Los trajes que usaron los astronautas Neil Armstrong y Buzz Aldrin para dar los primeros pasos en la luna fueron presentados por la NASA como el pináculo de la hazaña tecnológica moderna; para empezar, cada traje constaba de veintiún capas de tela, la mayoría de ellas sintéticas, como el nylon y la licra. Pero la realidad era distinta. Cada traje era también un ejemplo maravilloso de destreza y creatividad; y fue obra, casi exclusivamente, del trabajo a mano de mujeres expertas en el infravalorado oficio de la costura. El subcontratista responsable de reunirlas era ILC, una firma mejor conocida por hacer brasieres, fajas y pañales Playtex. Equipos de habilísimas costureras y cortadoras de patrones, trabajando en máquinas de coser Singer, armaron los trajes espaciales, meticulosamente y puntada por puntada. Cuando la firma recibió el comentario de que los prototipos raspaban, las mujeres empezaron a insertar materiales blandos utilizados generalmente para rellenar fajas; la malla de nylon utilizada para evitar que la capa de hule se inflara al estar en gravedad cero, fue originalmente elaborada para brasieres. Aunque una vez terminados los trajes le resultaron aceptables a la NASA, no fue así con los métodos y la herencia de las mujeres que los hicieron. ILC empleó un equipo de ingenieros formado totalmente por hombres para “traducir” las plantillas de los patrones y los componentes utilizados para confeccionar los trajes —hilo, pegamento y forros de faja— en el tipo de jerga técnica y de dibujos que los científicos de la NASA esperaban.

Neil Armstrong fotografiado por Buzz Aldrin en 1969. Fotografía de la NASA.

 

Fuente: TLS, octubre 26, 2018.