En el desarrollo del vocabulario de una lengua algunos factores externos, como la innovación técnica o la creación de nuevos sistemas de pensamiento, juegan un papel importante. Y es lo que constatamos en el griego. Se crea una palabra para expresar una idea de la que se toma conciencia, o para nombrar una realidad nueva.

Así se fabrica la palabra “democracia” (demokratia, compuesta de demos que significa “pueblo” y de kratos que significa “poder, autoridad”) cuando se creó el régimen donde el pueblo detenta la autoridad. Y este régimen se distingue, por la composición misma de su nombre, de formas políticas más antiguas como la “monarquía”: compuesta de monos, que significa “solo” y de arqué, que designa el mandamiento; monarquía es el régimen en donde un solo hombre manda. La oligarquía es el régimen en el cual “un pequeño número, algunos” (oligoi) mandan. Sobre el modelo de “democracia” se pudo crear “aristocracia”, que en su origen designa el régimen en que “los mejores” (aristoi) tienen el poder; e incluso “plutocracia”, régimen en que los ricos (ploutos, la riqueza) detentan el poder. Aun sobre este modelo Platón creó “timocracia”, nombre del régimen donde mandan aquellos que buscaban antes que nada los honores (de timé, “señal de honor”), creación que no tuvo la suerte de entrar en nuestra lengua. Hay también otra creación platónica injustamente olvidada, la “teatrocracia”, que sin duda encontraría vida y sentido en el mundo contemporáneo a veces analizado como una “sociedad de espectáculo”. La teatrocracia corresponde a ese estado de evolución de la democracia en que todo el mundo se cree competente, sobre todo sin haber aprendido nada, del teatro primero, de los otros dominios después. Cada quien adquiere entonces una seguridad que pronto se transforma en desvergüenza, rehúsa toda autoridad y, finalmente, busca desobedecer las leyes no respetando ni juramento ni compromiso.

A partir del primer elemento de la palabra “democracia” (demos, que designa pues al pueblo), la Ilíada conocía ya un compuesto imaginado, el “devorador del pueblo” (demoboros). Aristófanes, por su parte, creó dos compuestos antitéticos para designar por un lado “el amigo del pueblo” (filodemos, palabra por palabra “el que ama”, de filein, “amar”, y “demos”, el pueblo) y por otro “el enemigo del pueblo” (misodemos, “el que detesta”, de misein, “detestar”, y demos, “el pueblo”).

 

Fuente: Jacqueline de Romilly / Monique Trédé, Pequeñas lecciones sobre el griego antiguo (traducción de Jorge Huerta), Editorial Me cayó el veinte, México, 2015.