El escritor Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) y su hermano menor el periodista Cecil Chesterton (1879-1918) discutían seria, leal e interminablemente. Discutían bajo la lluvia, discutían en medio de una comida donde los invitados comenzaban a irse sin ellos notarlo, discutían hasta en silencio, o mejor dicho: podían pasarse varias horas juntos sin cruzar una sola palabra hasta que uno dejaba caer una indirecta que provocaba al otro y se abría la discusión. Por ejemplo, durante una divertida tarde familiar Cecil hizo un comentario sobre el problema del juego. De inmediato Gilbert respondió que la mayoría de esos problemas eran tan poco importantes y tan odiosos como las obscenas costumbres domésticas de los escarabajos. Cecil mordió el cebo y se enfrascaron en una larga discusión. Cecil se movía rápido, iba de prisa desde la ventana del comedor hasta el final de la sala, excitado por el ardor polémico, hable y hable todo el tiempo. Gilbert, partiendo del otro lado de la habitación, se movía despacio, vagamente, casi dudoso, andando la mitad de la distancia que su hermano. Pero nunca se interrumpían el uno al otro, jamás elevaban sus voces; no había toque alguno de recriminación ni el menor indicio de dureza. Continuaban su duelo de palabras con deleite y brillantez, hipnotizando a los presentes que al paso de las horas ya no se acordaban que todo había empezado con la adicción al juego y las costumbres domésticas de los escarabajos.

Gilbert Keith Chesterton a los 17 años.

Al paso del tiempo, sólo los padres de los Chesterton sabían cuál había sido el récord discutidor de sus hijos. Ocurrió durante unas vacaciones en el mar. Gilbert tenía diecinueve años y Cecil catorce. A los dos les gustaba el mar pero Cecil caminaba kilómetros por la orilla y Gilbert, que odiaba toda clase de ejercicio, se tiraba en la arena. Se encontraban en las comidas. Una mañana, en el desayuno, empezó un debate sobre los huevos con jamón. Los hicieron a un lado, se olvidaron del cielo y la tierra, y empezaron a discutir. La discusión ininterrumpida terminó a las dos y media de la madrugada; había durado dieciocho horas y treinta minutos.

 

Fuente: Ada Jones (periodista, esposa de Cecil Chesterton): Los Chestertons, traducción de Miguel Rivera, prólogo de José Julio Cabanillas, Editorial Renacimiento, 2006.

 

2 comentarios en “El arte de discutir