“El pico del loro, que éste se limpia, aunque esté limpio”. Resortes cubiertos de plumas. Una ruidosa máquina que repite movimientos sin activar reflexión alguna. Ese el juicio de Blas Pascal sobre los animales. Encuentra máquinas en el pájaro y en el resto de los animales; autómatas que gozan su inconsciencia. Repiten día a día los mismos movimientos sin curiosidad alguna, sin la menor angustia el sentido de su existencia o por su destino. La del loro y la de pez son vidas sin drama porque desconocen su miseria. El hombre es otra cosa. Se hace preguntas y por ello sufre. Su existencia nada de animal tiene y, si hay grandeza en él, es solamente porque es capaz de conocer la hondura de su desgracia. Tan frágiles somos que cualquier cosa puede terminar con nuestra vida. Una gota de agua, un vapor, el piquete de un mosquito pueden matarnos. Pero, a diferencia del mosquito, nosotros nos sabemos mortales. Nuestra dignidad radica solamente en la consciencia de nuestra miseria.

Sin orden ni programa los Pensamientos de Pascal son notas sueltas, aforismos, sentencias inconexas. La filosofía aparece en esas páginas como reflejo espontáneo de la vida. Celebraba Pascal esa naturalidad en el estilo. Quien lee a un auténtico escritor se sorprende: espera a un autor y descubre a un hombre. Sus Pensamientos son lo contrario de las ideas, decía Unamuno, porque son sustancia fluida, líquida, libre. A diferencia de las ideas que aspiran a fijar su sentido, el pensamiento no deja de deslizarse. Se transforma constantemente al entrar en contacto con la vida, al avivarse en la experiencia, al chocar con el prejuicio, al incitar nuevos pensamientos. El filósofo vasco sugería en La agonía del cristianismo que la idea petrificaba en dogma: el cadáver de un pensamiento. Pascal sabía que para filosofar era necesario saber burlarse de la filosofía.

Ilustración: José María Martínez

Al matemático que convirtió en máquina la ciencia de los números no le bastó la exactitud de los cálculos. El genio de los triángulos y los conos estaba convencido de que a la geometría le hacía falta el aire de la sutileza. La geometría padece una ceguera. La fineza registra el matiz, la contradicción, la paradoja. Es inteligencia que escucha el rumor de las insinuaciones. Observa, siente y entiende que también hay entendimiento fuera de la caja de las demostraciones. Las fórmulas tajantes niegan la verdad de la contradicción. Para comprender había que abrirse a otras inteligencias, admitir lo contradictorio, aceptar, incluso, lo indemostrable. Tan ciego era quien excluía a la razón como el que admitía solamente la razón. De la experiencia profunda, de la pasión, del dolor surgen conocimientos que no pueden despreciarse. Razones del corazón, las llama. No negaba autoridad a la ciencia, pero le arrebataba soberanía. El conocer del experimento y del silogismo no es el único camino a la verdad. “El error no es lo contrario de la verdad, sino el olvido de la razón contraria”. Para lo que verdaderamente cuenta en la vida, la ciencia es simplemente irrelevante. Qué podría enseñarnos todas las leyes de la física si lo único que nos separa del infierno es la vida y la vida es lo más frágil que existe en el mundo.

Por eso no resulta tan persuasiva la observación de Unamuno sobre la condición de su escritura. Los aforismos, las sentencias, los párrafos que integran los Pensamientos de Pascal no tienen la cristalina suavidad del agua. No son lluvia ni río. Las meditaciones pascalianas son percusiones, golpes del desamparo. “El eterno silencio de estos espacios infinitos me aterra”. El dolor que transmite en cada sentencia se siente: nos duele. Una filosofía espasmódica, una teología que palpita en contracciones. Somos insignificancias que no toleran su propia existencia. Polvo que flota en el universo insensible. Hierba que piensa. Un pasto flaco y frágil siempre amenazado por la inmensidad del vacío. Esa ridícula pequeñez, ese enjambre de contradicciones y ambigüedades, esas dudas y paradojas que a Montaigne le hacen cosquillas, que lo maravillan con un infinito de posibilidades son una tortura para Pascal. “¿Qué quimera es, pues, el hombre? ¿Qué novedad, qué aberración, qué caos, qué montón de contradicciones, qué prodigio? Juez de todas las cosas, indefenso gusano, despositario de la verdad, cloaca de incertidumbre y de error, gloria y desecho del universo. Criaturas grandiosas y miserables a las que el meditador no puede más que contrariar:

Si se humilla, le ensalzo.
Y le contradigo siempre.
Hasta que comprenda
que es un monstruo incomprensible.

Un teólogo del desamparo. No hay asiento posible. Queremos sujetarnos al mundo, queremos sujetarlo y todo huye de nosotros. Nuestro suelo es el abismo. Leszek Kolakowski, el sabio polaco, lo entendió bien: Pascal cultivó una fe para gente que no es feliz, una fe que, lejos de procurar el consuelo, conduce a una infelicidad más honda. La religión triste. Nada le falta al retrato que Voltaire hizo de él en dos palabras: misántropo sublime.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

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