Mi oficio no tiene nombre, dijo alguna vez Abel Quezada. “No puedo decir que soy ‘caricaturista’ porque no sé hacer caricaturas propiamente dichas. No puedo decir que soy ‘cartonista’ porque esta palabra —bastante fea— viene del inglés cartoon y —otra vez— no indica exactamente lo que hago. Yo hago textos ilustrados. La gente les llama ‘cartones’, pero para definir mi profesión a mí me gusta decir que soy dibujante”.

Si pudiera volver a nacer, dijo, volvería a ser dibujante, pero un mejor dibujante de lo que soy. Dibujar es un placer que pocos conocen, insistía. Una herramienta para hacerse entender, otro idioma. Un tic. “Comencé a dibujar desde que era niño y lo he seguido haciendo durante todos los días —casi todas las horas de mi vida. Dibujo cuando estoy solo y cuando estoy acompañado. Dibujo cuando hablo por teléfono y dibujo cuando en los restaurantes converso con una persona”. Sus textos ilustrados ejercen el derecho a la mentira. Los hombres verdes, esos raros dotados del placer del dibujo, tienen ese privilegio: “La mentira es el arte. La verdad puede dejarse para los contadores. Las grandes obras de arte son enormes, bellas mentiras. La verdad es sólo una de las materias primas con que se hace una mentira”.

José María Martínez

Tenía razón en rechazar los dos oficios con los que se le asocia. Abel Quezada fue un escritor que dibujaba. No fue un caricaturista porque su genio no estaba en la representación exagerada e hiriente. El caricaturista atrapa a su víctima exagerando su facción más prominente. Quien hace caricatura pinta un copete gigantesco, una lengua que se enrosca, un bigote que camina y el observador se da cuenta de inmediato a quién alude. El ofendido lo advierte primero que nadie. Tampoco era un cartonista en el sentido tradicional del periodismo de opinión porque no era un comentarista de lo inmediato. Sus trazos, por supuesto, tenían sentido de oportunidad, pero eran, ante todo, excursiones. Paseos para nombrar lo circundante. Brevísimos cuentos certeros y eficaces. Ningún editorial tan incisivo, por ejemplo, como aquel famoso cartón del 3 de octubre de 68. Todo su espacio, una rotunda estela negra. Las dos palabras del título bastaban: ¿Por qué? La eficacia de eso que tenemos que seguir llamando “cartones” radicaba en la soltura narrativa, en el guiño del humor, en la identificación de un autor con sus personajes.

Quezada era un fabulista pictográfico. Escribía con monos que terminaron convertidos en protagonistas en la imaginación del México del siglo XX. El dibujante conversaba con el día tomado de la mano de sus personajes. Como buen cuentista, su juicio está contenido en la vivencia de sujetos imaginados. Eran estos panzones con sombrero, estos ricachones con diamantes en la nariz, estos taqueros espantando moscas quienes le permitían abordar la circunstancia mexicana. A través de ellos podía interpretar la historia, criticar la política, denunciar nuestras costumbres. En el mexicano que retrata Quezada no hay traumas ni laberintos. Tampoco hay épica porque el único modo de acercarse al “ser misterioso” era la parodia.

“De los problemas que aquejan al mundo, el mexicano no es el menor. Estudiosos sociólogos piensan que, si el territorio de Francia amaneciera poblado por mexicanos, las discusiones y los pleitos comenzarían por tratar de saber qué se puede hacer con la uva”. Eso sí, se crearía la CONUVA, la Comisión Nacional de la Uva. Tras años de planes, millones invertidos y grandilocuentes discursos sobre la uva y la mexicanidad, la CONUVA sería testigo de la extinción de la vid. En efecto, el mexicano no era una víctima, era un problema. Así se llama, precisamente una de sus series más conocidas: El mexicano y otros problemas. “Abel Quezada”, ha dicho Guillermo Sheridan, “pertenece a la anómala familia de quienes accedieron a la populosa fiesta de la idiosincrasia mexicana por la puerta trasera del humor inteligente”.

La de Abel Quezada fue, junto con la de Ibargüengoitia, quizá, una de las huidas más exitosas de la solemnidad mexicana del siglo XX. En el prólogo a Los tiempos perdidos escribió que esa había sido la constante en su vida: escapar del ceremonial pretencioso y ridículo que nos embalsama. “La solemnidad me pareció siempre la ropa de etiqueta de la mediocridad. Como caricaturista mi blanco favorito fue siempre el lado solemne de las gentes y de las cosas. Creo que la solemnidad es triste, cursi y totalmente divorciada del talento”.

Agudo sin ser venenoso, Quezada fue pintando una cinta de imágenes que acompañaba al país que creía modernizarse. Sus siluetas no son látigos ni lecciones. Son trazos aparentemente inocentes que retrataban a México de la manera más fiel: parodiándolo. Gastón Billetes, el Charro Matías, el tapado, el campesino sostenido por horquetas, el técnico que sobrevuela con planes encarnaban la farsa de la democracia, las frivolidades de los ricachones, las corruptelas del sindicalismo, la demagogia de los políticos, las fantasías de la modernidad. Imposible pensar el México de un solo partido sin la imagen de ese tapado de Quezada que fumaba cigarros Elegantes. La vieja autocracia mexicana como una ruinosa forma de entretenimiento. Sus piezas en la prensa tomaban distancia de ese barullo de lo cotidiano. Si fue, durante décadas, uno de los grandes comentaristas de la vida pública fue porque rehuyó la personificación. Los presidentes entraban y salían, pero su diputado es eterno.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

El texto se basa en el prólogo a Abel Quezada, El mejor de los mundos imposibles, Asociación Nacional del Libro, 2018.

 

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