Leí una vez en las estadísticas de la prensa que teníamos setenta y seis víctimas mensuales por accidentes de circulación, siete de ellas muertos. Me informé, caso por caso, y llegué a un resultado desolador: si las víctimas hubiesen sido auxiliadas enseguida, se habrían salvado dos. ¿No valía la pena pensar en eso?

Lo hice, pensé, tracé un plan detallado y lo presenté al Municipio. Les gustó mucho a casi todos, y poco tiempo municipal después, o sea, pasados cuatro o cinco años, se inauguraba el servicio municipal de urgencia para recoger víctimas de accidentes de circulación. Se hacía el servicio con dos camionetas dotadas de médico, enfermera y botiquín.

Las camionetas de urgencia salían del parque central a una velocidad de 120 km. por hora y no se detenían hasta el lugar del siniestro. Tocaban una sirena estridente para que todo mundo les dejara el paso libre. El primer día fueron solicitadas once veces. De los once heridos graves se salvaron nueve. Las camionetas causaron siete víctimas, todas graves por culpa de la velocidad, de las que murieron tres, que no pudieron ser auxiliadas a tiempo, por falta de camionetas.

Se aumentó el servicio progresivamente y, quince días después, funcionaban diez camionetas que hacían un promedio de cincuenta y cuatro víctimas diarias, de las cuales veintiocho morían por falta de asistencia inmediata. No hubo más remedio que aumentar el servicio hasta veinte camionetas. Y así, progresivamente, un año después de empezado el servicio, funcionaban cien camionetas rápidas, dotadas de médico, enfermera y botiquín. Y, aparte de las víctimas de los otros vehículos, de las que sólo moría una de cada siete, había setecientas víctimas diarias de las camionetas, de las que morían trescientas.

Me llamaron, como autor de la idea; me expusieron los hechos y me preguntaron mi opinión.

—Señores —les dije—, creo sinceramente que el servicio de ambulancias de urgencia se ha de aumentar hasta doscientas.

Uno de los consejeros, que desde el primer día había sido enemigo de mi sistema, replicó:

—También se doblaría el número de víctimas y tendríamos seiscientos muertos en vez de trescientos.

“Allá ellos”, pensé. Pero seguí mi vieja costumbre de pensar una cosa y decir otra.

—Pues pondríamos cuatrocientas camionetas.

—Y tendríamos exactamente mil doscientos muertos al mes.

Estábamos en un callejón sin salida. Hasta que otro viejo consejero, a quien los años habían incapacitado para reconocer las ventajas de las innovaciones, exclamó:

—Suprimamos todas las camionetas de urgencia. Y así las víctimas quedarán automáticamente reducidas a setenta y seis mensuales, con siete muertos, como en aquellos buenos viejos tiempos.

Eso lo sabíamos todos. Y, a pesar de ello, mi sistema de ambulancias de urgencia fue abandonado, con lo que sólo se consiguió, además de la supresión de las trescientas víctimas, la supresión del gasto que ocasionaban las camionetas.

No me opuse porque empezaba a comprender que lo único que les interesaba a todos era conservar las víctimas tradicionales, ya definitivamente incorporadas a la estadística municipal.

 

Fuente: Noel Clarasó (1899-1985) en Antología del humorismo en la literatura universal, tomo I, Editorial Labor, Barcelona, 2ª edición ampliada,1961.

 

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