La primera forma de contacto entre dos culturas es la yuxtaposición: vemos elementos de la una en la otra; vemos cosas fuera de su sitio, es decir, en un nuevo contexto. Tras la conquista, la yuxtaposición estuvo presente en la Nueva España durante décadas. De manera paradójica, la yuxtaposición es lo opuesto al mestizaje a la vez que es necesaria para el mestizaje.

La visibilidad de los componentes culturales distintos, propia de la yuxtaposición, sólo se fue desvaneciendo al tomar fuerza un nuevo paradigma: el de la civilización mixta. Eso es la Hispanoamérica moderna, una civilización que no es ya Occidente ni Amerindia: que no se explica en clave de esos mundos que la constituyen, sino a través de sus complejas transiciones y negociaciones.

Ilustraciones: David e Izak Peón

 

Hay momentos iniciales, en los procesos de contacto colonial, en los cuales la sensación de desproporción, de inadecuación, es descomunal, casi monstruosa. Pensemos en aquella escena ocurrida en uno de los barcos de la flota de Cortés, recién anclado en Veracruz. Sobre la cubierta de la nave algunos enviados de Moctezuma extienden riquísimos regalos que el tlatoani mexica enviaba a Cortés. El capitán ata de manos a los mensajeros, les hace escuchar disparos de bombarda y ellos caen al piso ensordecidos y espantados.

Me viene a la memoria otro episodio desmesurado, ocurrido días después de la visita de los mensajeros de Moctezuma. Al iniciar su ascenso a la meseta, ya pactada la alianza con los totonacos, Cortés mandó en avanzada, como explorador, a quien Bernal Díaz califica como el más feo de sus soldados, un hombre cojo y con cicatrices. El soldado feo llevaba la orden de marchar solo, separado del grupo, cañada arriba, y disparar ocasionalmente a uno y otro lado para ahuyentar a los indios. Por la selva húmeda de la vertiente del Golfo se desplazaba por primera vez un hombre con botas, con sus metales, sus cueros, su barba crecida, su propia fealdad y los estallidos de su arcabuz.

 

Vayamos un poco hacia atrás, a los días del primer contacto costero de Cortés con Mesoamérica, en Cozumel. Allí tuvieron noticia los españoles de un hecho que tendría gran importancia para el proceso de conquista y que resulta de enorme interés cultural: vivían en aquella zona, desde hacía unos años, dos náufragos españoles, Gerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero. Recordemos que ambos habían formado parte de una expedición salida de Panamá en 1511 y habían naufragado frente a las costas de Yucatán. Quiso la fortuna que los mayas les dejaran vivir a ellos dos. Podríamos referirnos a esta historia como el más claro ejemplo de una yuxtaposición descomunal: un par de españoles en sus respectivas aldeas mayas, a cientos de kilómetros de sus paisanos. Pero transcurrieron los años y ese puro trasplante se convirtió en el primer paso, diminuto, de una convivencia entre Mesoamérica y España, si bien en unas condiciones muy distintas a las que vendrían con la conquista.

La asimilación de Gonzalo Guerrero es asombrosa. Para 1519, cuando Cortés llegó a Cozumel y tuvo noticias de él, se había convertido en un jefe militar maya; estaba casado con una mujer indígena y había formado una familia. Cuando Gerónimo de Aguilar se le acercó para darle el mensaje de que un barco les esperaba en la costa para llevárselos, Guerrero no dudó en declinar la invitación. Pensó en su mujer y en sus hijos y le explicó a Aguilar, con otras palabras, que él ya pertenecía a esa tierra. Bernal registró en su narración la forma en que se enternecía el capitán español/maya al hablar de sus hijos. Otros relatos retuvieron la versión según la cual la mujer de Gonzalo Guerrero habría reñido a Aguilar por tratar de sonsacar a su marido.

Como si hubiera sido absorbido por la cultura maya. Conservaba, de su pasado, el conocimiento de las tácticas militares del Viejo Mundo, que puso al servicio de su pueblo adoptivo, lo que se convirtió en un factor crucial para retardar la conquista española de aquella región de Mesoamérica.

 

Jerónimo de Aguilar, por el contrario, no sentía esa lealtad hacia la tierra maya. Le había tocado otra suerte, era esclavo de un cacique. Y no tenía familia, pues era un hombre religioso. No era propiamente un fraile pero dicen Bernal Díaz y Cervantes de Salazar que había hecho ciertos votos religiosos. Recibió con gusto la noticia de la llegada de una flota española, pidió permiso a su amo —de quien hablaba con respeto— y su amo lo dejó partir.

La apariencia de Aguilar despistó en un primer momento a los españoles, a tal punto que muchos de los que le vieron llegar a Cozumel lo confundieron con un indio. Moreno, con el cabello arreglado como esclavo, es decir, afeitado de los lados y de la parte delantera de la cabeza, de manera que sólo tenía cabello en la parte posterior, donde se formaba una larga cola de caballo que le llegaba a la cintura. Iba vestido con un braguero y un manto raído. Llevaba arco y flechas y un morral con camotes, que eran su alimento. Al llegar ante la presencia de Cortés tuvo dos gestos inequívocamente indígenas: primero se inclinó, se lamió los dedos, tomó un poco de tierra del piso y se llevó la mano al corazón. Posteriormente se sentó en cuclillas para escuchar a Cortés. En ocho años había adoptado la conducta corporal y las formas reverenciales indígenas. Algo más: le costaba trabajo expresarse en español; en los primeros días no se le entendía.

Sin embargo, el náufrago dio dos indicios de su origen: el primero fue gritar, al ver a los españoles por primera vez en la costa, “¡Dios y Santa María y Sevilla!”. Como si fuera un santo y seña en zona de enemigos. Otro indicio estaba en una de sus pertenencias: adherido a su atuendo, propio de un esclavo indígena, llevaba, amarrado y colgando, un libro de oraciones que había logrado conservar tras el naufragio, lo que en la época se conocía como un “libro de horas”.

Así sabemos que años antes de la conquista de Mesoamérica había —literalmente andaba— un libro europeo en la península de Yucatán, aunque es probable que los únicos ojos que lo viesen fueran los de Jerónimo de Aguilar. Un español, convertido en esclavo maya; un maya con morral y con Las Horas de Nuestra Señora… ¡Dios y Santa María! ¡Y Sevilla!

 

Regresemos a Veracruz. Se recordará que Cempoala fue el lugar en el que Cortés encontró las mejores posibilidades de alianza a lo largo de su recorrido costero. En los días en que los españoles permanecieron en esta ciudad de los totonacos pusieron atención a sus costumbres religiosas. Bernal Díaz describe a los sacerdotes de Cempoala: vestidos de negro, con un manto y una capa, con el pelo largo —algunos de ellos hasta los talones. Estaban impregnados de sangre, tenían las orejas destrozadas por la penitencia de punzarlas cotidianamente, y debido a ello olían “a azufre” y “a carne muerta”.

Antes de partir hacia la meseta Cortés consideró que era conveniente dejar en Cempoala una capilla cristiana. Así que ordenó a los albañiles indígenas que retiraran la sangre impregnada y limpiaran uno de sus templos; que lo encalaran y que prepararan un altar con mantos y flores. Sobre el altar se colocó una imagen de la Virgen. Alguien debía hacerse cargo del templo, así que Cortés pidió a cuatro sacerdotes indígenas que se lavaran, se vistieran de blanco y se cortaran el pelo.

Sobre una pirámide totonaca, un templo blanco y sin sangre. Y unos sacerdotes, a quienes Bernal Díaz no duda en calificar de sodomitas, se lavan, se visten de blanco y cuidan una imagen, desconocida para ellos, de la Virgen. Debe haber sido una escultura pequeña de madera, realizada en Malinas, Flandes; imágenes de viaje que los conquistadores solían llevar atornilladas en el cuerno de las sillas de montar.

Cortés decidió dejar como guardián de la capilla a uno de sus hombres, que ya era viejo, para cerciorarse de que los sacerdotes totonacos mantuvieran el santuario con decoro.

 

La yuxtaposición, como parte de un proceso, dependía, lógicamente, de que los agentes se mantuvieran en contacto. Pero también podía ser interrumpida abruptamente. Después de unos meses de permanecer en Tenochtitlan como invitados de Moctezuma, ya en 1520, los españoles fueron atacados y sitiados en la zona de palacios que ocupaban como fortaleza, en el corazón de la ciudad. Una imagen del Lienzo de Tlaxcala recoge ese momento y muestra el incendio de la pequeña capilla de los españoles; las imágenes de una virgen y una crucifixión arden en llamas. La representación está seguramente influida por la convención pictográfica, propia de los códices, consistente en mostrar el santuario en llamas para indicar la derrota militar, pero sabemos que la destrucción e incendio efectivamente ocurrieron y que un soldado español logró rescatar la imagen de la Virgen de las llamas.

Lo cierto es que las imágenes cristianas no tenían aún el poder que les confirieron meses después la victoria militar y el dominio político de los españoles. Cuando tal dominio se consolidó, la yuxtaposición siguió presente dentro de la estrategia del sincretismo que estructuró la evangelización: así explicamos las presencia de cuentas de jade en las pilas bautismales; de cruces rodeadas de símbolos sacrificiales indígenas, y de otras formulaciones apasionantes que no caben en estas líneas y que constituyen el lenguaje de la transformación cultural del siglo XVI en la Nueva España.

 

Pablo Escalante Gonzalbo
Investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Estéticas.

 

Un comentario en “El primer contacto

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.