Leonid Ilich Brezhnev fue secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética de 1964 a 1982, cuando murió. Largos 18 años. Eran los tiempos en los que se aseguraba que las sociedades soviéticas portaban en sus entrañas una clase auténticamente revolucionaria, la clase obrera. Esta última había sido capaz de forjar su propio partido, el PCUS, que por estrictas razones de división del trabajo generaba un colectivo dirigente denominado comité central, el cual, a su vez, delegaba sus facultades en una comisión política que por necesidades operativas encomendaba a un secretario general la dirección y ejecución de la línea del Partido. Así, el secretario general resultaba el representante de la comisión política, del comité central, del Partido, de la clase obrera y de las repúblicas soviéticas.

En aquellos tiempos se contaban en la URSS innumerables chistes sobre sus dirigentes, destacadamente del camarada Brezhnev. Los dos que a continuación reproduzco de memoria creo que se los leí hace muchos años a Teresa Gurza, corresponsal de La Jornada en aquel país, que publicó un suplemento con puros cuentos que circulaban en la Patria del Proletariado.

Ilustración: Jonathan Rosas

1. Van en un tren platicando animadamente Lenin, Stalin y el mencionado Brezhnev. De repente la máquina se detiene. Están a la mitad del camino y el conductor llega presuroso para informarles que el viaje no puede continuar porque la vía se encuentra quebrada. Los tres reaccionan consternados, pero siendo lo que son, líderes que guían a su pueblo hacia una estación superior de la humanidad, tienen respuestas inmediatas.

Habla Lenin: propongo una jornada de trabajo voluntario para reparar la vía. Lo interrumpe Stalin: ordeno una jornada de trabajo obligatorio. Lo que no es forzoso simplemente no es. Brezhnev, por su parte, tranquilo y paciente alcanza a decir: por favor compañeros, les propongo que nos balanceemos hacia la izquierda y la derecha e imaginemos que vamos avanzando.

Convencimiento, coacción, simulación, tres de las bellas artes de la política, del ejercicio del poder.

2. A Brezhnev lo sucedió en el cargo Yuri Andrópov, ex director de la KGB y ex embajador en Hungría durante la represión de 1956. Pues bien, dicen que en sus últimos momentos el sagaz Brezhnev llamó a Andrópov para tener una breve conversación. Le dijo: “te dejaré tres sobres que serán de una enorme utilidad cuando se te presente alguna crisis. Deberás abrirlos en el orden que te los entrego. No hagas más preguntas porque no tengo más respuestas”.

Y tal cual, al maestro Andrópov le estalló la primera crisis. Ni el comité central ni la comisión política tenían respuestas adecuadas. Acudió a sus ex compañeros de la KGB y tampoco. Fue entonces cuando recordó los sobres que le había heredado el camarada Brezhnev. Abrió el primero y se encontró con una grata sorpresa. Su antecesor lo había previsto y sólo le decía: “échame la culpa a mí”.

Andrópov citó a los medios, hizo que lo acompañaran los integrantes de la comisión política y explicó con voz serena y clara que todo se debía a las malas gestiones del pasado, que él era más víctima que culpable y que por supuesto las calamidades no volverían a repetirse. Y como si tuviera una varita mágica, la crisis se disolvió.

Pasaron unos meses y de nuevo se presentó una aguda crisis. Sólo que ahora Andrópov ni nervioso se puso. Fue en busca de la segunda carta. La abrió con cuidado y encontró de nuevo la respuesta. Era una indicación idéntica a la anterior. Contundente y nítida: “échame la culpa a mí”.

Otra vez, el secretario general compareció ante los medios. Serio y aparentemente preocupado enumeró los errores del pasado, las faltas que se habían cometido, las omisiones imperdonables. Con voz temblorosa tuvo que decir que el camarada Brezhnev no había sido capaz de reaccionar con rapidez, que sus resortes conservadores lo habían privado de vislumbrar los problemas del futuro, que lo acaecido era un lastre que no se podía sacudir de un día para otro. “En eso estamos —aseveró— pero necesitamos la colaboración y la paciencia de todos”. Y el consejo funcionó. El ex director de la KGB salió airoso y nadie fue capaz de cuestionar su permanencia en la secretaría general del Partido.

Pero al parecer las crisis son connaturales a la política, aunque se desarrolle en los marcos de un partido único disciplinado y sumiso. Y la tercera crisis estalló. Andrópov ni lo pensó. Se dirigió con paso veloz a su despacho en donde guardaba la última de las cartas. Tomó asiento y como quien abre un cofre del tesoro desgarró ansioso el sobre que contenía la última de las cartas. Y volvió a corroborar la sabiduría de su antecesor. Sólo decía: “Ha llegado el momento de que redactes tres cartas similares a las que te entregué”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.

 

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