ya adulto, quería la URSS no por cómo era, sino por cómo podría llegar a ser si las circunstancias hubieran sido diferentes. Acaso ¿tiene una persona potencialmente buena tanta culpa de que por las dificultades de la vida no se hubieran revelado sus bellas cualidades personales?

Mientras que uno de los personajes de Prilepin evoca:

Por las calles desfilaban las jóvenes rusas que han oído la primavera, ya vestían faldas y zapatos de tacones. Los calientes muslos suyos tienen empotrado un péndulo elegante. Su vaivén carece de precisión y funcionamiento seguro, pero siempre da la esperanza. “Madre mía, cómo visten las faldas —regañaba el hermanito. —Se me encogen los cojones de este frío”.

Por otro lado, trata de encontrar las razones de la caída de la URSS Leonid Yuzéfovich en su novela aventurista Las grullas y enanos. Y el panorama general de un país de permanentes cataclismos que de un día a otro cambian drásticamente toda la vida social aparece retratado en las obras de Dmitri Bykov y Mikhail Shishkin (el lector podría conocer algunas obras de estos autores traducidas al inglés, por ejemplo Living Souls de Bykov y Maidenhair de Shishkin). Es probable que, con el tiempo y a medida de que desaparezca el impacto de la herida psicológica de 1991, este tema sea parte de la historia.

 

Uno de los temas típicos de la literatura rusa decimonónica era “el nuevo tipo de hombre”, también descrito como “el hombre superfluo” que se adelanta a su tiempo y no es aceptado por la sociedad. La distinción principal con este tipo de novelas es si el autor describe el nuevo tipo de personas en retrospectiva (post facto), como Eugenio Oneguin de Pushkin, El héroe de nuestro tiempo de Lérmontov o adelanta su aparición en sus libros, como en el caso de ¿Quién tiene la culpa? de Herzen y Rudin y Los padres y los hijos de Turgénev.

Con la aparición de una sociedad nueva en la Rusia postsoviética las condiciones de vida y el tipo de relaciones dieron lugar, también, a un nuevo tipo de hombre ruso. La literatura inevitablemente debe reflejar estos cambios, aunque su imagen aparece hasta entrado el nuevo milenio, es decir, con retraso. En el siglo XIX estos personajes solían pertenecer a la nobleza rusa, pero despreciaban el estamento nobiliario, tenían grandes capacidades que, sin embargo, no podían aplicar a las circunstancias de su tiempo y por eso se dedicaban a los entretenimientos ociosos que finalmente los llevaban a duelos, juegos de azar y otras conductas autodestructivas. Sin embargo, más tarde evolucionaron para convertirse en revolucionarios listos para sacrificar la felicidad personal por el bien de su pueblo. En el siglo XXI el nuevo hombre ruso que describe la literatura pertenece a la clase media bien acomodada, trabaja en una oficina o es un empresario con dinero que despilfarra en entretenimiento dudoso, pero que no encuentra la felicidad porque está perdido en el nuevo sistema de referencias. El primer retrato literario de este personaje de los años 1990 lo esbozó Yevgeni Grishkovets en La camisa, seguido por Sergey Minaev con su Духless (literalmente, “sin espíritu”) y el autor posmodernista Víktor Pelevin con Empire V (existe en inglés) en la que analiza la sociedad consumista:

Para que la chica entienda que ella es un monstruo pobre tiene que abrir una revista glamorosa en la que le mostrarán una guapa superrica. Entonces tendrá una referencia con la que compararse… lo que hace falta para que los que se convierten en monstruos pobres por las revistas glamorosas sigan financiándolas con sus medios escasos.

Pero, como también fue el caso del personaje decimonónico, el de la actualidad evoluciona. En la novela Sankia (traducida al inglés), que comparan con La Madre de Maksim Gorki, Zajar Prilépin describe a los nuevos jóvenes de carácter rebelde.

Además, no puedo dejar de mencionar la novela posmodernista de Venedikt Erofeev Moscú-Petushkí, una obra llena de filosofía y humor. Se refiere más bien a los tardíos tiempos soviéticos, pero está dentro del tema y es una de pocas obras que se conocen en otros países (Moscow to the End of the Line, Northwestern University Press).

También hubo Hegel. Lo recuerdo muy bien: hubo Hegel. Decía que “no hay diferencias, salvo la diferencia entre diferentes grados y la ausencia de diferencia”. Es decir, si lo traducimos en cristiano: “¿Quién ahora no bebe?”. ¿Tenemos algo de beber, Pedro?

 

Un tema que es tradicional en la literatura rusa es cómo preservar el rostro humano en las condiciones extremas —en la guerra o en la cárcel—. En cuanto a lo último, no hay nada aún que alcance las alturas artísticas de León Tolstoi con su Resurrección y de Antón Chéjov con La Isla de Sajalín o, hablando de popularidad, Solzhenitsyn con su Archipiélago Gulag. La única cosa que podría destacar es Una granada a la cárcel de Zajar Prilepin donde los personajes comparten su experiencia de prisión. En cuanto a la narrativa militar, ésta ha quedado bajo la fuerte influencia de los escritores soviéticos que combatieron en el frente de la Segunda Guerra Mundial (es obligatorio leer De los vivos y los muertos, editorial Planeta, de Konstantín Símonov). El mismo Zajar Prilepin también combatió, pero en Chechenia durante los años 1990, y recoge esta experiencia en el libro de cuentos cortos Patologías (edición de Sajalín Editores).

 

Destacan como fenómeno aparte —por una mezcla bien equilibrada del valor artístico, el carácter entretenido y la profundidad de los temas— una gran serie de novelas ficción de Boris Akunin dedicadas al policía investigador Erast Fandorin, traducidas a muchos idiomas, incluyendo español (editorial Salamandra). La trama se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XIX, pero, describiendo el pasado, Akunin supone una comparación con la época actual en tanto son dos sociedades que atraviesan una transformación profunda. La del XIX vivió en la época de grandes reformas del emperador Alejandro II que aceleraron el desarrollo del capitalismo en el imperio ruso. La de los finales del siglo XX y el inicio del XXI también vive en un nuevo sistema, otra vez capitalista. En ambas ocasiones la nación afrontaba la opción de seguir el camino del desarrollo occidental o elegir su propio camino nacional.

En cuanto a las novelas policiacas destaca también por su popularidad Daria Dontsova, una autora muy prolífica que ha escrito decenas de novelas ligeras que se leen para divertirse y matar el tiempo, algunas de estas obras incluso se convirtieron en guiones para series televisivas. Son seis series con protagonistas diferentes: Daria Vasileva, Evlampiya Romanova y Viola Tarakanova siendo las más populares. Todas estas mujeres detectives tienen rasgos autobiográficos de la propia autora.

También destacaría en esta sección Guardianes de la Noche, Guardianes del Día y Guardianes del Crepúsculo de Sergey Lukianenko, una serie de novelas de fantasía traducidas en muchas lenguas (en español, editorial Debolsillo) con el escenario no en el medioevo sino en la actualidad, donde el protagonista que es un ciudadano de a pie se encuentra un día en el mundo de magos que, aunque no lo percibimos, está cerca de nosotros y en el que se desarrolla la lucha de la Luz y la Oscuridad.

Por otro lado, recientemente ha surgido toda una serie de obras distópicas dedicadas a imaginar un mundo del futuro postapocalíptico. El género distópico y apocalíptico es muy popular no solamente en Rusia, sino también en los países del Occidente, pero en tiempos de crisis y turbulencia su popularidad crece aún más. El picnic extraterrestre (Ediciones Gigamesh) y La isla habitada (Prisoners of Power) de los hermanos Strugatski, así como Metro 2033 de Dmitri Glukhovsky describen justamente cómo es la vida para quienes sobrevivieron una catástrofe.  La última, Metro 2033, es una serie de novelas que fueron traducidas en muchas lenguas y están disponibles en español (editorial Timun Mas). Describen la vida de aquellos que se refugiaron en el metro moscovita después de una guerra nuclear. Para los amantes de este género leer este bestseller es obligatorio.

Al mismo tiempo hay una ramificación distópica que utiliza el escenario apocalíptico sólo como un método para narrar algo más importante al lector. Los rusos somos así: ¡parece que no sabemos escribir literatura “ligera”! Si escribes una novela policiaca al final te sale un tratado filosófico. El libro Viviente (The Living) de Anna Starobinets presenta un mundo del control total que ha surgido de las redes sociales. La Mezquita de Nuestra Señora de París (The Mosque of Notre Dame de Paris: 2048) de Elena Chudinova, una escritora ortodoxa, fue uno de los libros más escandalosos y discutidos de la mitad de los años 2000 y plantea si lo políticamente correcto debe tener límites porque es de ahí de donde empieza la caída de la civilización. De lo mismo trata Víktor Pelevin en S.N.U.F.F. (versión inglesa por la editorial Gollancz), pero de la manera posmodernista:

Nuestra antigua tradición rusa se apoyaba precisamente en no tener nada propio salvo la lengua en la que se producía la interpretación de esta nada. Los hebreos se ocupaban de algo parecido, pero llamaban a su vacío Dios y supieron venderlo con beneficio a otros pueblos menos avanzados. ¿Y nosotros, los rusos? Hemos tratado de vender a la humanidad la ausencia de Dios. Desde el punto de vista metafísico es mucho más padre y en el inicio lo hacíamos bastante bien, y es por eso que nuestros pueblos en un pasado se consideraban rivales místicos. Pero si se puede poner un sello nacional sobre Dios, ¿cómo se puede ponerlo sobre algo que no hay?

En cuanto a lo sentimental la literatura rusa siempre ha sido famosa por saber describir muy detalladamente y analizar el mundo interno de los personajes, sus sentimientos y psicología. Al contrario, en la actualidad resulta que pocos autores contemporáneos logran transmitir los sentimientos de sus protagonistas. Sin embargo, hay algunos que mantienen la tradición. Es el caso de Liudmila Ulitskaya, cuyo Daniel Stein, intérprete (Alba Editorial) es una historia de vida del protagonista que siempre buscaba lo humano en otras personas y dentro de sí mismo.

Qué brecha hay entre lo que nos pensamos sobre sí mismos, lo que piensan sobre nosotros los demás y lo que somos en realidad… Qué bien si estas tres dimensiones coinciden más o menos, y qué penosa es la existencia humana si no hay esta coincidencia.

 

A pesar de su variedad literaria, según el Centro Ruso para el Estudio de la Opinión Pública, en 2008 en Rusia una persona en promedio leía tres libros al año. Sin embargo, los datos más recientes demuestran que la situación con la lectura va mejorándose, ahora esta cifra constituye seis libros al año.

Fomentar la lectura está en interés de las editoriales. En los tiempos soviéticos todas eran estatales, ahora son privadas y no están restringidas en sus actividades. De hecho, en Rusia existe la Unión Rusa del Libro que reúne a las editoriales y las librerías más importantes y tiene por objetivo combinar los esfuerzos de esta industria para el desarrollo de la lectura. Se ocupan de la producción y la comercialización del libro, pero es solamente la segunda parte del trabajo, mientras que el elemento fundamental es escribir un libro.

Durante los últimos años ha habido toda una avalancha de autores nuevos —con la libertad de expresión que hay en el país todos quieren manifestar su opinión—. Además, es bastante fácil convertirse en un autor, basta con enviar tu texto a una de las editoriales adjuntando la sinopsis del libro y tu curriculum vitae; otros saltan a la vista publicando sus obras en internet. Pero con este influjo se les hace más difícil a las editoriales encontrar un talento verdadero y darlo a conocer. Muchos textos de calidad se quedan en Moscú y San Petersburgo, sin conocerse en otras regiones del país y menos en el extranjero.

 

Uno de los problemas es precisamente dar a conocer a los autores rusos contemporáneos en el extranjero. Por ahora se cotizan poco en otros países.

La última vez que un libro ruso fue sensación, digamos en Estados Unidos, fue hace mucho. En 1957 la sociedad norteamericana fue sacudida por El doctor Zhivago de Boris Pasternak quien incluso ganó el Premio Nobel de Literatura, pero tuvo que renunciar a él por la presión dentro de la URSS, y en 1973 fue El Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn (por cierto, 2018 fue declarado el año de Solzhenitsyn en Rusia). En 1987 el Premio Nobel de Literatura le fue otorgado al poeta Joseph Brodsky, que en aquel entonces vivía en Estados Unidos. Es notable que los tres fueron disidentes antisoviéticos, aunque en distinta medida, y alcanzaron su fama durante la Guerra Fría.

Sin embargo, hablando de los autores pos-1991 que sí se traducen, al menos al inglés, cabe mencionar a Boris Akunin, Zajar Prilepin, Viktor Pelevin, Vladimir Sorokin y Liudmila Ulitskaya, pero en cuanto a su difusión y demanda a estos autores no se les puede comparar con los cinco nombres clásicos de Dostoievski, Tolstoi, Turgénev, Chéjov y Gógol. Curiosamente, el lector occidental sí conoce a Pushkin, pero no alcanza a entender su importancia. Se trata del poeta que creó la lengua rusa literaria como se conoce hoy, es nuestro Cervantes o Shakespeare si así se quiere ver. El día de su cumpleaños, cada 6 de junio, se celebra en todo el país el Día de la Lengua Rusa. En el Jardín Pushkin de la Ciudad de México está puesto un busto al gran poeta ruso y cada año el 6 de junio colocamos flores a su pie para honrar su memoria.

Estremece los picos
este par de palabras.
¿Para qué me despido?
Nunca más voy a verte
y jamás te olvido.

Este es un poema de Andrei Voznesenski titulado Juno y Avós. En Rusia es conocido por todos gracias a que sirvió de fundamento para una homónima ópera rock. Juno y Avós (“quizás”, en ruso) eran dos barcos rusos que arribaron a San Francisco en 1806 para abastecerse de agua y alimentos y luego volver a Alaska. En aquel entonces los territorios al norte de San Francisco eran del imperio ruso y las tierras más al sur pertenecían a México. El capitán de estos barcos era Nikolai Rezanov quien se enamoró de Conchita, hija del alcalde de la ciudad. Él era ortodoxo y ella católica por lo que Nikolai tuvo que viajar a San Petersburgo para pedir autorización del emperador ruso para casarse con su enamorada. Pero el camino era muy largo; primero en barco por el Pacífico, luego a caballo por todo el imperio ruso, por eso los enamorados se habían puesto de acuerdo en que Conchita esperara a Nikolai dos años. El pobre tuvo tanta prisa que se enfermó y murió en el camino, en Siberia. Aun con los rumores, Conchita siguió esperando a su prometido casi 30 años, hasta que un viajero británico que pasaba por San Francisco le contó los pormenores de la muerte de Nikolai. Conchita murió unos años después —de amor— pero a inicios del siglo XXI esta historia de amor tuvo su continuación. El alcalde de una ciudad cercana a San Francisco tomó una palmada de tierra de la tumba de Conchita y la llevó a Krasnoyarsk, la ciudad en Siberia en donde se encuentra la tumba de Nikolai. Ahí se estableció una cruz que del lado “ruso” dice: “nunca voy a verte” y del “mexicano”: “nunca voy a olvidarte”.

 

Evgeny Zajárov
Agregado cultural de la embajada de Rusia en México.


1 Para la comodidad del lector vamos a notar que los libros disponibles en español tendrán como referencia la editorial correspondiente, las obras traducidas sólo al inglés tendrán su título en inglés, mientras que los demás libros que aún esperan su traducción tendrán su título en la traducción española del autor.

 

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