Hemos ya llegado al Océano y Mare Magnum de los mercaderes, donde a velas tendidas de su codicia navegan, que es al fiado, do como en golfo que no hay suelo ni pie, ni precio justo ni regla que se siga, ni ley que se guarde. Pues decir al fiado es echar una red barredera, un destierro de toda justicia, un constituir por reina y gobernadora la avaricia del que vende y la necesidad del que compra…
—Fray Tomás de Mercado, Suma de tratos y contratos, Sevilla, 1571.

Impulsados por los vientos procedentes del Atlántico que golpean las islas del Caribe y que soplan hacia las aguas de la corriente del Golfo fueron los colonos españoles de la Gran Antilla los primeros que llegaron a las playas orientales del Anáhuac. Llegaron desde las profundidades de “la mar de jade”, en un desembarco favorecido por las corrientes entrecruzadas del Golfo de México que recalaban entre la Isla de Sacrificios y San Juan de Ulúa, las mismas que habían conducido, bajo instrucciones del gobernador de Cuba, a Hernández de Córdoba y a Grijalva; y luego a Hernán Cortés, alcalde de Santiago, en una tercera expedición irregular desde la isla, quien materializó una ambición que con el tiempo se convertiría en una realidad tangible.

Habría que imaginar al capitán rebelde obsesionado en encontrar un lugar seguro en esa playa baldía situada a la vista del único arrecife en todo el litoral en el que se podía anclar y fijar las naves, un islote apenas asomando a pocas varas de una costa yerma en donde las arenas movedizas —“como en los desiertos de Libia”— se confundían con el mar. Habría que imaginarlo intentando escapar del control y la autoridad del gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, quien había sido proclamado por él mismo como “Adelantado de las islas de Yucatán y Ulúa”; destino que, según él, le permitiría gobernar las nuevas tierras recién descubiertas.

Ilustraciones: David e Izak Peón

Entonces, la apremiada fundación de la Villa Rica de la Vera Cruz fue un acto de extrema rebeldía cuya minuciosidad de detalles sólo se explica por la previa formación jurídica del capitán Cortés quien, al tiempo que conquistaba la tierra, iba levantando actas, testimonios, ordenanzas y toda clase de pruebas escritas como municiones para futuros y esperados pleitos… Así, una vez que fuera elegido el cabildo por la comunidad de soldados convertidos en vecinos de ocasión y decidido el avance al Altiplano, el capitán renunció a su condición de subordinado de Velázquez, porque “ninguno de los de antes tenían mando ni jurisdicción en aquella tierra que acabábamos de descubrir y comenzábamos a poblar en nombre del rey de Castilla, como sus naturales y fieles vasallos”. Una vez dado este primer paso el nuevo ayuntamiento de la villa se reunió en asamblea unas horas después, designando al mismo Hernán Cortés como el nuevo “Justicia y Alcalde Mayor y Capitán General de todos, a quien todos acatásemos”;1 y a dos procuradores —Montejo y Puerto Carrero— que haciéndose inmediatamente a la mar llevarían el acta de cabildo al monarca (y algunos tesoros “rescatados” de los indios), poniéndose bajo sus órdenes directas y eludiendo a Cuba y a su gobernador por el canal de las Bahamas. La génesis de la “Nueva España del Mar Océano” —como la bautizó Cortés días después—, el embrión de un nuevo reino, se consolidaría a partir de este cabildo instalado en la playa cercana a Quiahuiztlan, fortaleciendo el emplazamiento con ordenanzas, instituciones, adjudicación de las primeras encomiendas a sus más fieles soldados, con leyes propias y con toda una naciente estructura político-militar que va a sujetarse legalmente a este “primer municipio autónomo”, dependiente de la Corona, creado en tierras mexicanas.

Y es que la conquista y la colonización del Anáhuac reprodujo, bajo circunstancias inéditas, lo más profundo de la feudalidad y de la transición de la antigüedad al mundo moderno; y no sólo por los méritos militares ganados en una guerra, sino también por la superioridad jurídica de la autoridad inmediata de los cabildos, las comunidades y los ayuntamientos sobre la potestad de la Corona: poderes municipales que la guerra de conquista iba dejando a su paso lejos del control de la corte. Ésta al menos sería la estrategia aplicada por Hernán Cortés para legitimarse en la inesperada tierra prometida y escapar, sin desobedecer al monarca, de la acción punitiva del gobernador de Cuba. Ese clima de municipalismo exacerbado y de autonomía vecinal —que se expresaría dos años después en España en la rebelión de las comunidades de Castilla— va a presidir la ruptura de Cortés con Velázquez y a explicar los acontecimientos que se desarrollan entre abril y agosto de 1519 en el litoral de la Vera Cruz.

La intención ambiciosa de Cortés se sustentaba en adquirir una legitimidad acorde al derecho de gentes, a la “guerra justa” contra los indios infieles que se resistiesen a la autoridad del rey Carlos V, al derrocamiento violento de la soberanía de Moctezuma y a la necesaria conversión de los vencidos al catolicismo: todo bajo el signo de un nuevo orden basado en instituciones vigentes en el imperio español, apelando a argucias legales que se configuran en la percepción múltiple del conquistador, del caudillo medieval y precoz empresario, del vecino de ambas orillas del Atlántico que fundaría un orden sostenido en quimeras, del que avizora un nuevo reino futuro cuando nadie a su alrededor sospecha que lo que pisan desde su desembarco en 1519 sea algo diferente a una porción más del archipiélago de las Antillas, a pesar de la extraordinaria civilización a la que se enfrentaban.

En ese contexto la conquista y la colonización de lo que sería la Nueva España resultó irreversible después de que el capitán, viendo la dimensión de lo que aquí se pudiera “rescatar”, hundiera sus naves para evitar deserciones —cortando el cordón umbilical con el pasado inmediato—, y en donde resultó crucial para su sobrevivencia política la fundación de la Vera Cruz: el primer ayuntamiento en Tierra Firme de la América Septentrional que, entre otros creados años antes en Panamá, es el único que subsiste —errante e ininterrumpido— hasta nuestros días.2 “Un puerto a futuro”, cabeza de playa de negocios particulares después de la caída del imperio azteca, que trataba de insertarse en un mercado mundial en expansión. Es entonces, hacia mediados del XVI y en virtud del desarrollo acelerado de la minería del interior, cuando se verá la influencia de los intereses económicos en juego en el tablero estratégico de la primera globalización, en los que se mueven los de la banca alemana (Welser y Függer) y la de los comerciantes y negreros genoveses (Lomellini y otros),3 socios todos del Cortés emprendedor y esclavista, alentando el suministro de los primeros situados de la plata para financiar la administración y la defensa de la Florida, Cuba y las Antillas, y los de las redes comerciales que lo vinculan a Europa y África desde el siglo XVI.

Pero en el transcurso del tiempo inmediato, y en la medida que se consolidaba la conquista y la colonización de la Nueva España, Veracruz fue un puerto trashumante que buscaba un mejor abrigo contra los huracanes y peligros del mar, condiciones que hicieran posible la llegada, estancia y salida de las flotas comerciales. Ante los impedimentos de su original emplazamiento, asentándose en diferentes lugares del litoral, la villa tuvo que regresar, 80 años después, desde el año de 1599, al lugar del primer desembarco, asegurándose mejores condiciones para el comercio y la exportación de la plata. Y a pesar de su precaria apariencia —un conjunto de barracones y ventas de paso para dar abrigo a los arrieros, comerciantes y marineros que iban y venían de la mar y de tierra adentro— se convirtió en un puerto estratégico, abierto desde su nacimiento al mundo exterior. Un corredor de paso de la economía mundial, un dinamizador del crédito a plazos y la monetarización: la garganta ineludible del río de plata que empezó a fluir desde las minas del interior hacia Europa, siendo el embarcadero de la Ciudad de México, de otras ciudades en ascenso y de las minas que se multiplicaban en el norte. Era un reflejo de la economía creciente de la Nueva España, con frágiles bodegas, muelles y atarazanas, apenas custodiadas por un castillo casi flotante, el de San Juan de Ulúa, y una muralla de tierra que lo hacía parecer más a un campamento romano de avanzada que a una ciudad renacentista. Pero también era un “no-lugar” golpeado por las epidemias, que aparecía en todas las cartas de navegación y en cada una de las ordenanzas destinadas a materializarlo, pero que al verlo de cerca dejaba mucho que desear: así y a pesar de todos estos escollos, cumplía con su destino.

El impaciente siglo XVII, que arranca en el puerto desde su último asentamiento, está marcado por la actividad febril del comercio a distancia: por el gran mercado atlántico monopolizado por las flotas, el intercolonial que ubica Veracruz en el Caribe histórico, y por el comercio de litoral y de balandra que gravita alrededor del contrabando y la piratería nativa y extranjera. Es el siglo de la consolidación de las redes mundiales, de las hegemonías políticas y económicas que se manifiestan en el control de los espacios marítimos, perceptibles aquí en la intensidad del corretaje de las flotas, de los intereses globales enfrentados en la guerra de los imperios (“las batallas del Mar Océano”) en la que intervienen activamente desde el puerto las redes judeoportuguesas de la América española que operaban desde Ámsterdam (centro mundial de las finanzas y el comercio de la época durante la unión de las coronas de España y Portugal), y establecidas también en África y Asia, manteniendo desde Veracruz vínculos mercantiles abiertos como tratantes del cacao de Venezuela y Guayaquil, dueños de capitales y créditos, de deudas y cartas-cuenta, de aduanas, impuestos y jerarquías militares, así como del Asiento de Negros traídos en su mayoría desde el Congo y Angola. Eran la avanzada del flujo permanente de una población mercantil, flotante e intercontinental, que iba y venía dinamizando no solamente al puerto, sino entrando con sus mercaderías y sus modos y costumbres, tensando y construyendo nuevas formas y experiencias en toda la Nueva España.

Y es así como un asentamiento de unas cuantas edificaciones mirando al mar (al fin del periodo colonial no más de 20 mil habitantes fijos), fue decisivo para el desarrollo de la vida colonial novohispana. Una incipiente ciudad que se va urbanizando paso a paso, en donde los negocios de transferencia de mercancías y capitales le dan la posibilidad de forjar, en el Siglo de las Luces, una estirpe comercial poderosa, mitad peninsular y mitad criolla —liberal, cosmopolita e ilustrada— que rivaliza con la de la capital y que va a tener un impacto definitivo en la conformación del Estado nación mexicano: desde las reformas borbónicas y el tardío Consulado de Veracruz (1795-1822), hasta derivar directamente en el liberalismo mexicano del XIX. Hay asimismo en la mentalidad de los mercaderes de la época, y por las vías del cabildo que se remonta a 1519, una delgada línea de continuidad, el embrión de un orden nacional aplazado en la búsqueda de instituciones sólidas, con la divisa del “libre comercio” y el liberalismo que lo sustenta y que se madura, gracias a la hegemonía de los ingleses que monopolizan su comercio, con la valorización de la plata en la City y la Bolsa de Londres, y con el pensamiento económico y administrativo acuñado en Inglaterra.

Ya para antes de 1810 y con un Consulado de comercio que rivalizaba con el de la Ciudad de México y se asociaba al de Guadalajara, Veracruz había logrado constituir un sistema global de intercambios y había alcanzado a establecer un sólido mercado interno. La larga polémica acerca del “libre comercio” empezó aquí alrededor de las mismas realidades económicas del mercadeo más que de la teoría económica que lo sustentaba; fue conformando una sólida ideología liberal que al principio era solamente municipalista y un reflejo criollo de las reformas borbónicas, pero que fue unificando un sentir nacional que a lo largo del XIX constituiría el núcleo del liberalismo ampliado a todo el país, con referentes que provenían de lo más profundo de ese carácter cosmopolita de la sociedad colonial veracruzana, que se expresaron con más claridad y actuaron con beligerancia después de la independencia a través de protagonistas notables, criados en esta cultura política y comercial, como los hermanos Lerdo de Tejada o el mismo Ignacio de la Llave, que tendrían una participación destacada en la estructuración de las reformas liberales que darían paso a la consolidación de la república.

Nunca se hubiera imaginado el fundador de la villa que al poner pie en tierra y “quemar sus naves” estaría emplazando el entramado inicial de lo que sería un Mare magnum de tratos y contratos, convirtiendo una playa desierta en un puerto virtuoso y haciendo de una simple quimera la materialización de lo que sería la nación mexicana…

 

Antonio García de León
Historiador. Su libro más reciente es Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

 

2 comentarios en “Vera Cruz, la quimera de una tierra firme

  1. Interesante documento que muestra el trascendental papel de Veracruz en la historia económica de MX.