En 1799, en el pueblo de Lacaume, de la comuna de Aveyron, se descubrió a un niño salvaje: un niño de unos diez años, que vivía en el bosque y huía de los seres humanos. El ministro del interior, Jean-Antoine Chaptal, ordenó que fuese trasladado a París, y que se alojase en el Instituto Nacional para los Sordomudos, bajo el cuidado del doctor Jean-Marc-Gaspard Itard. El público siguió la noticia con entusiasmo. Por el interés que inspiraba el salvaje, pero también la aventura de integrarlo a la civilización. Se le bautizó con el nombre de Víctor.

La historia, como suele suceder, tiene más pliegues, es un poco más confusa —y en realidad no es la historia de Víctor del Aveyron. Escribo al hilo de un libro deslumbrante de Jean-Luc Chappey (Sauvagerie et civilisation. Une histoire politique de Victor de l’Aveyron). Seguramente, Víctor era un niño abandonado, algo bastante frecuente en el siglo XVIII, y normalmente habría sido incluido en la categoría sumamente imprecisa de los sordomudos, sin que nadie le diese mayor importancia. Encontrar a un niño abandonado era trivial, descubrir a un salvaje, en cambio, era un acontecimiento mayor, y la posibilidad de educarlo ponía en juego algunas de las fantasías más queridas de la sociedad francesa.

Ilustración: Estelí Meza

El comisario del cantón, Jacques Constant-Saint-Estève, se apresuró a decir que en las actitudes del niño había “algo extraordinario, que lo aproxima a la condición de los salvajes”. El director del departamento de Tarn ordenó que se le trasladase a Rodez, y pidió un dictamen al profesor de historia natural de la escuela central, Pierre Joseph Bonnaterre, que confirmó que se trataba de un salvaje, pero pidió más tiempo para observarlo (mientras escribía una memoria). Intervino entonces el ministro.

La imagen del salvaje es uno de los motivos centrales de la cultura de la ilustración, como recurso para criticar a la civilización, así el “buen salvaje”, o para valorarla, para mostrar la distancia que significa el progreso. El salvaje imaginario de Rousseau carecía de amor propio, no sabía fingir; el de la enciclopedia vivía sin ley ni religión, sin hogar fijo, y comía carne humana. Los salvajes que se encontraban del otro lado del mar eran vestigios, reliquias de tiempos idos, que servían como testimonio de la infancia de la humanidad. Y por eso el salvaje estimula la tentación de educar.

En esos años del fin del Directorio, además, la educación tiene otras connotaciones. La violencia de los tiempos recientes, la violencia del Terror, hace evidente que el pueblo necesita ser educado. La República aparece como una larga empresa pedagógica, para formar ciudadanos. El fundamento de la cultura compartida de las elites revolucionarias, de Termidor al Consulado, es la convicción de que tienen la responsabilidad de educar al pueblo. Y la confianza en la perfectibilidad de la naturaleza humana. Esa idea justifica la creación del Instituto Nacional de Ciencias, Letras y Artes, una junta de sabios que debían ser los educadores de la nación.

En ese contexto, el niño salvaje ofrecía una oportunidad única para observar directamente la naturaleza humana en su estado original. Pero sobre todo la educación del salvaje era el símbolo perfecto del programa republicano.

El diagnóstico del alienista Philippe Pinel, director del manicomio de la Salpêtrière, resultó decepcionante. Según él, el niño del Aveyron era un idiota incurable, incapaz de fijar la atención, incapaz de comunicarse, similar en todo a otros muchos internos en su sanatorio. En contra del pesimismo médico, el doctor Itard esgrimió el milagro de la educación. El niño era un verdadero salvaje porque había vivido aislado, sin comunicación con otros seres humanos. Los rasgos que había observado Pinel obedecían a eso, a que el aislamiento produce un “idiotismo moral”, cuyos efectos son similares a los del idiotismo orgánico. Y como demostración aducía el ejemplo de la población de las regiones más atrasadas, más apartadas de Francia, que era intelectual y moralmente inferior a la población de las ciudades.

Estaba en juego la justificación radical del régimen: la idea de la república como proyecto de civilización, capaz de regenerar al pueblo, formar ciudadanos. Una idea que dependía fundamentalmente de la educación, y de la perfectibilidad ilimitada. Por eso era tan importante hacer de Víctor un hombre civilizado.

Pero eran los años del Consulado, los años del ascenso de Napoleón. El mundo era otro. La ciencia decía otras cosas. El Estado francés había firmado un nuevo concordato con el Vaticano, estaba de regreso con Chateaubriand un catolicismo beligerante, se había restablecido la esclavitud en las colonias, con el apoyo de un pensamiento rígidamente racista. Frente a la idea de la perfectibilidad humana se imponía rápidamente la de un orden natural, inmutable, cuya jerarquía podía ser establecida por la frenología, e incluso podía medirse con un dinamómetro.

En 1804, el año de la proclamación del Imperio, Víctor fue clasificado como imbécil incurable, se asignó una pequeña pensión a una mujer para que se ocupase de él. Murió en 1828, y fue enterrado en una fosa común.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.