Una tarde de octubre regresé a mi alma mater, El Colegio de México, y encontré a Martha Elena Venier, mi profesora de español teórico práctico en primer semestre de la licenciatura en relaciones internacionales, parada en la explanada. Se me acercó con una gran sonrisa. Siempre me dio gusto verla, así que apuré el paso a su encuentro. “A usted quería ver”, me dijo con el rostro resplandeciente. “Mire”, dijo y me hizo una seña para que la siguiera. Subió rápidamente los escalones hacia el Centro de Estudios Lingüísticos y Literarios. De pronto se detuvo para cerciorarse de que estuviera justo detrás de ella. Entonces miró a lo alto y me preguntó: “¿todavía tiene halcones?”. La interrogante me sorprendió. En algún momento de mi primer año en El Colegio la profesora Venier me descubrió llegando corriendo a su clase con una aguililla de Harris en la parte posterior del auto. Aprovechaba las horas muertas entre clase y clase para subir al Ajusco a volar mi ave de cetrería. Después un día Venier escuchó con cierto morbo y abierto escepticismo cómo mis investigaciones extracurriculares en la biblioteca habían develado el misterio de la existencia de la cetrería entre los antiguos mexicanos. Alfonso Reyes, que en Visión de Anáhuac había hecho las loas de los cetreros de Moctezuma, se había equivocado.1 Levanté la mirada hacia el techo del edificio donde revoloteaban unas palomas. Entonces comprendí: la profesora Venier quería reclutar a mi halcón para librar al Colegio de México de la plaga alada que durante años le obsesionó. Odiaba a las palomas con una pasión gongorina. Investigadora del CELL, editora de la Nueva Revista de Filología Hispánica, Venier había recibido a muchas generaciones de estudiantes para someterlas a un inexorable rito de paso.

Ilustración: Belén García Monroy

Martha Elena Venier murió en diciembre del año pasado. Para mí, y para incontables alumnos de El Colegio de México, ella encarnó el espíritu de la institución: aristocrático, severo y exigente. Encarnaba el valor de la meritocracia intelectual, algo que sólo existe en las instituciones públicas y que es sumamente frágil. Ese espíritu nunca ha estado bajo asedio como en los tiempos que corren. Recibí de ella mi primera clase de teoría política. Para aprender a escribir leímos con detenimiento la Apología de Sócrates y la Paideia de Werner Jaeger. Todos sus alumnos llegaban creyendo que sabían escribir y ella se encargaba de desmentirlos, a veces de manera brutal. El apapacho no era lo suyo, sino un tipo de afecto inseparable del rigor. Nadie ha marcado mi propia idea de la docencia como ella. No pocos escritores, o aspirantes a escritores, pasaron por su clase en una especie de duelo de inteligencias. En mi generación estaba Pablo Soler Frost. Algunos la odiaban, otros le profesaban devoción. Todos fuimos marcados por ella. La mayoría de sus alumnos recuerdan su Index de las “palabras prohibidas”. Reivindicaba la primera persona del singular. Escribo yo, no una colectividad anónima: “no use el nosotros, no es usted la reina de Inglaterra”. Aborrecía la corrección política. Entendía su magisterio como una iniciación de los jóvenes en los usos y costumbres de la aristocracia del mérito. Lo hacía con un sentido de responsabilidad, y un gusto, auténticamente platónicos. Entendía la importancia de su magisterio iniciático como una misión. Por eso era un pilar de esa comunidad intelectual y académica que es El Colegio de México. Siempre pensé que le interesaban más mis halcones —en su versión exterminadora de pichones— que mi trabajo académico, hasta que por las nuevas generaciones supe que utilizaba mi primer libro, La sombra de Ulises, en su clase. Ciertamente lo destruía, pero supe que lo había elegido porque le interesaba como un instrumento pedagógico. Vasconcelos, que había editado miles de ejemplares de la Apología para llevarlos a las regiones más remotas de la patria, y John Maynard Hutchins, presidente de la Universidad de Chicago en los treinta, que concibió la empresa de publicar los Great Books de la civilización occidental, tocaban una fibra sensible en ella. Creo que a Venier le entusiasmaba la cruzada de Vasconcelos contra el pragmatismo didáctico de Dewey.

No me extraña que su muerte produjese una oleada de comentarios y lamentaciones en las redes sociales. Las instituciones que creen en el mérito y en la aristocracia de la inteligencia necesitan personas que mantengan vivo su espíritu y que inicien a los alumnos en los valores fundacionales. Esos se enseñan, se transmiten, a la manera de Venier. No todos pueden hacerlo, porque el magisterio requiere de una convicción interna inusual. Ella entendía perfectamente, me parece, su lugar como curadora del alma de esa institución. Para muchos investigadores enseñar español a los nuevos alumnos podría resultarles poca cosa. Venier, por el contrario, comprendía que era la clase más importante de todas. Son pocos los que entienden esto y por ello son imprescindibles: su desaparición es una auténtica pérdida.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 José Antonio Aguilar Rivera, “Visión de Reyes”, nexos, agosto, 2017. https://www.nexos.com.mx/?p=33206

 

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